lunes, 26 de septiembre de 2011

Dionisio López Cabral

En la calle 2 del barrio El Ejido, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, bajando la cuesta de una calle que por muchos años fue de tierra, nació y vivió, hasta su muerte, el poeta Dionisio López Cabral. Escritor con una absoluta honestidad creativa, tanta que padeció del mal de la inadaptación, murió el 18 de noviembre de 2006, precisamente el día de mi cumpleaños. Porque alguien continúa, alguien se va; un año más de vida, un año menos; el día del nacimiento y el de la muerte. Dionisio fue heredero, por influencias, de Domingo Moreno Jiménez y de Manuel del Cabral, y produjo una obra escasa. Propuse, la misma noche de su fallecimiento, que se realizara una Antología Poética con un amplio estudio crítico de su trabajo; con muchísima razón, el poeta Cayo Claudio Espinal me corrigió: No, debería hacerse un libro con sus Obras Completas, me dijo, porque no pasará de 100 páginas.

Dionisio era alcohólico, me parece que no es vergonzoso admitir algo tan obvio. Al principio fue un enemigo acérrimo de mi generación literaria santiaguera; luego, cuando se percató de que admirábamos y defendíamos su poesía, bajó la guardia. Sobre todo porque nosotros éramos lo único que tenía: su propia generación se ha marchado a Santo Domingo, o ha abandonado la literatura por la economía.
Pero en fin, más que el recuerdo de un poeta popular (lo cual es extraordinario), popular por él mismo, por su personalidad pintoresca y rebelde, y no solamente por su poesía, en una ciudad en la cual tan poca gente lee poesía (en un mundo en el que tan poca gente lee poesía, un mundo triste en el que hemos cambiado la belleza por la economía), quisiera recordar a un amigo, cuya presencia aún se mueve en mi memoria, negándose a abandonarme. Dionisio y yo no fuimos grandes amigos, no reclamo para mí este privilegio; pero fuimos amigos. Y como amigo lo recuerdo (puesto que no hay que recordar su poesía, que está allí en sus libros que estoy seguro se multiplicarán; su poesía está viva, aunque él no), si es que de algo vale recordar a los amigos, cuando ellos no pueden ya recordarnos a nosotros. Paz a sus restos.