miércoles, 18 de marzo de 2009

Existen algunas culturas resistentes al progreso, en países que se niegan a crecer económicamente debido a que son sumamente dependientes de la religión. De acuerdo al señor Laurence Harrison, investigador de la Fletcher School en los Estados Unidos, la cultura “iberocatólica” es la responsable de la mayoría de los problemas latinoamericanos. Países como Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca, son luteranos, y muchos de sus ciudadanos son ateos o agnósticos, y al mismo tiempo son los países más desarrollados del mundo. Para que tengamos una idea de sus teorías, sacada de la realidad social, pone como ejemplo a Barbados y a Haití: aunque tienen un origen africano común, Barbados se ha desarrollado porque adquirió sólidamente la cultura inglesa, por lo que hoy día sus habitantes son considerados ingleses negros, tienen democracia y justicia social. Haití no ha progresado debido a que su religión es el vudú.
No vamos ni siquiera a detenernos a refutar esta tesis extravagante, debido a que es científicamente improbable. Aún si obviamos el reduccionismo cultural que significa creer que solamente los países con una cultura europea –inglesa, para más señas –y con una religión luterana pueden alcanzar la democracia y el progreso material, debemos reconocer que pensar de esta manera indica una arrogancia y al mismo tiempo una ignorancia extremas. Creer, sinceramente, que un país como Haití, la nación más pobre del hemisferio occidental, el cuarto país más peligroso del mundo, ha llegado a tal estado de indigencia debido a que su religión es el vudú, no merece ser rebatido. No tiene ninguna consistencia sociológica, ninguna consistencia científica. La teoría reduccionista de las culturas resistentes al progreso, debido a su religión o a su resistencia a la penetración cultural, se encuentra desacreditada.
Lo que queremos realmente hacer notar al lector que, espero, ya se ha dado cuenta, es la manera en la que nos juzgan personalidades dudosas del primer mundo. Erigidos sobre una petulancia y, a la vez, una ingenuidad evidentes –la combinación más peligrosa en manos poderosas –que sólo puede hallarse en las logias que precisamente tratan de combatir –es decir, los fanáticos religiosos, que quieren convertir a las personas a pesar de ellas mismas, por mandato divino –una gran parte del poder de las sociedades del primer mundo piensa que la solución a los problemas de América Latina es la aceptación de la religión colonizadora, de la mentalidad colonizadora, de la forma de ser colonizadora, es decir: la penetración cultural. Los países de América Latina no progresan debido a que son reacios a dejarse penetrar culturalmente, porque se niegan a ser más ingleses, más finlandeses, acaso más daneses. La solución a la pobreza latinoamericana es la transculturación. La variedad cultural es negativa, los países subdesarrollados deben adquirir la cultura de los países ricos, para llegar al progreso y a la justicia social. Toda la cultura debería ser una sola: europea, atea, agnóstica, aceptamos también a los luteranos.
Pero este disparate ilustrado nos permite recalcar el principal problema de nuestros países del tercer mundo, incluyendo la República Dominicana: la corrupción. V. S. Naipaul, el premio nobel inglés nacido en Trinidad, en el Caribe, escribió algo que tiene total actualidad en nuestro días: en uno de sus libros, Miranda, un aventurero revolucionario criollo que intentó liberar a Venezuela de la colonización española algunos años antes que Simón Bolívar, se regocijaba de que algunos de sus generales fuesen codiciosos, debido a que, entonces, eran fáciles de controlar. Comprándolos, se agenciaba su fidelidad total. Esto sucede hoy día con nuestros políticos, cuyos problemas de gobernabilidad se resuelven con suma facilidad: se compra a los opositores, a través del propio poder o del dinero directo; los políticos se acercan al poder para obtener beneficios económicos, para hacerse ricos y, a través de su posición económica, obtener más poder. Estamos dirigidos por seres vencidos, que piensan que ya nada puede ser cambiado. En países en los que las normas éticas se han relajado de forma tan dramática, en los que debemos darles la mano con una sonrisa a ladrones reconocidos, que nos representan en el congreso o en los ayuntamientos, a veces inevitablemente, en los que debemos recibir un reconocimiento al lado de un corrupto prestigioso que nos palmea la espalda y nos tiene lástima por nuestra seriedad, no hay futuro ni hay progreso: el principal problema de la República Dominicana es la corrupción, la mentalidad del tigueraje y del más vivo, la elasticidad de normas éticas que nunca han existido, la contradicción entre el decir y el hacer. La corrupción del lenguaje, el engaño. ¿Es éste un problema cultural?, sí, pero de otra índole. La izquierda progresa en nuestros países latinoamericanos porque promete, y a veces lo cumple con creces, una transparencia en el manejo público irrefutable, porque promete seriedad y castigo, cero impunidad. Eso no tiene nada que ver con lo católico o lo protestante, con el vudú o la supuesta necesidad de convertirnos en europeos negros, en una pequeña isla del Caribe conquistada, colonizada, saqueada, invadida por aquellos imperialistas a los que debemos copiarles la cultura para progresar, porque es la mejor de todas las culturas. Para que suceda el progreso debe haber una clase política y empresarial que decida cambiar la realidad social, que por lo menos se aproxime a una ética y abandone las prácticas piratas del siglo XVIII, pero, lamentablemente, en estos momentos eso no existe.

Máximo Vega.