martes, 15 de marzo de 2011

EL TIGRE:


Hace unos años fui invitado, junto a otros escritores de Santiago de los Caballeros, a participar en un encuentro literario dedicado a un poeta vivo, Cos Cauce, en la ciudad de Santiago de Cuba, durante el festival cultural que los cubanos llaman “La Fiesta del Fuego” (nombre primitivo y hermoso). Esta ciudad nos acogió con una generosidad que nos asombró sobremanera, así como no dejamos de admirar el parecido entre los cubanos y los dominicanos, al punto de que somos fácilmente intercambiables. Allí, una investigadora cultural llamada Eleonor me hizo el favor de guiarme en la compra de unos libros, según mis propias indicaciones que permitieran conocer qué y cómo se estaba escribiendo en Cuba, sobre todo aquellos autores que eran más o menos de mi edad. De la pila de libros que pude adquirir, gracias a la selección atinada de Eleonor, me llamó la atención un volumen delgado y amarillo de la cuentista cubana Aida Bahr, un ensayo sobre un escritor ya fallecido llamado Rafael Soler.

En ese libro aparece uno de los cuentos de Soler, llamado “El Tigre”. Obvio la biografía del autor, que para mí es irrelevante (puesto que no se trata esto de ninguna exégesis, ni nada parecido). Este cuento es muy lineal, incluso muy fácil de leer. Su argumento es el siguiente: un hombre, un bracero cubano, descubre en un cañaveral la figura increíble de un tigre. El hombre, anonadado, echa a correr, aunque se sabe armado de su machete. Soler nos revela que el protagonista siempre soñó con cazar tigres, puesto que le gustaban mucho las novelas de aventuras. El bracero soñaba con “enfrentarse con tigres y matarlos”, por lo que este encuentro ya no nos parece producto del azar, sino que ha ocurrido un hecho fantástico (independientemente del encuentro, posible o no, con un animal como este). El bracero morirá en las garras de este tigre. Sus sueños, de forma repentina y fantástica, se han hecho realidad.

Es posible que el protagonista fuese simplemente uno de los internacionalistas cubanos que trabajaron en Africa o en Asia, en algún lugar donde existen los tigres, de tal manera que su encuentro no fue tan extraordinario. Es posible que fuese sólo un hombre que soñó con morir peleando contra un tigre, y el animal de sus sueños al final lo halló en la realidad. Posiblemente fuese un tigre escapado de un zoológico, que se encontró de súbito con un bracero al que le gustaban las historias de selvas y de animales salvajes.

En el famoso cuento “El Sur”, de Jorge Luis Borges, “que es acaso mi mejor cuento”, confesó él mismo alguna vez (aunque no compartimos este criterio), Juan Dalhmann, descendiente de ingleses, secretario de una biblioteca municipal, sufre un accidente con la orilla de una ventana, debido al júbilo y al descuido producido al haber hallado un ejemplar único de Las Mil y Una Noches. Enfermo luego de una septicemia, a punto de morir, se nos cuenta que Dahlmann sale del hospital recuperado y dado de alta, enviado a restablecerse en una finca argentina. Al detenerse para descansar y luego continuar su largo camino hasta la finca, unos gauchos lo increpan en una barra (en un “garito”, dicen los argentinos), él acepta el reto de uno de los pendencieros, porque lo considera parte de su destino; en esa pelea, Dahlmann sabe que encontrará la muerte.

Ese cuento puede ser leído de diferentes maneras, por supuesto. La primera lectura, la más sencilla, nos muestra su cara más realista: la ciencia (es decir, la civilización), salva la vida de un hombre culto con todos sus recursos, que ya sabemos que son muchos, y luego el hombre es asesinado por la barbarie, la incivilización, la brutalidad. La segunda es más fantástica. Dahlmann admiraba, nos dice el cuento, la forma valerosa en la que había muerto su abuelo, lanceado por indios durante una guerra. Su abuelo fue un héroe; Dahlmann es un hombre culto aferrado a los libros, que anhela una vida más dinámica. Es decir, Dahlmann creía que no merecía morir en la tranquilidad de una cama, sino que debía hacerlo como siempre había deseado: en una pelea a cuchillo, a campo abierto, bajo un cielo negro que lo alejaría, al final, del mundo. A Dahlmann se le había dado la oportunidad de morir como él había querido morir.

La tercera solución nos la facilitó el director de cine español Carlos Saura, en un mediometraje que filmó con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América, basado en ese cuento de Borges. Según Saura, Dahlmann realmente murió en el hospital, así que la pelea con el gaucho no fue más que una fantasía producto de su imaginación, una alucinación, sólo un sueño de quien no quería morir como había vivido, con una existencia lenta, ordenada, tranquila, de hombre culto y civilizado. En ese filme se incluye un fragmento del cuento de Borges "El Puñal", y que dice como sigue:


En un cajón del escritorio

Entre borradores y cartas

Interminablemente sueña el puñal

Su sencillo sueño de tigre.

Y la mano se anima cuando lo rige

Porque el metal se anima.

El metal

Que presiente en cada contacto al homicida

Para quien lo crearon los hombres.


Jorge Amado tiene también un cuento en donde se cumplen los deseos de una muerte cuya forma hemos soñado. En “La Muerte y La Muerte de Quincas Berro Dagua”, Amado nos cuenta la vida apasionada de este extraño personaje brasileño, hombre de clase acomodada, buen esposo y buen padre, que de un momento a otro deja su familia y sus bienes y se marcha a vivir en la pobreza, convirtiéndose en un borracho y un sirvenguenza por decisión propia. El cuento empieza con su muerte, solo y ebrio en un cuarto oscuro y paupérrimo, una muerte que no merecía un hombre de vida tan alegre y agitada. Esa es su primera muerte. La segunda, según la desbordante imaginación de Jorge Amado, ocurrió cuando el muerto de repente se levantó de su ataúd, salió de nuevo a la calle ayudado por sus compañeros de parranda, y murió como él habría deseado, como lo pregonaba en cada uno de los bares y los burdeles en los que amanecía diariamente: como un marinero más, en el mar, lanzándose al agua desde la proa de un barco. Esta narración también tiene una lectura más realista, y el autor la advierte al iniciarse el relato: es posible que el cuerpo de Quincas haya sido sustraído por sus amigos durante el entierro, y luego llevado al barco y al mar, para que por lo menos pudiese dejar en la memoria popular que esa fue su verdadera muerte, creándose así la leyenda: Quincas Berro Dagua murió como deseaba morir.

Los tres cuentos nos hablan, al final, de lo mismo, aunque los tres son desiguales. Ricardo Piglia nos dice que la mención de “Las Mil y Una Noches” es imprescindible en el cuento de Borges; yo agregaría que es imprescindible para los tres, aunque los dos restantes ni siquiera hagan alusión al libro.

La muerte nos asalta en el momento más inesperado, en el momento más insospechado. ¿Es así como hemos querido vivir, o morir? Un tigre cubano, un tigre argentino y un tigre brasileño (o un “tíguere” brasileño, como decimos los dominicanos), nos hablan no de cómo hemos querido vivir, sino de cómo queremos morir.