Julio Cortázar en la literatura dominicana


El primer libro que compré y leí de Julio Cortázar fue “Las armas secretas”, que contiene los cuentos “Las babas del diablo”, que no guarda  ningún parecido con la adaptación al cine de Michelangelo Antonioni; “El perseguidor” -que curiosamente es el cuento que menos me atrae del libro, aunque es uno de  los más celebrados-; “Cartas de mamá”, que contiene una sorpresa que no nos llega al final; “Los buenos servicios”, y “Las armas secretas”, que es la historia de un violador simpático  (fue escrito en otra época menos estricta, publicado en el año 1959). El libro fue todo un descubrimiento, por supuesto, como le sucede a cualquier joven latinoamericano que lee por primera vez a Cortázar: encontrar casi por casualidad en una librería de libros usados a ese gran maestro que ya se encontraba fallecido, el más viejo de los escritores del boom latinoamericano, sin embargo escribiendo de una manera tan fresca, tan original, tan libre, tan juvenil. Luego empecé a comprar todos sus libros: “Bestiario”, “Final del juego”, “Deshoras”, algunas antologías en las que aparecían sus mejores cuentos, antologías en las que supuestamente se  encontraban sus mejores libros aunque no fuesen de cuentos, ediciones que mezclaban dos libros suyos en un solo volumen, hasta llegar a la lectura insólita de “Rayuela”, una  novela extraña y laberíntica. En mi país, la República Dominicana, a la rayuela argentina la llamamos peregrina, un nombre igual de hermoso pero mucho más directo, menos difuso. Yo mismo jugué a la peregrina muchas veces durante mi infancia, aunque es sobre todo un juego femenino, no entiendo por qué. Leyendo “Rayuela” durante esa juventud un poco ignorante, había pensado que el autor le dedicaba algunas líneas a la ciudad de Santo Domingo, describiéndola con desazón como el portal más ruidoso del mundo, cuando en realidad se refería a  la plaza de Santo  Domingo en la  ciudad de México. Yo soy de Santiago de los Caballeros, al norte del país –a pesar de como nos ven los extranjeros aficionados a la  cartografía, la República Dominicana no es un país especialmente pequeño, es más grande que Bélgica  y  Macedonia del Norte-, y vivo en Santiago de los Caballeros, y Cortázar no se refirió  nunca a la ciudad capital en un párrafo a través  del  cual creí que había visitado alguna vez este país caribeño ubicado entre  Argentina y París, en el que sus cuentos habían influenciado tanto a sus escritores, sobre todo de las décadas del 70 y del 80 del siglo XX. Y no  solo a los narradores, como podría pensarse en un primer momento, y como veremos  más  adelante.

La influencia de Cortázar  en la literatura dominicana ha sido extraordinaria. En un país en el cual el cuento es un género con una fuerza indiscutible y continua, Cortázar ha  influenciado a los cuentistas no en la  temática, puesto que a los escritores  influenciados no les ha interesado el camino del género fantástico, sino en la forma,  en el estilo. René del Risco Bermúdez; Arturo  Rodríguez Fernández, quien no negaba en  entrevistas y charlas su admiración por Cortázar; Miguel Alfonseca; René Rodríguez Soriano, a  quien  siempre  se  le  ha “acusado”, como  si fuese una culpa, de parecerse a Cortázar, y que tampoco lo negaba,  a  tal punto de que tiene un libro llamado “Todos los juegos el  juego”, parodiando o remedando a “Todos los fuegos el fuego”, de 1966, el año  de mi  nacimiento. También debemos recordar los poemas de  Enriquillo Sánchez de su libro “Por la cumbancha de Maguita” (1985); es decir, esa “Maguita” que sabemos a quién se refiere o a quién intenta homenajear, y que también habla de París, pero del París de Cortázar, de  ningún otro. Y  esto es  lo  verdaderamente interesante. Los cuentos realistas de esos escritores, como “Su nombre Julia” de René Rodríguez Soriano, o “Las metamorfosis de las moscas” de Arturo Rodríguez Fernández, se encuentran influenciados por el estilo inconfundible de un escritor argentino que vivió prácticamente toda su vida en París cuyo género era el fantástico, muchas veces con tendencia al terror, al miedo a lo desconocido con influencias surrealistas, lo inusual o lo que nos parece ajeno y terrorífico. Nada de esto ocurre en los escritores mencionados, aunque sí aparece la forma, el estilo, una manera particular de narrar, de decir las cosas para el lector.

El escritor Eugenio Camacho me confesó un día que él no leía a Cortázar cuando estaba escribiendo algo, porque el “estilo” cortazariano  se contagia, y uno tiene la tendencia a escribir así. En el libro “Papeles Inesperados”, que contiene páginas inéditas facilitadas por su viuda, que me hizo el gran favor de regalarme el escritor Luis Córdoba, aparece un cuento excepcional que es posible que Cortázar no haya publicado en vida porque no se corresponde con su estilo; hasta el final, parece el cuento de otra persona. El texto se  titula “Los gatos”, y empieza con  un epígrafe firmado por Vicente Aleixandre: “Cuando acerco a mis labios/esa música incierta”. Su  final ha  sido copiado por mí, también un  cuentista dominicano, en el libro “La reacción Philips”, que fue editado por René Rodríguez Soriano en los Estados Unidos, a  pesar  de que mi  forma de escribir no tiene nada que ver  con la suya,  tampoco mis temas. El cuento se llama  “El mar”, con  una dedicatoria a Julio Cortázar, por supuesto, y  su final dice  como sigue:

Más adelante, casi un año después, tuvieron noticias indirectas. Una exconvicta trajo el anuncio de que se había prostituido en el Bronx, otra, que era camarera en una fonda de Washington Heights. El ex-novio de la fiscalía envió por e-mail la fotografía de una estríper en New Jersey que le recordó a Paola, solo que más vieja y con una cicatriz pequeña cerca de la boca. La primera carta le llegó a su padre, pero no de los Estados Unidos sino de Holanda. Enviaba, tímidamente, besos y saludos. Para navidad, le llegó una postal de Suiza, unas montañas nevadas que contrastaban con lo soleada de la imagen. Siempre estaba bien. Que no se preocuparan por ella. Siempre estaba feliz. Siempre regresaría a visitar a la familia y los amigos el año entrante.

 

            Y el final  de  “Los gatos”:

 

“Más tarde tuvieron  noticias indirectas. Alguien creyó haber visto a  Carlos María en el puerto, andando con marineros. (…)  Un estanciero  de Córdoba les escribió al poco tiempo que había visto pasar un camión con chapa de Santiago del Estero  manejado por un  muchacho que le recordó  a Carlos María. La primera postal  tenía sello de Tarija y llegó tres meses después; la segunda era de Nueva Orleans, para fin de año. Siempre estaba bien. Siempre muy contento. Siempre muchos cariños.”

            El cuento “El mar” trata acerca de un violador nada simpático,  un asesino violento y sin remordimientos que ha sido condenado a permanecer casi toda su vida en la cárcel debido al estupro  y muerte de una niña, y  de la mujer que  se  enamora de él sin conocer la  enormidad de su crimen.

Cortázar no ganó el Premio Nobel de Literatura. Ni el Premio Cervantes, ni el Premio Juan Rulfo, ni el Príncipe de Asturias, no se sacó ninguno de esos galardones prestigiosos. Quizás por indiferencia de su parte, o por negligencia de los encargados de otorgar los premios, no se le presentó la oportunidad de obtener todos esos galardones literarios, aunque sospechamos que, por lo menos al principio, participó en algunos concursos. Uno de sus pocos premios lo ganó “Rayuela”, compartido con la novela “Bomarzo” de Manuel Mujica Lainez: el Premio Internacional de Literatura John F. Kennedy,  lo cual resulta curioso puesto que Cortázar era marxista y no tenía una buena opinión de los Estados Unidos. Un galardón obtenido a pesar de él, puesto que la organización  que  lo  otorgó escogió  dos novelas publicadas que consideraba notables, sin que los autores participasen  con ellas  en ningún concurso. Aunque sabemos que envió sus cuentos a revistas y periódicos para tratar de  que se los publicaran, como hace todo escritor principiante, porque Jorge Luis Borges fue el primero en publicar un cuento suyo en “los anales de Buenos Aires”, la revista en la que era jefe de redacción y que publicó por primera vez “Casa tomada”.



En el centenario del nacimiento de Julio Florencio Cortázar Descotte (26 de agosto 2014), siempre es bueno reconocer, recordar a un maestro. A un maestro indiscutible de las letras en idioma español, quizás en cualquier idioma. En una crónica que escribió Mario Vargas Llosa con motivo de su muerte, contaba cómo, la última vez que lo fue a visitar a París, Cortázar se lo quería llevar por las calles parisinas  para comprar marihuana, libros que nadie compraba y revistas pornográficas: como si fuese eternamente joven, el eterno rebelde que empezaba a morir de  una enfermedad desconocida. Ese monumento que es Rayuela, en la que aparecen personajes divididos, fragmentados, duplicados, una novela que es muchas novelas, no solo dos como al principio aparente y confiese el propio autor, es eso mismo: apariencia, imagen, percepción. Talita es la Maga, Traveler es Oliveira: el mundo puede ser diferente si lo vivimos  desde París o desde  Buenos Aires. Tenemos esa certeza leyendo esa novela. Rayuela, o Peregrina, o Mandala, como se le había ocurrido al principio titular ese libro que ya es  un clásico latinoamericano, a pesar de que cada vez menos gente lo lee.

En este mes en el que se celebra el centenario de Julio Cortázar, el centenario de un escritor que ha influenciado tan grandemente la literatura dominicana, nos aconsejan que no es conveniente hacer especulaciones negativas. Que no lloremos por su muerte, que celebremos su vida. El pesimismo no está de  moda,  a  pesar  de que el mundo se cae a  pedazos. Escritores dominicanos, desconocidos algunos de ellos fuera del país, como Arturo Rodríguez Fernández, René del Risco Bermúdez, Miguel Alfonseca, René Rodríguez Soriano, Enriquillo  Sánchez; escritores jóvenes o no tan jóvenes como Eugenio Camacho, Ubaldo Rosario, grandes admiradores de Cortázar, del estilo de Cortázar, demuestran que el escritor argentino ha sido el narrador extranjero que más ha influenciado la cuentística dominicana durante el siglo XX. Don Virgilio Díaz Grullón nos reveló una vez en una conversación íntima que empezó a escribir cuentos con argumentos fantásticos luego de leer "Bestiario", y descubrir el compromiso político de Cortázar, puesto que pensaba que una cosa no era compatible con la otra en nuestros países llenos de desigualdad social, de dictaduras o de presidentes autoritarios, de pobreza y de violencia desmedida;  don Virgilio descubrió sus temas en lo fantástico luego de hallar ese libro, obviando el estilo cortazariano, que no es el suyo. Juan Luis Guerra, compositor y cantante célebre, confesó que su bachata "Burbujas de  Amor" se encuentra muy influenciada por el cuento "Axolotl" (el  pez que toca el cristal de su pecera con su nariz)… Cortázar dentro de una  bachata, aunque una  fina, elegante, poco barrial. “Mutanville”, aquella “novela” experimental de Arturo Rodríguez Fernández con textos literarios y  cinematográficos, se encuentra  influenciada por la experimentación de “Rayuela”, aunque con el volumen  entre las manos nos parezca no  más  que una revista breve y light, pero también un experimento singular, único.

Al principio del libro  “La búsqueda de los desencuentros” (1974), de Rodríguez Fernández, dos citas de “Rayuela”:

“¿Encontraría a la Maga?”

“Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y  acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita  papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico.”

            Y empezando con el cuento  “Cualquier nombre para Martha”:

“Me dijo que se llamaba Martha, cuando, llevándose las manos a la nuca, dio rienda suelta a sus cabellos. Martha la llamé toda la noche, Martha a secas o Martha apellidada de epítetos amorosos: Martha-cariño, Martha-amor, Martha-felicidad, Martha-vida…”

            O René Rodríguez Soriano en “Alguien vuelve a llenar las tardes de palomas”, de su libro “Solo de vez en cuando” (2005):

“Sentí  el revoloteo de centenares de palomas. Respiré su  aroma de azucena en flor. Oí un trinar de ruiseñores  y me perdí en bandas por los senderos y recovecos del olvido. Oyendo a Julia.  Mirando a Julia. Sintiendo a Julia. Corriendo. Trotando. Tratando de  alcanzarla, de atraerla  hacia mí. Apretarla entre mis brazos en esa tarde que se difuminaba en la plaza llena de palomas, las ruinas del Hospital San Nicolás de Bari al fondo, la  ciudad durmiéndose de a poco, todo transcurriendo y sucediendo y Julia,  incorpórea,  inmaterial, inmóvil y toda mía, y  la banda  tocando el viejo tema de  Basie y el saxo forcejeando, asordinada la trompeta  contrapunteando con el bajo y un como sopor y un recordar al Satchmo y me doy cuenta que no es Santo Domingo, que es Milano, que no son las ruinas ni hay  palomas porque Isa, ahora, en este instante, entre su indefinición, su tartamudeo de español me está diciendo que la Colomba;  sí, lo mismo que paloma, este lugar en donde estamos, le produce esa sensación, como de volar, de flotar, y transmutarse.”

            Múltiples Julias aparecen en el libro de René, así como otras Julias en el resto de su obra; también alguna que otra Julia en los cuentos de Rodríguez Fernández; ambos Rodríguez, aunque no se encuentran emparentados. Ambos miembros de la Generación del 70 en la literatura dominicana, la más influenciada, por razones obvias, por el  escritor argentino-francés, aunque escribía en español. Debía ser así para la Generación del 70: la década de mayor popularidad para los libros de Cortázar, pero también las décadas, las del  70 y el 80, en las cuales la literatura dominicana empezó a abandonar el compromiso político y las necesidades sociales de la Generación de Posguerra –luego de la revolución del 65 y la posterior invasión de los Estados Unidos al país-, y los llamados 12 años del presidente Joaquín Balaguer. En  el terreno poético, llegaron los pluralemas, los poemas y las construcciones experimentales, los contextualismos, la Generación del 80. Llegaron otros intereses, entre ellos los existenciales o los puramente literarios.

Todos sabemos cuál es el nombre real de Martha, o el de Julia, el femenino de Julio, el Cortázar.           

Felicidades en su centenario, allá donde se encuentre. Nadie se lo merece más que usted.


Máximo Vega


           


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