viernes, 22 de febrero de 2008

El Extranjero, de Albert Camus.

Debido a que se ha escrito mucho acerca de este autor y de esta obra en particular, con sus múltiples interpretaciones filosóficas y existenciales, tendrán que permitir en mí simplemente un acercamiento impresionista a la novela, lo que podría traer alguna clase de novedad puesto que, si soy rigurosamente sincero, mi visión de lector es única.
Si nos cuestionamos acerca de la influencia de Camus en la literatura latinoamericana, tendríamos de inmediato que pensar en Juan Carlos Onetti, en Ernesto Sábato, o en nuestro país en Lacay Polanco o Andrés L. Mateo, que es un discípulo de Onetti. Cuando Onetti escribió “El Pozo”, su primera novela que ya contaba con fuertes coincidencias con el mundo de Camus, debemos aclarar que aún el escritor francés no era conocido, y no había publicado “El Extranjero” (puesto que El Pozo fue publicado anteriormente a la novela de Camus, en 1939), por lo que podríamos referirnos a coincidencias, no a influencias de uno en el otro. En cuanto a Sábato, sí podríamos hablar directamente de influencias, sobre todo en “El Túnel”, título de extraña correspondencia con “El Pozo”, novela en la cual las ideas de Camus influenciaron profundamente al escritor argentino.
Debemos entender, primeramente, quién es Albert Camus. Nació en Argelia, país ocupado por Francia, en 1913, hijo de obreros franceses. Murió en 1960, a los 46 años, en un accidente automovilístico. Ganó el Premio Nobel en 1957. Pero los pormenores de su biografía en este caso son irrelevantes. Acaso es importante alguna que otra intimidad: que su padre murió durante la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, puesto que la ausencia de un padre es repetitiva en su obra, y que su madre era prácticamente analfabeta. Nunca quiso adherirse al existencialismo como movimiento, y en un momento dado rompió sus relaciones con Jean Paul-Sartre, pero de todas maneras rigurosamente sus planteamientos pueden ser considerados como existencialistas (la elección existencial y la libertad como consciencia, por ejemplo. Toda elección existencial implica riesgo, renuncia y limitación. El hombre vive para morir, cada cual muere solo. El ser para la muerte es el destino de la existencia humana, etc.) Su obra posterior también es importante, por ejemplo, la novela “La Peste”, su obra de teatro “Calígula”, o su ensayo “El Mito de Sísifo”. Lo que nos interesa es lo que escribió, en este caso la novela que nos ocupa: “El Extranjero”, publicada en el 1942.
El protagonista de la novela se llama Meursault, un empleado normal, clase media, que vive su infancia solo con su madre. Aquí corroboramos la ausencia del padre. Al principio del libro, la señora Meursault muere de vejez en un asilo en Argelia, donde ha ido a descansar los últimos años de su vida. Su hijo acude a cumplir con el consabido rito de enterrarla, pero en él no hay más que indiferencia y ausencia de dolor verdadero. Meursault continúa con su vida rutinaria. Luego, en una playa, es atacado por un argelino armado con un cuchillo; se defiende y asesina al individuo de cinco disparos. De nuevo, no hay más que indiferencia y ausencia de arrepentimiento. Meursault es detenido, condenado a muerte, y es asesinado en la guillotina.
Tal es la simpleza del argumento de la novela. Roland Barthes decía, refiriéndose a Sartre y a Camus, que tenían un estilo frío, seco, neutral. La novela es perfectamente lineal, escrita en primera persona con frases cortas y secas; este estilo, y la simpleza de la historia, resultan ideales para el planteamiento reflexivo del autor a través de su peculiar personaje. Sirve además para que entendamos la aridez interior de Meursault. Por cuanto Camus no cuenta historias, por lo menos no cuenta historias muy complicadas, sino que transmite ideas. Meursault, al principio, acude al entierro de su madre, está cansado y tiene sueño, así que lo que desea es que todo acabe rápidamente para irse a dormir. Quiere a su madre, “como todo el mundo”, nos dice, pero eso no significa que deba sufrir por su fallecimiento. La novela empieza precisamente con esta muerte porque, cuando el protagonista es juzgado por el crimen que ha cometido, se le acusa de ser insensible al dolor, al dolor de la muerte de su propia madre. Todo lo que leemos ha pasado por el cedazo de la percepción del protagonista, por lo que, cuando él manifiesta esta indiferencia, no la consideramos extraña, peculiar. Estamos dispuestos a darle la razón: el entierro, tal como él lo cuenta, es una actividad pueril, sin ninguna importancia. Esta muerte, y los actos funerarios, son importantes desde el punto de vista narrativo por cuanto el mismo Meursault se convence de que ha sido condenado sencillamente porque no lloró en el entierro de su madre. No haber cumplido con un acto cultural lo ha condenado: lo ha condenado no haber demostrado sufrimiento.
Camus escribe su obra en medio de toda la frustración, el dolor, la desesperación y la destrucción que significaron los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, años en los cuales Europa pretendía renacer sobre millones de muertos. Europa se reconstruía físicamente, pero también buscaba reconstruirse moral y espiritualmente. Cuando Camus publicó la novela, aún la guerra no había terminado. El mundo sin valores de la época es transmitido en toda la novela, en donde cada hecho cotidiano no hace más que reflejar una angustiante trivialidad. La ausencia de valores de Meursault le hace preguntarse: Para qué llorar en el entierro de su madre, si no tiene deseos de hacerlo. Para qué aparentar delante de los demás. Para qué cumplir con las apariencias, demostrar un dolor físico que no siente. El protagonista no entiende esta lógica social, y no solamente no la entiende sino que no le interesa, y ahí precisamente se encuentra su peculiaridad y su condena.
Meursault asesina de cinco disparos a un argelino que lo ataca con un cuchillo. Le dispara la primera vez, y el cuerpo de su atacante cae, tendido en el suelo, indefenso. Si hubiese detenido su acción en este punto, hubiese alegado luego defensa propia. Pero Meursault le dispara cuatro veces más al cuerpo indefenso, diciéndonos: “...comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz. Entonces, disparé cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que se hundían las balas sin que lo pareciese”, lo que convierte el acto en un asesinato a sangre fría. Meursault es detenido, llevado a prisión, empiezan los interrogatorios ante el juez de instrucción, que se asombra de su gran indiferencia ante lo que ha hecho. Meursault ni siquiera piensa que ha cometido un crimen; para él, aquello, en sus propias palabras, “no es la gran cosa”, “no tiene gran importancia”. Aquí aparece entonces el segundo referente cultural ante el cual el protagonista es indiferente, y que provoca un gran rechazo social: en un momento dado, el juez saca un crucifijo de un archivero, y lo coloca delante del acusado, esperando que la presencia de la imagen de Cristo haga arrepentirse a quien el juez considera, prejuiciado, un criminal: “Los criminales que han comparecido aquí lloraron siempre ante esta imagen del dolor”, le dice el juez. Pero el acusado continúa indiferente. El juez le pregunta si cree en Dios, Meursault le contesta que no. El juez le dice que es imposible, que todos los hombres creen en Dios, incluso los que se apartan de su faz. Meursault le dice que ese asunto no le interesa, pero ante la insistencia del juez, Meursault hace como que le da la razón, porque lo que quiere simplemente es que lo dejen tranquilo, que lo dejen en paz. El juez le pregunta: “¿No es cierto que crees, que vas a confiarte en él?”. Meursault tiene que decirle la verdad, así que le contesta que no. Entonces el juez murmura: “Nunca vi un alma tan endurecida como la suya”. Desde ese momento, Meursault está condenado.
Dos ausencias culturales han bastado para condenar a muerte al protagonista: no mostrar dolor durante el entierro de su propia madre, y sentir indiferencia ante la imagen de Jesús crucificado. Insensibilidad ante el ser que da la vida, en un sentido terrenal, físico, e insensibilidad ante el ser que da la vida en un sentido divino, metafísico: la madre y Dios. Insensibilidad, en fin, hacia la propia vida. Qué le puede importar quitar una vida a alguien que piensa que su propia existencia carece de valor y de significado. Y aún así, cuando Meursault es condenado a muerte, sentimos un gran asombro, porque todo lo vemos en la novela a través del protagonista. En el juicio, el acusado se da cuenta de que la prensa ha exagerado su crimen, simplemente porque no hay más noticias interesantes que ofrecer a los lectores. Se da cuenta de que el público lo odia, que todos quieren su condena independientemente de su culpabilidad. Se da cuenta de que los abogados no hacen más que exhibirse: el fiscal se ensaña contra él, inventando una historia terrible sobre el asesinato, porque lo que quiere es ganar el juicio; el abogado defensor, sabiendo que perderá debido a la opinión pública, utiliza una larga y elegante retórica para demostrar que ha hecho todo lo posible por defender a un criminal. Pero Meursault ni siquiera está consciente del alcance de sus actos, de su propia insensibilidad. Cuando lo condenan, sentimos pena por él, incluso pensamos: “¡Pero si fue en defensa propia!”. Consideramos la pena capital como exagerada, lo que afianza nuestra impresión de que fue condenado por su peculiaridad, por su indiferencia ante un mundo que ni le asquea ni le agrada, sino que sencillamente no le interesa. Meursault tiene una amante llamada Marie: no tiene el ímpetu suficiente para abandonarla, le da lo mismo casarse o no con ella. Ni siquiera está enamorado de ella, se encuentra a su lado por el placer de la sexualidad. Porque la desea como mujer, porque es bella. Su vida es tan pueril y anónima como su propia muerte. Todo lo que le interesa de esa vida es el placer. Asesinó a un hombre, así que la sociedad ha decidido que él también debe morir, en un perfecto acto de venganza social al cual ya nos hemos acostumbrado. Meursault fue condenado por ser indiferente en un mundo al cual lo han enviado sin él pedirlo, ha cometido pecados que se encuentran en su propia naturaleza, pero que los demás consideran repugnantes, ha sido condenado por ser un extranjero. Pero él repite a cada momento que es “como todo el mundo”, “como todos los demás”, “como los otros”. Todos somos extranjeros en esta sociedad que no nos pertenece, que puede exigir nuestra muerte porque todos estamos condenados a morir, hoy o mañana, este año o dentro de veinte años. El Mundo es Ancho y Ajeno, escribió Ciro Alegría. Al Borde del Edén está la Muerte, digo yo en alguna de mis obras. Si tradujéramos más fielmente del francés el título del libro, nos daríamos cuenta de que su traducción literal es “El Extraño”. Si buscamos en el diccionario el significado de esta palabra, encontraríamos lo siguiente: Extraño: raro, singular, extravagante. Que es ajeno a una cosa. Uno de sus sinónimos es “extranjero”. Meursault es condenado por ser extraño, por no creer en Dios, y por no llorar en el entierro de su madre. Pero condenado a morir, en su celda, empieza a reflexionar sobre lo que ha perdido, las únicas cosas importantes en este mundo que le es indiferente: la libertad y, más adelante, su propia vida. Lo ha perdido todo, pero no se siente culpable aún, porque se siente víctima y no victimario. El mismo lo proclama encolerizado en la celda en la que espera la muerte, cuando lo visita un capellán que no ha pedido: “Nada, nada tenía importancia y sabía perfectamente por qué (...)”, le grita Meursault al sacerdote: “Qué me importaban la muerte de los otros, el amor de una madre, qué me importaban su Dios, las vidas que uno escoge, los destinos que uno elige, puesto que un solo destino debía elegirme a mí y conmigo a miles de millones de privilegiados que, como él, se decían mis hermanos”.
Y es importante resaltar esta cualidad, puesto que Camus era ateo. Cuando se refiere a Jesús en la novela, por ejemplo cuando habla de Cristo el juez de instrucción, lo hace siempre colocando el pronombre “él” en minúsculas. Pero en este capítulo final Camus nos habla del destino, como hemos escuchado. Un ateo nos habla del destino, de una vida preconcebida desde antes de nuestro nacimiento, y a pesar de su ateísmo su protagonista se comunica por primera vez en su vida, un poco antes de su muerte segura, con una figura religiosa, con un representante de Dios, atacándolo, ahorcándolo, repudiándolo, como si le reprochara: Para qué vienes Tú a consolarme con esto o aquello, Tú, Dios, para qué vienes a consolarme de la muerte si Tú me has traído hasta aquí, si Tú permitiste ese asesinato, si Tú permitiste la Segunda Guerra Mundial, si Tú permitiste a Hitler. Ya no puedo creer más en Ti.
Lo que validaría la novela desde el punto de vista de su actualidad, es decir de cómo la lee hoy día un escritor joven, incluso un escritor caribeño de un país que vive muy lúdicamente, me parece que se encuentra a un nivel comparativo. Es decir, cómo podríamos comparar la incomunicación, la indiferencia del personaje de Camus con lo que vivimos y sentimos hoy día. Ya había hablado yo antes de la semejanza entre las novelas de Andrés L. Mateo con las de Onetti, por ejemplo; a Andrés L. Mateo lo percibimos como un poco falso, como poco dominicano. No nos reconocemos en él. Luego de la Segunda Guerra Mundial, los lectores europeos de los años cincuenta y sesenta veían a Meursault como un héroe cultural e intelectual. Hoy, vemos el nihilismo de este personaje como una característica reprochable, negativa. Esto solamente puede ser posible en una obra de arte: su ambigüedad provoca que su sentido cambie en la medida en que se transforman sus lectores. Ahora bien, esa indiferencia de Meursault evidentemente se ha acrecentado, sólo que en vez de evolucionar hacia la inercia, hacia la inacción, ha progresado hacia el deseo y el placer. Esta es una época de placeres efímeros, de deseos casi siempre físicos que hay que satisfacer a como dé lugar. La mayoría de las instituciones sociales y los medios de comunicación no hacen más que crear deseos artificiales y prometernos que con tal o cual cosa vamos a cumplir nuestro deseo, derivando ese deseo hacia su realización, el placer. Todo el mercado está basado en esto, y el mercado es la principal institución del capitalismo. El deseo nos da de comer. Como nos dice Alfonso Reyes, que dicho sea de paso tampoco es de nuestra generación: “...las industrias parecen calculadas para producir artículos de corta duración, en cuya constante mutabilidad reside el encanto”. Nos sigue diciendo Alfonso Reyes: “Ya el fenómeno de la moda, tan característico de las sociedades evolucionadas, nos está diciendo que también la mudanza es un aliciente de la vida. A medida que las clases modestas alcanzan la moda, la moda deja de ser moda. La clase superior, que la creó, la sustituye entonces por otra, en un maratón desenfrenado”. Si Maursault estuviese vivo hoy día, si actuara en nuestra sociedad, si Camus hubiese escrito su novela en el siglo XXI, su personaje tal vez no mataría a un solo hombre, sino a muchos, y desencadenaría una serie de asesinatos mientras busca placer de tugurio en tugurio, de jovencito en jovencito, y por supuesto nunca sería condenado mientras odia a su prójimo, como el personaje de Fernando en la novela “La Virgen de los Sicarios”, de Fernando Vallejo. O como en la película “Pulp Fiction”, un filme sobrevalorado con matices religiosos en el cual unos asesinos a sueldo acuden a su trabajo, es decir a matar gente, hablando trivialidades y llevando consigo sus loncheras, como si fuesen albañiles y no criminales que van a quitarle a otros seres humanos todo lo que tienen. Es decir, la sociedad ha evolucionado hacia innumerables Meursault, variaciones monstruosas o paródicas de este hombre, seres indiferentes a todo, excepto a su propia y efímera gratificación física. Nihilistas incapaces de tener el más mínimo sentido de trascendencia, pero que, al contrario de Meursault, nunca serán condenados por sus crímenes. La lucidez de Camus es extraordinaria: en medio de la guerra, cuando sus compañeros exigían solidaridad y hermandad, él se propuso una novela y toda una obra de vida que preconizaba la pusilanimidad del hombre contemporáneo. De una época que ha creado una nueva preocupación: la incertidumbre. De la muerte de los valores y de las creencias. El mismo Alfonso Reyes nos habla de una diferencia semántica fundamental en nuestra época llamada democrática: él nos decía, refiriéndose a la poesía, que ésta no era libertad, sino liberación. La libertad es fácil: no requiere de renuncias, de límites, de riesgos, de cánones preestablecidos; no exige ni se obliga a leyes, de este modo carece de valores y de creencias que llenen nuestra existencia. Como él nos dice: “Es más difícil andar que ir con andaderas; correr, más que andar; y más todavía volar que correr, para el hombre mortal, se entiende; y aún más que volar, evaporarse”. La liberación exige límites, fronteras, obligaciones. La liberación de occidente aún está pendiente, aunque haya alcanzado con mucho esfuerzo la libertad.
Carlos Fuentes dijo una vez que el único compromiso del escritor era con el lenguaje y la imaginación. Eso no es cierto. El principal compromiso del escritor es con el ser humano, porque el principal compromiso de toda actividad humana es con el prójimo. Todos han dicho esto, desde Buda o Jesús, hasta Marx o Gandhi. El fin de la literatura no es el lenguaje, sino el ser, como dijo Sartre. Un axioma que hay que repetir constantemente. Todo lo que se ha escrito, todo lo que se ha pensado, todo lo que se ha descubierto o inventado se encuentra destinado a los demás. Sin el otro, un ser gregario como el hombre se volvería loco o se suicidaría. El sentimiento de soledad es el más insoportable para el ser humano. Y en esa soledad encontramos una clave: el último capítulo de la novela es el más reflexivo y lírico del libro, porque Camus quiere que sintamos lástima por su personaje condenado, quiere que lloremos por él. Que nos identifiquemos con él. Y lo hacemos, porque él es como todos nosotros, él mismo lo repite constantemente en toda la novela. Meursault es un pobre ser humano, perdido en medio de un mundo que no entiende. No puede haber falsas esperanzas, y Camus lo sabe, y no las ofrece. El nihilismo puede ser un punto de partida, como el autor declaró persistentemente, pero no puede ser una actitud definitiva. Todos podemos ser hermanos en el amor, pero también lo podemos ser en el odio. Y eso lo demostró la Segunda Guerra Mundial: millones de personas se hermanaron en el odio y la destrucción. Si Meursault no pudo ser amado por el resto de la humanidad en vida, por lo menos lo alegra el hecho de que en su muerte provocará un sentimiento colectivo: el odio. Para él hay salvación en la alegría de la muerte y del odio, nunca en la indiferencia. Y entonces, por primera vez, al final del libro, él nos lo explica todo, y entendemos. “Por primera vez”, nos dice Meursault, “por primera vez, después de tanto tiempo, pensé en mamá. Creí comprender por qué al final de su vida se había echado un novio, por qué había jugado a recomenzar. Allá, también allá, en torno a aquel asilo donde las vidas se extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan próxima a la muerte, mamá debió de sentirse liberada de ella y dispuesta a revivirlo todo. Nadie, nadie tenía derecho a llorarla. Y también yo me sentí dispuesto a revivirlo todo. Como si esa gran cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, ante esta noche cargada de signos y de estrellas me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraterno al cabo, sentí que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, no me queda más que desear en el día de mi ejecución la presencia de muchos espectadores que me acojan con gritos de odio”