martes, 16 de octubre de 2018

Pasos para degradar un ministerio:


A partir del año 1924, el poeta Domingo Moreno Jimenes empezó a recorrer las localidades rurales del país para impartir pequeñas conferencias, charlas improvisadas, en las cuales vendía sus libros de poesía por lo que quisieran pagarle los pocos campesinos ilustrados (quizás profesores de escuela o ejecutivos menores del gobierno) que podían leer lo que escribía. Domingo Moreno Jimenes falleció el 23 de septiembre del 1986, y el presidente de turno, Joaquín Balaguer, ordenó una salva de cañonazos y honores militares para el poeta que vendía libros en las zonas rurales para ganarse la vida. Alguna vez Moreno Jimenes vivió en Santiago, donde trasladó la Colina Sacra del Postumismo a una casa que aún existe, en la calle Mella casi esquina Las Carreras. Debajo de un árbol donde hoy se encuentra el hospital regional José María Cabral y Báez, escribió sus versos más conocidos, el "Poema de la Hija Reintegrada”.

Recordamos 32 años después al poeta, Sumo Pontífice del Postumismo, pero, ¿quién puede recordar el nombre del alcalde del ayuntamiento de Santiago, del secretario de educación, del secretario de interior y policía en 1986? Juan Antonio Alix nació en Moca en el año 1833 y toda su vida transcurrió en la ciudad de Santiago, así que la alcaldía le dedicó un busto en el parque Duarte del centro de la ciudad, en un acto en el cual no se invitó a los poetas, ni a los artistas, precisamente a aquellos que, quizás, 32 años después de sus muertes, les dedicarán otros bustos en otros parques del futuro, mientras en su presente son despreciados por las autoridades que detentan el poder, que siempre se equivocan, pero que es posible que nadie las recuerde cuando se inauguren esos bustos del mañana.

Tal vez ya es un concepto del pasado la idea del poeta como guardián de su idioma. Es posible que yo mismo sea entonces un carcamán, un dinosaurio, un individuo escapado del pasado. También es un concepto del pasado la idea de trascendencia histórica; es decir, hay que vivir el presente, el aquí y el ahora. Lo demás no tiene importancia. ¿A quién le importa lo que suceda después que yo muera? Quizás la idea del artista como guardián de la cultura de su nación haya sucumbido al analfabetismo y a la popularidad de figuras mediáticas que hablan mucha paja, pero, según ellos, mucha paja “cultural”, “ilustrada”. A lo Paulo Coelho. El Ministerio de Cultura, esa entelequia degradada a la que alguna vez yo pertenecí, debería ser el techo en el cual pudiesen cobijarse los artistas, los poetas, los intelectuales de un país lleno de arte que surge de manera espontánea, puesto que no tiene ningún apoyo del estado. Ministros ineptos de cultura, que pensaron alguna vez que iban a recibir el apoyo de su gobierno y que prefirieron embajadas millonarias al trabajo arduo, pudieron convencerme de que organizara actos inútiles y pronunciara discursos que ahora me avergüenzan, para ellos demostrar que podían ejercer una posición que les quedó demasiado grande. Porque, ¿cuál ministro del gobierno conoce a los poetas del país, cuál ha asistido a una exposición de pintura, a un recital poético, a un concierto de jazz o de música alternativa, si no participa en él algún amigo o si no se imagina que le va a sacar algún provecho político o económico? Recuerdo que, siendo director interino del Centro de la Cultura de Santiago, me encontré en una feria del libro con el ministro de cultura de ese tiempo, José Antonio Rodríguez, con su colita y unos pantalones de rayas enormes, y él ni siquiera sabía quién era yo, a pesar de que le dirigía una importante institución de su ministerio, y a pesar de que soy un escritor que, aunque no me gusta la notoriedad ni la autopromoción, he ganado una cantidad de concursos, he publicado una cantidad de libros y he sido traducido a varios idiomas. Recuerdo cuando participé en el libro “Cien Años de Genocidio Armenio”, que recopiló el activista armenio residente en España Arthur Ghukasian, cuando me hicieron un reportaje para la televisión de Armenia, y el mayor orgullo que sentí no fue el hecho de que hablaran elogiosamente de mí, lo cual era y es secundario, sino que colocaran imágenes de Santiago de los Caballeros, que vieran el Monumento a los Héroes de la Restauración, la calle del Sol, el parque Colón, los habitantes de un país que nunca antes habían escuchado hablar de la ciudad de Santiago ni de la República Dominicana, y que eso se hubiese logrado a través de mí, un individuo discreto y desconocido que participó de ese libro porque Armenia conmemora el terrible acontecimiento de su genocidio el 24 de abril, el mismo día en que los dominicanos conmemoramos el inicio de la revolución de abril. Igual sucedió cuando me llamaron para que participara en un programa de radio en Uruguay, o en Cuba, o en México, o en España: yo soy de Santiago, les decía, una ciudad de la República Dominicana llena de artistas. Como no me conocía tampoco el funcionario que colocaron en la región, Jochy Sánchez, el musiquito que organizó un festival del locrio y una feria del dulce de leche, gastándose el dinero para patrocinar las artes en eso (con el apoyo incondicional del otro, del José Antonio que fue premiado como embajador de la UNESCO), y que hizo diecisiete mil montajes del espectáculo La Gallera cantado por Jhonny Ventura. Como tampoco me conoce el ministro actual, que no pertenece al sector cultural.

Mientras el Centro de la Cultura de Santiago “Srta. Ercilia Pepín” se cae a pedazos, al igual que El Gran Teatro Regional del Cibao sin nombre, el Monumento a los Héroes de la Restauración, la Escuela de Bellas Artes de Santiago o la Oficina Regional de Patrimonio Monumental, organismos que no funcionan no debido a la mala gestión de sus directores o subdirectores (a los cuales yo llevé hasta allí, a excepción de la directora del Gran Teatro Regional y del director de la Escuela de Bellas Artes), sino a que no tienen ningún apoyo gubernamental. El Monumento a los Héroes de la Restauración no cuenta con ningún subsidio del ministerio de cultura, y el flamante alcalde de la ciudad se niega a que se pueda alquilar su parqueo para obtener fondos para acondicionar, embellecer, una edificación tan grande, símbolo de la ciudad, permitiendo que el Monumento se pudra debido a que eso le conviene a su proyecto político. Casi un año se tardó sólo para cambiar el ascensor del Monumento, que no funcionaba, y que fue donado con tanta generosidad por empresarios del tabaco, sólo debido a una burocracia disfuncional. También debemos recordarle al ayuntamiento de la ciudad que no sólo Bulilo o los Hermanos Rosario se merecen un mural, sino que Ercilia Pepín es santiaguera; Yoryi Morel; Tomás Morel; Carlos Dobal que nació en Cuba pero en realidad era santiaguero; Manuel del Cabral; Federico Izquierdo; Ulises Francisco Espaillat, decimotercer presidente de la República, nacido en Santiago, uno de los políticos más honestos que ha tenido el país (quizás por ello no es tomado en cuenta); Cuquito Peña; Guillo Pérez; Moisés Zouain; Julio Alberto Hernández; Ñico Lora; Papi Curiel; Danilo Taveras; pero también los fallecidos Dionisio López Cabral, Alberto Khouri, Leo Núñez, Claudio Pacheco, Thony Liriano (cuyo nombre lleva la calle del barrio de Buenos Aires de Santiago donde vivió, lo cual logramos con mucho esfuerzo, donde hicimos un acto en el que el ayuntamiento se negó a participar) y Danilo de los Santos, uno de los más importantes artistas plásticos e investigadores de las artes caribeñas, cuya muerte pasó desapercibida, porque, ¿para qué sirve un guardián de la cultura en un país en el que no se apoya la cultura? ¿Para qué sirve un guardián de la cultura en un país en que se dice que la cultura no sirve para nada? Recuerdo además cuando asistí al acto de puesta en circulación del libro enciclopédico “La pintura en la sociedad dominicana”, de Danilo, en el hotel El Embajador en Santo Domingo, y en la mesa principal se encontraban los miembros de la directiva del Grupo León Jimenes, intelectuales, los más importantes artistas del país, además de la vicepresidenta de la República Milagros Ortiz Bosch, que también era ministra de educación. Los tiempos han cambiado. El país se ha degradado. Recuerdo también cuando Danilo de los Santos y el fotógrafo Domingo Batista fueron reconocidos como “Activos Culturales de la Nación” (lo que no sirvió para que se le rindieran otros honores a Danilo cuando falleció, puesto que Domingo Batista, por suerte, aún vive): se les rindieron honores militares frente a sus casas, mientras José Rafael Lantigua, el Ministro de Cultura, los acompañaba y los elogiaba. Lo único que puedo reprocharles a esos funcionarios que se han quedado recibiendo todas las críticas y vilipendios de la ciudadanía justificando un sueldo, es precisamente que se hayan quedado, puesto que la dignidad vale mucho más que eso. Hasta les perdono que hablen tan mal de mí, la persona que les consiguió sus trabajos.

La degradación de un ministerio no significa la degradación de la cultura dominicana. Esta continuará funcionando, puesto que la cultura es una manifestación espontánea de los pueblos. Y este es un pueblo lleno de arte, que inventó un ritmo musical (la bachata) en un momento en el que se pensaba que ya esto no era posible, que todos los ritmos se habían creado. Ya llegarán mejores tiempos para el sector cultural. De acuerdo a Gramsci y a Lévi-Strauss, la cultura es toda creación humana, es decir que es sinónimo de civilización, pero los ministerios de cultura de nuestros países se concentran sobre todo en las artes y en el patrimonio, como lo indica la ley con la cual se creó el nuestro. La ciudad de Santiago, la región del Cibao, todo el país, está lleno de artistas, gestores, animadores culturales, que realizan su trabajo de forma privada debido a que no se les apoya. El Diagnóstico Cultural que un grupo de artistas e instituciones realizamos hace más de un mes, demostró que los proyectos, los artistas, los gestores, están allí, lo único que necesitan es patrocinio y organización. Un patrocinio que no llegará desde un ministerio degradado. Que no llegará de las instituciones culturales que se caen a pedazos, literalmente, puesto que los mármoles y el yeso del Centro de la Cultura y del Gran Teatro se desprenden de las paredes y caen sobre el público o los estudiantes. Que no llegará de huacales que gastan todo aquello que debería invertirse en las artes en nóminas espurias. Pero, al mismo tiempo, empleados supuestamente de “baja categoría” ni siquiera alcanzan a ganar el sueldo mínimo, mientras sus directores ganan cientos de miles de pesos. La vida no es justa, Sancho, sólo es la vida.

La sociología te enseña que una nación se encuentra formada por una serie de élites que gobiernan, directa o indirectamente, una sociedad. Esas élites luchan entre sí, si es que sospechan que les será arrebatada la cuota de poder que detentan. Esas élites son religiosas, políticas, económicas, intelectuales. Las élites políticas dominicanas y latinoamericanas, en lugar de contener a las élites económicas, que en todas partes del mundo son rapaces, que no tienen límites (sólo económicos), han querido pertenecer a esas élites económicas, obteniendo dinero de forma ilícita a través del estado. Eso no sucede sólo en nuestro país, sino en muchas otras naciones del mundo: es el mal de nuestra época. Nuestros padres y abuelos soportaron dictaduras, violencia ideológica, presidentes autoritarios, un desmedido desorden administrativo; nosotros soportamos corrupción e inseguridad ciudadana. Cada época tiene sus propios desafíos. Ocúpate tú del día de hoy, que el día de mañana traerá sus propios afanes, dijo Jesús de Nazareth. Si no hubiera corrupción, habría dinero para patrocinar las artes en el país. Pero no, estoy equivocado, no es sólo culpa de la corrupción. Si no existe un interés político en ello, incluso un interés empresarial, no alcanzaremos nunca nuestra propia dignidad como artistas.

En el siglo VIII a. de C. nació Homero, que escribió los poemas épicos “La Ilíada” y “La Odisea”. Yo tengo ambos libros en un librero, en mi oficina, en el año 2018. De “La Ilíada” poseo dos versiones. La primera parte de “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha” fue publicada en 1605, hace 413 años. Tengo tres versiones del Quijote; una de ellas es un resumen de algo más de cien páginas que me regaló una estudiante a cambio de mi libro “Juguete de Madera”, que se lo habían puesto a leer en su escuela. Tengo las obras completas de Domingo Moreno Jiménez, incluso la biografía tan enjundiosa que escribió José Rafael Lantigua; “Compadre Mon” de Manuel del Cabral; libros de Andrés Avelino y sobre Zacarías Espinal; todos los libros del profesor Juan Bosch; los de Pedro Mir; en las paredes de mi casa cuelgo cuadros de Claudio Pacheco, de Tony Saint-Hillaire, de Vitico Cabrera, de Dionisio Peralta, de Cuquito Peña; un dibujo regalo de Víctor Estrella; un escudo tridimensional realizado por el hijo del pintor Ricardo Toribio. Los libros de poemas de Ramón Peralta, de Puro Tejada, de Jim Ferdinand, de Ruth cuando era Acosta, y de Fernando Cabrera. Tengo música de Patricia Pereyra, de Luis Díaz, del grupo Convite; libros de Fradique Lizardo y de Franklin Mieses Burgos. ¿Cómo se llamaba el síndico de Santo Domingo cuando murió Franklin Mieses Burgos? ¿Quién reconoce el nombre del rey de España en el año 1605, del rey aqueo del siglo VIII a. de C.? Conocemos a Agamenón, Menelao, Aquiles o Ulises porque Homero los menciona en sus obras. ¿Quién recordará en el futuro los nombres del actual ministro de interior y policía, del ministro de administración pública o el de cultura? Absolutamente nadie.