martes, 20 de agosto de 2013

La Marca de los Angeles


Ojos, muchos, que miran al espectador; un corazón colgando como un pendiente; velones encendidos y enormes; imágenes religiosas, sincréticas, que tienen que ver con la idea dominicana de nuestro angelario particular. San Miguel, Ogún Balenyó, Belié Belcán, san Santiago, algunas entidades africanas mezcladas con los reales arcángeles europeos. Serafines, querubines, ángeles, espíritus celestes, heredados de los cupidos romanos y del arte menor de la Edad Media. Claudio Pacheco, luego de aquella aventura con los Quijotes Caribeños, en la cual veíamos al Ingenioso Hidalgo y a Sancho Panza paseándose por los paisajes cibaeños, nos muestra las imágenes trastocadas de estos ángeles rodeados de ojos que miran entre las nubes, como el ojo de Dios, el triángulo que representa precisamente al Creador, encima del halo católico que también representa a un santo, a una figura religiosa. Incluso nos muestra unas alas emplumadas, una figura que simboliza la religiosidad popular, observada atentamente por esos ojos que cada vez más se nos parecen a los ojos de Dios.

Con la presencia pura, viva y caliente del color que tanto identifica la pintura del artista, estos cuadros de este pintor de Santiago que crea con una intensidad febril, obsesiva, se nos aparecen simbolizando el sincretismo religioso dominicano, o lo que es lo mismo, nuestro mestizaje ancestral, decidido desde el momento en que nos invadió el Imperio Español hace más de medio milenio. A partir de ese momento los habitantes de la isla empezaron a ser otra cosa. Cambiaron a la fuerza. Esa riqueza mestiza que nos hace tan particulares, porque después de todo nos identifica como caribeños, africanos exiliados en las antillas mezclados con europeos y uno que otro indígena que ligó su sangre hasta desaparecer por completo, nos hace precisamente más ricos. No debemos olvidar que el Caribe es identificado sobre todo por la aparición del esclavo africano, por la presencia tan fuerte de sus costumbres, su mitología y su cultura expansiva, alegre y musical, llena de pompa, sonrisa y movimiento. Porque estas preocupaciones del pintor tienen que ver además con sus intereses en otras ramas del arte, como por ejemplo en la música, a la que se ha dedicado últimamente. Y si unimos esta manifestación sincrética tan poderosa en nuestra identidad con la religiosidad popular, entonces tendremos los cuadros de Claudio Pacheco, con el triángulo de Dios como el ojo protector que nos observa, y que sabe todo lo que hacemos.