jueves, 12 de noviembre de 2015

El Corazón Oscuro

“El Lado Oscuro del Corazón” (Eliseo Subiela, 1992) es una película que contiene una trampa. Puesto que no sabemos si la consideramos una cinta de culto exclusivamente por sus virtudes cinematográficas, o porque cuenta la historia de un poeta maldito –pobre, anónimo, bohemio, melancólico- cuya vida es muy parecida a la de otros escritores anónimos (desde Juan  Carlos Onetti, desconocido en la primera mitad de su vida, hasta Oliverio Girondo, un poeta que no ha encontrado aún, a pesar  de su tremenda popularidad entre los jóvenes, el reconocimiento de cierta “crítica”). Si Oliverio, el nombre del personaje poeta, Oliverio a secas, puesto que nunca conocemos su  apellido, no se pareciera tanto a cualquier poeta latinoamericano, ¿nos seduciría tanto la película? Si el poeta no caminara por la calle como un ángel desastrado cuya gabardina agita constantemente el viento de Buenos Aires o de Montevideo, como las alas negras de alguien que busca una mujer que  sea capaz de acompañarlo a volar, y luego persigue a La Muerte hiriéndola con unos versos de Girondo, ¿nos sentiríamos tan identificados con la historia? Sin los poemas de Gelman, de Benedetti, de Girondo –dos argentinos y un uruguayo-, que el protagonista repite como si fuesen suyos, es posible  que  la película  no tuviese  una atracción tan hipnótica en nosotros. No podemos evitarlo: no podemos salirnos de nosotros mismos y percibir las cosas desde fuera, como si no fuésemos escritores. En este caso somos completamente parciales. Vemos en el personaje principal a Dionisio López Cabral, a Ramón Peralta, a Pastor de Moya o a Jim Ferdinand. A Puro Tejada, a Andrés Acevedo. Oliverio, que tiene el nombre del Girondo poeta de la vida real, trabaja en publicidad como Juan Carlos Onetti, y, como Onetti, viaja de Uruguay a la Argentina, y de Argentina a Uruguay. Se detiene a escuchar una canción de Fito Páez, le reclama a La Muerte enamorada. Del Lado Oscuro de Nuestro Corazón hacia la luz de la poesía, desde  Subiela Mirando al Sudeste  (¿qué lugar misterioso queda hacia el Sudeste, de todas maneras?) hasta  el descubrimiento de unos versos ya inolvidables de un poeta de culto como Girondo: basta que alguien me piense/para ser un recuerdo.
Pero, al mismo tiempo, la película transmite una presencia melancólica  puramente visual: Oliverio se saca el corazón y se lo entrega,  ensangrentado, a su amada; ambos vuelan, haciendo  el amor, sobre las calles encendidas de Buenos Aires; la fotografía en colores oscuros; los personajes que siempre se visten de negro o de gris; la ciudad nocturna, ventosa o lluviosa. “Hombre Mirando al  Sudeste”, su película de culto anterior, era sólo un  aviso de lo que vendría. El Lado Oscuro del Corazón –que es una película de culto, no una obra maestra- demuestra la solidez, la originalidad, la fortaleza de un tipo de cine latinoamericano que no debe parecerse, y que tampoco le debe nada, al cine norteamericano, al coreano, al inglés o al chino. Un cine propio que no tiene nada que ver con paisajes exóticos, territorios llenos de pobreza o religiones violentas y extrañas.




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