¿Se considera usted una cuentista que usa el extrañamiento mucho en sus
cuentos? Si la respuesta es sí ¿Por qué lo usa?
La historia de “El Azar” es muy fuerte,
muy cruda, así como las historias de muchas de las cosas que escribo. Así que
tiene que haber algún tipo de extrañamiento, porque si se cuenta con mucha
crudeza sería incluso poco literario. Sería casi como la realidad. Por lo que
yo experimento mucho con la forma de contar y con algunos hechos, para que la
crueldad de la historia no nos haga olvidar que lo que leemos es literatura,
algo inventado por mí.
¿En el momento que usted se sienta a escribir un cuento nuevo tienes un
lector ideal a quien le estás escribiendo? ¿Alguna vez has escrito con la intención de
cambiarle la perspectiva cotidiana al lector?
Claro que sí. Con respecto a la segunda
pregunta, trato de que el lector vea las cosas cotidianas de otra manera. Las
ilumino, si se podría decir de alguna manera, le doy luz para que el lector las
vea. Con respecto a la primera pregunta, no tengo ningún lector ideal, aunque
sí escribo para gente que podría tener la misma sensibilidad que yo tengo.
En el cuento “El azar” el personaje Nayib tiene características como si
estuviera muerto pero también vivo. ¿Él está paralizado de verdad o es esta parte del extrañamiento del
cuento que deja el lector pensando?
Sí, él está paralizado. A veces finge su
muerte, y como es paralítico la gente piensa que de verdad está muerto. Es
fácil para él. Pero el lector puede creer lo que quiera, si piensa que en
realidad es un muerto que lea el cuento así, no importa. Es un cuento abierto
para que el lector saque sus propias conclusiones.
Al final del cuento Nayib relata cómo su hermano moriría. Y después
casi como si él tuviera un pacto con Dios parece que lo que se imaginó iba
a ocurrir. ¿Puedes explicar, si viviéramos
en un mundo perfecto, que quisieras que el lector sacará de esta
conclusión del cuento?
Realmente sí. Él es paralítico, así que,
como su vida es tan terrible, como no es como las demás personas (es
paralítico, pero también es muy pobre, pero también ha sido abandonado por su
madre debido a que es paralítico), se imagina que tiene poderes especiales. Se
imagina que lo que desea se hace realidad. Que tiene un pacto con Dios, que le
concede sus deseos. El lector decidirá si Nayib tiene razón o no, porque el
final es abierto, cada lector decidirá si su hermano muere o no. Pero al mismo
tiempo el cuento trata de hablar sobre la naturaleza humana, sobre cómo ese
niño paralítico, al cual el lector percibe como tierno, como un personaje que
da lástima, es capaz de intentar asesinar a su propio hermano, que lo cuida y
que comparte su esclavitud y su pobreza, porque el destino de su hermano es
cuidarlo, no podrá abandonarlo hasta que uno de los dos muera. La conclusión es
que somos capaces de cualquier cosa, y por eso el cuento se llama “el azar”:
cada lector decide si su hermano vivirá o morirá, si Nayib tenía razón o no,
pero también debido al azar Nayib es paralítico, y debido al azar nacemos en el
lugar que nacemos, tenemos la cultura que tenemos y creemos las cosas que
creemos.
René
Rodríguez Soriano
publicó un libro titulado Su nombre,
Julia en el año 1991. Ese libro contiene un cuento del mismo nombre, que se ha convertido
en un clásico de la literatura dominicana. René es autor de poemas, cuentos y
novelas que no lo parecen; sus novelas dan la impresión más bien de ser poemas
largos o recopilaciones de cuentos. Conocía su obra, llegué a verlo más de una
vez leyendo sus cuentos o impartiendo una conferencia sobre la cuentística
dominicana, pero lo conocí realmente durantela
Feriadel Libro de Santiago, en
el año 2005, en la cual se le hizo un homenaje. Tuve la oportunidad de
introducir su obra a un público de mi ciudad natal que ya lo conocía y que, sin
embargo, no me conocía a mí para nada.
René es un caso único en nuestras letras, me
parece. En este momento debemos contextualizar al lector sobre una etapa
crucial de la literatura dominicana. René comenzó
a publicar en revistas y periódicos un poco antes, muy joven, en la década del
setenta del siglo pasado, pero fue en la década del
ochenta cuando su obra empezó a tener difusión y notoriedad. Luego de una época
represiva enla RepúblicaDominicana, conocida como la era de
los Doce Años de Balaguer, terminada en 1978, empezó la transición hacia la
democracia en el país, una época de apertura inédita luego de años de censura,
de libros e ideas prohibidos, polarización ideológica y escritura panfletaria (y
necesaria, no nos engañemos). La obra de René se concentra en la forma, en el
lenguaje, lo cual lo acerca a la llamada Generación del80que
surgió con los jóvenes de esta apertura democrática, con los cuales él mantiene
intereses comunes. A pesar de tener una obra anterior, a René, como a esta
generación, no le preocupan los contenidos políticos o colectivos. La esencia
es el individuo, la existencia, la insatisfacción vital, la sexualidad, el
amor. La obra debe tener un sentido en la forma, más allá del contenido en sí
mismo, lo cual era insólito en la literatura dominicana, preocupada por
intereses sociales arrastrados desdela
Erade Trujillo, la revolución de
abril del 65 y la posterior invasión norteamericana del mismo año (tenemos,
claro está, una generación literaria nacional llamada Generación de Posguerra),
los doce años de la dictadura ilustrada de Joaquín Balaguer.
El escritor, entonces, se
enfrenta a un dilema que comparte con autores de su propia generación, o anteriores,
como Andrés L. Mateo, o poetas como Franklin Mieses Burgos: decidirse por una
literatura de contenido social, debido a un humanismo intrínseco a estos
autores («éramos, sobre todo, contestatarios», escribe René en algún lado), y
al mismo tiempo enfrentarse al desencanto y al pesimismo de la época, que lleva
al existencialismo y a lo ontológico. Por supuesto, en este caso gana lo
existencial, lo individual, independientemente de que, como telón de fondo,
como atmósfera, aparezca la realidad de un país en constante ebullición social.
René, con sus cuentos de factura impecable, con personajes preocupados más bien
por su efímera satisfacción sexual, la insatisfacción ideológica, su seguridad
económica, la contemplación de la realidad sin decidirse a actuar, la insatisfacción normal
por la democracia que tanto se anheló y que descubrimos de pronto su imperfección,
se convirtió en profeta en esa década. Escrita con una pulcritud luminosa, el
ambiente de su obra es urbano, clase media. Su lenguaje es ambiguo, no da nada
por sentado, se encuentra cómodo en una relatividad que hoy día nos parece tan
auténtica como en ese momento se nos mostraba tan nueva y extraña. No sabemos
nada, lo que creíamos establecido y puro quizás no lo es tanto. En “Su nombre,
Julia”, la única preocupación real del narrador es esa mujer que
es posible que ni siquiera exista.
El mal del tiempo, una novela que realmente no lo es, es un diario en el cual los
capítulos representan los días del protagonista, pero los títulos no se
corresponden con los nombres de las fechas, los meses o los años: uno se llama
“Cola de pez”, otro “Desmedida mesura”, otro “Madrugada remota”. Es como si el
autor quisiese reducir (o ampliar) toda su vida a lo poético, al lenguaje. Aún
en las entrevistas que ofrece, René trata de ser ambiguo, de que no sepamos
quién es, de que cada respuesta sea prácticamente literatura llevada hasta su
estado más puro, hasta el nivel del poema, que no necesita ni siquiera de la
realidad para ser algo. Ya pasaron los días en los cuales sus títulos intentaban
acercarse a la obra de Julio Cortázar (Todos
los juegos el juego, por ejemplo); es decir, homenajear a un clásico
admirado por el autor. Todos los juegos
el juego es un acercamiento lúdico a los libros de Cortázar, en especial a Historias de Cronopios y de Famas, y no
especialmente a aquél al que refiere su título (es decir, Todos los fuegos el fuego); no es sólo homenaje, creo yo, ni
reescritura, sino juego formal que lanza continuos guiños al lector de ambos
escritores. Ya pasaron los días de la juventud que se despreocupa y al mismo
tiempo es rebelde sin objetivos: su obra, fiel a sí misma, mantiene una coherencia
que se encuentra más bien en el lenguaje, pero al mismo tiempo ha alcanzado una
madurez que no deja de recordarnos que toda literatura es poesía. Aún en los títulos de sus
libros puede apreciarse este afán: Betún
melancolía, Canciones rosa para una
niña gris metal, Probablemente es virgen,
todavía, Tizne de nubes. El placer de la lectura
es total porque todo es lenguaje. La obra de René es divertimento y seriedad,
compromiso y rebeldía. Sus poemas, sus cuentos, sus novelas, sus artículos, sus
prólogos, sus reseñas de libros en la revista Arquitexto, sus
respuestas a las entrevistas (que innegablemente
forman parte de su obra literaria, creo yo), profesan
un humor que transmite, al mismo tiempo, algo de tristeza, de melancolía y de
desencanto. El principio de El mal del
tiempo lo aclara con creces:«Comienzo el día oyendo música. A eso de las
ocho de la mañana, sintonizo mi absurda existencia con Cristal Europa».
Ese libro es característico en cuanto a lo que quiero explicar: la historia
transcurre durante los duros doce años de
Balaguer, pero aunque el autor intenta que nos interese lo que sucede fuera de
sí mismo, es decir, el convulsionado ambiente social, con invasiones
guerrilleras, asesinatos políticos y represión policial incluidos, lo
importante es la propia existencia, el interior melancólico del personaje, que
todo lo contempla pero no actúa. El escritor puro. El cronista puro.
II
Pero, al mismo tiempo, René es un adorador.
Las relaciones entre parejas, su tema preferido y por lo tanto reiterativo, se nos
muestra como una forma de redención. En su caso es un adorador de la figura
femenina, de las mujeres cuyos nombres se repiten en diferentes libros y
cuentos (Laura, Julia, Claudia, muchas más), y cuya necesidad suponemos que se
encuentra más allá de una finalidad literaria. El amor como una forma de
redención, pero al mismo tiempo (y quizás debido a esto) la idealización de la
figura femenina, lo que podría significar que no es sólo La Mujer, sino una
meta, un símbolo. Pocas veces las relaciones amorosas han tenido un perseguidor
tan vehemente, hasta el punto de que ha dedicado un libro completo (El nombre olvidado, publicado por Ediciones
Callejón, San Juan, Puerto Rico, 2015) a la figura femenina, del cual se han
extraído tres cuentos para esta antología: “Juana”, “Nathalie” y “Keiko”,
aunque estas relaciones se repiten en otros libros, como en “Con Julia en LA”,
de su libro Solo de flauta (2013),
“Perseguir a Rita”, de El diablo sabe por
diablo (1998), “Desesperadamente buscando a Claudia”, de La radio y otros boleros (1996), “Su
nombre Julia”, del libro del mismo nombre (1991), etc., de modo que podríamos
hacer otra antología con los cuentos dedicados sólo a estas relaciones en las
que el amor o el desamor juegan un papel central, dominadas por la figura
idealizada de unas mujeres que quizás son la misma mujer con nombres diferentes
en circunstancias diferentes, perseguidas por hombres solitarios que enmascaran
sus vidas en las vidas de estas mujeres que, quizás (seamos osados), son
inexistentes. Puesto que en realidad son, si lo pensamos bien, simplemente
lenguaje.
Ya sabemos que el género principal de René es
el cuento, al cual se ha dedicado con más vehemencia que la novela o la poesía,
aunque sus novelas parecen unir algunos géneros como el diario, las memorias o
el mismo cuento, pero René Rodríguez Soriano es, por encima de cualquier otra
cosa, un cuentista. Por este motivo he querido recopilar estos cuentos que son
representativos de una obra más amplia, de una forma de contar impoluta. La
dificultad al escoger cuáles textos llenarían “Jugar al Sol”, residió precisamente
en esto: no se escogieron los cuentos atendiendo sólo a su calidad formal,
puesto que debimos entonces escogerlos casi todos, sino a su representatividad,
a que transmiten una idea precisa al lector de una forma de narrar, la del
autor, placentera antes que nada en la forma, independientemente de la historia
que se cuenta, lo cual parece en desuso hoy día. Esperamos con sinceridad habernos acercado apenas un poco a
este objetivo.
Los textos escogidos están colocados en orden
cronológico, lo que al mismo tiempo sirve para mostrar al lector la evolución del escritor a través de cada uno de sus
libros. Debajo, en una pequeña nota, se encuentra consignado el libro al que
pertenecen y el año en que fue publicado. Empezamos con su primer libro, Todos los Juegos el Juego (1986) y
concluimos con el más reciente, El Nombre
olvidado (2015). En medio, cinco libros más que componen el total de una
obra cuentística influida notablemente por la poesía y por lo tanto por la
transmisión de emociones más que de historias. Espero que también se tome en
cuenta, al leer los cuentos escogidos, esta última especulación de lector agradecido.
III
A veces se nos olvida que
estamos ante un autor completamente maduro, un individuo de 66 años de edad que
tampoco lo parece, debido a su personalidad y a su literatura, siempre fresca; un escritor que estructura sus libros de manera tal que cada uno parece un
primer libro. Uno de los más recientes, Solo
de flauta, está compuesto por poemas, cuentos muy breves, ejercicios de la
memoria (toda buena literatura es un ejercicio de la memoria) y de la forma. Su
obra refleja una dominicanidad que no tiene nada que ver con nacionalismos o
intereses sociales, sino con las palabras: palabras nuevas (por lo menos nuevas para la literatura), caribeñas y
dominicanas, que el autor incorpora a sus narraciones y poemas porque expresan
novedad y belleza. Explica René:«Vivíamos al borde, jugábamos vistilla en
las aceras, siempre cuidándonos para no ser arrollados por el tránsito. Crecimos a
contrapelo de la hora y el azar. Éramos, sobre todo, contestatarios. Nadábamos
contra la corriente y leíamos más que nada, leíamos en los márgenes, entre la
realidad y el sueño, siempre a la espera del asueto». René no es un
escritor de 66 años—cuántas veces se nos olvida su
verdadera edad—, sino un treintañero
que siempre está leyendo a recientes narradores, jóvenes o no; que siempre
busca algo nuevo qué comentar o qué contar. Esta frescura es intrínseca a su
propia forma de escribir.
Ahora entiendo el mensaje
subliminal de una obra que, como le he confesado al propio René, es única en la literatura dominicana; única en el sentido
de singular, y que al mismo tiempo es difícil de imitar debido a la calidad de
su escritura. Estas palabras (ambiguas también, intentando interpretar lo
inaprensible) que intentan prologar “Jugar al Sol: más de 13 cuentos de René
Rodríguez Soriano”, sólo
pretenden que el lector se acerque a una obra que quizás ya conoce, pero que
debe ser leída como
toda obra importante lo merece: sin respeto, con placer, con una sonrisa, sin
piedad, con humildad y con pasión.
1.¿Dónde te ves como escritor en cinco años y/o
dónde ves tu literatura?
Me veo en el mismo
lugar, pero me gustaría que me leyera el mundo entero. Muchísima gente. Pero
estoy consciente del país en que vivo, un país pequeño en el Caribe, y lo que trato mientras eso sucede es de
escribir, decir las cosas que quiero decir y hacerlo lo mejor posible. Aunque,
claro, sé que eso nunca va a suceder. A mí me gusta escribir, soy feliz cuando
escribo, no entiendo eso del “dolor del escritor” o que “escribir es como un
parto”. Si yo sintiera que escribir es como un parto, no escribiría, dejaría
eso.
2. Un sueño
recurrente:
Como escritor, mi
sueño es tener las posibilidades económicas de dedicarme a escribir sin tener
que hacer nada más. O sea, un sueño imposible. Como persona, siempre sueño que estoy desnudo en medio de la calle. Voy a comprar algo en la esquina y pienso: "Es cerca, me puedo ir sin ropa", pero cuando estoy en la calle me doy cuenta de que estoy desnudo y quiero regresar sin que nadie me vea. Los psiquiatras creen que eso tiene un significado existencial, no sé cuál sea.
3. Si pudieras ser
un animal serías…
Mi animal preferido
es el puerco. No sé por qué. Me gustaría ser un cerdo. Pero limpio, claro.
4. ¿Te consideras
una persona alegre o con afinación a la tristeza? Desarrolla.
No creo que sea muy
alegre, pero tampoco creo que sea triste. Soy, eso sí, una persona feliz. Ya
tengo cierta edad, y he aprendido a aceptarme a mí mismo. Me han pasado
cantidad de cosas malas, como a todo el mundo, he tenido que lidiar con las
demás personas, con la naturaleza humana, cada vez más individualista. Pero
creo que he tenido una buena vida, y que he sido feliz. Ahora conozco mejor el
mecanismo del mundo. Yo he hecho de todo, he trabajado en cantidad de cosas,
como sucede con los demás artistas del país y ha sucedido a lo largo de la
historia con los escritores de todos los sitios. Es decir, creo que he tenido
una vida intensa. Me han sucedido y he visto cosas terribles, pero también
fantásticas. No soy un pesimista ni un reaccionario, veo mi porvenir
con cierto optimismo.
5. ¿Eres responsable o el/la (estéreo)típic@
poeta bohemi@? & Tus amig@s, ¿te ven de la misma manera?
No, yo soy una
persona muy seria. Muy responsable. Disciplinado. Por eso puedo trabajar y
luego del trabajo sentarme a escribir, sobre todo cuentos y novelas, que quitan
mucho tiempo. Y leer, leer mucho. Ese es el sacrificio del escritor, aunque realmente para mí no es ningún sacrificio porque disfruto todo eso. Aunque claro, también hay que disfrutar la vida, pero supongo que me ven como muy
serio, muy circunspecto, aunque me río muchísimo, me paso el día riéndome.
6. ¿Sales detrás
de/Te comunicas con las editoriales o esperas que ellas te contraten a ti, te
«descubran»?
Trato de publicar
mis libros, no espero que me llamen. Publicar es difícil, pero hace mucho
tiempo que no publico mis libros por mí mismo, he publicado con editoriales
locales o extranjeras, cuando ganas un concurso te publican la obra, etc. Las
editoriales internacionales te pagan derechos de autor cuando te publican, y un
escritor tiene que vivir de algo. Los dominicanos tenemos un problema, y es de
mercado. Las editoriales, sobre todo las españolas, se afilian con los
escritores de mercados más grandes porque les resulta más fácil recuperar la
inversión o ganar dinero, vender muchos libros. Hay cinco países en Hispanoamérica
en los cuales se venden más libros: Argentina, México, Colombia, Perú y Chile.
Por eso los escritores de esos países son los más conocidos, y por eso cuatro
de esos países ya tienen premios Nobel de Literatura, aunque a la Argentina
hace tiempo que debió otorgársele un premio Nobel, empezando por Borges. La
gente piensa que las cosas suceden de manera fortuita, pero no es así. En este
país se instalaron dos editoriales grandes y tuvieron que marcharse porque no
les era rentable. Pero el dominicano tiene que dejar esa mentalidad insular que
tiene, pensando que si envía a una editorial y lo rechazan se está acabando el
mundo. Hay que enviar a concursos internacionales y a editoriales
internacionales, porque no creo tampoco que los escritores de otros países sean
muy diferentes (en el aspecto formal) a los escritores dominicanos.
¿Qué te gustaría que
la gente supiera de tí?
Yo soy muy discreto y muy tranquilo. Me gustaría que la
gente me viera como un escritor, como nada más, y que pensara en el futuro que
yo fui un buen escritor. Si es que alguien me va a recordar, porque el mayor
privilegio para un escritor es el olvido. Lo que debe quedar es la obra. Como dijo
alguien mucho más importante que yo.
Los valores culturales se adquieren a través de un proceso educativo.
Cuando nos referimos a la identidad de
una nación, o de una cultura determinada, debemos hacerlo teniendo en cuenta
que esa identidad es, sobre todo, un proceso educativo. Es decir, tenemos una identidad
porque se nos ha enseñado que debemos arraigarnos a unos valores que son
educados alevosamente, o surgidos a través de la tradición y de la
espontaneidad. Todo lo que somos, lo que creemos ser, los valores y las
ideologías sobre las que nos sostenemos, precaria o firmemente, es adquirido a
través de un proceso educativo.
Más de una vez se confunde la raza con
la cultura. No solamente la racialidad, sino simplemente el color de la piel
con la cultura. Se piensa, por ejemplo, que un negro debe sentirse unido
culturalmente a todos los demás negros. Esa forma de pensar, que es propia
incluso de muchas personas de piel negra, se encuentra basada en el racismo.
Una cosa es la raza, que es una condición biológica, genética, y otra la
cultura. En ese sentido, existen variaciones culturales importantes que
explican más o menos lo que queremos decir: no todos los musulmanes son árabes,
por ejemplo. Los iraníes no son árabes, sino persas, y son musulmanes. Muchos
iraquíes son árabes, otros no, y son musulmanes. Somalia es un país africano
racialmente negro, pero es de mayoría musulmana. Los libios son africanos, y
son árabes y musulmanes, y no son negros. Turquía es un país de mayoría
musulmana, con una minoría étnica árabe y kurda, pero Turquía es un país europeo.
Hay negros judíos, hay negros asiáticos, africanos, latinoamericanos,
norteamericanos y europeos. Es posible que los negros asiáticos, o algunas
tribus de algunas islas del océano Pacífico, no tengan un origen común africano
(obviando, claro está, que toda la humanidad tiene un origen africano), como
los latinoamericanos y los norteamericanos; entonces, ¿por qué deben sentirse,
culturalmente hablando, unidos o cercanos? Este embrollo ha querido ser
resuelto separando la “raza” (el color de la piel, las características
genéticas), de la “etnia” (las características culturales de esa raza o de una
mezcla de razas).
La importancia que tiene la raza, el
color de la piel, en la civilización occidental, tiene su origen en los
imperialismos europeos. A medida que un individuo era racialmente más oscuro,
se pensaba que al mismo tiempo era inferior. Esto, por supuesto, excusaba la
esclavitud y la discriminación racial. De acuerdo a las Leyes de Indias, en
América había diferentes clasificaciones para los mestizos: segundones,
tercerones, cuarterones. Eso significaba que un segundón era inferior en la
escala social a un tercerón, porque estaba más cercano a un antepasado negro;
un cuarterón, tenía más derechos ciudadanos que un tercerón, simplemente porque
se alejaba generacionalmente de la negritud. En nuestra civilización, el color
de la piel tiene una importancia exagerada, como ha sucedido pocas veces con
anterioridad con otras civilizaciones multiétnicas y multiculturales. Ha habido
imperios cuyos reyes son de raza negra, como sucedió con los faraones egipcios,
que esclavizaron a los judíos, que eran racialmente más blancos que ellos; para
los romanos, los sajones eran bárbaros, ignorantes e inferiores, a pesar de que
los sajones eran altos, rubios, con los ojos verdes y azules.
Los dominicanos no somos africanos. Debido
al rechazo que existe en algunos estamentos del poder de nuestro país hacia la
africanidad negra, esta afirmación tan rotunda podría aparentar una toma de
posición desde la acera de enfrente, desde el punto de vista de los que nos
consideran un país de gente blanca y de cultura española. No es así.
Auspiciados por el dictador Rafael Leonidas Trujillo, Joaquín Balaguer y Manuel
Arturo Peña Batlle trataron de convencernos de que éste era, o debía ser, un
país de blancos. Evidentemente, salir a la calle nos demuestra lo contrario.
Sin embargo, éste es un país sincrético, una mezcla de varias culturas, a pesar
de que un sector de la vida nacional desprecia su propia negritud, nuestro
pasado esclavo africano. Se ha llegado a decir que este es un país de negros
que se cree blanco.
En primer lugar, este no es un país de
negros. Es una nación de mestizos y de mulatos. El mito de la negritud es tan
falso como el mito de la blancura. Algunos intelectuales extranjeros, sobre
todo haitianos, nunca entendieron lo que significaba ser “blanco de la tierra”,
es decir, que un hijo de un terrateniente español y una negra africana se
considerara español, como su padre, y, siendo mulato, al heredar y poseer las
propiedades paternas se considerase culturalmente español. Como nos dice
Federico Henríquez Gratereaux, “la sociedad dominicana fue integrada por
blancos españolizados, mulatos españolizados y negros españolizados”. La
brutalidad con que se trataba a los esclavos africanos en la parte francesa de
la isla, nunca sucedió de este lado, lo que propició el acercamiento racial y
cultural entre negros y blancos. La República Dominicana
debe ser el país con más mestizaje del mundo entero (utilizando la palabra "mestizo" no en su sentido antropológico, es decir la unión de un blanco con un indígena, sino como la unión de dos razas diferentes).
Los europeos, que dicho sea de paso
tratan de criminalizar la emigración ilegal, lo cual es una forma de xenofobia,
aún mantienen esta mentalidad reaccionaria: cuando vienen a este país se
asombran de que la gente tenga el color de la piel oscura, pero no se considere
culturalmente africana. Para ellos, un negro francés no es francés en realidad,
sino que es, también, africano. Un negro con los estereotipados modales
ingleses es una especie de blasfemia: está negando sus raíces. Aunque no es
conveniente generalizar como lo estamos haciendo, debemos recordar que esta
mentalidad está equivocada, puesto que la mueve un principio xenófobo, es decir, la idea de la contaminación racial: para
ellos, una persona que tenga una gota de sangre negra, ya es negro. Podríamos
preguntarnos lo contrario: ¿por qué, entonces, una persona que tenga una gota
de sangre blanca, no es blanco? Un negro inglés cuyo tatarabuelo emigró desde
Sudáfrica a principios del siglo XX nunca será inglés realmente: seguirá siendo
africano por los siglos de los siglos. Curiosamente, los norteamericanos han
oficializado a través de las leyes y el lenguaje este pensamiento: un negro
estadounidense ya no es un negro, ni siquiera un estadounidense, sino un
“afroamericano”. Barack Obama, el reciente presidente norteamericano, tuvo un
padre negro y una madre blanca, sin embargo es considerado el primer presidente
“negro” de los Estados Unidos.
La confusión con nuestra identidad
acompaña a los dominicanos como un fardo. En la cédula de identificación
personal somos de color “indio”. Existe el “indio claro” y el “indio oscuro”.
En nuestra cotidianidad nos encontramos continuamente con estas peculiaridades:
la museografía del Centro León de Santiago, por ejemplo, un centro cultural que
también es galería y museo, está concebida de manera que los objetos africanos
del Centro se encuentran semiescondidos. Intentan decirnos, con toda razón, que
queremos ocultar nuestro pasado africano y nuestra identidad mezclada. En una
universidad de Santiago se prohíbe a los estudiantes que entren con trenzas y
afros, lo que significaría dejarse el cabello al natural, como debe ser, porque
en este país la mayoría tenemos el cabello crespo, pero al mismo tiempo se
permite a las jovencitas que tomen sus clases con desrizado, porque “ese es un
estilo mucho más serio”, a pesar de que no se corresponde con su propia
racialidad. Es decir, existe una confusión generalizada con respecto a nuestra
identidad, que solamente puede explicarse a través de nuestras peculiaridades
históricas, y a través del mestizaje.
Por suerte, el tiempo, en un período
democrático, empieza a encargarse por sí mismo de resolver estos desórdenes. En
la calle vemos cantidad de jóvenes con trenzas, con el cabello al natural, con
peinados más acordes con su racialidad. Pero debemos agradecer también a la
intelectualidad y a la academia, a los medios de comunicación, a las redes
sociales que nos traen formas de vida, visiones de la realidad que nos indican
que la negritud no significa inferioridad, y que somos lo que somos, como decía
el premio Nobel africano Wole Soyinka: un negro no debe pregonar su negritud,
así como un tigre no pregona su tigritud. Somos lo que somos, y debemos estar
orgullosos de ello. Notamos un acercamiento casi espontáneo a manifestaciones
culturales de nuestro pasado esclavo, y sincrético, lo cual es saludable puesto
que nos refiere a lo que somos realmente: un país de mestizos y de mulatos. Ni
blanco ni negro. Una mezcla, un híbrido. Y el poder, que siempre se sale con la
suya, en un período democrático debería educarnos en ese sentido.
Tomado de “El
Libro de los Últimos Días”, año 2011.
La película empieza con un experimento psicológico: se les muestra una serie de fotos a una cantidad de individuos. Se les dice que esas fotografías corresponden a lugares a los que asistieron durante su niñez, así que deberían reconocerlas. Pero entre las fotos reales, se les muestran otras que los doctores saben que son falsas, que corresponden a lugares a los que los pacientes nunca fueron; sin embargo, al final, los individuos admiten que recuerdan lo que hicieron allí, las fechas, los lugares, a pesar de que sabemos que esto no es cierto.
Es decir, la cinta empieza con un ejercicio de la memoria. La ficción y la imaginación forman parte intrínseca de nuestra existencia, y nuestro pasado no sucedió exactamente como lo recordamos. Un grupo de soldados israelíes ha olvidado por completo un hecho ocurrido durante la matanza de Sabra y Chatila, en 1982. El trauma de la guerra ha provocado que olviden lo que ha sucedido; cada uno de los soldados participantes recuerda los hechos a su manera. Las tropas israelíes comandadas por Ariel Sharon permitieron que se cometiera una masacre de más de 3,000 personas, la mayoría niños, adolescentes y mujeres. La historia que nos cuenta Ari Folman, el director, es precisamente esa: el protagonista, un joven soldado israelí durante la masacre de palestinos en el Líbano, ya es un hombre maduro que recorre de nuevo la guerra infinita entre isralíes y palestinos, hasta que al final debe enfrentar el trauma y recordar lo que de forma inconsciente había decidido olvidar para siempre. Es decir, la película recorre la memoria de la guerra, pero al mismo tiempo el presente del protagonista, que deambula de un compañero a otro tratando de averiguar lo que en realidad sucedió, sabiendo que ha perdido una parte importante de su vida, aunque ésta sea terrible. Y a pesar de su espíritu crítico con los acontecimientos, la película es israelí, hablada en hebreo y patrocinada por el gobierno de Israel.
Hecha con la técnica de los dibujos animados, el director habla de ella como "un documental animado", es decir, que dibuja acontecimientos de la guerra, unidos a escenas surrealistas, fantásticas, extraídas precisamente de los sueños y las pesadillas (de la creatividad del director, por supuesto), y crea una cinta de dibujos animados para adultos basada en hechos estrictamente reales. Escenas con una mujer gigante que nada en el mar con el protagonista sobre ella, o la de unos soldados casi adolescentes que salen del mar hacia una ciudad en llamas: sueños que simbolizan un nacimiento, la pérdida de la inocencia o la llegada abrupta de la adultez. Pero esta es una cinta con un final poderoso, ya en filmación real, que no nos habla solamente acerca de la guerra, sino también sobre la memoria, el pasado, la necesidad del arte, que es intrínseco al ser humano (de forma indirecta, el filme nos revela cómo la ficción, la imaginación, forman parte de nuestro pasado, es decir de nuestra vida, puesto que todo lo que nos queda de la vida que vivimos en un eterno presente es el recuerdo, y el arte, que detiene la realidad. La vida no sería posible sin la imaginación). ¿De qué cosa no es capaz el ser humano? Al mismo tiempo que Vals con Bashir nos da un golpe en la cara con la brutalidad de su final, nos recuerda también que hay una esperanza en nuestra naturaleza, porque consideramos esas escenas tan terribles, que somos capaces de borrarlas para siempre de nuestra memoria, como si nunca hubiesen sucedido. Vals Con Bashir, una gran película israelí del director Ari Folman.
De nuevo traemos a colación la función de los intelectuales
en la sociedad, una función cada vez más limitada e indirecta en nuestro
ambiente, pero al mismo tiempo reflexionamos, como debe hacerse, acerca de una
relación que creíamos zanjada y saldada en una sociedad que se precia de democrática:
el vínculo dificultoso entre los intelectuales y la política, a propósito de un
excelente artículo publicado en principio en el periódico “La Información” por
el escritor Andrés Acevedo, y luego reproducido en su blog y compartido a
través de las redes sociales.
Debemos
empezar haciendo un pequeño muestrario de aquellos intelectuales que han
estado ligados al poder desde el inicio mismo del feliz descubrimiento de esta
palabra, uno muy breve puesto que la política y la intelectualidad, incluso a
veces disfrazada de religiosidad, han estado siempre mezcladas, unidas desde el
inicio mismo del proceso de la construcción y el funcionamiento del estado. Al
mismo tiempo, debemos advertir que esta definición de una persona dedicada a la
crítica y al pensamiento a través del lenguaje empezó a usarse de forma
retroactiva, es decir, utilizándose para describir a pensadores que existieron
desde el principio mismo de la utilización del lenguaje no solamente con un
propósito comunicativo, sino también crítico y artístico. Si recordamos que
Aristóteles, una de las mentes más brillantes que ha producido la
humanidad, fue preceptor del futuro emperador Alejandro, y que Platón trató de
adoctrinar a uno de sus discípulos en el conocimiento de cómo él creía que
debía ser la sociedad ideal, para que fuese puesta en práctica al llegar al
poder, nos damos cuenta de inmediato que el pensamiento y el poder tienen un
vínculo inexorable, como puede notarse incluso en algunos de los relatos
bíblicos. ¿No fue el mismo Aristóteles el creador de las definiciones de monarquía, autarquía, oligarquía y anarquía, así como Clístenes de Atenas pionero de lo que hoy se conoce como "democracia"?
A través de
Marguerite Yourcenar y Álvaro Mutis rememoramos a dos de los gobernantes
romanos que se dedicaron exclusivamente a “producir la felicidad de su pueblo”,
los emperadores-filósofos Adriano y Marco Aurelio, este último autor de las famosas
“Meditaciones” que deberían leer todos los políticos de todo el mundo, libro precursor
de lo que hoy conocemos como “ensayos”, a pesar de que reconocemos que el
inventor absoluto del género lo fue Montaigne (otro funcionario, en este caso magistrado), con el libro de reflexiones que
precisamente lleva ese nombre. ¿Acaso no fueron Séneca y Petronio los principales aduladores de dos asesinos, Ligia y Nerón, y no dedicó Maquiavelo su famosa obra "El Príncipe" a Lorenzo el Magnífico, con el fin de congraciarse con él? Además, toda la Ilustración europea estuvo
marcada por la reflexión social, la antropología y la llegada definitiva de la
ciencia apartada de la religión y de la milagrosidad, ¿y quiénes apoyaban precisamente estos pensamientos tan revolucionarios, inadmisibles aún hoy día, en pleno
siglo XXI, por buena parte de una sociedad como la nuestra?, pues los
gobernantes, que garantizaron un ambiente medianamente democrático en el cual
esos intelectuales y científicos no fuesen perseguidos ni condenados al
ostracismo, y que en muchos casos formaron parte de esos gobiernos, o se
aprovecharon de su apertura a través de sus mecenazgos. Pero también, al
terminar la revolución francesa, ya durante el siglo XIX, Chautebriand y Víctor
Hugo fueron miembros del parlamento francés, sobresaliendo sobre todo Víctor
Hugo, el gran Hugo, que se opuso firmemente a la pena de muerte, que padeció el
exilio y se solidarizó con la revolución mexicana, tan exitoso pero apegado a
sus principios y a sus valores que al final, a la hora de su muerte, su propio
pueblo no era capaz de separar al gran escritor de la gran figura parlamentaria.
Creer que
los intelectuales no deben participar de la política, de los gobiernos o que
deben estar alejados del poder no tiene nada que ver con la verdadera función
de la intelectualidad, que es la crítica y la posible mejora de la
sociedad en la que se desarrolla. Un escritor como Rómulo Gallegos fue
presidente de su país, Venezuela, así como lo fue nuestro Juan Bosch,
presidente y al mismo tiempo creador de los dos principales partidos políticos
de la República Dominicana. Checoslovaquia tuvo como presidente a un
intelectual que quizás fue el más importante gobernante de la transición checa:
Vaclac Havel, así como Gunter Gräss fue uno de los principales asesores del
gobierno del socialdemócrata Billy Brandt, gobierno con el que se comprometió
de forma directa, canciller (así se llaman los presidentes en Alemania) al que
admiraba al parecer de forma sincera. Octavio Paz, Sergio Pitol, Jorge Edwards,
Roberto Ampuero, fueron embajadores de sus respectivos países, y Pablo Neruda
no solamente fue embajador sino senador del gobierno efímero de Salvador
Allende y, por supuesto, la leyenda supone que su golpe de estado le produjo una
muerte prematura. Jorge Semprún, marxista, sobreviviente de un campo de
concentración, secretario de Cultura del gobierno de Felipe González en España; André Malraux, ministro de Cultura de Charles de Gaulle en Francia. Pero
también admiramos las declaraciones de la canciller alemana Angela Merkel, en
el sentido de que los ensayos y las novelas de su asesora, la Premio Nobel de
Literatura Herta Müller, habían influenciado profundamente sus decisiones de
estado; Mario Vargas Llosa, candidato presidencial del Perú, por lo menos ganador
de una primera vuelta electoral; Gabriel García Márquez, amigo personal de
Fildel Castro o del presidente francés Francois Miterrand; Juan Carlos Onetti,
a quien su amigo, un presidente uruguayo, le propuso el argumento de su cuento “El
Infierno tan Temido”. O en nuestro precario entorno intelectual y cultural, el
tantas veces presidente Joaquín Balaguer, intelectual de carácter conservador,
personalidad extraordinariamente culta y un poco snob por este mismo motivo;
Tomás Hernández Franco y Ramón Marrero Aristy, funcionarios del régimen de Rafael Leonidas Trujillo, así como lo fue el principal pensador de la dictadura, Manuel Arturo
Peña Batlle. El mismo Federico Henríquez Gratereaux, a quien tan puntual y
acertadamente menciona Andrés Acevedo en su artículo, fue funcionario
importante durante los gobiernos del Partido Revolucionario Dominicano, y hoy
día es viceministro de Cultura, así como lo fue Marcio Veloz Maggiolo durante
el gobierno del doctor Leonel Fernández, o el primer secretario de
Cultura durante el gobierno de Hipólito Mejía, el escritor Tony Raful, y
ministro de Cultura el también escritor José Rafael Lantigua. Andrés L. Mateo, a quien notamos tan afanosamente criticando la función del intelectual en el país, fue funcionario, así como Diógenes Céspedes, director de la Biblioteca Nacional en el mismo gobierno que Mateo, o Carlos Esteban Deive, funcionario de Cultura, director de la Feria Internacional del Libro. En fin, que toda
nuestra civilización ha propiciado esta promiscuidad positiva entre la
intelectualidad y el poder, circunscribiéndonos exclusivamente a la
occidentalidad, sin mencionar a filósofos orientales como Confucio, constructor
de un pensamiento y una forma de vida que marcaron toda la sociedad china por
cientos de años.
Las
relaciones entre los intelectuales y el poder siempre han sido difíciles, pero
en una sociedad democrática todo debería ser más normal y menos complicado. Un
gobernante debe entender que, cuando un intelectual se convierte en funcionario
de su gobierno, tendrá de su lado a un individuo que continuará criticando las
acciones que considere fallidas de ese gobierno, aunque forme parte de él.
Lo que queremos precisamente es que los puestos públicos y los asientos del
Congreso sean ocupados por gente que piense, que haga “progresar” esa sociedad,
en el sentido antropológico, y que sea capaz de construir un verdadero proyecto
de República, que sea en parte desalojado el tigueraje económico y político aposentado
allí, que la intelectualidad sea capaz de moldear un mejor país, más afín con
una civilización a la que pertenecemos para bien o para mal y con la cual nos
estamos quedando atrás, metidos aquí inevitablemente en esta burbuja insular en
la que todo está como detenido y se camina con extrema lentitud. Ya quisiéramos
que nuestro ministro de Cultura fuera un intelectual, como ha sucedido con anterioridad, o que nuestros ministros sean capaces de citar a Aristóteles,
admirar a Herta Müller o a Gunter Gräss, y puedan crear un marco teórico de lo
que haremos como nación antes de llegar a la práctica, a la prueba y al error,
como no se hace en los demás países exitosos del mundo.
Así pues que
apoyamos a todos los intelectuales que decidan formar parte del poder, que es
desde donde se hacen los verdaderos cambios que necesitan las naciones,
incluidos aquellos cambios en el ámbito cultural. No solamente apoyamos esto,
sino que lo solicitamos y exigimos, para tratar de limpiar un poco un país
adulterado y corrompido, de lúmpenes empresariales y políticos. Y precisamente
eso le exigimos a aquellos intelectuales que decidan dedicarse directamente a
la política: que no se corrompan, que no sucumban a la estulticia y al error.
Pero que traten de cambiar las cosas a través del pensamiento y la puesta en
práctica de ese pensamiento, como sí sucede en todos los países exitosos
del mundo.
“El Lado Oscuro del Corazón” (Eliseo Subiela,
1992) es una película que contiene una trampa. Puesto que no sabemos si la
consideramos una cinta de culto exclusivamente por sus virtudes
cinematográficas, o porque cuenta la historia de un poeta maldito –pobre,
anónimo, bohemio, melancólico- cuya vida es muy parecida a la de otros
escritores anónimos (desde Juan Carlos
Onetti, desconocido en la primera mitad de su vida, hasta Oliverio Girondo, un
poeta que no ha encontrado aún, a pesar
de su tremenda popularidad entre los jóvenes, el reconocimiento de
cierta “crítica”). Si Oliverio, el nombre del personaje poeta, Oliverio a
secas, puesto que nunca conocemos su
apellido, no se pareciera tanto a cualquier poeta latinoamericano, ¿nos seduciría
tanto la película? Si el poeta no caminara por la calle como un ángel
desastrado cuya gabardina agita constantemente el viento de Buenos Aires o de
Montevideo, como las alas negras de alguien que busca una mujer que sea capaz de acompañarlo a volar, y luego
persigue a La Muerte
hiriéndola con unos versos de Girondo, ¿nos sentiríamos tan identificados con la
historia? Sin los poemas de Gelman, de Benedetti, de
Girondo –dos argentinos y un uruguayo-, que el protagonista repite como si
fuesen suyos, es posible que la película
no tuviese una atracción tan
hipnótica en nosotros. No podemos evitarlo: no podemos salirnos de nosotros
mismos y percibir las cosas desde fuera, como si no fuésemos escritores. En
este caso somos completamente parciales. Vemos en el personaje principal a
Dionisio López Cabral, a Ramón Peralta, a Pastor de Moya o a Jim Ferdinand. A
Puro Tejada, a Andrés Acevedo. Oliverio, que tiene el nombre del Girondo poeta
de la vida real, trabaja en publicidad como Juan Carlos Onetti, y, como Onetti,
viaja de Uruguay a la
Argentina, y de Argentina a Uruguay. Se detiene a escuchar
una canción de Fito Páez, le reclama a La Muerte enamorada. Del Lado Oscuro de Nuestro
Corazón hacia la luz de la poesía, desde
Subiela Mirando al Sudeste (¿qué
lugar misterioso queda hacia el Sudeste, de todas maneras?) hasta el descubrimiento de unos versos ya
inolvidables de un poeta de culto como Girondo: basta que alguien me piense/para ser un recuerdo.
Pero, al mismo tiempo, la película transmite una presencia
melancólica puramente visual: Oliverio
se saca el corazón y se lo entrega,
ensangrentado, a su amada; ambos vuelan, haciendo el amor, sobre las calles encendidas de
Buenos Aires; la fotografía en colores oscuros; los personajes que siempre se
visten de negro o de gris; la ciudad nocturna, ventosa o lluviosa. “Hombre
Mirando al Sudeste”, su película de
culto anterior, era sólo un aviso de lo
que vendría. El Lado Oscuro del Corazón –que es una película de culto, no una
obra maestra- demuestra la solidez, la originalidad, la fortaleza de un tipo de
cine latinoamericano que no debe parecerse, y que tampoco le debe nada, al cine
norteamericano, al coreano, al inglés o al chino. Un cine propio que no tiene
nada que ver con paisajes exóticos, territorios llenos de pobreza o religiones
violentas y extrañas.