jueves, 3 de mayo de 2007

HISTORIA DE DIEGO Y CLÁSICA




Diego es un mecánico chapucero y haragán (siempre lo ha sido, no le molesta ni siquiera que sus clientes se quejen con su jefe en su presencia), fumador y admirador inconsciente de las presentadoras adorables de la televisión. Salen con poca ropa en la pantalla, a veces en bikini presentando algo superfluo en una playa o una piscina, Diego suspira, chupa inmisericordemente el cigarrillo apagado -lo tiene en la boca simplemente para calmar la tremenda intensidad del vicio-, a veces se masturba con ellas clavadas en una imaginación nada fértil, más bien árida, mediocre. Vive solo. Cada sábado, a las ocho en punto de la noche, se limpia la grasa de auto de la piel e intenta despejar un poco el olor a gasolina y querosén, y se dirige sin ningún apasionamiento, podríamos decir más bien que lentamente, como si no le importara aunque le importa, hasta la esquina izquierda del Cementerio Municipal, en donde, en el lugar en el que de día se venden geranios y gladiolos a punto de marchitarse destinados a los difuntos que visitan los deudos para cumplir con una formalidad pueril, recoge habitualmente a Clásica, que lo espera a una hora fija en la que trata de apartarse de los demás interesados, invariablemente como quien aguarda que todos los días caiga la noche, o que si se nubla demasiado es posible que esta tarde llueva.
Diego no es un hombre buenmozo, es más bien feo, pequeño y fornido. Usa unas camisetas muy ceñidas que le marcan exageradamente los bíceps. No es muy inteligente, en la escuela apenas llegó al segundo curso de primaria. A pesar de toda su labor de limpieza, siempre lo ronda un olor a gasoil o a líquido de frenos al que se ha acostumbrado. Diego dice que nació con ese olor, del cual está plenamente consciente, se lo dice a Clásica que se ríe con todos los gestos de la cara, aunque él sospecha que ni siquiera entiende bien lo que le está diciendo, las palabras que pronuncia, cuando esto sucede Diego piensa: Quién sabe qué clase de cosas raras estará entendiendo esta mujer.
Clásica es una prostituta de las más baratas. Usa desodorante de cajita y no es muy limpia, por lo que el olor grasoso del desodorante, mezclado con los hedores promiscuos de los clientes, parecen destinados precisamente a desaparecer bajo el otro olor del cuerpo de Diego. Es negra como el carbón, alta y esbelta, es haitiana. Podríamos decir: Es haitiana, como si dijésemos es colombiana o venezolana, pero todos conocemos la peculiaridad de este gentilicio, tal vez deberíamos colocarlo entre signos de admiración, o un solo signo al final, el signo único que utiliza el idioma inglés. Para no exagerar quiero decir, para no darle demasiada importancia al asunto. Con otras haitianas o con algunas dominicanas deshauciadas por la edad o la fealdad que no tienen a quién quejarse de la competencia extranjera, comparte la esquina del cementerio de muros blancos y fríos, asépticos, espera los clientes, no tarda mucho con ellos, excepto con Diego. Pero no creamos que lo hace por un afecto que no puede darse el lujo de sentir, que debe extirpar de sus emociones cotidianas, no: el tiempo que le dedica se debe a su antigüedad, a su obsesión semanal exactamente con ella. Esto le halaga. Hace dos años ya que el mecánico se le aparece todos los sábados, al principio tardó cinco minutos como los demás, ella le repitió las únicas cuatro palabras corridas que sabía decir perfectamente en español: "Rápido. Nada de romance". Lo hacían de pie, aprovechando la oscuridad del bombillo quebrado de un poste de luz que las mismas mujeres se habían encargado de romper a pedradas. Lo hacían pegados al muro, la mujer desnuda ya bajo la falda, cuyo bíes cubría el miembro de los ojos de los curiosos pasajeros. Diego era demasiado rápido, repentino, intempestivo, ella suponía entonces que no estaba casado, que no debía tener ni siquiera novia, que tenía relaciones sexuales muy fortuitas, lo cual, profesionalmente, le convenía. A veces, cuando caminaban hasta quedar debajo del bombillo roto, ella le acariciaba el pene a través del pantalón, para excitarlo de antemano, para que se viniera más rápidamente. Pero uno de esos sábados, a los tres meses de algo que se había convertido en rutinario, él se le paró delante y le pidió que se fueran a la habitación de un hotel: él lo pagaba. "¿Qué decil?", le preguntó ella, aunque había comprendido de inmediato, "¿Qué decil?". La situación era completamente nueva para la mujer (nunca nadie la había requerido más allá del poste de luz, más allá de ocho minutos, el que más tardaba), pero era demasiado despierta para dejar pasar la oportunidad de sacarle provecho. "Si ser así, yo cobrar más", le contestó después de hacerle creer que dudaba.
Qué le importaba a Diego que ella cobrara más o no. Estaba cansado de hacer el amor de pie, a la vista de algunos transeúntes, luego le dolían las rodillas, le daba vergüenza y, aunque en el instante de la eyaculación lo disfrutaba, él pretendía algo más, algún espasmo duradero, un embelesamiento, un éxtasis. Y creía que con esta mujer lo conseguiría, ya se conocían demasiado, no le era desagradable. Siempre le gustaron las haitianas, las negras, las excesivamente oscuras, aunque no se atrevería a pregonar esta atracción entre sus compañeros de trabajo, que quizás deseen lo mismo. A pesar de que él no es blanco, se considera más claro que un haitiano, nunca pensaría en sí mismo como un negro. Pero le atraen estas mujeres de cuerpos duros y suaves, de carnes ásperas y lisas. Le gustan los labios gruesos que se lo comen íntegramente a uno, el cabello ensortijado, peinado con clinejas complicadas. No le gusta que se maquillen ni que se coloquen ropas provocativas, porque esto no le agrada en ninguna mujer. Escogió precisamente a Clásica por este motivo primordial: porque la encontró tan recatada, tan despintada, con tanta ropa, parecía hasta tímida.
Ya en el hotel, ya en la habitación que olía a benjuí mezclado con jabón de cuaba, la primera noche Diego no consiguió la epifanía que buscaba. Algo se lo impedía: la cama que rechinaba, el olor de Clásica, los pantis sudados de la mujer, que esa noche seguramente había mantenido varias relaciones anteriores. Cuando hacían el amor de pie, recostados del muro y en la oscuridad, con los ojos cerrados para concentrarse y que todo acabara rápidamente, estos detalles no tenían importancia; pero allí dentro, en el hotel, todo el encuentro que antes era fugaz se alargaba, y entonces advertía cosas que antes no había notado. La esbeltez real del cuerpo desnudo de la mujer, por ejemplo, el color y el olor de su ropa interior, hasta algunas manchas y cicatrices -sobre todo una pequeñita en la rodilla, vestigios de varios puntos quirúrgicos encima de la rótula- que él sinceramente admiraba. Advirtió que le gustaba tremendamente el cuerpo de la mujer. Para acabar con estos problemas imprevistos, Diego obligaba a Clásica a bañarse antes de la relación, empezó a comprarle ropa interior que ella modelaba para él o que él le colocaba limpia y perfumada cada sábado, vistiéndola meticulosamente, él mismo intentó ser mucho más aseado, para que la mujer no se quejara de sus olores delante de sus compañeras, o para que si se desahogaba no lo hiciera de manera despectiva. Clásica se limitaba a pensar, mientras Diego le colocaba los brasieres impecables con orlas azules: Estos dominicanes tan delicados, hay que estar viva para ver cosas.
Una noche, cualquier noche, a Diego se le ocurrió que le pagaba muy poco dinero, que era demasiado barata para lo que ella le ofrecía, y decidió aumentarle la cuota unilateralmente. Sintió alguna leve felicidad que lo invadía, como un viento frío sobre la cara, cuando la mujer saltó delante de sí como una niña con el dinero en la mano, lo abrazó y le dio un beso sin que él se lo pidiera. Ella no sabía que para él esta generosidad no constituía un sacrificio: vivía solo en el patio trasero de la casa de su hermano mayor, en un anexo en el que no pagaba el alquiler ni el agua ni la luz, y no sabía en qué gastar su dinero, hasta el día en que se cansó de masturbarse y de enamorar a las mujeres del barrio o de barrios adyacentes que nunca le harían caso, y se decidió a pagar por las putas esporádicas y baratas que encontraba en los alrededores del Parque Valerio. La necesidad de variedad, la búsqueda de algo que no entendía claramente, lo llevó hasta la orilla del cementerio, donde encontró, la misma primera noche, a Clásica.
Pero entonces las cosas empezaron a cambiar, como sucede con todo en la vida. Agradecida por su desprendimiento, la mujer comenzó a contarle historias sobre su familia en Haití, sobre su madre y su padre y sus hermanitos que ayudaba enviándoles dinero. Ella tenía veinte años cumplidos, aunque parecía mucho mayor. En un español que empezaba a aprender mezclado con palabras ininteligibles, casi siempre obscenidades, en creole, empezó a contarle cosas que a él no le interesaban. No era que le molestaran, sino que le eran indiferentes. Que su padre era un monsieur muy alto que ahora estaba enfermo de cáncer, que su madre había sido también cuero como ella, pero allá, en un burdel de yaguas y tejamaníes. Diego se había acostumbrado a la presencia de la mujer, es obvio, pero se había acostumbrado a ella en un sentido, diríamos, exterior. A veces, en su anexo parte atrás, escuchando a su hermano discutir hasta los golpes con su cuñada, buscaba sin quererlo el olor de Clásica, extrañaba su cuerpo. Una vez hasta le habló a su ausencia, olvidando por un momento a una presentadora bellísima que se movía absurdamente en la pantalla; Diego se rio luego, cuando advirtió que estaba solo, del disparate romántico que había cometido.
Por supuesto, ella no se llamaba Clásica. Se lo contó también porque se volvía cada vez más habladora, cada vez le tomaba más confianza: cuando llegó al país necesitaba un nombre en español, y alguien había mencionado esta palabra en su presencia. Le gustó el sonido, sin conocer su verdadero significado, y lo tomó como su nombre. Se llamaba, realmente, Sophie. "Tú eres el primer dominicane que sabe cómo me llamo", le confesó, pero a él no le agradó esta revelación, esta exclusividad. Esa noche, le hizo el amor con una fruición molesta, aunque esta vez el embelesamiento llegó sin que lo buscara, sin que lo esperara.
A Clásica la habían asaltado cuando cruzó la frontera con siete mujeres más. Pasaron el río, ya lo habían hecho antes, casi siempre para practicar: lo cruzaban de un lado a otro, luego se devolvían sin caminar mucho más allá. Unos militares las detuvieron y les quitaron todo lo que llevaban, comida, dinero para desenvolverse en el país, excepto la ropa. No pretendían nada más, las dejaron continuar y les desearon suerte. Pero Clásica, que en ese tiempo era muy joven, tuvo miedo y sintió unas palpitaciones serias en el pecho, como si le comprimieran el corazón. No volvió a cruzar la frontera de ese modo nunca más. "¿Si una persona, un dominicane, o un guardie, me atracara, tú me defenderías?", le preguntó a Diego, que fumaba delante de la cama, observando ese cuerpo tan perfecto, tan negro y tan desnudo delante de sí, que él poseía cada sábado pero que no era suyo. “Si fuera blanca”, pensó sin querer, “sería mucho más cara”. Sudaba y respiraba con dificultad, brillando debajo de los insectos que se suicidaban chocando con el bombillo ardiendo del techo. "Sí, claro que sí", le contestó por fin, "yo te defendería de cualquiera", aunque no le agradó el cuento ni la pregunta que él consideraba mal formulada. Además, no entendía qué clase de belleza ella había encontrado en el sonido de su nombre, en la palabra "Clásica". Pensaba que era un nombre más bien deslucido, demasiado extraño; cuando la conoció creyó que se lo dejaba porque era inevitable, porque era su nombre verdadero. Si quería un alias hermoso, debió escoger Inmaculada, o Angelina, Evelin o Graciela -nombres que él consideraba realmente bellos-, y no una palabra que ni nombre es, un mal invento.
Diego sabe que no es un hombre valiente, que no puede hacer alardes de fuerza, ni su cuerpo ni su carácter se lo permiten. Un día que pasaba por el frente del cementerio, puesto que cada mañana para dirigirse a su trabajo debe cruzar por la misma esquina que Clásica ocupa en las noches, aunque todo está muy cambiado de madrugada, el día se encarga de retirar todas esas sombras y lascividades, vio a unos ladrones que le robaban a un anciano que se defendió, persiguió a los delincuentes hasta que no pudo más, se sentó destruido en un contén. Cuando sintió que le sacaron la cartera, el anciano gritó: "¡Ladrones, agárrenlos, ladrones!", pero sólo Diego caminaba por la acera tan temprano, vio a los rateros pasarle por el lado, no movió un solo dedo para tratar de detenerlos. Más bien tuvo miedo de ellos -dos jovencitos de nada, adolescentes díscolos que luego fusilaría la policía en medio de la calle-, miedo de que, creyendo que él se interpondría en su camino, lo atacaran. Pero no sucedió nada: ellos se alejaron corriendo, él se hizo a un lado, el anciano no tuvo tiempo de reprocharle su cobardía. Todo había pasado, por suerte, tranquilo y lento de nuevo para el taller.
Clásica tenía un seno más grande que el otro, sólo un poco más grande que el otro. Se lo había descubierto uno de sus hermanos, el tercero, un petite que tenía el pie derecho deforme, se cayó de un andamio y, como no pudieron llevarlo al hospital, su propio padre le entablilló la pierna y el hueso se soldó torcido. Diego no podía entender estas salvajadas, cómo no le habían enyesado el hueso roto, como a todo el mundo, pero no lo repetía en voz alta para no ofenderla. Ella no tenía los senos grandes, eran pequeños pero redondos, de pezones erectos. Se bajó la sábana hasta el ombligo y le pidió que averiguara cuál de los dos, que recordara que era sólo un poco más pequeño, una diferencia apenas perceptible. Embobado ante los senos que le mostraban como jugando, él los veía ambos iguales, como siempre, así que se decidió a adivinar: “El izquierdo”, respondió. La mujer le dijo que precisamente, sabía que su hermano no estaba equivocado, cuando fuera al hospital a examinarse las venéreas le pediría al doctor que se los midiera exactamente, siempre lo olvidaba. Ese sábado no hicieron el amor, ella tenía la menstruación. Anteriormente, cuando la regla coincidía con uno de sus sábados, ella se lo advertía directamente y él se marchaba, pero últimamente Clásica esperaba hasta llegar al hotel para darle la noticia. Como ya estaba allí, como había saldado la habitación, Diego se fue habituando a solamente hablar con ella, a besarla de vez en cuando, a no llegar hasta la penetración, que en ese período le repugnaba. Se dejó convencer por la mujer de compartir estos sábados asexuados y pagarle como si tuviesen relaciones, pero íntimamente Diego no entendía la necesidad de encontrarse estos días que consideraba inútiles.
El señor que cobraba la habitación del hotelucho en el que hacían el amor era un campesino cuarentón, que siempre estaba fumando unos cigarrillos largos y marrones, seguramente había caído detrás de ese mostrador astillado porque no sabía hacer nada más que labrar la tierra; es decir, no era capaz de realizar ningún otro trabajo urbano. Su obligación era simple: cobrar el dinero, entregar la llave, recogerla al final, después de las dos o tres horas en que la pareja fingía que había pasado todo ese tiempo teniendo relaciones sexuales. Lidiar con los borrachos, rechazar a los homosexuales. Acostumbrado a verlos llegar semanalmente, le reprochaba a Diego que se acostara tan públicamente con una haitiana: no podía entenderlo. Le preguntaba si la mujer hedía, si no se le perdía en la oscuridad. A Diego le desagradaba tremendamente este hombre, pero no le decía nada. Pensaba: métete en tus asuntos. No te metas con nosotros, tú no sabes quién soy yo, pensaba. Lo veía de reojo, muy serio, convencido de que con este gesto despectivo el portero entendería cuánto lo despreciaba. Entonces pagaba, sin hablar, y subía a la habitación con Clásica, que estaba consciente de lo que ocurría, su experiencia era abrumadora.
Así pasaron más de dos años.
Pero todo se tiene que acabar, como se acaba todo en la vida, así son las leyes del mundo, quiénes somos nosotros para luchar contra ellas. Un martes que Diego se dirigía al taller, caminaba cerca de la esquina del cementerio con las manos metidas en los bolsillos, hacía frío y niebla por la humedad aunque luego calentaría, quizás en una hora o dos. Compró café en la mesa de doña Alfonsina, una anciana silenciosa y decente que a veces le fiaba las tazas hasta el viernes, el día de cobro en el trabajo. Si él se lo pedía, hasta le leía las manchas del café de gratis, aunque él desconfiaba constantemente de la veracidad de sus poderes. Era, ya, muy tarde. Diego escuchó algo. Vio a un tropel de policías que se bajaba de un camión, entraba corriendo a unos callejones infinitos que él conocía, vio cómo empezaron a sacar a los ilegales que vivían en las habitaciones del fondo, hacinados en literas compartidas, o en el suelo. Lo hicieron profesionalmente, rápidamente, golpearon a alguno que se resistió, tal vez alguien golpeó sólo por placer. Y entonces él vio cómo de allí salió también ella, ahora llamada solamente Sophie, vio cómo la maltrataron, la vio subir a la cama del camión, la vio enjugarse las lágrimas. Cualquier persona que no conociera esta historia podría pensar: este es un día común, todo sucede como debe ser, cenaremos en la noche, veremos la televisión, fornicaremos sin lujuria, mañana caminaremos debajo de un sol antiguo o de una luna de sangre, como siempre. Tal vez los demás creían, falsamente: todo sucede con normalidad, la monótona vida continúa sin aspavientos, andaremos todos por las aceras o por las calles en nuestros autos y olvidaremos este día en el que nada ha pasado, el día que será como cualquier otro día no sólo de mi vida sino de cualquier otra vida parecida a la mía. Algo ocurrió, de repente. Diego no hubiese deseado que algo así sucediera, pero ella pudo verlo, lo observó fijamente parado en la acera con la taza vacía en la mano, viendo hacia el camión (viéndola a ella) que partiría llevándose hacia el olvido su contenido vital, y en su mirada que lo descubría le rogaba algo que nadie le había pedido antes, un acto de contricción como una epifanía: Habla por mí, sálvame, defiéndeme como me dijiste, haz que me bajen de aquí, y me dejen, y todo seguirá igual, y continuaremos amándonos, y continuaremos juntos.
El camión arrancó inmediatamente, la calle se despejó de curiosos, todo había terminado. Diego se rascó un poco la cabeza, le entregó la taza a la anciana. Estaba francamente confundido. "En todo lo que hablamos, ella que hablaba tanto, nunca me dijo que fuera una ilegal", pensó. Se metió las manos en los bolsillos, apuró el paso: se le había hecho realmente tarde esa mañana para llegar al taller. Ojalá que su jefe no le llame la atención.

(FOTOGRAFIA: MIGUEL CRUZ)