jueves, 2 de julio de 2009

LA MUERTE DE MICHAEL JACKSON

Es difícil saber qué pensaba ese cantante y bailarín a la hora de morir, acostado en la cama de su mansión, agobiado por dolores físicos y espirituales. Como Marilyn Monroe, como Elvis Presley, como Jim Morrison, como cantidad de artistas y gente de la farándula, el medio que le daba de comer acabó por engullirlo. Un ser humano puede ser inmensamente infeliz a pesar de tenerlo prácticamente todo (por lo menos "todo" lo que nos ofrece la materia: comprarlo todo, tener toda la fama y la gloria), pero al mismo tiempo vivir en el vacío y la soledad. Aún no somos capaces de aceptar la diferencia, esa palabra tan de moda hoy día de democracias imperfectas: alguien realmente diferente es un fenómeno de circo, un "freak", como dicen despectivamente los norteamericanos. Una sociedad que vive de circos y de escapes peligrosos de la realidad (a través de los estupefacientes, de la fama que te justifica en una sociedad en la cual alguien anónimo está muerto), de gente que intenta llenar su vida vacía admirando hasta el delirio a alguien que trata de lidiar con su propio vacío. De gente que te juzga sin siquiera conocerte, que inventa fantasías felices o terribles sobre un ídolo a miles de kilómetros de distancia.
Paz a los restos de alguien diferente que quizás fue feliz solamente cuando escuchaba los gritos de admiración de un público dispuesto a amarlo incondicionalmente, y luego a odiarlo sin contemplaciones y sin piedad.