lunes, 21 de diciembre de 2015

PEDRO PEIX: EL DOLOR ES EL PLACER DE LA MALDAD:

En su libro “Las Locas de la Plaza de los Almendros” (1977), aparece el cuento “Una Flor Entre el Cruce de Dos Sombras”, que leí por primera vez siendo muy, muy joven en la desaparecida revista Letra Grande, y que me impresionó por su belleza y su brutalidad. Ese cuento es característico de la forma escritural de Pedro Peix: una estructura experimental, una historia llena de violencia, la tensión temática, la belleza del lenguaje del escritor culto unida al habla cotidiana del dominicano común. Al principio de ese libro aparece también el mapa de un pueblo inventado por el autor, como ya habían hecho -aunque sin mapas ni coordenadas- Rulfo, García Márquez, Onetti o Virgilio Díaz Grullón, los cuatro guiados por la primacía del Yoknapatawpha de William Faulkner: “Alcanfores”, pueblo que se repitió en su libro “La Noche de los Buzones Blancos”, pero que, por suerte, sucumbió a la obsolescencia más adelante, dando paso a la aparición concreta de una literatura urbana cuyo escenario total lo es la ciudad de Santo Domingo. Precisamente en “La Noche de los Buzones Blancos” aparece otra característica experimental del autor, es decir, la utilización del collage (fotografías, documentos, dibujos…) que interrumpían el texto, así como cuentos que tenían la estructura del poema, aunque con una intención narrativa.

          Pero luego, ya en el año 1984, apareció un texto que lo cambió todo. Ganador del primer premio del Concurso de Cuentos de Casa de Teatro, en cuyo libro de cuentos premiados lo leí por primera vez, “Pormenores de una Servidumbre” constituye un hito en la literatura dominicana, un antes y un después, un final (en el sentido de que todavía presenta una estructura experimental en desuso hoy día, el collage y la documentación que interrumpen el texto), pero al mismo tiempo un comienzo, el principio de algo que podríamos llamar, sin dudarlo, mi propia generación. Con un lenguaje barroco, signo de la literatura posterior de Peix; con un amplio conocimiento del alma dominicana, construye un texto que dramatiza la era de la dictadura de Trujillo, repleto de ironías, de brutalidad, de agobios y de angustias, con tintes puramente kafkianos que podrían representar cualquier totalitarismo en el resto del mundo, pasado o futuro. En el libro “Los Cactus no le Temen al Viento”, antología de cuentistas dominicanos compilada por el escritor italiano Danilo Manera, las fotografías y los documentos que acompañan el texto fueron obviados por el antólogo, suponemos que con la anuencia del autor, y la verdad es que el cuento gana mucho cuando se defiende sólo a través de las palabras. La historia del funcionario que cae en desgracia con el sátrapa y vive una serie de vicisitudes esperpénticas puede ser leído aún hoy día sin perder su actualidad temática, si cambiamos la figura del dictador por la del partido y variamos también un poco la tragedia personal y familiar, la violencia física por la tragedia económica y jurídica. Pero el cuidado excepcional de ese lenguaje inmenso, excesivo, la cruel ironía que es característica de una literatura de la violencia continuada por el autor en posteriores textos (“Los Muchachos del Memphis”, “Pasión y Oprobio en el Hotel Shanghai”, “Por Debajo de la Noche”), convierten a este cuento en un clásico indiscutible de nuestra literatura.


            “Los Muchachos del Memphis” y “Pasión y Oprobio en el Hotel Shanghai” continúan esta literatura crapulosa de la violencia, la decadencia y cierta tendencia a la degeneración y la lumpenería, quizás debido a la extrema sensibilidad de un autor que percibía en nuestra sociedad el camino de la sevicia y la degradación. “Los Muchachos del Memphis” nos refiere a un suceso real: el naufragio del Memphis, encallado en la costa de la capital dominicana, cerca del lugar de juego de un equipo improvisado de pelota, que halla en su interior la fantasía (uno de los muchachos confunde, en su inocencia casi infantil, a una joven que se prostituye en un camarote con una sirena), el misterio, pero también el despertar atroz a la realidad, es decir, a la adultez. El cuento está escrito en primera persona, contado por cada uno de los jugadores, pero prevalece en todas las voces el estilo del autor. El antebrazo de un marinero flota alrededor de los muchachos: el antebrazo de McKenzie Blue -dice El Niño, uno de los personajes que habla-, que vive en el horizonte. La intención es clara: el barco norteamericano invade con su sola presencia imperial la ingenua vida de unos jóvenes que no desean abandonar su inocencia; con el barco arriban la violencia, el vicio y la corrupción, hasta el punto de que los jóvenes deben abandonar el área del juego debido a la presencia fantasmagórica del barco; es decir, deben abandonar la niñez para siempre, penetrar abruptamente en la adultez.

 
(fotografía: Sarah Moon)
              
“Pasión y Oprobio en el Hotel Shanghai” transcurre de nuevo durante la era de la dictadura, en un hotel al que acuden los acólitos superiores del régimen a dar rienda suelta a sus depravaciones y sus vicios incontrolables. La apariencia (“el fantasmeo”, como decimos los dominicanos), la drogadicción, la lumpenería y la prostitución constituyen el ambiente ideal para estos hombres dueños del país (¿no hay también, por supuesto, un paralelismo con este período democrático?) que viven de la imagen, la corrupción, el vicio y la muerte. Con una atmósfera gótica influenciada de nuevo por Faulkner, el Hotel Shanghai es el escenario de una dictadura menor, la de Farewell Fox sobre el gerente morfinómano Bruce Joa, quien está dispuesto a ceder su libertad, sus bienes, su mujer y toda su dignidad a cambio de su propia vida. Para escapar de ese panorama oprobioso consume el opio que lo regresa a esa paz artificial al menos por algunas horas, el opio que lo aleja de la realidad que al final presenta su cara deforme en aquel personaje que se encuentra detrás de la imagen falsificada de Farewell Fox: Bruce Joa, como todo ser indigno, no es un hombre, es un guiñapo que se deja manejar por una de las caricaturas sicopáticas del poder. Estilística y temáticamente, es el cuento más cercano a “Pormenores de una Servidumbre” de toda su obra, así como el más cercano a su calidad, a su perfección.


            Hasta aquí, lamentablemente para mí, el recuerdo fragmentado de la obra de uno de los grandes escritores dominicanos. Tengo el honor de compartir cuatro antologías con Pedro Peix: “Los Nuevos Caníbales”, en donde está su cuento “Los Hitos”; “El Fantasma de Trujillo”, con su cuento “Pormenores de una Servidumbre”; “País Inverosímil” con “Los Muchachos del Memphis” y “Ruptura del Límite” con “Por Debajo de la Noche”. Es posible que Pedro Valdez, antólogo de la primera; Miguel Collado de la segunda; René Rodríguez Soriano de la tercera y Avelino Stanley de la cuarta, tengan visiones diferentes acerca de la obra de Peix, pero lo cierto es que escogieron cuatro cuentos excepcionales. Luego de la certeza de su muerte, con estas palabras sólo intento mostrar mi admiración, y la perplejidad al comprobar la indiferencia estatal y mediática ante su partida (opacada de cierto modo por el asesinato de un alcalde dueño de bancas de apuestas, a cuyo funeral asistieron un presidente, un expresidente amante de la literatura y una vicepresidenta de la república), comprobando en la realidad lo que ya nos menciona con creces y sin ambigüedades su obra: lo injusto que es nuestro país, lo injusto que es el poder en todo el mundo.

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