martes, 25 de agosto de 2009

Andrés Acevedo

Andrés Acevedo: poeta infantil dominicano

Por Abersio Nunez
Diario DigitalRD.Com


New York.- A Andrés Acevedo lo conocí en ese Santiago natal que aún me resulta indiferente, pero que con Acevedo se me hizo un tanto más llevadero. No recuerdo concretamente las circunstancias en que lo conocí y adopté como mi familia extendida. Creé una complicidad; fraternidad casi infantil con Andrés.



Solíamos escaparnos al bar Colón, debajo del cine del mismo nombre y, regentado por los gallegos don Antonio Lomba Sobrino (fallecido) y su viuda doña Olga. Allí desayunábamos o tomábamos uno que otro cortado. A partir de ahí empezábamos a deambular las calles tristes de Santiago. Nunca teníamos paradero fijo.

Tanto Andrés como yo andábamos armados siempre de un clásico literario o un texto recién escrito que requeríamos corregir para enviar al periódico local: La Información o a alguno capitalino con alcance nacional. Frecuentaba, con Andrés, las diferentes exposiciones pictóricas, artesanales y literarias que tenían lugar en la Ciudad Corazón. Estos eventos, en la mayoría de las veces, estaban patrocinados por alguna marca licorista.

No olvido, jamás, el día en que en uno de estos encuentros Andrés y yo tomamos Brugal en cantidad industrial. Era como si compitiéramos. Nunca he sido gran tomador de ron, mucho menos mezclado. No obstante la situación, me quedaba aún algo de tino como para enviar en taxis a Andrés a su casa y, claro, yo regresar a la mía.

Al día siguiente, en cuanto desperté, atiné a llamar a Andrés para percatarme si al fin había sobrevivido a la borrachera ocasionada por el ron Brugal. Me respondió Andrés. Oh, Dios, estaba vivo, aunque su voz se proyectaba un tanto apagada y cansada. Me hizo algunos chistes, habituales en él. Era implacable al momento de referirse a algunos de los amigos o amigas de la fauna literaria.

Junto a Andrés conocí a muchos de los escritores y escritoras santiaguenses: el juglar por excelencia, Dionisio López Cabral (fallecido), Carmen Pérez Valerio, Ruth Acosta, Fernando Cabrera, Puro Tejada, Ramón Peralta, José Acosta, Jim Ferdinand (quien fuera mi alumno en UTESA), Máximo Vega, Enegildo Peña, José Adolfo Pichardo, Manuel Llibre Otero. Conocí también a tres mujeres formidables: a la patóloga y escritora Argelia Aybar, a la empresaria y visceral poeta mocana Carmen Comprés y a la siempre recordada Leyda Veras, sinónimo del río Yaque; a orillas del que nació, creció y tejió su maravilloso mundo poético.

Fue Andrés quien me presentó en el cabildo municipal de la Ciudad Corazón a Leo Núñez, quien fuera uno de los últimos genios de la plástica dominicana y, quien sería luego, además de compartir mi apellido y otras tantas afinidades, un hermano al que admiré, respeté y de quien aún continúo tratando de desentrañar el misterio y profundidad de sus míticos paisajes en sepia.

A raíz de la publicación en los periódicos La Información y Ventana, del Listín Diario, el artículo Andrés Acevedo: Poeta naif, el doctor Candelier contactó a Andrés con el propósito de establecer un encuentro conmigo. Recuerdo, como hoy, aquella luminosa y quieta mañana santiaguense en la que el profesor Candelier me entregó en el parqueo de la PUCMM varios de sus libros publicados. Al llegar a mi casa sentí gran regocijo al abrirlos y leer las dedicatorias que Candelier había escrito en cada uno de los títulos obsequiados.

El doctor Bruno Rosario Candelier es un excelente ensayista; es, además, el fundador del Movimiento Interiorista del que, en cierta forma, me siento parte integral. El doctor Candelier es, en los actuales momentos, el presidente de la Real Academia de la Lengua Española Dominicana.

Prometo, en mis próximas entregas, abordar la destacada labor poética y cultural que Andrés Acevedo, sin la arrogancia y contratiempos que los poetos y poetas que se torean el ruedo literario, confrontan. Me referiré a tres obras suyas: Arcoiris Derretido; Vuélvete mi niño y Leyendo versos para niños. Todas estas obras se dedican a recrear y fortalecer el mundo infantil, el que Andrés se resiste abandonar.