jueves, 3 de mayo de 2007

HANSEL Y GRETEL


Se despertaba diariamente a las seis en punto porque tenía que estar a las ocho en el trabajo, podía llegar tarde pero la jefa de la capital estaba muy autoritaria últimamente luego de que surgieran los rumores acerca de su destitución, así que no quería contrariarla ni darle ningún motivo. Se levantaba de la cama, corría a bañarse en la tina en la que se zambullía y bogaba en esas sales que prometían la energía necesaria para soportar con valor otro día rutinario exactamente igual al anterior con los mismos problemas y las mismas firmas sin sentido. Al salir de la tina, frotarse el cuerpo con la toalla concienzudamente para quitarse de encima por completo las sales que si se dejan le pican sobre todo en las axilas y en las ingles, tomar la colgate y el cepillo –hay que cambiarlo, advirtió, las cerdas empiezan a doblarse- y cepillar fuertemente cada diente y cada muela en círculos, por detrás para combatir el sarro y porque, debido a un problema infantil de exceso de hierro, el calcio todavía se le seguía poniendo negro. Escogió en el armario el traje sastre gris, el verde no porque se lo puso ayer, el azul no porque se lo puso antier y al sentarse en el carro público un fierro suelto de la carcacha le hizo un huequito a la falda como de bala, tendría que mandarse hacer otra falda y son tan caras. La camisa amarilla de algodón con los cuadritos, parece de hombre pero proporciona cierta formalidad para el trabajo; las medias pantis blancas y los zapatos sin tacones; el carterón gris. Es mejor peinarse con una cola, esa apariencia sobria proporciona también cierta formalidad para el trabajo. Luego el café escuchando las noticias, radio popular con tanta gente quejándose de la electricidad y del agua y de los baches de la calle y de la basura en las aceras y de la delincuencia y de los dentistas (¿qué clase de demente llama a un programa de radio para quejarse de lo que se sufre en un dentista?), es mejor cambiar de emisora y avanzar hacia cosas definitivamente más agradables al empezar el día como la última canción de Luis Miguel que no escucha completa porque luego del yogurt y de las tostadas con mantequilla tiene que partir rauda a tomar el concho, eso de los carros públicos se acabará pronto porque está ahorrando para comprarse su propio auto, tiene un toyota visto que está chulísimo, hermoso con sus líneas redondeadas como de ejecutivo, lástima que esté un poco caro y quizás tenga que conformarse con el honda del 95.
En el carro le pidió por favor please al chofer que le bajara el volumen porque le dolía un poco la cabeza, recordó de repente que tenía que llamar a mamá para felicitarla por las cuatro quinielas que se sacó en la lotería, esos vicios de su pasado de sirvienta, fulminó con los ojos avellana al chofer a través del retrovisor cuando producto de un bache enorme casi se come el asiento de adelante. No ha pasado nada, mi amorsote, estos choferes tan propasados, tan simplones, seguía pensando en el quejoso de los dentistas cuando llegó a pasaportes y todo el mundo la saludó con mucho respeto, se instaló cómoda y salvada en su oficina con aire acondicionado y escritorio para ella sola. A través del cristal veía todo el local y todo el personal, por supuesto: esos perezosos y perdedores que no podía cancelar porque eran miembros del partido, la muchacha de los audífonos con el chicle en la boca, el viejo barrial que atendía los visitantes y que apenas sabía leer y escribir, el guardián propasado que la piropeaba cada vez que la veía entrar o salir, en un ataque tan frontal que por primera vez desde que era encargada de la oficina se le presentó la disyuntiva entre intentar cancelarlo o hacerse la fuerte, la jefa como un hombre, y pararlo en seco con un tenga cuidado que lo puedo mandar a vender periódicos en la esquina para mantener a los cuatro hijos, y una bofetada seca que le recordaría que era una mujer y por eso la piropeaba, pero que no siguiera haciéndose el fresco con quien le daba la comida y podía quitársela.Salvada ya, instalada por completo con las piernas medio abiertas protegidas por el escritorio cubierto por delante con el cartón piedra y la cortina corrediza que cerraba con un botón y que ocultaba todo el cristal, recordó de nuevo la canción del buenmozón de Luis Miguel y se precipitó, en el estricto sentido de la palabra, hasta el radio con la pirámide de cidís a su lado, en donde colocó 20 Años de aquel rubio bello en ese tiempo peludo y musculoso que le arrugaba sin querer todas las medias pantis. Encima del escritorio descansaba el trabajo del día: algunos papeles por firmar, memos que llegaban de la capital y que debía o cumplir ella o hacer cumplir al personal, su trabajo se basaba más bien en vigilar a los empleados, en controlar la corrupción y tratar de que no se marcharan más temprano y los pasaportes fluyeran con cierta adecuada rapidez, no demasiada desde luego, porque todo lo demás se hacía solo. Lo más difícil consistía en mantener el puesto, en soportar, en aras de continuar en esa oficina y metida en ese aire acondicionado y seguir ahorrando para tal vez el toyota, a la vieja fea esa, su jefa capitalina que se aparecía sin avisar y que todo lo encontraba mal hecho o mal colocado y siempre estaba hablando de lo amiga que era del presidente de la república. Lo malo era que había que soportarla, precisamente, que había que alabarle los colores escoceses que escogía para la ropa, el mal teñido de un dorado casi rojo, el excesivo maquillaje y el marido metiche y medio idiota que le servía de chofer, chiquito y fresco, que le hacía indecorosas proposiciones a espaldas de la vieja, prometiéndole que, si se lo daba, convencería a su señora esposa para que la nombrara asesora en la capital, con el doble del sueldo y la mitad del trabajo.Pero a ella no le gustaba la capital, demasiado ruido y calor. A las doce y media llegó su mejor amiga Rosita que la iba a buscar en su carro para salir a comer, no almorzaba en la cafetería del huacalito porque eso de que los jefes coman en las mismas oficinas gubernamentales al lado de los empleados como que no era para ella que ya había aprendido a no codearse con todo el mundo. En el mazda de Rosita su mejor amiga encendió el radio y le preguntó si no había escuchado por una feliz casualidad el último de Luis Miguel, se notaba de inmediato la telepatía, la conexión profunda y chulísima entre las dos amigas que ese día comieron arroz con habichuelas, yogurt y carne de pollo.
-¡Hacía tanto tiempo que no comía habichuelas! –exclamó Rosita, como nostálgica.
-A mí me gustan mucho –respondió ella –Alimentan mucho, tienen muchas vitaminas. Si uno quisiera no tendría que comerse el arroz, manita, con las habichuelas basta y sobra.
-¿Ya leíste Caldo de Pollo Para el Alma? –varió el tema la Rosita intelectual- Tremendo libro, manita. Si no lo has leído te lo voy a prestar.
-¿Caldo de Pollo para qué? Estábamos hablando de comida. Tal vez de ahí te acordaste del nombre –conexión profunda de nuevo.
-Bueno, a mí me gustó mucho la carne que hiciste el otro día en tu casa, tienes que invitarme otra vez, ¿eh? Nunca había comido una carne con ese sabor.
Envidiaba un poco a Rosita porque ya había llegado a esa etapa de su existencia en la que se le veía el bienestar, en que ya no tenía que estar sacando el celular o las tarjetas de crédito para aparentar, sino que desde que se le veía en el mazda o aun a pie las pocas veces que se bajaba del auto se notaba que estaba el día entero metida en el aire acondicionado -se veía más blanca, con la piel más tersa y alejada del sol, parecía hasta más rubia- y que no comía todos los días esas comidas pesadas y grasosas.
Al volver a la oficina recibió de nuevo los saludos de todos que ya le fastidiaban un poco, el guardián arriesgó el piropo e incluso hizo ademán de tocarle aunque fuera la tela de la falda, pero ella lo detuvo con una mirada que significaba que haría todos los esfuerzos del mundo para lograr que la semana siguiente estuviese cuidándole el perrito a la hija de algún funcionario de segunda. Reprendió a doña Lola, la pobre que llenaba los formularios en la remington de los 70, porque se durmió sin querer en la silla luego de almorzar, y así la encontró ella, despatarrada y boba detrás del vaso con el jugo de limón. Le molestaba un poco la oficina luego de la comida de lunes a viernes con Rosita, le fastidiaban la haraganería que le provocaba el estómago lleno, la somnolencia del aire acondicionado y la lentitud de la oficina hasta que no llegaban las dos y algo y la gente empezaba a acudir. Era extraña toda la fila que veía, después de las dos, a través de la cortina y el cristal: dominican yorks, gente que quería emigrar pero no sabía cómo y empezaba mientras tanto sacando el pasaporte, emigrantes a Europa que llegaban rarísimos vestidos con muchos colores, poca gente normal, en fin. Se sentía entonces muy feliz de estar metida en la oficina soportando algunas veces por teléfono y una vez al mes personalmente a su jefa la fea, o amonestando sobriamente a la empleomanía, y no estar allí afuera atendiendo a la gente que no sabía ni hacer bien la fila y a quienes el guardián tenía que formarlos con algunas palabras fuertes de vez en cuando. Para eso sí que era eficiente, aunque se le iba la mano a cada rato y maltrataba, la semana pasada tuvo que llamarle la atención porque esos son votantes y si resienten el mal trato quién sabe por quién echarán la boleta en las próximas elecciones.
Pintándose las uñas con un cutex rojo que llevaba siempre en la cartera, le dieron las tres treinta y ese día lo agradeció más que nunca, sobre todo porque la tarde avanzaba calurosa y lenta y parecía no acabarse jamás el horario de trabajo. Como siempre hacía para no darle motivos a los chivatos que aparecen en todas las oficinas públicas, se quedaba la última y cerraba acompañada del guardián, aunque esa tarde dejó que los demás se marcharan –se despidió, cosa rara, de la audífonos con chicle, que se iba corriendo para la universidad y le devolvió el saludo sin ocultar un infinito desprecio- y dejó que el guardián cerrara solo porque ese día quién sabe lo que había comido porque estaba como más propasado que nunca. Pensó esto hay que aguantarlo hasta la semana que viene, y el carro público la ocupó de nuevo en Luis Miguel, en el dedo gordo que se había dejado sin pintar, y en tener cuidado para que no se le fueran al carajo las medias que no podía estar comprando todos los días si quería conseguirse el mes que viene el toyota.
De nuevo su casa. Ah, su casa. El silencio de la urbanización, las calles asfaltadas y limpias, lástima que no haya energía eléctrica porque si no ya estuviese encendida la televisión gracias al control perdido encima del sillón con esa comedia nueva del cable antes de la telenovela de las cinco, en donde aparece una actriz que se viste más bien… como le gustaría vestirse algún día a ella misma, tal vez cuando logre obtener el puesto de la vieja esa. Porque ese era un día especial, aunque tampoco haya radio y ni siquiera agua fría: esa noche iría su novio a cenar, así que le prepararía uno de esos soberbios platos con carne que tanto le habían gustado a Rosita y a dos o tres amigos y amigas más. Era la primera vez que le cocinaba, lo había conocido hacía tres semanas en un restaurante para gente in al que fue con Rosita –inseparables, ¿no?- que se conocía todos esos sitios finos y sentado en la mesa de enfrente: “el diablo, qué hombre”, y no estaba viendo a Rosita como ella siempre pensaba que hacía el sexo masculino cuando salía con su mejor amiga, que siempre veía a la de al lado, sino que se fijaba en ella y sucedió que era norteamericano y que apenas sabía hablar español pero que le gustaban las jóvenes nacionales y serias y ejecutivas de lo que sea.
Corrió a la habitación para quitarse la ropa y el maquillaje y ponerse más cómoda, la camisa crujió cuando todo el niágara que la mantenía estirada sucumbió al sudor fuera del aire acondicionado que en la oficina estaba pero que en su casa no. “Le haré carne molida”, pensó ella, inspirada en el ingrediente del futuro plato, “pero de la especial. Ojalá que todavía quede algo…” Contrariada por la posibilidad un poco remota de que la carne se hubiese terminado, se colocó una bata de casa que parecía más bien un kimono que había conseguido en una barata de boutique, y lanzando los zapatos de tacos bajos al fondo del armario trotó casi hasta una habitación vacía de las tres de su apartamento, que no usaba porque, como toda mujer soltera y profesional que se respete, vivía sola. Sacó una llave del fondo de la palma de su mano, abrió la puerta cerrada extrañamente con esa llave, unas cajas vacías y otras repletas de papel periódico llenaban los rincones. Había un olor fétido allí, extraordinariamente repugnante, pero al parecer ella estaba acostumbrada puesto que continuó sin detenerse, sin notarlo incluso. Las ventanas se encontraban cerradas, se detuvo delante de dos objetos cuadrados, como cajas, encima de una mesa con forma de escritorio. La oscuridad era tan intensa por el hermetismo del cuarto, que se había detenido realmente para que sus pupilas se agrandaran y se fuesen acostumbrando a la oscuridad, para lograr ver mejor en lo que se iba volviendo penumbras. Bajó un poco la cabeza hacia los dos objetos (de los cuales salía el hedor casi insoportable) y se decepcionó: no, ya no quedaba nada, lamentablemente. Los huesos estaban limpios en las jaulas; tendría que sacar los cuerpecitos y, quizás mañana, si no tiene mucho trabajo y Rosita no la llama para salir, pueda conseguirse dos niños más.
(FOTOGRAFIA: MIGUEL CRUZ)