miércoles, 25 de julio de 2007


LOS BENJAMINITAS:


Aquí se cuenta la historia de la guerra contra una de las tribus de Israel (ese pueblo viejo con una voluntad inexplicable de persistir), y de sus posteriores arrepentimientos y tribulaciones: doce fueron los hijos de Jacob, los patriarcas que formaron las doce tribus del pueblo de Israel. De los doce hijos de Jacob, el más famoso fue José, el que descifró los sueños confusos del Faraón, el más pequeño fue Benjamín. De la tribu de Benjamín fue Saúl, primer rey de Israel, aunque luego, debido a que desobedeció el mandato de Yahvé  y no cumplió cabalmente con un anatema contra Amalec, tuvo que  cederle el poder a David, hijo de Isaí de Belén de Judá.
Pero antes de Saúl, aún antes de Samuel, el juez que ungió ambos reyes, equivocado con el primero, certero en demasía con el segundo, la tribu de Benjamín fue casi completamente diezmada, por una infracción tremenda que había cometido contra el pueblo de Israel, los pecados contra Israel son blasfemias también contra su Dios, intolerante y solitario. Puesto que aconteció que un levita pernoctó con su concubina y sus criados en Gabaa de Benjamín, y unos hombres perversos, según refiere la Biblia (antigua versión de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602), revisión de 1960) puesto que estas no son mis palabras, tampoco mi historia, trataron de abusar de él. El levita había partido con su concubina, que le había sido infiel y lo había repudiado, volviéndose a la casa de su padre, allá la fue a buscar su marido que la convenció, y regresaba con ella a su ciudad natal. Un hombre bueno, un anciano de Gabaa, había dado cobijo a los peregrinos en su hogar, y en la noche estos hombres malvados rodearon la casa y pidieron a su dueño que sacara al levita, según la Biblia, “para que lo conozcamos”.
El anciano les ofreció a su hija virgen, a su propia esposa para que las violaran, pero los hombres no le quisieron oír. Así que el levita, desesperado quizás, ansioso, sacó a su concubina a la calle para que abusaran de ella, de tal forma y tan brutalmente que a la mañana siguiente la mujer yacía muerta en el umbral, con las manos juntas pegadas a la puerta, como si pidiera perdón o piedad, aunque no sabemos si al anciano, a los violadores o a su propio marido, que intentó salvarse sacrificando a su mujer, ofrenda valiosa que nadie le había pedido pero que le salvó la vida; quizás la mujer reconoció por última vez antes de fallecer: Para qué le habré yo hecho caso a este hombre y volví con él, mira Señor lo que me ha hecho después de que me prometió tantas cosas.
Ahora bien: el levita no imploró públicamente al cielo en Gabaa, no lloró delante de los asesinos su pérdida excesiva, no tuvo consciencia inmediata de la maldad Benjaminita, ni de la suya propia. Pensaba que su mujer estaba viva, puesto que le ordenó: Levántate, y vámonos. Como su concubina no se levantó (porque estaba muerta, o por lo menos tan destrozada que el cuerpo no le respondía), la echó sobre su asno y se llegó a su lugar, en donde se dedicó a reflexionar sobre lo que le había acontecido.
Dos manifestaciones culturales se propone poner al descubierto la Biblia con esta historia singular y, supuestamente, cierta: la corrupción homosexual (la sodomía, aunque aún no existiese esa palabra), y el hecho de que la mujer es propiedad del hombre, y él puede disponer de ella como mejor le parezca. Por cuanto el levita no salió a la calle no solamente porque le harían un gran daño, uno irreparable seguramente, sino porque lo que le iban a hacer era un gran pecado. Era preferible, pensó el anciano dueño de la casa, desvirginizar a una adolescente, abusar de una esposa anciana como su marido –es decir, es preferible el gran daño-, al gran pecado.
El levita se dedicó a reflexionar. La conclusión de su gran cavilación fue la siguiente: tomó un cuchillo, descuartizó el cuerpo de la mujer en doce pedazos (“la partió por sus huesos en doce partes”, se nos confirma en Jueces), y los envió por todo el territorio de Israel. Aunque su gesto fue simbólico, es preciso hacer notar que el acto presenta una pequeña imperfección, puesto que once tribus quedaban si apartamos la de Benjamín, culpable del oprobio. En fin, que en doce pedazos cortó el marido a su concubina, y envió el macabro contenido a las tribus de Israel (habría que preguntarse qué parte del cuerpo le correspondió a cada cual; a quién los brazos, a quién el tronco, las piernas, los senos; podríamos practicar un ejercicio matemático basado en la cantidad de partes en que puede ser dividido un cuerpo humano y especular: el brazo izquierdo uno, el derecho dos; la pierna izquierda tres, la derecha cuatro; el tronco cinco; el pie derecho seis, el izquierdo siete; la mano derecha ocho, la izquierda nueve; las orejas diez y once –o quizás los senos diez y once-; la cabeza doce, a la tribu que le llegó el cráneo pudo considerarlo como un privilegio; quizás, como advertimos anteriormente que quedaban once tribus, el levita se quedó con la cabeza, para enterrarla en uno de sus patios y no sentir remordimiento alguno, los hombres en general son así). El pueblo de Israel, alarmado, asqueado, confundido, deseoso de guerrear también contra la tribu más grande y poderosa, la de Benjamín, cuyo número sobrepasaba doblemente a la siguiente más numerosa, se unió todo para arrasar a los Benjaminitas, que resistieron por tres días en Gabaa, hasta que Yahvé el Magnánimo les ofreció al enemigo: 25 mil Benjaminitas murieron en un solo día, aunque los dos días anteriores cuarenta mil atacantes fueron derribados por tierra, así lo quiso el Señor. Luego el pueblo de Israel, siguiendo las órdenes de Yahvé su Dios, volvió sobre las demás ciudades Benjaminitas e hirió a espada a los hombres, a las mujeres, a las bestias y a todo lo vivo que fue hallado, y pusieron fuego a todas las ciudades, y a las aldeas y a los árboles y a los rebaños, porque las llamas son divinas y el fuego lo purifica todo: la infidelidad, el ateísmo, el islamismo, los cuerpos corruptos de los brujos quemados por la Santa Inquisición, con la putrefacción demoníaca dentro de cada cavidad física, visible o invisible.
Luego la tribu renació, los sobrevivientes del Anatema robaron mujeres para fornicar con ellas y procrear Benjaminitas... Pero la historia del levita y su concubina ha terminado varios párrafos atrás, estas apostillas inútiles no hacen más que perpetuar el absurdo: más de setenta mil israelitas murieron por el estupro y el homicidio de una sola persona. Se dirá: lo importante es el castigo contra la ignominia; estamos de acuerdo y nos regocijamos encima de los muertos. Una tribu fue arrasada casi por completo; el pueblo hebreo, rodeado de enemigos, había luchado internamente y se había debilitado. Pero los Benjaminitas fueron inteligentes y brutales: robaron vírgenes doncellas extranjeras, abusaron de ellas para que les diesen hijos pero esta vez no hubo guerra, las demás tribus entendieron; cuando los padres o los hermanos iban a demandárselas, les pedían que se las concedieran, porque eran hombres que ya no tenían mujeres en sus desmoronadas ciudades, no podían hallarlas entre sus ruinas, tal vez se arrastraba alguna sobreviviente con las cicatrices del fuego recorriendo su cuerpo, demasiado deforme y asquerosa para la sexualidad, en la guerra los vencedores no se apropiaron de mujeres para todos. Entre la cal y el barro amontonado imaginamos también los cuerpos de los niños, muertos, o vivos aún aunque desahuciados por las heridas infectadas y la posterior gangrena: gimen en los rincones, imploran nuestra ayuda, ignoran que nadie les dará socorro puesto que son niños malditos (nos regocijamos entonces encima de los cuerpos de los niños, Bendito sea el Señor), sus propios padres o hermanos se preocupan sólo de buscar mujeres entre las bailarinas vírgenes, así lo recomendaron los ancianos y los hombres sabios. Y los hijos de Benjamín lo hicieron así, y tomaron mujeres de entre las que danzaban, y se fueron, y reedificaron las ciudades, y habitaron en ellas.
Esto sucedió, según el Libro Sagrado, porque “en estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”.



5 comentarios:

  1. David no fue de la tribu de Benjamin, sino de Judá

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  2. Sí, es cierto. David hijo de Isaí, de Belén de Judá. Incluso, al tomar el poder tuvo problemas con Abner, y con la casa de Benjamín, es decir con uno de los descendientes de Saúl, aliado a Abner. Al final de los días de David, el benjaminismo trató de revivir, pero ya no tuvo el tiempo ni el poder. Pero Samuel fue sumamente inteligente, uno de los jueces bíblicos más preclaros (quizás el más), puesto que escogió al primer rey de Israel de la tribu de Benjamín, la más golpeada pero con un gran poder militar.

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  3. Al inicio aparece eso que ustedes dicen, en el primer parrafo.

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  4. Tienen algún antecedente sobre descendencia de la tribu de Benjamín , se encuentren dispersos al sur de chile y Argentina

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  5. yo soy de esa tribu, shalom, estoy en costa rica, america central

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