martes, 3 de marzo de 2015

Señor, Señor, por qué me has abandonado...

Eloi, Eloi, lama sabactani significa: Señor, Señor, por qué me has abandonado, o también: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado. Es una de las Siete Palabras (que en realidad son siete frases) pronunciadas por Jesús en la cruz. A mí esta canción me gusta mucho, y lo que tenemos que preguntarnos es por qué hemos abandonado a los demás, cuando Jesús murió por nosotros. Si les gusta la canción (no el video, sino la canción, que es excelente), denle click a me gusta en el sitio original en youtube. Este es el enlace:
http://youtu.be/IgZoMFqTLGw




Jesús de Nazaret

          Jesús es el personaje más importante de toda la historia de la humanidad. Ni Buda, con quien me unen coincidencias acerca de la forma en que debemos vivir nuestra existencia; ni Mahoma; ni Shakespeare ni Gengis Khan (Chinggis Khan) ni Hitler ni Marx ni Julio César han perdurado en la memoria de los hombres como lo ha hecho la figura pacífica de Jesús.
          De acuerdo al Nuevo Testamento, nació en Belén de Judá, a pesar de que su madre vivía en Nazaret de Galilea. Hijo de Dios hecho hombre, el Verbo encarnado que era Dios y hombre, enviado entre nosotros para salvarnos de todos nuestros pecados. “Llamado Jesús (según Mateo), porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Dios embarazó a una virgen, María de Nazaret, para que ella diera a luz a Él mismo. Desde Abraham hasta David fueron catorce generaciones, desde David hasta la deportación a Babilonia catorce generaciones, desde la deportación a Babilonia hasta Jesús catorce generaciones. Es decir: veintiocho generaciones desde David hasta Jesús, su descendiente directo. Rezaba la profecía: de la casa de David surgirá nuestro Mesías. El 7, que es número divino, se repite varias veces en la genealogía de Jesús: 2 veces 7 son 14, 4 veces 7 son 28. Jorge Luis Borges, que analizó los Evangelios Apócrifos (apócrifos, como él aclara, no en el sentido de falso o falsificado, sino de oculto), nos cuenta que Jesús hizo milagros que no aparecen en la Biblia: a los cinco años modeló unos gorriones con arcilla, y delante de los demás niños asombrados las aves cobraron vida y emprendieron el vuelo. Este milagro se encuentra en el evangelio apócrifo de Tomás.
          Sabemos también que resucitó a un muerto, que multiplicaba la comida y la bebida, que caminaba sobre las aguas y lloraba sangre. Sabemos que hacía milagros prácticos, como convertir el agua en vino, que curaba enfermedades y exorcizaba demonios. Tuvo trece discípulos, doce apóstoles y una mujer, y salvó a una adúltera de la lapidación. Como Sócrates o Buda, nunca escribió una sola línea, aunque era letrado: trazó una palabra en la arena que nadie pudo leer; se comunicaba con sus seguidores a través de parábolas o historias simples. Satanás, el Príncipe del Mal, le ofreció todos los reinos de la tierra; Él los rechazó no porque se los ofreciera Satanás (puesto que Él, que se encontraba por encima del Diablo, con el movimiento de un solo dedo hubiese tomado todo el mundo para sí), sino porque toda su vida fue una metáfora. Pretendía mostrarnos un ejemplo.
          Fue rechazado acremente durante su ministerio. Los maestros del Templo le tenían miedo o envidia. Memorizó completa La Torá, palabra por palabra; los rabinos se asustaron y vieron en Él a un antimesías que desviaría la atención de la gente de la llegada del Mesías verdadero: ellos esperaban a un guerrero. Profetizó la destrucción del Templo. Lo traicionó, a cambio de dinero, uno de sus discípulos, y murió crucificado en Jerusalén, acompañado de dos ladrones, crucificados como Él; acompañado también de su madre, de María Magdalena y de sus hermanos. Resucitó al tercer día.
          Como Augusto César o Moisés, sobrevivió a una matanza de primogénitos. Tenía poder sobre la vida y la muerte. Nunca fue muy popular en vida. Y sin embargo, si solamente hubiese realizado los milagros, multiplicado los panes y los peces, andado sobre las aguas, si hubiese sólo convertido el agua en vino, exorcizado los demonios, aún si hubiese sido crucificado como miles de judíos más de su tiempo, o como los esclavos rebeldes crucificados por los romanos (como Espartaco, por ejemplo, y todas sus huestes revolucionarias), no hubiese permanecido en la historia como lo ha hecho. Aún si el emperador romano Constantino hubiera tomado su religión y la hubiese esparcido a través del imperio a sangre y fuego, como luego hizo, su legado no hubiera perdurado.
          ¿En qué consistió la proeza de este israelita desarrapado, que nació en un pesebre, hijo de una analfabeta, la más pobre entre las pobres, en un pueblo perdido para la geografía y la historia, que nunca aspiró a la riqueza o al poder? Puesto que Dios escogió a una adolescente virgen y a un carpintero, pertenecientes a un pueblo esclavizado por el imperio más poderoso del mundo, para que dieran a luz y criaran a Su hijo. No buscó a reyes y emperadores, príncipes o adinerados, puesto que el dinero y el poder tienen origen satánico. Nietzsche escribió: básicamente sólo hubo un cristiano y murió en la cruz. La Biblia dice: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Cristo dijo: Debes amar a tu enemigo. “Al que te pida, dale (…) Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?”, comenta Jesús en el Evangelio de Mateo. No somos cristianos puesto que no somos capaces de amar y perdonar a todos nuestros semejantes: “…para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”.
          De acuerdo a la Biblia, Jesús regresará y descenderá sobre los suyos, pero atormentará y abandonará al Infierno (Sheol) a todos aquellos que se aparten de su fe. Su segunda venida se encuentra consignada en el libro del Apocalipsis, escrito por Juan mientras se encontraba encarcelado en la isla de Patmos. Los castigos a los fieles sugeridos en el Apocalipsis no se corresponden con la Palabra del Señor del Perdón, con Aquél que amará incondicionalmente a toda la humanidad. Juan de Patmos, atormentado por Nerón, intentó profetizar un dolor y una destrucción que no concuerdan con las palabras de Nuestro Señor.
          Según los evangelios apócrifos (Borges), en su niñez Jesús realizó milagros crueles que eran propios quizás del niño que era. Pero de acuerdo a la Biblia, Jesús perdonó a uno de los ladrones crucificados consigo, y lo invitó a participar con Él del reino de los cielos; le ordenó a un cadáver: Levántate y anda; le quitó las sandalias a una prostituta y le ungió los pies: el hijo de Dios, Dios mismo, se consideró capaz de humillarse ante la más vil de las mujeres. Hace más de dos mil años (veinte siglos) Jesús salvó a una mujer que iba a ser asesinada a pedradas: hace dos mil años Nuestro Señor estaba en contra de la pena de muerte, diciendo: Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Dios creó el mundo para todos (“que hace salir el sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”), pero algunos privilegiados piensan que el mundo es sólo para unos pocos. Bienaventurados los pobres, nos dice El Espíritu. Bienaventurados los oprimidos, los rechazados, los vilipendiados, porque de ellos será el Reino de los Cielos. No será de los ricos, de los poderosos (de los satánicos); será de los que sufren.
          Como el Espíritu se hallaba en Él, Cristo se encontraba por encima del bien y del mal, pero es conveniente consignar que esa vida metafórica por encima del bien y del mal significa siempre el encuentro con la infinita paz y la infinita bondad. Cada día, voces agoreras tratan de convencernos de que Dios ha muerto, que no necesitamos al Espíritu y que el ser humano se basta a sí mismo. Pero, entonces, ¿por qué cada día la necesidad de trascendencia conmueve a millones de personas? ¿Por qué todas esas personas sienten a un Dios en sus corazones, como si la presencia divina fuese intrínseca a la naturaleza humana? Según los hinduistas, ha habido una serie de encarnaciones de Dios que han llegado hasta nosotros, llamados por ellos “avatares”: Buda, anterior a Cristo; Jesús, hijo de Dios, Dios Él mismo; Mahoma, que se identificó a sí mismo como un Profeta. Los tres personajes de tres de las religiones más importantes del mundo. Jesús, Cristo, el principal personaje (Dios mismo) de la principal religión de nuestro planeta. La Ciencia ha descubierto que somos polvo cósmico, que todas las cosas en el universo están hechas de la misma composición finita de elementos. Yo soy yo, pero estoy hecho igual que un árbol, un león o una roca. Tengo voluntad, raciocinio y lenguaje para cambiar el mundo, expresar mis emociones o adorar a Dios, como nos dice el Popol Vuh.
          Jesús fue vendido por treinta piezas de plata. Fue torturado, y se le prometió la crucifixión. Se le colocó, para atormentarlo y avergonzarlo, una corona de espinas. Cuando Pilatos, un gobernador cruel de una colonia romana difícil y rebelde, preguntó quién debía ser perdonado, el pueblo escogió a Barrabás. El hijo de Dios fue rechazado por el mundo: pero así debía ser, para que el mundo luego se sintiese humillado y avergonzado. El más grande de los repudiados, el más enorme de los oprimidos. Según la leyenda, Buda murió porque se dejó comer por un tigre que tenía hambre: por supuesto, ésa es sólo una leyenda. Qué poca cosa valía la vida de Aquél (el Espíritu), Jesús de Nazaret, que llegó para cambiar la historia de la humanidad.


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