viernes, 1 de mayo de 2009

El Pozo de Onetti.*



“Hace un rato me estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en el lugar de los vidrios”. Con estas palabras empieza Juan Carlos Onetti “El Pozo”, como si quisiera mostrarnos, con estas primeras líneas directas y desoladoras, la sordidez de la realidad en una novela en la cual los sueños, la imaginación, sirven de forma radical para escapar del mundo. Los sueños, que salvan al protagonista del suicidio o de la demencia, que pueblan otros relatos del autor, como aquel Sueño Realizado en el cual una mujer desahuciada logra morir siendo amada falsamente, teatralmente –como al final de un sueño que ha tenido, que trata de explicarnos pero que no entendemos; un sueño feliz –por un actor fracasado que se ve reflejado en la propia muerte que ayuda a representar, y que al final se hace realidad; o aquel nazi de “La Vida Breve”, que se inventa su propia existencia para alejarla de una degeneración de la que está plenamente consciente, mientras reconocemos que la vida inventada es tan miserable y vacía como la vida real. En El Pozo, el protagonista se convence de que sólo dos personas pueden comprenderlo, entender el sentido oculto de sus sueños: un poeta y una prostituta. Por supuesto, ninguno de ellos entiende lo que intenta transmitir –que es, en la novela, su única felicidad -, la comprensión de la aventura que su imaginación inventa le está prohibida a los demás.
Eladio Linacero empieza su autobiografía mínima, que es el libro que tenemos entre las manos, observando directamente la realidad, que no le depara ninguna belleza, ninguna visión agradable. “Las gentes del patio me parecieron más repugnantes que nunca”, nos dice, lo que significa que siempre le han resultado repugnantes. No se permite ningún atisbo de ternura: camina oliéndose alternativamente cada una de las axilas, lo cual le “hacía crecer (...) una mueca de asco en la cara”. Ha vivido mucho, nos dice en estas memorias, y aún así es una persona que sueña, que intenta escapar de la realidad a través de los sueños, lo que significa que, aunque ha tenido una vida intensa, no ha sido feliz. Frecuenta un prostíbulo para marineros, es amigo de un poeta a quien admira sinceramente, un poeta que tiene la ingenuidad y la prepotencia de un niño; acaso porque piensa que todos los poetas deberían ser así, no se ve a sí mismo como un buen escritor. Es demasiado consciente de la sordidez del mundo. Es un desencantado, pero esta frustración no lo ha convertido en un cínico, sino en un solitario, en un misógino. Vive miserablemente, aunque sabemos que no siempre ha vivido así, que simplemente no le interesa vivir de otra manera, aunque es posible que, si se esfuerza, logre disminuir su miseria. Pero no le interesa esforzarse. No le interesa el futuro, por lo que no alberga ningún tipo de esperanza; sabemos que las esperanzas siempre están proyectadas hacia el futuro.
Cuando Onetti escribió “El Pozo”, su primera novela, aún Albert Camus no había publicado “El Extranjero”, y no era un escritor conocido. “El Pozo” fue publicada en 1939, y “El Extranjero” en 1942. A pesar de las coincidencias, a veces extremas, entre los existencialistas y Onetti, no podríamos incluir a Onetti entre los escritores existencialistas. El propio Camus nunca se consideró a sí mismo un escritor existencialista. En el caso de “El Túnel”, de Ernesto Sábato, título de extraña coincidencia con El Pozo, sí podríamos hablar de influencias directas de Camus en Sábato, a quien podríamos considerar un discípulo de Camus y de Sartre. Pero Onetti no puede ser incluido en esa categoría. Sus personajes son fracasados o perdedores, no individuos alienados como el Meursault de El Extranjero de Camus, o el protagonista de El Túnel de Sábato, que prácticamente son individuos lobotomizados por la sociedad. Los personajes de Onetti son fracasados, perdedores incapaces de algún tipo de felicidad o de gozo, pero eso no significa que en el resto del mundo de Onetti no existan los exitosos o los felices. Su característica aproximación hacia esos perdedores, fracasados e infelices no intenta encajar a toda la humanidad en esa categoría única de la infelicidad y la desazón: sus personajes lo son, acaso el propio escritor lo fue, el resto del mundo no tiene que serlo.
A través de los sueños, Eduardo Linacero, protagonista y narrador de El Pozo, intenta recuperar una vida que ha perdido en la realidad. Eduardo Linacero es un individuo violento, a veces cruel, tosco y mezquino: en el mundo de las cosas reales, agredió sexualmente a una muchacha llamada Ana María cuando tenía quince o dieciséis años, una muchacha con la que a veces sueña haciendo el amor con su consentimiento, como si la imaginación pudiese reparar un intento atroz de mancillar a alguien que hubiese poseído a través del amor. Estuvo casado con una mujer llamada Cecilia, salió con ella un día de tormenta a la calle, en una rambla trató de recuperar su amor, repitiendo teatralmente el día de su boda, cuando la conoció joven y bella y feliz de casarse con él, llena de esperanzas inútiles que ambos han perdido: por ese gesto irracional, inmensamente poético, fue tildado de loco y llevado a juicio. Tiene una amante en la vida de los sucesos reales, se llama Hanka y él la ha desvirginizado; la desea, a veces, pero no la ama. Su verdadero amor es Ana María, a quien posee en una cabaña de troncos en Alaska, una imagen onírica que nunca habla y que siempre llega desnuda a través de una tormenta de nieve. Eduardo Linacero tiene la vida que desea tener, solamente a través de la imaginación.



¿Quién pudiese tener la vida que ha escogido libremente, quién puede abstraerse conscientemente del azar, y vivir totalmente como ha querido siempre vivir? ¿Si he sido traído a este mundo sin mi consentimiento, qué deberes debo tener con una vida que no he escogido? ¿Qué le debo a Dios, si es que existe, que me ha dado una vida que no he pedido? La libertad total, por lo tanto, es imposible a partir del propio nacimiento.
Toda la obra de Onetti refleja un escape cotidiano al mundo de la imaginación y de los sueños. Brausen, el nazi de “La Vida Breve”, escribe una novela, y en esa novela él es un personaje amargado con el nombre cambiado y una vida insignificante, aunque decente. En “Un Sueño Realizado”, una mujer que es la caricatura excéntrica de una anciana elegante (una mujer loca, nos dice el protagonista, loca quizás como Eduardo Linacero repitiendo teatralmente el momento de su boda con su esposa Cecilia Huerta) quiere morir feliz representando un sueño que tuvo en el que le dan un beso, en el que la acarician y se siente amada. Si acaso alguna desolación sentimos en las obras de Onetti, se debe no solamente al reconocimiento de esos perdedores antipáticos, lúmpenes, chulos, prostitutas que se mueven en un mundo promiscuo, viscoso, desastrado, sino en el hecho de que, entre líneas, sabemos que en ese mundo existen personas felices, exitosas, diferentes. Lázaro, el compañero de cuarto de Eduardo Linacero, es un fanático político de poca monta que es feliz debido a su incuestionable compromiso ideológico, y aunque vive en el mismo cuarto que él, comparte lo que él considera la miseria más total, ve a través de la misma ventana que él a unos niños que juegan a los que Linacero, incluso, considera desagradables y sucios, preguntándose cómo es posible que toda la gente pueda sentir amor por eso, Lázaro tiene esperanzas, quiere cambiar el mundo, ese hombre estúpido y miserable lo considera un fracasado. Acaso Lázaro es feliz porque vive también, a su manera, en un sueño, en una mentira. O como en Un Sueño Realizado, sabemos que el director de teatro se ha quedado en ese pueblo porque es un perdedor, porque es un mal director, porque es la caricatura de un productor exitoso, un hombre que es sólo imagen y fracaso –un fracasado que no sabe que lo es, como muchos de los personajes de Onetti, alguien que pudo ser y no fue, que se perdió lamentablemente en el camino; pero aún no sabe que está perdido, lo cual es más patético- pero también sabemos que tiene amigos en la capital que han triunfado, que son directores importantes y ganan mucho dinero; que tienen una vida a la que él es incapaz de acceder, aunque en este caso no ha abandonado la lucha, y quizás por esta misma razón no entiende el sueño de su clienta sofisticada y burda. O sabemos que “Juntacadáveres” recoge a aquellas prostitutas viejas, acabadas, al límite de sus carreras no sólo sexuales sino vitales, pero por ese mismo hecho reconocemos que alguna vez hubo glamour, hubo belleza, juventud, hubo algo parecido a la vitalidad y a la esperanza, subieron hasta la cima del vicio y la promiscuidad como si subieran al éxito y a la plenitud, para luego empezar a bajar penosamente, como lo hacemos todos, metáfora radical de la propia existencia humana.



Si acaso Eduardo Linacero hubiese entendido desde el principio que el poeta Cordes, un escritor que de verdad admiraba, no podría entender nunca sus sueños (los que Eduardo llama “aventuras”), entonces no hubiese terminado este viaje infeliz en el mundo de los sucesos reales en la más absoluta soledad. Lo hace en el peor momento posible: cuando Cordes lee uno de sus poemas extraordinarios. Se encuentran solos en el cuarto, son más amigos que nunca. Y entonces, nos confiesa Linacero, Cordes lee un poema. “Sus versos lograron borrar la habitación, la noche y al mismo Cordes”, nos cuenta, emocionado, Linacero: “Cosas sin nombre, cosas que andaban por el mundo buscando un nombre, saltaban sin descanso de su boca, o iban brotando porque sí, en cualquier parte remota y palpable”. Luego de aquella lectura prodigiosa, Linacero quiere estar a la altura de su amigo, e intenta contarle uno de sus sueños. Intenta una retribución que no se le ha pedido, pero la genialidad no es piadosa ni quiere ser compartida. Le ofrece su tesoro más preciado, le habla “lleno de alegría y entusiasmo”. Pero Cordes, como buen escritor, no lo entendió. Pensó que le contaba un argumento para un cuento, o alguna narración ya escrita, y se dio cuenta con una “expresión llena de lástima y distancia”, que esa historia nunca sería como el poema que le acababa de leer. No podemos culpar a Cordes por no poder entender lo que quería transmitirle su amigo, puesto que Linacero es incapaz de comunicarse con nadie. Todos sus intentos de comunicación son fallidos en la novela: Cecilia, su ex-esposa, lo considera un loco; la prostituta a la que se decide al principio a contarle sus aventuras piensa que es homosexual; Cordes, el poeta, confunde sus sueños con historias para cuentos mediocres. Sabemos que Cordes, equivocado, se encuentra encerrado en su propio talento extraordinario y su propia egolatría (es decir, Cordes, como buen poeta, es alguien que está hecho para expresarse, no para escuchar), pero sabemos también que Linacero no puede decir nada. Es como si no pudiese comunicarse, como si no hubiese aprendido a hablar. Su destino es el silencio y la soledad. Y esto es notable, debido a que Linacero escribe su propia historia, es decir que intenta comunicarnos a nosotros, los posibles lectores, su propia vida. A retazos, editada como con un puñal o unas tijeras implacables, pero intenta contarnos su autobiografía sin querer parecernos simpático, sin querer falsificar lo que realmente es, como si quisiese que supiéramos el ser desagradable en que se ha convertido, y cómo no le importa lo que pensemos de él los demás.
“Las extraordinarias confesiones de Eduardo Linacero”, nos dice Juan Carlos Onetti, una frase que parece un título de una novela de Italo Calvino. “Todo es inútil y hay que tener por lo menos el valor de no usar pretextos”, nos revela Eduardo Linacero. ¿Pero cómo se da este viaje desde los sueños hasta las palabras, desde la imaginación hasta el lenguaje? “Es siempre la absurda costumbre de darle más importancia a las personas que a los sentimientos”, nos confiesa Onetti: “Quiero decir: más importancia al instrumento que a la música”. Es decir: la novela nos descubre, leyéndola, aquello que ninguna epistemología puede revelar. “Se me enfrían los dedos de andar entre fantasmas”, escribe Linacero, tal es la capacidad poética de la prosa tersa y perfecta de Onetti. Pausada, lenta, reflejando el mundo pesado, cuajado, que rodea al protagonista. Pero todo es inútil, aún esta prosa cuidada y poética, aún toda la poesía. La verdad nunca lleva a la felicidad, nos dijo Marcuse. El final de la novela es el viaje de Eduardo Linacero hacia uno de sus sueños, específicamente aquél de la cabaña de troncos, el más reiterado en todo el libro; los sueños que nos salvan de la realidad que nunca podrá satisfacernos, insatisfacción crónica que se encuentra en nuestra propia naturaleza; la imaginación que nos salva de la soledad, del suicidio o de la demencia; Onetti, el escritor, creador por lo tanto de un producto de la imaginación que nos proyecta una realidad terrible de la que solamente se puede escapar a través de los sueños, más terrible que la propia realidad real por cuanto se concentra sólo en la desesperación, el fracaso y la soledad. Sus historias ensambladas como una caja china que descubre otra caja más pequeña, y otra más pequeña, hasta terminar en la caja más chica que descubre el verdadero contenido; pero qué tal si la última caja es mayor aún que la primera que abrimos, una maravilla, quizás menor, que solamente puede darse a través de la imaginación, como en esta novela, o a través de los sueños en los que podemos vivir una vida paralela y feliz, diferente pero irreal. Una vida que, al fin, hemos escogido libremente.


Máximo Vega.


*Ponencia leída en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, a propósito del centenario del nacimiento de Onetti.