Oraciones para cuando llegue el fin del mundo:

Manuel Llibre Otero


-Primera acumulación de palabras en torno a “El Libro de los Ultimos Días”, de Máximo Vega.

 

(“Esa es nuestra morada:

la pureza que se recibe

y la siniestra semilla que se hunde”

Lezama Lima: “Los Dioses”)

 

En el texto “La sociedad del espectáculo”, Guy Debord afirma que “toda la vida de las sociedades donde reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una acumulación inmensa de espectáculos”. En este caso, asistimos a la presentación de una acumulación, aunque no inmensa, de miradas sobre las transformaciones de las sociedades modernas y los entuertos que se supone debe sufrir un joven escritor, caribeño y de provincia, para parir su obra literaria.

 

Si un desafío ha enfrentado Máximo Vega en toda su carrera literaria, ha sido enfrentar esa indiferencia hacia los objetos y los sujetos que se supone cotidianamente agotados, tratando de seducirnos al hacernos mirar por lo que no somos vistos ni alardeamos de ser, sino por todo ese mundo solitario, sórdido a propósito y un tanto vouyerista, donde nos hace ocupar el lugar de un apasionado lector de su propia teatralidad, de los accidentes de la vida social que construimos y que al final, por esos aparentemente fugaces espectáculos personales de frivolidad, nos reconoceremos, en la ausencia de sentido que crea la desesperanza o en la reducción de nuestras vidas a todo lo que hemos considerado la realidad conveniente y que deviene en el conformismo.

 

Máximo Vega, en sus cuentos y novelas, es un experimentado escritor que se impone tortuosas existencias para desentrañar esos espectáculos sociales con su estilo muy propio de lenguaje austero por cuanto debe ser efectivo y preciso.

 

Vega, desde muy temprano, se aparta de los narradores convencionales y trata tan explícita como cómodamente, temas de conocida polémica sobre la realidad social tercermundista, crea personajes dominados por los sentimientos desnudos que motorizan las pasiones verdaderas pero que se ocultan por las socialmente convenidas, deshila historias donde consigue declaraciones impactantes y trascendentes sobre cosas que en principio podrían no interesarnos, como el sueño de los otros, la pelea diaria de los olvidados, el abuso del cuerpo, lo discursive y puro del lenguaje.

 

Presentar un libro siempre es un compromiso, y más si el libro es de un amigo con el que nos unen tantas vivencias, sueños y desilusiones compartidas. Trataré de pensar en el casi incomprensible Lezama Lima para hacer una abstracción especulativa sobre estos textos que aunque no son santos, si son de los últimos días, de los últimos días del siglo pasado, quizás de los últimos días del purismo para dar la bienvenida al desarraigo, intentando identificar sus esencias, ya que Vega escribe parado y sin sombrilla en medio de una tempestad de expresiones donde dispara una crítica que pareciera estar en contra casi de todo lo que trata y que no pretende salvar al lector con ese sentido simplificador, de crónica, de recetario, que muchos lectores esperan encontrar en ensayos y críticas literarias.

 

Un aspecto relevante de los textos contenidos en el libro es una obsession por los orígenes de las cosas, los personajes y los conceptos que durante su vida de lector han logrado identificar, conectar con su nivel de pensamiento. En muchos textos, es evidente la profundización casi a nivel de buzo en los aspectos de la cultura dominicana, buscando identificar sus esencias, pero dándole expression “a lo Máximo Vega”, haciendo que esta noción de lo criollo también se contraponga con el subyugante contexto extranjero y levitando en el fenómeno que todos conocemos de lo imprevisible que es la dominicanidad y sus derivaciones, sin que esto logre desembocar en “resentimientos vernáculos”.

 


Si ha llegado el fin del mundo, lo cual es inevitable, para qué leer? Somos en buena medida lo que leemos, o bien buscamos lecturas que coincidan con nuestra visión del mundo, sin lugar a dudas que a través de esta obra conocer en buena medida el pensamiento del autor y sus reflexiones sobre la verdadera existencia a través de sus múltiples y variadas lecturas. La crítica literaria, tan amiga de encasillarlo todo, obras y escritores, será vencida a pulso por Vega cuando aborda el análisis de escritores que van desde amigos cercanos hasta grandes figuras de la historia de la literatura universal. Como si tuviera favoritos, pero a la vez sin tenerlos, hay un serio problema con la crítica tradicional, ya que los textos de este libro abordan temas, personajes y aspectos específicos de las obras donde Máximo los enfrenta a una gama de posibilidades y a una batería de análisis filosóficos, sociales, sociológicos, como si lo hiciera sólo por el hecho de un divertimento, alejándose de los cuestionamientos tradicionales que se hacen todos y entrando en una crítica literaria más rica y amena, alucinante en ocasiones.

El libro es casi una recopilación de artículos y ensayos sobre temas literarios, exceptuando el abordaje de temas tangenciales como reflexiones sobre el arte contemporáneo, la cultura, el cine, y algunos aspectos de la identidad del dominicano. Como toda colección de textos de diferentes intenciones y épocas, puede asumirse a priori que estamos ante un material heteróclito, nada más errado ya que el pensamiento de Vega es plasmado en todos los trabajos de manera ordenada, pero con el atrevimiento que se requiere para tomar la palabra y pretender situarla como herramienta medular en la reconstrucción inteligente de obras y lecturas, de personajes amigos o elegidos, de símbolos extraños, caciques y deidades o de películas al límite de la existencia.

 

Sin temor a equivocarme, puedo afirmar, y no por el compromiso de amistad, que este libro representa un aporte en lo que a la comprensión y reconstrucción de la historia literaria reciente se refiere, mediante una serie de discursos que en ocasiones se leen como si se escuchara a viva voz el discurso personal y privado del narrador que es Vega, reflexionando sobre el panorama literario contemporáneo, con la misma soltura y elegancia que cuando escribe ficción.

Máximo no habla en este libro solo de su filosofía de vida, ni de la filosofía como esa posición totalizadora o que configura una doctrina ontológica cuyo resultado se vierte inadvertidamente en una colección de ensayos. Este libro es más espectacular, es la negación de muchas cosas, la muerte de muchas ideas existencialistas, y la búsqueda de una dudosa redención del escritor únicamente a través de su propia obra, solitaria, egoísta, desconocida, personal.

De palabras somos -de verbo y carne estamos hechos-, y Vega alterna la reflexión y el ensayo con unas pocas crónicas de sus vivencias, con elegantes pero complacientes notas sobre sus amigos escritores.

Pienso que el libro de los últimos días constituye una lectura muy rica en imagines y conceptos, incluso en aportes culturales de significación, aunque densa y apabullante en ocasiones, un libro muy completo sobre la visión del autor en torno a la fuerza que gobierna las cosas y la inteligencia en un mundo tan problematizado, con frases inteligentes, incendiarias y hasta demoledoras de la realidad que se preconfigura y se acepta como válida.

Otros temas que trabaja el autor en sus textos es el de la relación noción entre el arte contemporáneo y su evolución en nuestra cultura. Cierta obsesión por el destierro del escritor en nuestra realidad y un tanto bosquejando el problema de la identidad como generación que no ha podido superar las fronteras de las generaciones precedentes. Mención especial merece el artículo sobre Sacha Tebó, que presta su imagen para la portada.

Finalmente está la nostalgia, distante, pero siempre presente, la nostalgia que es inútil, que no sirve para nada, pero que supone la forma en la que, mediante nuestros gestos, manejaremos esa gran responsabilidad que el mundo nos impone, la “insoportable levedad” que nos endilgó Kundera y que mientras más nos aproximamos a ella supone un mayor reto para superar los miedos del hombre frente a los problemas de nuestros días.

Máximo ha construido con este libro una especie de paraíso para sus sombras, pero siempre con esa curiosidad que causa todo tragaluz de ir a mirar el mundo desde otra perspectiva. En él no encontrarán ustedes más que fragmentos de salvación y un poco de material embrujada con la cual bien podrían aderezar su caldo de brujo donde muchos esperamos aún cocinar algún texto que cobre vida.

Son los tiempos de la decadencia de los héroes, de asistir al espectáculo de lo contemporáneo como culpa compartida y no hay mejor excusa que este libro de los últimos días para lograr establecer un compromiso, una toma de conciencia sobre el deber del escritor y su particular manera de develar el juego de los apariencias.

 


 

 

LA MUERTE DE RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO:

Máximo Vega
(Publicado en el periódico Listín Diario)


¿Qué puedo empezar diciendo de René? Nos conocimos sin vernos, quizás debido a mi timidez, luego de que escribiera una reseña sumamente elogiosa acerca de mi primer libro, “Juguete de madera”, en la revista Arquitexto, en la cual hacía crítica literaria. Cuando intenté poner a circular ese libro en el Centro Cultural Español, en Santo Domingo, aún sin conocerlo, le solicité por teléfono que me hiciera el favor de presentarlo, pero lamentablemente ya se había marchado a vivir a Miami, en los Estados Unidos. A partir de ese momento empezamos una amistad virtual que se prolongó por muchos años, quizás demasiados, hasta que nos conocimos personalmente, puesto que yo era un joven provinciano, como alguna vez él también lo fue, que no hacía vida literaria desde la ciudad capital, mientras que él vivía en Miami y luego en Houston, Texas, donde se hizo de una de las carreras literarias más sólidas de cualquier escritor dominicano contemporáneo, aún de aquellos que viven en esas falsas cumbres literarias nacionales rodeadas de espejismos. Precisamente todo aquello que odiaba René, y que reprochaba sin ambages: el poder, la petrificación literaria, la mediocridad disfrazada de éxito. Alguna vez, en una de esas charlas que nadie recuerda pero que nos convencen de que nuestro camino es la Literatura, yo mismo dije, antes de conocerlo y de conocer sus muchos libros, que sus cuentos eran parecidos a los de Julio Cortázar, como se repetía en aquella época acerca de otros escritores como Arturo Rodríguez Fernández, Enriquillo Sánchez con aquella Maguita suya tan repetida en sus poemas, e incluso de René del Risco Bermúdez, el otro René: una cercanía en el estilo, en la forma, no en el género fantástico que cultivó con tanta maestría el escritor argentino. Por supuesto, estaba equivocado, y esa equivocación garrafal me chocó en la cara cuando hice una antología de su obra, y me dediqué a leer, con mucho placer y admiración, todos sus libros de cuentos.

René empezó su recorrido literario con un libro de poemas que, quizás, nos traslada a su propio bucólico pasado, en Constanza, titulado “Raíces con dos comienzos y un final”. El presentador de ese libro lo fue el poeta Mateo Morrison, quien también lo presentó, durante el año 2020, en una serie de conferencias para dar a conocer su última novela, “No les guardo rencor, papá”, publicada por la editorial argentina Palabrava. Esta clase de simetrías misteriosas son comunes en la biografía de René. Su segundo libro de cuentos lleva ese título (No les guardo rencor…), al mismo tiempo el nombre de esa última novela que no debió serlo puesto que, de acuerdo con lo que conversamos por última vez, estaba lleno de ideas y proyectos. De ese libro de 1989 es el cuento “No las mate, por favor”, que tiene un tema rural pero a la vez sicológico, y que empieza más o menos así:

“La primera vez, que yo recuerde, fue a los cinco o seis años en casa de Mamá Negra, mientras ella preparaba unos casquitos de maíz con leche de chiva, nunca podré olvidarlo, junto al “no me comí el azúcar” salió de mi boca (negra, hermosa y viva) esta hormiga con los ojos verdes y comenzó a pasearse por mi cara, observándolo todo detenidamente”.

Es la historia de una venganza que debe ser cometida por un hombre que no quiere hacerlo, con toda probabilidad en su natal Constanza, por lo que, agobiado por la culpabilidad, se imagina que le salen hormigas por los diferentes orificios de su cuerpo, que le quitan poco a poco la vida.

O el “Juego 007”, de su primer libro de cuentos “Todos los juegos el juego” (1986), aquél culpable de que se le comparara con Cortázar, cuando el título advierte que es una parodia al escritor de “Historias de Cronopios y de Famas” y de “La vuelta al día en ochenta mundos”: el primer libro de un admirador, de un joven escritor que inaugura su narrativa y que no hace más que homenajear:

“-Se conoce con el nombre de los símpidos a los antiguos pobladores de la meseta suprarrenal de La Alfalfa, que guerrearon solípedamente con los nísperos y sus vecinos los gélidos, y luego se establecieron linfáticamente en la ribera vaginal del Tábano.”

Aunque ese libro, esos cuentos, descubrieron a un escritor lleno de humor, de una vena poética simultáneamente anti-poética, rebelde, cínica como lo fue su propia época, que no se creía para nada la idea del escritor-arúspice, del autor-shamán que descubre cosas invisibles o ignotas, que es el oráculo verbal de sucesos futuros, cuando se obvia que un escritor, un poeta, no es más que un humilde orfebre de la lengua, un guardián de su idioma -lo cual ya es mucho-, o más sencillamente, como nos dice el poeta catalán Pere Rovira: “Un poeta es un señor que escribe poemas”.

Luego llegó la década del 90. A René se le ha identificado más bien con un autor de la llamada Generación del 80, puesto que no cabe en su propia generación, que es la del 70 (Raíces… se publicó en 1976), y su literatura no guarda nada del compromiso político de la Generación de Posguerra. En el año 1991 publicó el libro “Su nombre, Julia”, del cual proviene el cuento del mismo nombre, un clásico de la cuentística dominicana, y en 1996 “La radio y otros boleros”, Premio Nacional de Cuento, que contiene la narración “La radio”, la mejor de ese libro, que ya había obtenido otros premios locales. En el 97 “El diablo sabe por diablo”, en 2013 “Solo de flauta”, en 2015 “El nombre olvidado”, en el cual todos los títulos de los cuentos corresponden a nombres de mujeres. Porque René era un perseguidor, un adorador. Su tema preferido es el amoroso, el de las difíciles, complicadas o simples relaciones entre un hombre y una mujer; algunos de sus cuentos, como “Keiko”, por ejemplo, de ese libro con nombres femeninos, es apenas el recuerdo poético del encuentro y desencuentro con un personaje:

”Quedan fotos y, más que fotos, recuerdos clavados con fuerza en la memoria. No sé si soy el mismo de antes, el que anduvo por las noches y los días borracho de placer y de locura (uno, normalmente, es tantos otros, y yo, principalmente yo, he sido tantos otros tantas veces, tantas noches).”

No obstante, estos son solamente sus libros de cuentos. En medio de la publicación de esos libros entrañables, debido a que, recorriendo sus páginas, nos asalta la nostalgia, se encuentran otros de poemas, de conversaciones con otros escritores, libros a cuatro manos con otros narradores, libros de entrevistas, un diario imaginario entregado al lector como una novela aunque realmente no lo es, artículos y ensayos sobre literatura… Pocos escritores dominicanos pueden presumir de una obra tan vasta; pero además, pocos dominicanos han unido tanto su propia vida cotidiana con la literaria, de manera que todos sus actos transcurran alrededor de la Literatura.

René Rodríguez Soriano tiene una de las obras cuentísticas más sólidas de la República Dominicana y todo el ámbito del Caribe. En el prólogo de la antología de sus cuentos “Jugar al sol” (mediaIsla-Juguete de Madera, 2017), escribí lo siguiente: “A veces se nos olvida que estamos ante un autor completamente maduro (…) un escritor que estructura sus libros de manera tal que cada uno parece un primer libro. (…) una obra que, como le he confesado al propio René, es única en la literatura dominicana; única en el sentido de singular”. Singular en el sentido de que no alberga ninguna otredad que no sea el propio texto que se lee, sin significados ulteriores o pretensiones oraculares escondidas en sus páginas. Es una forma de contar única. Sincera, sencilla y talentosa. Una forma de narrar que no le debe mucho a sus compañeros generacionales, a sus compatriotas escritores, y ni siquiera a sus influencias, notables o no.

René ha muerto en Houston víctima del coronavirus. No sólo lamentamos el fallecimiento de un escritor, sino el de un amigo. Le hice, sin saberlo yo, mucho menos él, su última entrevista, en un canal de televisión de Santiago, en el que sólo nos encontrábamos él, un técnico y yo, y esa soledad extrema propició un diálogo de casi una hora, que supongo algún día servirá como testamento visual de un escritor importante. Me pareció notable la cercanía de nuestro tuteo, puesto que René tenía 20 años más que yo, aunque nos reconocíamos desde hace muchos años como buenos amigos. Muchas veces me convencía de que era más joven que yo.

Quedarán sus libros, quedará su narrativa, pero, ¿qué importancia podría tener eso para mí? Para sus lectores, claro que sí la tiene, pero para quienes lo conocimos no es suficiente. La brevedad de nuestras vidas es una estafa, algo inexplicable. En esa cosa incomprensible que es la muerte se encuentra un misterio y un horror.

Así pues, René, fuimos amigos y fuiste un escritor. No grande o pequeño: un humilde poeta. Me parece que con eso ha sido más que suficiente. Hasta luego, mi querido amigo escritor.



Rusia, Ucrania, libertad de expresión:

        Se preguntaba Carlos Fuentes, durante la invasión a Irak, hasta qué momento los Estados Unidos permitiría una total libertad de expresión, al mismo tiempo que perdía hegemonía mundial y sus adversarios –o por lo menos aquellos a los cuales EE. UU. considera “adversarios”- empezaban a usar los mismos trucos mediáticos occidentales para manipular a los ciudadanos. Me parece que ese tiempo ha llegado y que somos testigos, con inmensa tristeza, del arribo de ese momento crucial para la libertad de expresión.

    Si nos atenemos a las informaciones de los medios de comunicación, Occidente ya no es un espacio geográfico, sino político, económico y militar. A Occidente pertenecen los Estados Unidos, Canadá y Europa (y quizás incluso Australia, Nueva Zelanda, Japón, Corea del Sur). Latinoamérica no pertenece a Occidente, de acuerdo con las noticias que nos llegan de los canales norteamericanos y europeos, así como México no pertenece a Norteamérica. Rusia le responde a Occidente, Occidente interpela a Rusia: Estados Unidos y Europa le responden a Rusia, que ya tampoco pertenece a Europa. Oriente está compuesto por Rusia y China.

    Admirábamos en los Estados Unidos y sus aliados europeos la defensa a ultranza de la libertad de expresión. Es decir, sus valores, que debe compartir todo escritor, para quien la libertad de expresión es un bien inestimable. Sabíamos que canales noticiosos como Fox News y CNN sesgaban sus noticias y muchas veces transmitían mentiras. Lo reconocíamos sobre todo cuando se trataba de hechos que ocurrían en nuestros países y de los cuales habíamos sido testigos: esas dos emisoras televisivas se referían a esos hechos de acuerdo con un sesgo ideológico, otras veces económico y político. Sabíamos que nos decían mentiras, literalmente. Así como existen páginas ultraderechistas o ultraizquierdistas que se inventan los hechos de acuerdo con su conveniencia, sin ningún rubor. Pero admirábamos el hecho de que no se tratara de censurar ni siquiera esa clase de informaciones, por lo menos sospechosas, porque se pensaba que el ciudadano tenía el derecho de recibirlas sin censurarlas, aunque luego se tratara de demostrar que mentían. Admirábamos, pues, la libertad para decir las cosas, la tolerancia para aceptar las diferentes aristas en el terreno de lo mediático.

    Ha llegado el momento en que eso ha terminado. Es posible que a países como Rusia y China, en donde todo no se puede mencionar, esta nueva estrategia les haya tomado por sorpresa. Se han censurado las noticias provenientes del adversario, los canales informativos del adversario, la visión del otro. Quizás las mentiras del otro, mientras se aceptan y se difunden las mentiras de “occidente”. Una guerra terrible ha provocado esto en las redes sociales, donde no se pueden difundir todas las noticias ni todo se puede decir; donde se han censurado documentales como el de Oliver Stone –que es, claro está, un director de los Estados Unidos-; donde se han cerrado canales rusos y pro-rusos en Youtube. Ni siquiera nos referiremos a los medios de comunicación tradicionales, que tienen sus guiones escritos desde el principio. Y todo esto sucede, como nos advierte el filósofo Byun Chul-Han, que mencionó esto indirectamente mucho antes de que llegara la guerra, por supuesto, ante la complicidad de las compañías multinacionales que manejan estas redes, creyendo ellos mismos que están haciendo algo bueno, loable, puesto que esta invasión es terrible y deleznable. La invasión a Ucrania es terrible, pero también lo fue la de Afganistán e Irak, la guerra en Palestina, Siria, en Yemen, Somalia o Rwanda. Todas son terribles. Ha terminado la etapa de la libertad, y entramos peligrosamente en otra cosa que todavía no entendemos bien, pero que podríamos empezar a considerar como aquella en la cual los propios ciudadanos aprueban esta censura y esta visión estrecha y unilateral porque la visión del otro es “diabólica”, “perversa”, “malvada”. Los otros son unos locos que actúan porque sufren de alguna psicopatía, son enfermos mentales que han puesto al mundo en peligro y no merecen estar en las redes, en la televisión, en la radio, en ningún medio de comunicación occidental. Hay que prohibirlos y censurarlos, y se supone que eso está muy bien. Puesto que debemos entender cómo funciona lo mediático hoy en día: para los medios y el público, es mucho más interesante la bofetada del actor Will Smith a otro actor, Chris Rock, que los niños muertos en Ucrania. Que son deprimentes, no transmiten nada positivo, aunque sí mucha negatividad, mala vibra. Me parece que hay una película de Netflix que se refiere con sarcasmo a esta clase de público contemporáneo. Pocos minutos después, un grupo de actores aplaudieron de pie al agresor, porque se encendía un letrero de luces led que les ordenaba: Stand up ovation.

    En el cuento de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, una civilización empezó a dibujar un mapa sobre todo su territorio, tratando de falsificar su geografía, que no les era agradable. Ese símbolo borgiano de la necesidad del ser humano de falsificar la realidad, de re-crear una realidad alternativa y edulcorada, pero falsa al fin y al cabo, es lo que sucede hoy día con la virtualidad, la desaparición de los objetos, la inmersión en una burbuja de la cual los propios ciudadanos no quieren salir, porque, y en eso sí estamos de acuerdo, ahí dentro somos más felices. Con esta premisa jugó en su momento la película “Matrix”. Pero debemos tener en cuenta también que esta visión sesgada de la realidad solamente se da en “occidente” (es decir, en algunos países europeos, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Corea del Sur…), aunque se quiera universalizar ese modo de vida que comparten esos países: el resto del mundo es posible que no comparta esta falsificación sistemática de la verdad a través del capitalismo y el neoliberalismo.




Byun-Chul Han, La Sociedad del Cansancio y de las No Cosas

El día de mi cumpleaños del año anterior, 2021, mis amigos y exparejas me enviaron mensajes felicitándome por Whatsapp, sobre todo emoticones e imágenes hechas, descargadas de bancos digitales. Solamente mi mamá me llamó por el teléfono celular para desearme feliz cumpleaños. Debo aclarar que ya no soy un hombre joven. Nadie me visitó, quizás porque pensaban que habían cumplido con la responsabilidad social de recordarme el día en que me trajeron al mundo. Pero soy una persona que ha vivido varias épocas. Añoro las cosas, los objetos, el bizcocho de cumpleaños, las fotografías impresas en papel fotográfico, el viaje anual al estudio para revelarlas en el cuarto oscuro, para tenerlas como recuerdos por el resto de mi vida. Es decir, siento nostalgia por lo físico, por los ritos y las interacciones sociales, aún quiero escuchar voces y tocar personas. Eso significa que continúo siendo un hombre del pasado.

Byun Chul Han es un filósofo nacido en Corea del Sur, aunque sus estudios universitarios los realizó en Alemania, donde se graduó y es profesor universitario. Sus libros se encuentran escritos en alemán, y sus consideraciones se encuentran influenciadas por pensadores, filósofos y escritores europeos. En sus libros La Sociedad del Cansancio, que es su obra más famosa, No-cosas o El legado de Eros, así como en las demás quizás menos conocidas, no menciona en ningún momento las palabras capitalismo o neoliberalismo.

Byun Chul Han es actualmente el filósofo más leído del mundo. Aunque no lo consideramos realmente un filósofo, sino más bien un pensador crítico. Él escribe que sufrimos de un “exceso de positividad” y de una “sobreabundancia de identidad”. Todos los instantes se parecen. Vivimos en un perpetuo presente. No hay espacio para la trascendencia, todo debe hacerse en el aquí y el ahora. Todos nuestros actos se encuentran dirigidos a la productividad. No es que el tiempo se haya acelerado, sino que nuestra memoria no puede reconocer los días como diferentes. Parece como si los días y los meses transcurrieran con rapidez, cuando lo que sucede es que no podemos establecer diferencias en la memoria entre esos meses y esos días. Llega el mes de diciembre y decimos “el año si se ha ido rápido”. En el espacio capitalista y neoliberal, donde todo se encuentra dirigido hacia la productividad y la economía, todo es mercancía, incluyendo la cultura. No existe un factor externo que obligue a los trabajadores a hacer su trabajo, puesto que, efectivamente, creen que son libres. El trabajador se autoexplota, es esclavo de sí mismo. Él lo define como una “explotación sin dominio”. Toda su vida se encuentra dirigida a trabajar, a mejorar económicamente su existencia y la de su familia. Esa necesidad capitalista puede identificarse desde Lutero y su reforma, para quien el trabajo alejaba del pecado, y el ocio “es la madre de todos los vicios”, como decían los griegos. Todos los presidentes de todos los países solamente hablan de economía, porque un jefe de estado no es más que un gerente. Un tecnócrata. Pero un sujeto en esta sociedad “tardomoderna”, como la define Han, es difícil de controlar, porque se siente tan libre y trabaja tanto que cualquier obligación social la percibe como una coerción a sus derechos, a dirigirse a sí mismo.

De acuerdo con la “sobreabundancia de identidad”, todos los libros se parecen. Todos son un mismo libro, porque el lector no quiere nada diferente. Incluso quiere libros que tengan una finalidad práctica, que lo ayuden a “producir” mejor, o que lo informen, porque lo que importa es la “información”, sobre todo si es excesiva. De ahí la popularidad de los libros de autoayuda, que ayudan a producir mejor, a conformarse mejor con el mundo en que vivimos. También la popularidad del coaching y de los expertos en la positividad. Lo mismo puede decirse del cine o de la música: siempre vemos la misma película o escuchamos la misma música, repetida una u otra vez con diferentes voces o personajes, porque eso es lo que quiere el público.

El ser humano de hoy tiene una preocupación excesiva por su salud. Quiere una larga vida aburrida, pero, como él nos dice, está muerto antes de envejecer. No quiere sufrir. No existe un espacio para la disensión, para la controversia, todo debe tener una corrección política. En las redes sociales cuenta con 2000 amigos, pero escoge a las personas de su grupo, que piensen como él. No le interesa los que piensen diferente. Cree que siempre debe estar haciendo algo, que es “negatividad” no hacer nada, porque no está “produciendo” algo. Es víctima y verdugo, dice, prisionero y celador. Esa realidad lo lleva a padecer enfermedades del sistema, que no existían anteriormente: la depresión aguda, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP), el síndrome de desgaste ocupacional (SDO). La sociedad lo ha convertido en un esclavo, pero él mismo no lo sabe.




Sus ideas se encuentran influenciadas por otro filósofo, Theodor Adorno, aunque él no lo menciona, que creó la llamada “dialéctica negativa”. El individuo se ha conformado con ser dominado, siempre y cuando se le garantice su comodidad y su tranquilidad. El ser humano se ha convertido en un objeto, incluso en un producto, ya no es más un sujeto, sino una cosa. Puede ser comprado o vendido, como un jugador de fútbol, un actor de Hollywood o un cantante de música popular.

Ahora bien, debemos reconocer que Han universaliza al ciudadano medio “tardomoderno”, puesto que lo define como si fuese común a todos los países y culturas. En realidad, como sucede con muchos intelectuales, pensadores, filósofos europeos, está definiendo al ser humano occidental, europeo y norteamericano. No creo que puedan extrapolarse por completo sus teorías al latinoamericano, asiático, africano: al no occidental, que vive en una sociedad menos capitalista o menos tardomoderna. Puesto que, aunque Latinoamérica pertenece geográficamente a occidente, cuando alguien se refiere a “Occidente” en los medios de comunicación, en libros, en análisis, lo hace con respecto a Europa, Estados Unidos y Canadá. Es posible que también se refiera a Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda. Es decir, la definición real de Occidente es política y económica, no geográfica. El resto del planeta no es occidental, aunque pertenezca a esta parte del atlas mundial.



Solo un personaje puede escapar a esta realidad social de Han: el poeta. Claro, el “poeta” en un sentido simbólico: todo aquel que se comporte como un poeta. Puesto que el poema se resiste a convertirse en mercancía. En esta sociedad neoliberal, lo que debemos hacer es detenernos, dice Han, y no hacer nada. No producir. A veces, claro. Como el poeta. Por eso la poesía no tiene muchos lectores. En ese no-hacer y no-producir, en esa resistencia del poema a ser otra cosa que no sea poesía, se encuentra su soledad y su sacrificio.

 

Máximo Vega

 

Byun-Chul Han. “La sociedad del cansancio”. Traducción de Arantzazu Saratxaga Arregui. Colección Pensamiento Herder. Herder Editorial, Barcelona, España, 2012.

Byun-Chul Han. “La agonía del Eros”. Traducción de Raúl Gabás. Colección Pensamiento herder. Herder Editorial, Barcelona España, 2014.

Byun-Chul Han. “No-cosas: quiebras del mundo de hoy”. Traducción de Joaquín Chamorro Mielke. Editorial Taurus, Barcelona, España. Edición kindle, 2021.


El lenguaje inclusivo:

 

Las diferentes academias de la lengua de los distintos países occidentales donde se regía el idioma a través de instituciones oficiales, decidieron hace siglos que el lenguaje debía transmitir desde el principio un sentido de superioridad del hombre sobre la mujer. Las academias de la lengua, que en realidad son academias del idioma, en las cuales todos sus integrantes eran hombres -en la academia española la primera mujer en ser aceptada, Carmen Conde, lo hizo en el año 1979- normalizaron el lenguaje para que la mayor parte de las poblaciones nacionales hablaran más o menos un mismo idioma, algo absolutamente necesario, pero al mismo tiempo transmitieron una ideología segregacionista propia de la época que no se limitaba sólo a la mujer, sino a la raza, a los extranjeros, a los inmigrantes, a otros idiomas, a lo que se consideraba "vulgar", a la diferencia entre lo culto y lo popular. La academia francesa, por ejemplo, eliminó los femeninos de todas las profesiones, aunque había mujeres que realizaban esos oficios, por lo que todas debían ser nombradas atendiendo al masculino, y no se ocultó el hecho de que se hacía para que, a través del lenguaje, el sexo masculino estuviese por encima del femenino. Esto se hizo también con la raza, la etnia, los demás idiomas, etc.: el idioma nacional, el ser nacional, la raza nacional debía sobresalir por encima de las demás razas, etnias o lenguas.

Así pues, lo que hoy llamamos lenguaje normal no es más que un tipo de idioma ideologizado desde el primer momento. Sin embargo, como la lengua es un organismo vivo que evoluciona constantemente, hemos sido testigos de cómo cambia debido a los hablantes, a la propia realidad que trata de describir, que también cambia constantemente -en nuestra época sobre todo debido a los avances tecnológicos y comunicacionales-, por lo que es absolutamente imposible ocultar sus influencias de otros idiomas, formas diferentes (algunos podrían llamarlas “vulgares”, y está bien) y coloquiales de comunicarse, que se estabilizan en el tiempo y ya pueden considerarse no pasajeras, sino que pasan a formar parte de nuestra habla cotidiana. Esto no sucede con todos los países, todos los idiomas o todas las regiones del mundo, y podríamos mencionar por ejemplo al oriente, donde la normalización de la lengua ha sido diferente a la de las academias occidentales, sobre todo europeas, así como sucede en Latinoamérica o en los Estados Unidos y Canadá. O en países donde se hablan múltiples idiomas, independientemente de que haya alguno que sea considerado la “lengua oficial”.

Es decir, estamos de acuerdo en que era necesaria una feminización del idioma, teniendo en cuenta la igualdad real de la mujer con respecto al hombre, aunque en muchos países haya mucho por hacer en este sentido. Es decir, una feminización que mostrara, a través del idioma, que todos los seres humanos somos iguales. No es posible, por ejemplo, en países donde la raza mayoritaria sea la negra, la mestiza o la mulata, que continuemos comunicándonos con palabras de origen colonial que denostan la raza del propio hablante, que, por supuesto, no se da cuenta de ello. Decir que la no feminización de las profesiones, el colocar un participio masculino por encima de uno femenino no trata de indicar una forma de manifestación de la superioridad del hombre sobre la mujer, es falso. Uno sabe, por supuesto, que es así.


Ahora bien, me parece que las reticencias en aceptar el lenguaje inclusivo tienen que ver, más que con la aceptación de la igualdad del hombre y la mujer manifestada a través del lenguaje, con la imposibilidad estética de llevarlo a la literatura, por un lado, porque su puesta en práctica complica la forma de hablar y de escribir, pero sobre todo con algo que se percibe como una imposición. Organismos internacionales y autoridades gubernamentales locales han tratado de imponer un tipo de lenguaje que ha caído del cielo. Y me parece que les ha ido bien. Es obligatorio en las escuelas y las universidades. Por primera vez desde hace muchos años, los cambios idiomáticos no provienen de los escritores, ni de las canciones, ni de la publicidad, la televisión, la tecnología -como ha sucedido en los últimos años-, sino que se ha querido imponer una forma de hablar. Esto es lo negativo. Se ha querido forzar, empezando por el ámbito administrativo y protocolar (“todos y todas”, “mexicanos y mexicanas”, “ciudadanos y ciudadanas”, “dominicanos y dominicanas”, o al revés: “dominicanas y dominicanos”), una forma de decir las cosas que proviene del poder. No ha surgido espontáneamente de los hablantes, de influencias de otros idiomas, de la inmigración, del contacto con otras naciones que quizás hablen el mismo idioma pero un poco diferente producto de las culturas locales: se quiere obligar a que se utilice una forma de hablar que algunos aceptarán al corto plazo, otros no. Y se ha querido hacer de una forma vertiginosa y total. Pocas veces hemos presenciado un esfuerzo tan enorme para que evolucionen las diferentes lenguas occidentales, puesto que también se ha tenido un éxito notable en feminizar una cantidad de idiomas al mismo tiempo. Quizás ha sido un experimento exitoso que les permitirá involucrarse en otros ámbitos políticos que ellos consideran mucho más importantes que la propia lengua o el pensamiento: la economía, la manipulación de masas, el marketing, la publicidad, los procesos electorales.

No se ha esperado a que los cambios aparezcan de forma natural y homogénea. Se ha impuesto un cambio. Lo mismo podría decirse de la aceptación de la comunidad LGTBIQ, del matrimonio entre homosexuales, o igualitario, o la legalización de la marihuana. Todos los seres humanos somos iguales. Todos los seres humanos tenemos derecho al matrimonio. El matrimonio entre homosexuales es un derecho humano, pero no todos los países se encuentran preparados para aceptarlo, sobre todo culturas donde la religión es una parte importante de las relaciones humanas. Eso es algo que no se puede imponer. Hay que esperar, todo es un proceso, lamentablemente, y mientras más natural sea ese proceso será mucho más exitoso. Quizás el éxito mediático alcanzado con la imposición del lenguaje inclusivo lleve a estos organismos o a estos países hegemónicos a creer que es posible imponer algunas cuestiones más, todo por el bien de la humanidad y los derechos humanos. Es decir, imponer a través del poder, siempre imponer.

Así pues, estamos de acuerdo con el lenguaje inclusivo, pero no impuesto desde una oficina donde algunas personas quizás bienintencionadas decidan cómo se debe hablar y por qué se debe hablar de esa manera. El hablante es mucho más inteligente, y no reproduce exactamente lo que se le quiere implantar, sino que lo corrige y muchas veces no lo acepta. Lo que debió suceder de manera espontánea a través de un lenguaje vivo, cuenta con un mal de fondo, primigenio: la imposición de una forma de hablar que millones de personas no han querido aceptar.

Memoria Esquiva, cuentos y ensayos de José Alcántara Almánzar:


            En una Feria del Libro en Santiago -cuando las ferias no tenían que ver aún con entidades gubernamentales-, en el salón principal del Ateneo Amantes de la Luz, compré muy barato un libro usado de cuentos titulado “Testimonios y profanaciones” (1978). Su autor era José Alcántara Almánzar. Yo era muy joven, tanto, que a mi edad desconocía el prestigio del autor. Aún conservo ese ejemplar, un poco más envejecido pero nunca descuidado u olvidado. Décadas después, el propio escritor me envió con unas palabras de afecto su más reciente libro de cuentos y ensayos: “Memoria esquiva”, un título que advierte al lector precisamente de los años que han transcurrido, quizás desde aquel primer libro: “Antología de la literatura dominicana” (1972), hasta este siglo XXI que empezó problemático y ha continuado justificando con sus confinamientos nuestras aprehensiones.




            Si con “Testimonios y profanaciones”, con “Las máscaras de la seducción” (1983), y “La carne estremecida” (1989), José Alcántara Almánzar había alcanzado su plenitud literaria como cuentista –además, claro está, de sus narraciones posteriores-, este libro no hace más que comprobar su capacidad para transmitir lo que podríamos llamar “momentos” narrativos: instantes que se imprimen en la pupila del escritor, del cronista y el poeta verdadero, y que luego son destilados a través de esa cosa ambigua que es la Literatura. Instantes de los cuales no sabemos exactamente sus fechas, aunque a través de su contexto podemos arriesgar cuándo ocurren: en el cuento “Secreta aventura”, un viaje vertiginoso en guagua nos refiere a la ciudad de Santo Domingo, a su tránsito dificultoso y a la deshumanización del presente; pero en el primer cuento del libro, “Los días contados”, la agonía de la abuela no nos permite datar los acontecimientos, que pueden haber ocurrido en cualquier época. Es así como “Los días contados” refiere con más exactitud al título del libro, puesto que la muerte del ser querido transmite un sentimiento universal y atemporal, que llega al lector con la sutilidad de un recuerdo doloroso y sin embargo cargado de afecto hacia la persona que nos abandona. Son cuentos, pues, que a través del lenguaje sutil de un escritor que coloca siempre la palabra adecuada en el lugar preciso, nos transmiten historias pequeñas que se engrandecen a través del uso del lenguaje: además de los cuentos mencionados, también “Historia de una diva”, “Los estragos del olvido”, “El desquite”, “Concierto italiano”, “Resplandores”, “El talismán”, “La vida sigue igual”, “Despedida de Niño “El Malo”, “La sobreviviente”, “Agonías de la tarde”, “Pasión de verano”, “Vaticinio”, “Con aires de emperatriz”, “Misteriosa”, “Fulgor en la sombra”, “El desconocido”, “En el patio”, “La caída”, impregnan el libro de un aroma no sólo narrativo sino intelectual, erudito, reflexivo, a pesar de que el autor no abandona la narración ni un solo momento para accidentarla con una reflexión. Su pensamiento nos llega de forma indirecta. Como nos sucede cuando leemos el primer verso del poema del poeta español del Siglo de Oro Gutierre de Cetina, que cita José Alcántara y da nombre al volumen: “Amor, fortuna y la memoria esquiva/del mal presente, atenta al bien pasado,/me tienen tan perdido y tan cansado/que de triste vivir la alma se priva…”, un poema que transmite un fatalismo muy de estos días inciertos –a pesar de que es un poema del Renacimiento español-, y muy de estos cuentos: la esperanza se le ha vuelto de vidrio y se le ha roto cuando más le debía durar, cuando más la necesitaba. O el cuento “Los estragos del olvido”, con un epígrafe de Octavio Paz: “nunca la vida es nuestra, es de los otros”, lo cual, dicho sea de paso, es completamente cierto. Algunos cuentos, además, destilan cierto humor también sutil, calmado, siempre contemplativo. Todos son cuentos cortos, o relativamente cortos, y todos son cuentos que transmiten un solo instante, un momento, una situación única.

            En su libro “Las máscaras de la seducción” hay un cuento que me produjo una admiración instantánea, que provocó que lo leyera no sólo una sino varias veces: se trata de “La reina y su secreto”. Quizás porque el cuento narra una doble vida, tema que siempre me ha atraído como escritor y lector, desvela la aparición del doble en nuestro interior que muestra su cara verdadera en el momento terrible en el que menos lo estamos esperando. Por supuesto, es como si ese cuento que transcurre un día de carnaval mostrara el porqué del título del libro, pero también descubriera una serie de celajes, de sombras y disfraces de los cuales emerge un sujeto monstruoso. El monstruo porta una máscara, una “persona”, en etrusco o en latín. Pero no sólo me atrajo la sorpresa del descubrimiento final, sino la perfección de su mecanismo, su excelencia formal. Por primera vez, durante mi juventud, descubrí un cuento cuyo tema conectaba a la perfección con la forma en la que estaba escrito, como si fuesen una sola cosa; es decir, fui testigo intuitivo de una cualidad poética, descubrí algo que debe saber todo escritor: debe haber una comunión, un raro entendimiento entre la Historia y el Relato, entre el fondo y la forma. Teniendo en cuenta que ya había leído a escritores como Faulkner, García Márquez o Cortázar. Ese cuento significó para mí un deslumbramiento, aunque casi nunca se menciona como uno de los grandes textos del autor. Es posible que ese descubrimiento juvenil haya abierto la puerta definitiva para que yo mismo decidiese convertirme en escritor.

            En el prólogo de su libro “La aventura interior” (1997), José Alcántara manifiesta, a partir de las primeras líneas, su amor incondicional a la lectura y la escritura: “Desde que llegué a la adolescencia los libros se convirtieron en mis aliados permanentes.” Aliados a los cuales les rinde tributo a través de los ensayos de “Memoria esquiva”: “Lector apasionado”, “Ser cuentista”, “Caminos del escritor”, “Dimensiones y maestros del cuento”, “Motivaciones del escritor”, “La condición del escritor”; es decir, los títulos refieren a la lectura y la escritura. Todos los ensayos tratan sobre la Literatura, pero al mismo tiempo reflexionan sobre la condición humana (no obstante ligada, claro está, a la condición del escritor), sobre la vida misma y sobre cierta comparación apasionada entre los escritores de otras épocas y los contemporáneos, no en un sentido histórico sino sociológico, para llegar hasta la descripción de una obsesión compartida por todos los artistas, que no ha cambiado mucho a través de los siglos.

En “La condición del escritor”, nos cuenta una visita que hizo a la casa de Balzac, para evocar no sólo a un nivel turístico la vida desasosegada del escritor francés, quien “dormía muy poco, casi nunca salía del hogar, y el resto del tiempo lo dedicaba a escribir, su pasión irrefrenable”, sino para recordarnos que Balzac dedicaba 17 horas diarias a escribir, y lo compara con un escritor actual, de nuestra época tecnológica: “Este ejemplo indica que, fuese ayer con la escritura a mano a la luz de las velas, u hoy con el auxilio de la computadora, escribir sea un misterio insondable que varía según la sensibilidad y las motivaciones inconscientes de quien escribe”; es decir, no varía con los años, o con la evolución de nuestra civilización, sino que cambia de acuerdo con el interior de cada individuo. Nos recuerda que un escritor es víctima de su propia vocación –palabra que significa “llamado”-, y que este llamado le impide abandonar la escritura al costo que sea, aunque ello signifique su propio fracaso social o económico. Nos recuerda que existe una diferencia fundamental entre “redactar” y “escribir”: un redactor es un técnico de la palabra, que conoce la ortografía, la sintaxis, las reglas gramaticales. Sin embargo, nos recuerda de nuevo que: “Para escribir es necesario tener una condición, que es la de ser un artista de la palabra”.

            Con “Testimonios y profanaciones”, “Las máscaras de la seducción”, “La carne estremecida” y “Memoria esquiva”, José Alcántara Almánzar ha dejado un legado perdurable para la historia de la Literatura dominicana. Pero su alcance es un poco mayor. Puesto que, en este último título, los lectores, jóvenes y viejos, encontrarán en sus páginas reflexiones que los ayudarán a sobrevivir en este ambiente impuro de derrota permanente de la lectura, de la escritura y, en fin, de esos objetos imprescindibles que atesoran eso que dijo Heidegger que es, en cierto sentido, anterior al propio ser humano, que es el lenguaje: los libros, que esta posmodernidad y este siglo XXI han relegado a unos pocos, cuando deberían pertenecer a toda la humanidad. Como lector agradecido, les recomiendo que lean “Memoria esquiva”, cuentos y ensayos de José Alcántara Almánzar.

 

Máximo Vega-2021.

La vida de las estrellas: novela de Máximo Vega

Debo decir que la presente obra: “La vida de las estrellas” es uno de los textos más apasionantes y hermosos que he leído en estos últimos meses, una novela entroncada en el difícil lindero entre lo puramente narrativo y la más genuina expresión poética, contando una historia en apariencia trivial debido a su sencillez y con escasos elementos melodramáticos relevantes o sucesos de cierta envergadura (salvo que parte de la acción transcurre en el último periodo de Balaguer); empero, en su subtexto la novela se enfila de manera brillante a su verdadero tema, un tema de trascendencia diría casi de orden metafísico: la historia de una familia de clase humilde que hace hasta lo imposible para sacar adelante a cada uno de sus miembros pese a la adversidad, y que a través de su personaje central, “David”, un jovencito curioso de muy acendrada sensibilidad e inclinaciones literarias, va enhebrando sus motivaciones personales e intelectuales hasta llegar a elucubrar un complejo discurso entre lo que es el individuo y su relación con el universo en donde las estrellas, esos objetos brillantes que ve en las noches oscuras junto a una de sus hermanas y sobre las cuales ha leído en un librito junto a las nebulosas y las galaxias que las contiene, poseen su exacta correspondencia con la existencia humana: nuestras particulares vidas cual frágiles y fugaces caparazones nada dispares a esos inconmensurables cuerpos celestes; elucubraciones y perplejidades en torno a la existencia como eslabones invisibles los cuales unen a la humilde criatura con la totalidad infinita del universo.

    







    Y es a través de la vida y visión de su personaje central que nos vamos enterando en la medida que progresa la lectura, de la ilimitada cantidad de temas y subtemas propuestos por su autor, desde el expresado del mundo cósmico a la situación política del país (la crisis electoral del año 94 en adelante); desde la pobreza de las clases menos favorecidas, al ansia de superación de nuestro pueblo (sin caer en ningún discurso panfletario); desde la enfermedad y posterior muerte de la madre, al descubrimiento del amor, la primera relación sexual, los libros que iba leyendo y atesorando, la poesía, el cine y esa búsqueda incesante de un sentido a las cosas emprendidas que indefectiblemente en algún momento van a declinar, para finalmente morir y desaparecer, o quizás renacer como lo hacen en sus momentos más esplendorosos las estrellas, polvo mortecino del cual emergen otras en la sideral aventura.

    Por otra parte todos los personajes tienen un muy bien logrado espesor psicológico, es decir, vida propia, al punto de poder paladearlos en su lectura como si fuesen seres de carne y hueso (...) La contraparte de David, su amigo Efriam, es un joven acomodado con quien tiene largas conversaciones y debates sobre arte, literatura y sobre todo cine, siendo este último su tema predilecto (él sueña con ser algún día realizador cinematográfico), y pone de manifiesto el autor a través de su boca no sólo su profundo conocimiento de este arte, sino que hasta establece un cierto paralelismo en su discurso poético narrativo además de filosófico en la presente novela, la cual bien podría emparentarse por la filiación totalizante y panteísta de corte spinoziana (aún sin mencionarlo) con una película hasta cierto punto similar: "El árbol de la vida", obra maestra del norteamericano Terrence Malick.

    Otra de las grandes virtudes de esta maravillosa novela es en el cómo discurre el conjunto de la obra cual hecho artístico, en donde todo es un flujo de imágenes de asombrosa sencillez de medios, lo que en manos de otro escritor con menos condiciones artísticas habría sido un fárrago incoherente, aquí cada elemento está en su sitio y tiene un porqué muy bien estructurado, sin jamás perderse el lector en recovecos conceptuales o ideas no ponderadas, siendo los sucesos narrados como los paseos emprendidos, las observaciones astronómicas, las idas al cine, las conversaciones, etc.,  tan interesantes como profundas; así nos asombramos y vemos con regocijo el nacimiento de sus hermanas, sus vidas e independencia; o el personaje de Moisés García, el caballero otoñal que dirige el centro astronómico al cual David acude para sus observaciones y que representa una especie de padre espiritual o tutor que le explica los complejos entresijos de la mecánica celeste; o el personaje de Delirio (hermana de Ruth), entre otros, que siendo un travesti con incontables problemas debido a su condición de género, se nos revela, no obstante, como un alma bella y plena de humanidad.

    En fin, señor director, desde mi humilde punto de vista creo que es una obra altamente recomendable para su publicación, y doy fe que es una pieza de excepción que engalanará la estupenda colección bibliográfica del Banco Central.

(Jurado de selección del Departamento Cultural del Banco Central para la publicación de la novela "La vida de las estrellas", de Máximo Vega).






EL ASESINO

máximo vega


         La víctima estaba saliendo de la catedral cuando Asdrúbal le pidió la limosna. Con la mano ahuecada y extendida como si tuviese experiencia en ello, vestido de harapos, descalzo a pesar de que se hacía daño en las plantas con las piedritas diminutas sobre la acera, sabía que aquel señor, casi anciano, encorvado a destiempo, que acompañaba el cortejo de la pareja formada por su hija que contraía matrimonio y el jovencito de gelatina en el cabello lacio y zapatos de charol, lo apartaría de su camino con una mueca de asco.

         El cuchillo lo traía escondido en un bolsillo, agarrado fuertemente con la mano izquierda metida en el pantalón roto. Saltaría sobre su cuello mal afeitado, un cuello poroso que ensuciaba la camisa de sudor, abotagado por la corbata pasada de moda, demasiado ancha y apretada. Sacaría el cuchillo ya en el aire –no un revólver, un puñal, el arma perfecta para todas las venganzas-, se lanzaría sobre la yugular palpitando apenas debido al colesterol y al ocio, saldría huyendo luego hacia cualquier lado. Detrás, el llanto de sus hijas, el hipido nervioso de su esposa que quizás más adelante se alegraría, los gritos agudos de toda la familia. La sangre sobre los escalones rústicos de la catedral.

         Cinco años antes, lo había descubierto de nuevo montándose en el Mercedes Benz, rodeado por tres guardaespaldas, mirando para todos lados con su desconfianza habitual, saliendo de una tienda en una plaza comercial con el nombre en inglés. Había creído que no iba a volver a encontrarlo jamás, sobre todo porque había perdido su rastro luego de que averiguó que debido a una investigación de la DEA tuvo que marcharse a España. Asdrúbal trabajaba en un supermercado, había sido ascendido a gerente general. Abandonó el empleo y se dedicó a perseguirlo, había ahorrado suficiente dinero para vivir algunos años sin trabajar. Llevaba una vida frugal, barata. La adicción al espionaje le había impedido, con el tiempo, regresar a una disciplina, a cumplir horarios de oficina y hacer al pie de la letra lo que ordenan los jefes y los manuales.

         Veinte años antes lo había visto por segunda vez en toda su vida, mucho más vulgar de lo que llegaría a ser en el futuro, vestido con una chacabana blanca que le quedaba pequeña y los dedos de las manos llenos de anillos de plata. Tenía bozo en esa época, una pequeña raya debajo de la nariz enorme, que resoplaba como la de un toro obeso. No le gustó haberlo encontrado de nuevo. Pensaba que todo aquello había quedado atrás, en un pasado remoto que pretendía olvidar como si su vida hubiese empezado al cumplir los diez años –un poco gordo para su edad, algo bajo, se imaginaba sin humor cómo pudo haber salido con ese tamaño por la vagina estrecha de su madre. No tenía guardaespaldas en ese tiempo, lo protegía una 9MM que guardaba en una funda escondida detrás de la pretina de un pantalón excéntrico. Al reencontrarlo, de inmediato algo empezó a herirlo y a corromperlo.

         Treinta años antes, cuando Asdrúbal tenía nueve años de edad y vendía periódicos vespertinos con los demás canillitas del parque Duarte, halló a su padre escondido en un rincón, inyectándose la heroína que le suministraba todas las semanas el individuo vulgar, de nariz enorme, que mostraba orgulloso una 9MM metida en una canana detrás de su pretina. Asdrúbal le entregaba a su padre diariamente el dinero recaudado con los periódicos, pero ese día exacto, ese día, notó que el hombre vulgar se alejaba del rincón metiéndose unos billetes en los bolsillos. A pesar de que conocía al dealer por su nombre, Asdrúbal lo veía por primera vez. Al acercarse, su padre le sonrió como un idiota, le dio un beso en la mejilla, se echó hacia atrás como si hubiese querido recostarse para descansar. Es natural que Asdrúbal aún tenga en la cabeza, rondándole los sueños cuando sueña, metido en los recuerdos y en el trauma, la imagen de su padre destruido, desgonzado sobre la pared trasera de la catedral, con la jeringa colgándole del antebrazo que le sangraba. Su padre estaba muerto. Es natural que lo recuerde no como era en vida, sano, flaco, alto, caminando con él y sus hermanos hasta Helados Capri o comprando pizzas baratas en el restaurante de los chinos, sino que siempre se recuerde lanzándose sobre el cuerpo y sus espasmos repentinos, sobre su padre con la baba en la boca como si fuese un perro rabioso, tratando de recobrar lo que ya se había perdido desde la primera vez que su padre sintió el placer y la paz del líquido que se le metía en las venas y lo salvaba de algo que él mismo no podía comprender completamente.

         Lo hacía para borrar el recuerdo, la crueldad del beso en la mejilla, para descansar en paz. Para no seguir soñando con sus nueve años y el cadáver que se llevaron los policías metido en un saco de henequén. Saltó sobre el viejo como si se elevara un pájaro, sacó el cuchillo como un samurai. Como un ángel exterminador, como un arcángel que luego cae, como lucifer. Al principio, el hombre casi anciano se echó hacia atrás, algunos años antes lo habría enfrentado pero hoy, ahora, estaba viejo y cansado y todo lo que pretendía era cuidar a su familia, ver casadas a sus hijas –el destino no había querido darle hijos-, morir antes que su mujer, que lo enterraría con algún pequeño homenaje que no se merecía, provisto por su dinero. Poco le faltó para echarse a correr. La novia y las damas lanzaron unos grititos histéricos. Para no tener que matarlo en un día tan especial para su jefe, los guardaespaldas se adelantaron y le dispararon a las piernas. Cuando Asdrúbal cayó como un bulto sobre las losetas rústicas, lo abandonaron allí mismo hasta que llegó la policía, que tenía la encomienda de recogerlo y hospitalizarlo lo más rápidamente posible, antes de que empezaran los comentarios desagradables de los invitados, y acabara por estropearles también la recepción y la partida hacia la luna de miel.

         Alguna vez en el futuro, sentado en su silla de ruedas, mientras ahueca la mano para recibir las monedas de los transeúntes, Asdrúbal podrá verlo caminando hacia su Mercedes, casi anciano, enviando a uno de sus guardaespaldas para que le entregue un billete, de los de a mil, quizás porque le dará lástima y se sentirá un poco culpable de su invalidez y su indigencia.




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