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Era Lunes Ayer (cuentos)

1).- “El Libro de los últimos días”,
este titulo suena un poco apocalíptico para un libro que parece recopilar
escritos de diferentes períodos y temáticas. ¿Qué te motivó a hacer este libro y por qué este
título?
El título tiene que ver con los últimos días
del libro impreso en papel. Al principio, en un artículo que se llama “Los
Últimos Días”, yo más o menos
refiero eso, y digo que me gustaría ser una especie de miembro de una secta que
se dedique a guardar la sabiduría de todos los libros impresos a través del
amor al libro como volumen, mientras la gente disfruta de la tecnología, de los
aparatos, etc., etc., algo que ya había dicho más o menos Vargas LLosa, aunque
creo que de otra manera, en no sé cuál artículo. El motivo del libro, y del
título al mismo tiempo, tiene que ver con el período de decadencia en que
vivimos. Un período de avaricia, de tremendas desigualdades económicas y de un
gran desdén por las humanidades, porque no dejan dinero.
2).- Eres un
escritor de ficciones, pero ahora tomas esta línea de pensador. ¿Cómo describes ese proceso
fisiológico y síquico que se opera en ti, cuando te inclinas por un género u
otro?
¿Qué
mapas mentales y metodologías sigues, cuando creas
ficción o un ensayo?
Yo no creo que sea un pensador. Yo trato de
decir las cosas que creo, independientemente de que esté equivocado o no. Un
científico, por ejemplo, desde el principio sabe que está equivocado, porque
las verdades científicas cambian con las épocas, pero a él no le importa. Yo
pienso que los escritores no deberían estar tan preocupados por encontrar la
verdad (no creo tampoco que los escritores estén preocupados por eso), sino que
solamente deben decir lo que creen, con la mayor honestidad posible.
Ahora bien, para mí, escribir un ensayo es más
fácil que escribir ficción. Razonar es más fácil que imaginar, para mí, no sé
para los demás. Contar una historia es una cosa sumamente complicada, difícil,
que toma mucho tiempo y mucho esfuerzo.
3).- En “El Libro
de los últimos días”, despliegas
diversas críticas y razonamientos; sin embargo, muchos parecen ligados a un
estado de pesimismo ante la realidad humana. ¿Se podría
esperar cambios de transformación
para esta realidad?
Sí, es verdad. Soy pesimista. Pero me parece
que es un reflejo de mi época. Date cuenta: tanta tecnología, tanta
industrialización, y todavía persisten las desigualdades económicas, por
ejemplo. Si la humanidad quisiera, nadie pasaría hambre, nadie tendría dificultades
económicas, nadie tendría un poder desmedido sobre el otro. Todo eso ya se ha
logrado. Pero en la realidad esto no es así. Sucede que hay un grupo de vivos
que te dicen: te damos un poco, pero el que tiene los privilegios soy yo, el
rico soy yo, el poderoso soy yo. Tú eres un lacayo. Y esa gente piensa,
incluso, que se merece todos los privilegios que tiene.
4).- Tú escribes: “Un solo libro,
una sola página; la muchedumbre le pertenece a la materia y al poder” (Pág. 4,
Los últimos días). ¿Se
podría derivar que esa “muchedumbre”
no alcanza a trascender más allá de su condición, porque no siente ni
leen de la misma manera, como lo hacen ese grupo que acude a la ficción? ¿Es que esa “muchedumbre”,
por naturaleza y por si misma, ya está condicionada a no sentir, a no tener
inclinación por los bienes espirituales como son la cultura, el arte?
Mira, yo vi por la televisión a un artista que
decía que deberíamos vivir ¨la dictadura del arte¨. No recuerdo el nombre del
artista, pero él tiene razón. Augusto Monterroso tiene un cuento de un poeta
que hace un recital en un parque, y nadie le hace caso, y Monterroso dice al
final que al mundo le hace falta solamente una cosa para ser perfecto, para ser
feliz. Claro, eso que le hace falta es la poesía. El arte te hace ver la vida
de otra forma, muchísima gente ha dicho esto, y es verdad. Todo el
conocimiento, la belleza, está al alcance de la gente, y la gente lo desdeña.
Por muchísimas razones, no nos vamos a detener en eso ahora, pero uno sabe que
el ser humano necesita del arte, de la cultura, para ser mejor. El 60% del
presupuesto nacional debería estar dedicado a la cultura, al mismo tiempo que a
la educación, que proviene de la cultura. Estoy exagerando, pero es un sueño
agradable.
5).- Pero, ¿acaso
esa “muchedumbre” no ha sido
permeada por los valores de
una clase dominante, o es que ha sido lo contrario, se podría considerar
que esta “muchedumbre” es la que
impone sus criterios y valores de consumo?
Sí. Siempre será así, en mayor o menor medida,
esperamos que en menor medida en el futuro. Lo que digo es utópico, quimérico.
Lo que tenemos es que empujar, poco a poco, para ir mejorando, para que los
criterios que se impongan no sean, por lo menos, la violencia, la criminalidad,
la anomia, la estupidez, la pobreza. Te voy a poner un ejemplo práctico. En
nuestro país se habla mucho de clientelismo. ¿Pero por qué hay clientelismo?,
bueno, porque la gente, en un país muy pobre, quiere que le den cosas para
resolver sus problemas materiales. ¿Esa gente está equivocada?, no, porque esa
gente no cree en el sistema político imperante, y trata de sacarle provecho a
la política. Además, tienen problemas reales, que tienen que resolver como sea.
Los dirigentes políticos se aprovechan de esto, le regalan cosas a la gente
(dinero, hojas de cinc, madera, cemento…) para conseguir votos y ganar las
elecciones. Entonces gana el que más tiene, el que más da, o por lo menos ya
cuenta con una gran ventaja. Además, circunstancias históricas propician esto.
¿Cuál es la solución a eso?, que haya menos pobreza, para que la gente no se
conforme con una hoja de cinc, con una caja de muerto o con un block. Se impone
un valor, que es el material, no se debaten ideas. Entonces ganan las
elecciones quienes no deben ganarlas, no en todos los casos, pero en muchos
casos es así. Todos somos culpables. Pero aunque la gente no lo crea, o no se
dé cuenta, las cosas han mejorado, antes estaban peor. Pero no han mejorado
solas, se ha trabajado y se ha luchado para que sean mejores.
Otro ejemplo, que aparece en el libro: la idea
equivocada de su propia racialidad que tiene el dominicano. Ese es un criterio
impuesto, que no tiene que ver con la realidad. Las élites han convencido a los
dominicanos de que son lo que realmente no son.
6).- Cuando
entras en esa fase de estos
cuestionamientos, y descubres esa realidad “sórdida” como tú
mismo las estableces, ¿te
golpea o tú permaneces estable, luego de agotar ese arrobamiento
ante el
proceso de la creación? ¿Qué
haces para tomar distancia de ella?
¿Qué
rutinas observas para liberar el estrés? ¿Realizas algún deporte o disciplina espiritual?
Soy
una persona muy metódica, muy organizada. Tiene que ser así, porque en la
República Dominicana uno tiene que hacer muchísimas cosas, y además escribir.
Tengo dos trabajos. Me organizo para hacer muchas cosas. Siempre me ha gustado
la actividad física, y siempre me ha gustado salir, andar, ver cosas. Y me
gusta mucho la televisión. Con eso me distraigo.
7).-“Una sola
ficción puede salvarnos de la locura”. El hombre común que
no lee, ni le interesa saturarse de ideas, sólo intenta satisfacer sus necesidades del día del día, y
que no tiene esa hambre metafísica. ¿Qué otras alternativas se le daría, como escape a la locura?
No, el hombre común no tiene salvación. Esa es
la razón principal de la violencia que afecta nuestro país, nuestros países. No
hay dinero, no hay trabajo, hay una cantidad de gente que te roba el dinero que
tú le entregas para mejorar la sociedad, te pasa por el lado un individuo
multimillonario que sabes que no tiene ni un mínimo de tu capacidad, física o
intelectual, que no te da ni por los tobillos. Entonces tú quieres lo que ese
individuo tiene. La policía te humilla, el poder trata de doblegarte. No
existen figuras morales que den el ejemplo. Que demuestren: yo tuve mucho
éxito, pero mi éxito es completamente lícito. ¿Pero por qué se ha llegado a
este estado de violencia, cuando, como dije antes, tenemos el mecanismo para
que todos los hombres, todos, vivan en paz y con prosperidad? No hay
alternativa. Todo no es arte, todo no es literatura. Es muy difícil hablar de
espiritualidad en una sociedad que no tiene resueltos sus problemas básicos:
comida, salud, vivienda. Tú vas a un hospital que debería mantenerse con tus
impuestos y tienes que pagarle al doctor, comprarlo todo, hasta la sangre, y
gastar un dinero que no tienes, cuando todo eso debería ser gratuito: fuiste a
un hospital. Esos son problemas prácticos, que son más importantes que
cualquier debate artístico. Y ni eso hemos podido resolver, a pesar de que
tenemos la capacidad para ello. El individuo debe ser dueño de su propio
destino, y para eso sí sirve el arte. Goethe dijo que el hombre no quiere ser
libre, sino tener un amo justo. Es verdad. La libertad total es el caos. Yo
quiero vivir tranquilo y en paz con los demás seres humanos, nada más. Una
sencillez, una tontería.
Ahora, el arte, en un mundo desvalorizado cuya principal institución es el
mercado, le da sentido a la
vida y la llena de valores
estéticos que se oponen a lo material.
8).- Planteas
situaciones que muchas veces van
en relación a personajes de novelas famosas, pero por lo general son tristes,
fracasados. ¿Tienes
inclinación por esos personajes o
es más fácil hablar de fracasados que de seres felices?
Sí, a
mí me gustan los fracasados, porque la mayoría de los grandes personajes de
novela son fracasados, neuróticos. Joe Christmas, Jean Valjean, el Esteban de
“El Siglo de las Luces”, José Arcadio Buendía padre y Aureliano Buendía,
Juntacadáveres, Raskolnikov, los dos poetas de “Los Detectives Salvajes”,
madame Bovary, Eugenia Grandet, Joseph K… Los exitosos son aburridos. Los
exitosos económicamente: la gente más aburrida del mundo. Tú te encuentras con
una de esas personas y te dice: Máximo, mi hermano, cuántos deseos
tenía de verte, al otro día te encuentras con él otra vez y te dice lo
mismo. Te encuentras cincuenta veces con él y te dice lo mismo. Un ser humano
real un día te abraza y otro día te manda a la mierda. Esos son los que me
interesan.
9). Por ejemplo,
dedicas un capítulo al personaje de Meursault de la novela “El Extranjero”
de Albert Camus, y mencionas como
su indiferencia y desprecio a dos grandes referentes culturales como son el
amor a la madre y la identificación emocional con Cristo, agregado al hecho que
ha matado a un hombre por defensa propia, lo condenan aún más. Si tú como creador tuvieras
que realizar una ficción con un nuevo orden para la civilización, ¿bajo cuáles directrices tú le ordenarías a Meursault para que reconstruya este mundo?
No
creo que yo sería capaz de hacer eso. No creo que nadie debería hacer eso.
Reconstruir el mundo a mi manera: eso es lo que lleva a las dictaduras y al
fundamentalismo. ¿Sabes lo que yo haría?, dejaría que cada quien creyera en lo
que le diera la gana, que dijera cualquier cosa, que si quiere hablar muy mal
de mí lo haga, teniendo en cuenta que no puede hacerle daño a los demás y que
no puede tener privilegios que afecten a los demás. Tan sencillo como eso.
10) Meursault se
podría interpretar como una especie de antihéroe. Si te fuera
posible crear un personaje, otro
arquetipo o héroe que negara o compitieras con Meursault, ¿cómo
lo construirías?
Me
parece que el personaje mío que más me gusta es el de mi novela “El Mar”: un
homosexual condenado a muerte que se encariña con un niño haitiano que también
está condenado a muerte. Ese individuo no se considera una gran persona, le da
asco tomarle la mano a un enfermo de SIDA, tiene grandes defectos pero no le
importa, él es así y no se va a poner a quejarse por ser como es. Pero cuando
le toca ayudar a una persona, en este caso a un sacerdote, él que es un
cobarde, que no soporta la violencia física, lo ayuda, o por lo menos trata. Y
cuando tiene que actuar para conseguir lo que quiere, actúa, no lo piensa dos
veces. Esa es una persona más o menos como a mí me gustaría que fuesen todas
las personas.
11).- Meursault es
el producto de esa misma sociedad que
él rechaza, pero es un
resultado que contrasta con ella,
un personaje nihilista que se convierte en crítica violenta. Partiendo que como
tú mismo dices que el nihilismo puede ser un punto de partida, pero no una
actitud definitiva. ¿Cuáles
serían entonces las propuestas
de transformación que tú considerarías para “ese mundo que no entiende”?
Eso lo
dijo Camus, yo lo menciono en el libro: el nihilismo no puede ser una actitud
definitiva. Lo que sucede es que yo estoy hablando de literatura, no de la
realidad. Lo que estoy tratando de poner de manifiesto es que, cuando Camus
escribió la novela, los lectores veían a Meursault como un héroe cultural, en
la época del apogeo del existencialismo. Pero hoy día, nos damos cuenta más que
nunca que Meursault es un personaje negativo, que su individualidad y su
aislamiento emocional son negativos, precisamente porque ya conocemos una serie
de personas en la realidad cuya individualidad furiosa es problemática y es
negativa. Pero en un sentido literario: el sentido de la novela cambia a medida
que cambian las épocas y cambia la forma de pensar de los lectores.
12).-También abordas
la problemática de la crisis en el arte contemporáneo y de una ausencia de
criterios para delimitar lo que es Arte. ¿Cuáles son a tu juicio los valores que definen y sostienen una
verdadera obra de arte?
El
arte está en crisis porque se ha desconectado del público. Pero hablo de las
artes visuales, no de las demás artes. Y hablo de los “grandes” artistas en los
grandes circuitos del arte, y de los artistas que quieren imitarlos. Yo creo,
como lo cree mucha gente, que el mejor arte que se está haciendo es el arte
urbano que se puede ver en las calles de las grandes ciudades. Un arte
sorprendente, sin ambiciones, que no tiene nada que ver con la economía ni con
el nombre de los artistas. Hoy día, es el único arte anónimo que existe, y no
deja de sorprenderme su tremenda calidad y la claridad de su concepto. En las
grandes capitales mercadológicas, el arte de las galerías está muerto.
Ahora
bien, yo digo en el libro, y lo repito aquí, que las artes plásticas tienen
problemas porque no tienen límites, porque son incluso indefinibles, lo que
significa que cualquier cosa puede ser arte, o que nada puede ser arte. Y al
llegar a esa encrucijada viene la confusión. Que las artes plásticas se
encuentran corrompidas por el mercado. Por eso el interés en las artes
plásticas se ha movido de las obras, que deberían ser las protagonistas, a los
artistas. Por eso un arte urbano anónimo es tan interesante.
13).- Esa constante
obsesión por cuestionar cosas, y luego reubicarlas desde tu visión y bajo una
sinceridad aplastante, se destaca en un medio que tiende a hegemonizar y simplificarlo todo, ¿cuáles compensaciones genera esto en tu vida? ¿Cómo haces para balancear
tu tiempo, para ser productivo como escritor y cumplir con tus compromisos de trabajo?
Yo no
pontifico sobre nada. Como dije antes, me equivoco a cada momento, y solamente
digo lo que creo. Y la realidad me pasa por arriba a cada rato.
Pero
yo sé en el país que vivo. Yo nunca tengo un centavo, en el trabajo tengo que
decirle “sí” con la cabeza baja a un analfabeto que tiene dinero. Estoy
consciente de que soy un mercenario que hace literatura.
14).- Has escrito novelas, cuentos y ensayos. Más adelante, ¿podríamos
esperar un libro de poemas tuyo? ¿Y qué futuro adviertes para la poesía, el arte?
No. No
escribo poemas. Me gusta inventar historias. Como dije en otra entrevista, la
gente no se da cuenta lo extraordinario que es crear una historia, inventar
personajes que no existen, ciudades que no existen, atmósferas, situaciones,
conflictos, emociones, sentimientos, objetos que no existen, que son sólo
lenguaje. Toda una cosmogonía. Eso es extraordinario. Y la gente lo lee y cree
que eso es cierto, o por lo menos que es comparable con la realidad. Eso es lo
mío.
Siempre
habrá poesía, siempre habrá arte, porque es intrínseco a la naturaleza humana.
Ahora, que lo siga mucha gente ya eso es otra cosa. Pero yo me conformo con
alguna gente, que esté dispuesta a guardar los libros como objetos de culto en
bibliotecas que no sean virtuales, que los libros sigan siendo objetos,
volúmenes, aunque solamente los leamos tú y yo, no me importa.
EL CUENTO QUE CONTAMOS
“Entre las personas que se
dedican a la crítica y a la literatura en general, es muy común la opinión de
que el cuento es el más difícil de los géneros literarios. Sin embargo, los que
escribimos cuentos no compartimos en forma unánime ese criterio”. Estas
palabras las escribió don Virgilio Díaz Grullón en el año 1984.
A
lo que se refería don Virgilio en este artículo publicado en el periódico El
Nacional hace tantos años, era a que un buen cuento depende de un buen
escritor, y que lo difícil realmente es hallar un buen cuentista. El arte, en
este caso la Literatura, se resiste a toda clase de preceptiva. Todo intento de
sistematizarla es inútil. El lector, el gran olvidado, es quien tiene la última
palabra. Ni el crítico, que es un lector interesado y prejuiciado debido a su
excesivo conocimiento y a su voluntad de juzgar, ni el analista, ni el
investigador. Es decir, en el caso del cuento y continuando con don Virgilio, a
un cuentista nato le resulta fácil escribir un cuento, así como a un gran poeta
le resulta más o menos fácil escribir un poema. Para los fines de este
coloquio, podríamos entonces afirmar que es imposible aprender el talento o la
intuición, o lo que cualquier maestro del género llamaría el olfato, el
pálpito, pero sí es posible aprender una técnica, una artesanía, y esa técnica
servirá tanto al cuentista talentoso como a aquél que sólo redactará obras
ligeras que lo harán felices a él y a sus amigos, aunque sus amigos sean
millones de personas que crean que están leyendo algo importante, pero que, de
alguna manera, podríamos decir que se encuentran bien redactadas.
Un
cuento es, más que otra cosa, movimiento. Bueno, antes que nada es un género
literario de ficción escrito en prosa, que debe ser breve y conciso, etc., etc., pero un
cuento está basado en el movimiento, en el acontecer. Su capacidad de llamar la
atención se basa en ese movimiento, en que aquello que está escrito se mantenga
moviéndose, fluyendo, desde el principio hasta el final, lo cual significa que
en un cuento deben suceder cosas desde que empieza hasta que termina. Este
movimiento viene dado, por supuesto, debido a que la vida misma es así, lineal
y vertiginosa, y un cuento debe dar una sensación de vitalidad. Un cuento debe
ser breve, y con breve no quiero decir que debe tener dos o tres páginas, o
cuatro, sino que su brevedad debe estar dada por la concisión, por la escasez
de los recursos con que está escrito, y no al contrario. “Continuidad de los
Parques”, el famosísimo cuento de Cortázar, tiene apenas dos cuartillas, pero
“La Muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi, tiene más de cincuenta. Ambos son
cuentos, por supuesto, pero “La Muerte de Iván Ilich” es un cuento más amplio
debido a que la historia lo requiere. No se puede contar la agonía y la muerte
de un hombre mediocre que no desea morir en dos o tres páginas, así como
Cortázar no tenía la necesidad de contar la historia de un hombre que lee una
novela en más de cincuenta. “Una Vuelta de Tuerca”, de Henry James, es un
cuento largo, pero es una narración que empieza como una historia oral, es
decir, un cuento que es narrado por alguien que desea contar una historia una
noche brumosa alrededor de una chimenea, y sin embargo, a pesar de su
considerable tamaño, recorre su camino certero hasta su final sorpresivo y
extraordinario, como la flecha lanzada por Quiroga en su famoso Decálogo del
Perfecto Cuentista.
¿Qué
significa que un cuento debe mantenerse siempre en movimiento? Quiere decir que
debe empezar con una acción y terminar con otra, con un suceso. El enemigo
principal del cuento es el tiempo, así como el tiempo puede cesar nuestra vida
y detenernos. La vida se encuentra hecha de tiempo, de movimiento, y un cuento
debe parecer lleno de vida; es conciso y breve, porque la extensión desmedida
detiene su camino y provoca una sensación de laxitud, de lentitud reflexiva que
provoca desinterés. Pero no significa, de ninguna manera, que debamos ser
específicamente esquemáticos. Mis cuentos, por ejemplo, en ese sentido son
atípicos: se aprende una artesanía para comenzar a transgredirla. Un cuento debe empezar con una acción,
pero, ¿quién determina qué tipo de acción debe ser? ¿Será extraordinaria,
sorprendente, nula, cotidiana; cómo debería ser? Bueno, precisamente, eso debe
decidirlo el escritor, sin dejar de pensar en un lector posible, en aquél que
él quisiera que leyera su historia. La Bhagavad Gita, uno de los libros
sagrados que componen Los Vedas, que se ha coincidido siempre en que son
precursores de lo que hoy llamamos “cuento”, empieza con una pregunta, y todo
el libro intenta responderse esa sola pregunta, a través de pequeñas historias;
“Una Vuelta de Tuerca” tiene dos principios: el principio del libro, que es el
de un hombre que va a contar un cuento de misterio, y que trata de atraer el
interés de sus oyentes, y el principio del cuento de misterio que ese hombre
está contando. Yo mismo tengo un cuento que tiene dos principios y dos títulos,
puesto que el cuento empieza con la explicación de que la historia que se leerá
se parece mucho al cuento de Juan Bosch “Rumbo al Puerto de Origen” (el primer
título es “Rosario, El Infame”), y luego se llega al título y al cuento que ya
he explicado que se parece al de Bosch (“El Otro Juan de la Paz”, lo nombré).
Aprovechando
la coyuntura, podemos hacer un ejercicio simple y realizar un breve recorrido a
través de varios principios de algunos cuentos de autores reconocidos, para que
se note más claramente lo que estoy indicando. Al mismo tiempo, podemos
examinar el estilo de cada autor, la forma en la que cuenta:
De “El Otro Cielo”, de Cortázar:
“Me ocurría a veces que todo se dejaba
andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera
ir así de una cosa a otra”.
De “El Sur”, de Borges:
“El hombre que desembarcó en Buenos
Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la iglesia
evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una
biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino”.
De “Un Sueño Realizado”, de Juan Carlos
Onetti:
“La broma la había inventado Blanes;
venía a mi despacho –en los tiempos en que yo tenía despacho, y al café, cuando
las cosas iban mal y había dejado de tenerlo- y, parado sobre la alfombra, con
un puño apoyado en el escritorio, la corbata de lindos colores sujeta a la
camisa con un broche de oro y aquella cabeza –cuadrada, afeitada, con ojos
oscuros que no podían sostener la atención más de un minuto y se aflojaban en
seguida como si Blanes estuviera a punto de dormirse o recordara algún momento
limpio y sentimental de su vida que, desde luego, nunca había podido tener-,
aquella cabeza sin una sola partícula superflua, alzada contra la pared
cubierta de retratos y carteles, me dejaba hablar y comentaba redondeando la
boca: “Porque usted, naturalmente, se arruinó dando el Hamlet”.
De “Eveline”, de James Joyce:
“Sentada a la ventana vio cómo la noche
invadía la avenida”.
De “Sábado de Gloria”, de Mario
Benedetti:
“Desde antes de despertarme, oí caer la
lluvia”.
De “La Punta” de Charles D'Ambrosio:
“Me había quedado despierto después de
mi pesadilla, una pesadilla en la que mi padre y yo comprábamos globos de helio
en un circo”.
Etc., etc.
El
principio puede ser poético y contemplativo, como lo es el cuento de James
Joyce, largo y vertiginoso, lleno de incisos, como en el de Onetti, reflexivo y
que parece no decir nada, como en el de Cortázar, impactante, contradictorio,
como en el de Charles D'Ambrosio, extraño y corto, casi absurdo, como el de
Benedetti. ¿Qué significa esto? Que yo puedo empezar mi cuento de cualquier
forma, siempre y cuando ese principio posible implique un movimiento, un fluir,
que dé el tono del cuento y que debe permanecer hasta el final. Cada gran autor
cuenta de forma diferente. ¿Cómo son los cuentos de Chejov?, son historias
ordinarias en las cuales los personajes recorren sin aspavientos sus vidas
mediocres, sus cotidianidades; ¿cómo son los de Bioy Casares, o los de Borges?,
son cuentos fantásticos en los cuales suceden hechos extraordinarios,
inusuales, artificiales; ¿cómo son los de Edgar Allan Poe?, son historias
extraordinarias en las que a veces intervienen fuerzas metafísicas,
sobrenaturales. Todos ellos cuentan cosas disímiles, algunas comunes,
cotidianas, mediocres; otras extraordinarias, fantásticas, sobrenaturales;
algunas bellas y poéticas, otras terribles, atroces, desconcertantes. Pero
todos ellos son grandes cuentistas.
Ahora
bien, debemos tomar en cuenta además que un cuento es un hecho producido por el
lenguaje. Aunque proyecte la ilusión de vitalidad, lo que leemos son palabras;
José Donoso va más lejos y le advierte a su lector que el libro que tiene entre
sus manos está hecho de manchas de tinta sobre un papel. Es decir: el
conocimiento profundo del lenguaje nos hará mejores escritores, puesto que el
medio a través del cual el narrador cuenta sus historias es el idioma. Un
narrador no es como un poeta, que piensa en el lenguaje en sí mismo para crear;
es decir, para un poeta las palabras son como flores que debe plantar para
llenar su jardín, o árboles que, juntos a tal o cual distancia, conformarán un
bosque. El narrador piensa en una historia, y construye su historia con
palabras. Cuando el poeta trata de escribir su poema, piensa en las palabras
que conformarán el poema; no piensa en el tema, ni se detiene siquiera en el
objeto que provocará su catarsis verbal; debe pensar en las palabras que
edificarán su poesía. El narrador lo hace al contrario: empieza por inventar,
crear una historia en su cabeza, independientemente de cómo será contada, y
luego, cuando cree que esa historia necesita ser dicha, se sienta a escribir, y
entonces brotan, prácticamente por sí mismas, las palabras. El problema es,
como nos dice Umberto Eco, que un narrador debe contar una historia, y a veces
la historia en sí misma es más importante que la forma en que está contada,
como sucede con Alejandro Dumas, Julio Verne o H. G. Wells. Aunque, al final,
el medio en el que se mueve el narrador siempre es el lenguaje, y por lo tanto
debe conocerlo profundamente.
Entonces
tenemos ya varias características del cuento que repiten hasta la saciedad los
maestros del género, y que ha sido escrito en anteriores manuales, ensayos,
tratados y decálogos: un cuento debe ser tan breve como lo requiera mi
historia; debe ser conciso, sin adornos, perífrasis, accesorios, descripciones,
reflexiones innecesarias; debido a que un cuento es un género literario, debe
estar escrito con un lenguaje impecable, gramaticalmente exacto,
sintácticamente perfecto, o por lo menos hasta el límite en que la capacidad
del escritor o la imperfección propia de todo lenguaje nos lo permita.
Entonces,
ya al final, nos detendremos brevemente en la última virtud que debe tener todo
cuento, y que lamentablemente no se encuentra dada por la preceptiva, porque no
depende de la técnica. Esa cualidad tiene que ver con la capacidad expresiva
del autor, es decir, la necesidad del escritor de expresarse a través del
lenguaje, a través de él como si penetráramos en un fluido, en el aire o el
agua, por ejemplo, sin instrumentalizar ese lenguaje, y por lo tanto sin
corromperlo. Un escritor no cuenta solamente una historia, sino que se expresa
a través de ella, muestra al lector su visión particular del mundo, del alma
humana, de la realidad. La estructura del mundo es sumamente complicada, su complejo
armazón no solamente material sino metafísico y existencial, ontológico: un
escritor se hace preguntas sobre esa complejidad, aunque su función no es dar
respuestas. Trata de expresarse con el lenguaje; un poeta lo hace a través del
verso, un narrador nos cuenta una historia. Realmente, todo narrador trabaja
con un principio pedagógico, en la acepción menos usada de la palabra: el
escritor trata de mostrar algo que él piensa que ha descubierto, pero que es
posible que sus lectores ignoren. Trata de enseñar, en el sentido de que
mostrar es uno de los sinónimos de enseñar. Umberto Eco nos dice que algunas
poéticas de la narratividad sostienen que el lector aprende algo sobre el
mundo; otras, que aprende algo sobre el lenguaje; pero siempre aprende. En todo
caso, el escritor trata de llamar la atención sobre algo que a él le interesa,
y que piensa debe convertirse en una preocupación colectiva, por eso lo
comparte con sus lectores. A veces lo que le interesa brota de manera
inconsciente, y a esa manifestación espontánea le llamamos intuición; otras
veces el escritor narra con conocimiento de causa, conciente de lo que escribe
y de lo que quiere decir. Un escritor que no se expresa, y que sólo le preocupe
escribir artificios técnicamente impecables, artilugios extraordinarios,
brillantes y hermosos, pero carentes de vitalidad (la vida es la materia prima
de un cuento), es posible que gane muchos concursos literarios, pero no podrá
crear una obra de arte. Un cuento debe contener la vida que nos rodea, el alma del
escritor y su visión de la realidad, lo que ha sido dicho cientos de veces,
pero como nos dice Gide, y reitera Cortázar, hay que seguirlo repitiendo porque parece que nadie
escucha, y considero más loable expresarse de manera imperfecta, pero sincera y
total, que poseer una técnica impecable que nos permita decir absolutamente
nada, crear historias vacías, carentes de toda humanidad.
Máximo Vega.
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