lunes, 1 de agosto de 2016

IDENTIDAD Y CULTURA:

Los valores culturales se adquieren a través de un proceso educativo.


         Cuando nos referimos a la identidad de una nación, o de una cultura determinada, debemos hacerlo teniendo en cuenta que esa identidad es, sobre todo, un proceso educativo. Es decir, tenemos una identidad porque se nos ha enseñado que debemos arraigarnos a unos valores que son educados alevosamente, o surgidos a través de la tradición y de la espontaneidad. Todo lo que somos, lo que creemos ser, los valores y las ideologías sobre las que nos sostenemos, precaria o firmemente, es adquirido a través de un proceso educativo.
         Más de una vez se confunde la raza con la cultura. No solamente la racialidad, sino simplemente el color de la piel con la cultura. Se piensa, por ejemplo, que un negro debe sentirse unido culturalmente a todos los demás negros. Esa forma de pensar, que es propia incluso de muchas personas de piel negra, se encuentra basada en el racismo. Una cosa es la raza, que es una condición biológica, genética, y otra la cultura. En ese sentido, existen variaciones culturales importantes que explican más o menos lo que queremos decir: no todos los musulmanes son árabes, por ejemplo. Los iraníes no son árabes, sino persas, y son musulmanes. Muchos iraquíes son árabes, otros no, y son musulmanes. Somalia es un país africano racialmente negro, pero es de mayoría musulmana. Los libios son africanos, y son árabes y musulmanes, y no son negros. Turquía es un país de mayoría musulmana, con una minoría étnica árabe y kurda, pero Turquía es un país europeo. Hay negros judíos, hay negros asiáticos, africanos, latinoamericanos, norteamericanos y europeos. Es posible que los negros asiáticos, o algunas tribus de algunas islas del océano Pacífico, no tengan un origen común africano (obviando, claro está, que toda la humanidad tiene un origen africano), como los latinoamericanos y los norteamericanos; entonces, ¿por qué deben sentirse, culturalmente hablando, unidos o cercanos? Este embrollo ha querido ser resuelto separando la “raza” (el color de la piel, las características genéticas), de la “etnia” (las características culturales de esa raza o de una mezcla de razas).
         La importancia que tiene la raza, el color de la piel, en la civilización occidental, tiene su origen en los imperialismos europeos. A medida que un individuo era racialmente más oscuro, se pensaba que al mismo tiempo era inferior. Esto, por supuesto, excusaba la esclavitud y la discriminación racial. De acuerdo a las Leyes de Indias, en América había diferentes clasificaciones para los mestizos: segundones, tercerones, cuarterones. Eso significaba que un segundón era inferior en la escala social a un tercerón, porque estaba más cercano a un antepasado negro; un cuarterón, tenía más derechos ciudadanos que un tercerón, simplemente porque se alejaba generacionalmente de la negritud. En nuestra civilización, el color de la piel tiene una importancia exagerada, como ha sucedido pocas veces con anterioridad con otras civilizaciones multiétnicas y multiculturales. Ha habido imperios cuyos reyes son de raza negra, como sucedió con los faraones egipcios, que esclavizaron a los judíos, que eran racialmente más blancos que ellos; para los romanos, los sajones eran bárbaros, ignorantes e inferiores, a pesar de que los sajones eran altos, rubios, con los ojos verdes y azules.
         Los dominicanos no somos africanos. Debido al rechazo que existe en algunos estamentos del poder de nuestro país hacia la africanidad negra, esta afirmación tan rotunda podría aparentar una toma de posición desde la acera de enfrente, desde el punto de vista de los que nos consideran un país de gente blanca y de cultura española. No es así. Auspiciados por el dictador Rafael Leonidas Trujillo, Joaquín Balaguer y Manuel Arturo Peña Batlle trataron de convencernos de que éste era, o debía ser, un país de blancos. Evidentemente, salir a la calle nos demuestra lo contrario. Sin embargo, éste es un país sincrético, una mezcla de varias culturas, a pesar de que un sector de la vida nacional desprecia su propia negritud, nuestro pasado esclavo africano. Se ha llegado a decir que este es un país de negros que se cree blanco.
         En primer lugar, este no es un país de negros. Es una nación de mestizos y de mulatos. El mito de la negritud es tan falso como el mito de la blancura. Algunos intelectuales extranjeros, sobre todo haitianos, nunca entendieron lo que significaba ser “blanco de la tierra”, es decir, que un hijo de un terrateniente español y una negra africana se considerara español, como su padre, y, siendo mulato, al heredar y poseer las propiedades paternas se considerase culturalmente español. Como nos dice Federico Henríquez Gratereaux, “la sociedad dominicana fue integrada por blancos españolizados, mulatos españolizados y negros españolizados”. La brutalidad con que se trataba a los esclavos africanos en la parte francesa de la isla, nunca sucedió de este lado, lo que propició el acercamiento racial y cultural entre negros y blancos. La República Dominicana debe ser el país con más mestizaje del mundo entero.
         Los europeos, que dicho sea de paso tratan de criminalizar la emigración ilegal, lo cual es una forma de xenofobia, aún mantienen esta mentalidad reaccionaria: cuando vienen a este país se asombran de que la gente tenga el color de la piel oscura, pero no se considere culturalmente africana. Para ellos, un negro francés no es francés en realidad, sino que es, también, africano. Un negro con los estereotipados modales ingleses es una especie de blasfemia: está negando sus raíces. Aunque no es conveniente generalizar como lo estamos haciendo, debemos recordar que esta mentalidad está equivocada, puesto que la mueve un principio xenófobo, es decir, la idea de la contaminación racial: para ellos, una persona que tenga una gota de sangre negra, ya es negro. Podríamos preguntarnos lo contrario: ¿por qué, entonces, una persona que tenga una gota de sangre blanca, no es blanco? Un negro inglés cuyo tatarabuelo emigró desde Sudáfrica a principios del siglo XX nunca será inglés realmente: seguirá siendo africano por los siglos de los siglos. Curiosamente, los norteamericanos han oficializado a través de las leyes y el lenguaje este pensamiento: un negro estadounidense ya no es un negro, ni siquiera un estadounidense, sino un “afroamericano”. Barack Obama, el reciente presidente norteamericano, tuvo un padre negro y una madre blanca, sin embargo es considerado el primer presidente “negro” de los Estados Unidos.
         La confusión con nuestra identidad acompaña a los dominicanos como un fardo. En la cédula de identificación personal somos de color “indio”. Existe el “indio claro” y el “indio oscuro”. En nuestra cotidianidad nos encontramos continuamente con estas peculiaridades: la museografía del Centro León de Santiago, por ejemplo, un centro cultural que también es galería y museo, está concebida de manera que los objetos africanos del Centro se encuentran semiescondidos. Intentan decirnos, con toda razón, que queremos ocultar nuestro pasado africano y nuestra identidad mezclada. En una universidad de Santiago se prohíbe a los estudiantes que entren con trenzas y afros, lo que significaría dejarse el cabello al natural, como debe ser, porque en este país la mayoría tenemos el cabello crespo, pero al mismo tiempo se permite a las jovencitas que tomen sus clases con desrizado, porque “ese es un estilo mucho más serio”, a pesar de que no se corresponde con su propia racialidad. Es decir, existe una confusión generalizada con respecto a nuestra identidad, que solamente puede explicarse a través de nuestras peculiaridades históricas, y a través del mestizaje.
         Por suerte, el tiempo, en un período democrático, empieza a encargarse por sí mismo de resolver estos desórdenes. En la calle vemos cantidad de jóvenes con trenzas, con el cabello al natural, con peinados más acordes con su racialidad. Pero debemos agradecer también a la intelectualidad y a la academia, a los medios de comunicación, a las redes sociales que nos traen formas de vida, visiones de la realidad que nos indican que la negritud no significa inferioridad, y que somos lo que somos, como decía el premio Nobel africano Wole Soyinka: un negro no debe pregonar su negritud, así como un tigre no pregona su tigritud. Somos lo que somos, y debemos estar orgullosos de ello. Notamos un acercamiento casi espontáneo a manifestaciones culturales de nuestro pasado esclavo, y sincrético, lo cual es saludable puesto que nos refiere a lo que somos realmente: un país de mestizos y de mulatos. Ni blanco ni negro. Una mezcla, un híbrido. Y el poder, que siempre se sale con la suya, en un período democrático debería educarnos en ese sentido.

Tomado de “El Libro de los Últimos Días”, año 2011.
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