miércoles, 2 de enero de 2013

JUAN PABLO DUARTE (a propósito deL Bicentenario de su Nacimiento)



     Juan Pablo Duarte nació el 26 de enero de 1813. Lo que signi- 
fica que en la fecha de la independencia de la República Dominica- 
na, el 27 de febrero de 1844, tenía sólo 31 años. Y que era más 
joven al fundar, en 1838, la sociedad secreta La Trinitaria, y mucho 
más joven al planear la liberación de la patria. En las pinturas, en las 
litografías, en las reproducciones de su figura, vemos a un hombre 
maduro, casi anciano. Como debería ser un Padre, pero no se co- 
rresponde de ninguna manera con el joven enérgico que liberó nues- 
tra nación. 
     Duarte era, en esencia, un santo, en el sentido cristiano de la 
palabra. Su figura idealista solamente puede ser comparada con la 
de José Martí. Pero Martí fue un gran escritor y amaba a toda la 
humanidad, mientras que Duarte fue un hombre de una sola idea, 
su pensamiento es monótono. Sólo le interesaba una cosa: la patria. 
Cuando manos oscuras se apoderaron de la independencia, y el pa- 
tricio fue exiliado, empezó a morir lentamente. La muerte de Martí 
fue rápida e ilógica, heroica e inútil; como a Moisés, que es una 
figura histórica y un símbolo, a Duarte no le fue dado el presenciar 
la tierra prometida. Desde Venezuela, nuestro arquitecto agonizaba 
al saber en lo que se convertía poco a poco su legado. 
     Como nos dice Sergio Ramírez, quizás pensando en su Nicara- 
gua y en su Centroamérica: “El héroe libertador que atraviesa las
cordilleras cumple las hazañas más intrépidas y traspasa los límites 
de la historia real para entrar en el territorio de la ficción. Su pasión 
es crear un Nuevo Mundo, la utopía (...) son héroes de novela y 
terminan generalmente derrotados, olvidados, en el exilio, en gale- 
ras o frente al paredón de fusilamiento”, aunque en la historia de 
Latinoamérica nunca ha habido cabida para Duarte, un héroe idea- 
lista que buscó la independencia frente a un pueblo vecino, un pue- 
blo sometido que de pronto tuvo ínfulas imperiales (empezando con 
toda la parafernalia ridícula de Christophe, con su corte de negros 
con levitas y pelucas, imitadores desastrados de los reyes y empera- 
dores europeos), lo que convierte nuestra historia en única, desmiti- 
ficada y desangelada. 
     Duarte fue vencido por la guerra y los generales, por los pragmá- 
ticos y los traidores. Se apoderaron de inmediato de la República, ni 
siquiera intentaron construir un remedo del ideal del arquitecto. La 
abstracción duartiana de una patria libre, justa, protectora y orde- 
nada es sólo un ideal, por supuesto, que se dice fácil, que se ha con- 
vertido incluso en un cliché político. Pero todo intento redentor, 
revolucionario o democrático, de alcanzar esa perfección, ha fraca- 
sado. La derrota de Luperón por Lilís, Trujillo y sus 30 años de dic- 
tadura, Juan Bosch y el golpe de estado, la revolución del 65, la 
invasión norteamericana y el posterior ascenso al poder de Joaquín 
Balaguer, Salvador Jorge Blanco que nunca entendió que le corres- 
pondía realizar el tránsito definitivo del país al orden y la moderni- 
dad. La patria posible prefigurada por el patricio ha fracasado. Juan 
Pablo Duarte, discreto y humilde, alejado, debido a su personali- 
dad, de los egos desmedidos del poder, no pudo convencer a su 
pueblo de que lo necesitaba a él. 
     Pero es que el pueblo no quiere a alguien así. Bosch no conven- 
ció a nadie de su necesidad luego del golpe de estado, ni siquiera 
José Francisco Peña Gómez, quien no dejó un pensamiento, aunque
sí, por lo menos, una vida decorosa y una praxis limpia.
 No somos herederos de Duarte, ni de Bosch, ni 
siquiera de Peña Gómez. Somos herederos de la otra cara del poder, 
de Santana, de Báez y de Lilís. Todas nuestras autopistas, todos nues- 
tros aeropuertos, todas nuestras calles y nuestras monedas tendrán 
un solo nombre: Joaquín Balaguer. No hay nada más triste que no 
saber hacia dónde se va. Pero aún la esperanza es posible: cuando lo 
que quiere el pueblo se corresponda con lo que quieren los gober- 
nantes, habremos alcanzado un proyecto de nación. 
     ¿Qué hubiese pasado si Duarte hubiese sido presidente de la 
República? Tal vez hubiera hecho el peor gobierno de toda la histo- 
ria del país, pero yo, un pobre escritor, un pobre dominicano (o un 
dominicano pobre), hubiese aceptado su presidencia con una gran 
alegría. La hubiese defendido con uñas y dientes, 163 años después. 
Pero claro, vivo siempre como en medio de un sueño. Vivo en la 
Ciudad del Aire, como Franklin Mieses Burgos. Soy un idealista, no 
un pragmático, y los ideales insensatos han muerto. Juan Pablo Duar- 
te, la independencia nacional de 1844, no son más que la represen- 
tación de aquello que pudimos ser, pero que jamás seremos.

(tomado de El Libro de los Ultimos Días, de Máximo Vega)