CARLOS FUENTES

Fallece Carlos Fuentes
Carlos Fuentes: “No tengo ningún miedo literario”
15 MAY 2012 - 20:52 CET1
 
El escritor Carlos Fuentes ha fallecido hoy en México, donde se
encontraba internado en el hospital de los Ángeles del Pedregal. La
noticia has sido confirmada por el Ministerio de Cultura mexicano.
Nacido en ciudad de Panamá en 1928, era autor de más de 20 novelas y
contaba entre otros con el Premio Cervantes (1987) y el Príncipe de
Asturias (1994).
 
Autor de novelas como La región más transparente, La muerte de Artemio
Cruz, Cambio de piel o Terra nostra, la importacia de Carlos Fuentes
quedó patente en los numerosos homenajes en su honor que tuvieron
lugar en noviembre de 2008 en México, con motivo del 80º cumpleaños
del escritor. Numerosas personalidades de la cultura internacional
como los Premios Nobel Gabriel García Márquez y Nadine Gordimer, y
otros escritores como Juan Goytisolo, Nélida Piñón, Tomás Eloy
Martínez, Sealtiel Alatriste, Gonzalo Celorio y Sergio Ramírez, entre
otros, participaron en aquellas celebraciones.
Murió el escritor dominicano Héctor Amarante.
Paz a sus restos.

NARRATIVA CENTROAMERICANA DE FINALES DEL SIGLO XX:



      Me parece que debemos hablar, primeramente, acerca de si es posible abordar a los países que hoy día conforman Centroamérica como un bloque, es decir, si podemos pensar en ellos como un todo, quizás de la misma forma en que nos referíamos a ellos en el período colonial, cuando la mayoría formaban el Reyno de Guatemala, o fueron llamados alguna vez Provincias Unidas del Centro de América.

      ¿Puede ser tratada la literatura centroamericana como si fuese una sola, con características comunes, o por lo menos no divergentes? Recordemos que en los estudios sobre literatura que se realizan en Europa o en los Estados Unidos se habla de “Literatura Latinoamericana”  como si fuese un todo, aunque nosotros mismos, los latinoamericanos (a pesar de que no sé ya si los dominicanos pertenecemos a Latinoamérica, porque en estos momentos se habla de Latinoamérica y el Caribe) no consideramos esa homogeneidad justificada, puesto que no leemos ni analizamos la literatura sudamericana como una sola, la caribeña o la antillana como un todo tautológico que abarque cada una de estas regiones. ¿En qué se parecen Cortázar y García Márquez, Onetti y Carlos Fuentes, Juan Bosch y Felisberto Hernández? Debemos advertir también que desde finales del siglo XX estamos asistiendo a una constante homogeneización de la literatura, de manera que se dejan atrás las diferentes identidades para acceder a una literatura más global, quizás presionada por el mercado. Esta homogeneidad ha provocado que escritores argentinos puedan ser confundidos con españoles, chilenos con franceses traducidos, o mexicanos con estadounidenses. Nos damos cuenta de que, a veces, si no existieran nombres latinoamericanos, calles, comidas, es decir si no existiera todo lo que rodea cosmogónicamente una obra narrativa, no nos daríamos cuenta si los escritores son latinoamericanos o no.

      Pero bueno, continuemos con la tradición de abordar a la región como un bloque, y pensemos en Centroamérica como una región de literatura más o menos homogénea, aunque realmente no sea así. Solamente la cantidad de lenguas habladas allí desmiente esa homogeneidad. Debemos tener en cuenta que Centroamérica ha dado un Premio Nobel de literatura, y uno de los poetas más influyentes de las letras hispanoamericanas, como lo fue Rubén Darío. Que tiene narradores prestigiosos como el nicaragüense Sergio Ramírez o Manlio Argueta, el guatemalteco Augusto Monterroso, la nicaragüense Gioconda Belly, la costarricense Carmen Naranjo o la novelista chilena radicada en Costa Rica Tatiana Lobo. A pesar de la tendencia a la igualdad formal que está tomando la literatura de todo el mundo (teniendo en cuenta de nuevo que esta tendencia se encuentra provocada por el mercado), no podríamos catalogar a todos los escritores o a todas las obras narrativas de los diferentes países como obras de intereses, historias o lenguajes parecidos. A pesar de que la región ha tenido que convivir con un pasado más o menos común, y a pesar, incluso, de que la literatura centroamericana de finales del siglo XX ha sido definida como “literatura de posguerra o posrevolucionaria”, refiriéndose a los diferentes conflictos armados por los que han tenido que pasar algunos países, aunque no todos, centroamericanos. Pero ni siquiera el período profundamente ideológico y revolucionario dio pie a un tipo de pseudoliteratura, o testimonial en su totalidad, que abarcara cada uno de los países que vivieron en carne propia esos conflictos. Es decir, si hablamos de literatura centroamericana, debemos hablar, sobre todo, de que la verdadera literatura de los diferentes países centroamericanos tiene un carácter propio, y que ni siquiera la globalización acelerada de finales del siglo XX ha podido producir una total homogeneidad de la narrativa de las diferentes regiones del mundo, no solamente de Centroamérica. Haciendo una breve comparación con nosotros mismos, debemos reconocer que la literatura cubana, por ejemplo, es muy diferente a la dominicana, así como lo es la puertorriqueña, sin hablar de la jamaiquina o la haitiana, cuyos idiomas son diferentes a nuestro español. La insularidad de nuestros países ha marcado estas diferencias, a veces muy profundas, insularidad no solamente geográfica, sino producida debido al subdesarrollo, el analfabetismo o los imperialismos.

      La narrativa de finales del siglo XX en Centroamérica está marcada de nuevo, como sucedía anteriormente en todos nuestros países, por el ejercicio cuentístico. Sergio Ramírez empezó como cuentista, y aún escribe cuentos esporádicamente, así como Carlos Cortés, de Costa Rica, Ramón Jurado de Panamá o el ya mencionado Augusto Monterroso. Las dificultades de escribir una novela cuando se tienen otras actividades vitales o laborales son demasiado amplias. Ha habido una lenta evolución de la novela en países como Honduras, Nicaragua y El Salvador, cuya producción novelística hasta los años 90 del siglo XX era mínima. Pero la región ha dado excelentes cuentistas. Cuentistas de la urbanidad, como Horacio Castellanos, o escritoras de cuentos experimentales, como Carmen Naranjo de Costa Rica. Si poetas como la ya mencionada Gioconda Belly han decidido escribir novelas y han tenido éxito internacional, aún la cuentística sigue siendo la labor principal de los narradores de Centroamérica. Cuentistas irónicos y extraños, como el costarricense José Ricardo Chávez, o furiosamente femeninos, como la salvadoreña Jacinta Escudos. Como es sabido, la verdadera literatura es profundamente individual, y a pesar de que algunos querrían encontrar escritores tan urbanos o tan influenciados por una realidad llegada a través de los medios de comunicación, el internet y las redes sociales, la verdad es que a finales del siglo XX no hallábamos todavía escritores que decidieran escribir como si estuviesen fuera de su propia realidad, es decir, escribir con una ausencia de identidad. Tatiana Lobo escribe novelas históricas con mucho éxito, así como Erick Aguirre con su obra “Un Sol Sobre Managua”, de 1998, que nos habla acerca del período posrevolucionario nicaragüense. La verdadera literatura (y repito esto constantemente para alejarme un poco de todo lo que nos venden con mucho éxito las editoriales y el mercado, a pesar de que no nos guste; tenemos que hurgar un poco en obras menos conocidas y hallar algunas joyas) no ha querido encontrar todavía en Centroamérica una universalidad total de su lenguaje, como tampoco ha sucedido en los demás países de Latinoamérica, es decir, no ha querido alejarse de su propio entorno. La historia, los conflictos armados, los personajes relevantes de la región (como Rubén Darío, que ya tiene su novela, posible excusa para transmitir la realidad de un período de Nicaragua, como hizo Saramago en “El Año de la Muerte de Ricardo Reis”, o como han hecho algunos escritores dominicanos sobre el período trujillista; además de personajes como Sandino o como el poeta Roque Dalton), son los protagonistas de una literatura que de ninguna manera es homogénea en el aspecto estético, estrictamente literario. El cuento Uno en la LLovizna, de Rodrigo Soto, no se parece a Color del Otoño, de Claudia Hernández.  Palabras, atmósferas, violencias, estructuras diferentes los separan. Ascensor, de Maurice Echevarría, no se parece a Batallas Lunares, de Uriel Quesada. Así como la Managua de Daniel Ortega no se parece a la Tegucigalpa de Porfirio Lobo. La serena cualidad poética de Gioconda Belly, que vive en los Estados Unidos y enfrenta otro tipo de realidad que ella ha empezado a transmitir en sus obras narrativas, sobre todo en su mejor novela “El País Bajo mi Piel”, que fue publicada ya en el siglo XXI, no es parecida al cinismo de “El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios”, de Rodolfo Arias.

      Ahora bien, como han constatado diferentes analistas (Magda Zavala, por ejemplo, que se ha referido al problema de la literatura y el mercado en Centroamérica), y como puede constatar uno mismo haciendo un poco de esfuerzo como lector, la narrativa centroamericana sí ha tenido la misma trayectoria del resto de Hispanoamérica, y a finales del siglo XX y principios del XXI observamos la misma tendencia de los demás países latinoamericanos, y de los demás países en occidente, con escasas excepciones: una literatura donde son más importantes los procesos subjetivos e íntimos, enfocándose en los individuos más que en los procesos sociales. El lenguaje es cada vez más íntimo. Aún cuando trate de presentar, no de representar, una época determinada, esa atmósfera lleva de inmediato al individuo y sus percances internos en el tiempo y la sociedad que le ha tocado vivir. Importantes son entonces los procesos psicológicos, las relaciones cerradas, en parejas o en grupos pequeños, no más allá del entorno de los protagonistas, el diálogo interior o los diálogos entre dos personas. Son cada vez más importantes las vidas asociadas a la soledad, el aislamiento emocional, el desencanto ideológico o el progreso económico individual o familiar. Son imprescindibles las dificultades entre las relaciones de parejas, casi siempre sexuales, el lenguaje es cada vez más obsceno y más directo, prescindiendo de las descripciones de lugares o descripciones físicas; se recurre a una furiosa narratividad, al estilo de los escritores de best sellers, de Jhon Grishan o de Pérez Reverte, quizás presionados de nuevo por el mercado. No existen en las novelas períodos reflexivos o manipuladores del lector, todo lo que se busca es contar, prescindiendo incluso de la crítica a la realidad. Aparecen, sí, las dificultades asociadas a la vida en el subdesarrollo, la violencia de las pandillas, el narcotráfico o la vida fuera del entorno nacional, aunque siempre desde un punto de vista individual, no social. No existe ya el testimonio, período que me parece acabado mucho antes del final del siglo, y las obras que pretenden representar un período difícil de Nicaragua, Guatemala o El Salvador lo hacen ahora desde una perspectiva completamente íntima, no ideológica o social. Aún no se ha definido un postmodernismo narrativo, quizás porque ninguno de nuestros países ha entrado completamente a la postmodernidad, detenidos como siempre en la periferia, lo cual produce una literatura diferente, no mimética. Esta literatura no se preocupa de las vanguardias ni de las posvanguardias. Su meta es Europa, pero no en el aspecto creativo (aunque esta visión se encuentra amenazada por el mercado) sino en el editorial y, quizás, vital. Se ha dejado atrás el realismo mágico. Los escritores ya no ven la literatura como una labor ecuménica, por lo que son más flexibles a las críticas y a los cambios, aunque la crítica literaria es prácticamente inexistente. La automarginación, dada a veces por motivos ideológicos o debida a la creencia de que la actividad literaria era una especie de sacerdocio, ha sido sustituida por la necesidad de fama. Como nos recuerda Adorno, algunas obras han sido escritas no como obras de arte, sino al principio como productos, buscando un público de antemano (la proliferación a finales del siglo XX de la novela histórica centroamericana, por ejemplo, debido a que había un público que pedía conocer más acerca de una región conflictiva, que hizo tan famosa en la década de los 80 del siglo XX Ronald Reagan). Como en el resto del mundo occidental, el éxito literario ya no depende de la calidad del texto. Ha aparecido una literatura que prácticamente habla mal de la patria, que la repudia, como en las novelas “El Asco”, de Horacio Castellanos, o “Mundicia”, de Rodrigo Soto. De nuevo notamos que las tendencias de la literatura centroamericana son las mismas del resto de Hispanoamérica, y que sus diferencias se encuentran en cada obra en sí misma, ya no en nacionalismos o en identidades inamovibles.

      Pero si nosotros los caribeños, o los centroamericanos en este caso ( debemos aclarar que hubo un tiempo en el cual el Caribe perteneció a Centroamérica, pero tal vez llegará el día en que no seremos ni siquiera latinoamericanos), tenemos que enfrentarnos al proceso inevitable pero doloroso de la internacionalización de nuestras literaturas, este proceso no debe estar reñido con el encuentro de nuevas formas de narrar, de contar, con narratividades complicadas formalmente, por más que nos presione el mercado. La literatura de finales del siglo XX en Centroamérica, y aún la de principios del siglo XXI, ha lidiado con este problema, a veces con éxito, otras veces no, así como los escritores que queremos buscar más allá de lo que nos sirven los grandes mercados de la palabra deberíamos acercarnos para conocernos, tan cercanos que estamos geográficamente, tan lejanos en el aspecto real. La mayoría de los escritores centroamericanos son anónimos entre ellos mismos. Un estadounidense o un canadiense puede entrar a Centroamérica sin visa, incluso sin pasaporte, un caribeño no. Un europeo conoce más a los centroamericanos como individuos que un cubano. Un guatemalteco, un panameño, un salvadoreño joven no debe saber exactamente dónde queda la República Dominicana. Hemos firmado un tratado de libre comercio económico, no artístico o simplemente humano. El resto del mundo piensa en el Salvador, en Honduras como países de maras y de narcotráfico. Tal vez sea cierto, tal vez no, ¿cómo saberlo, si no nos conocemos? Escritores famosos de Centroamérica viven o han vivido fuera de sus países, como Manlio Argueta, Sergio Ramírez o Carlos Cortés en Europa, o Gioconda Belly en Estados Unidos (¿no habremos trascendido, tal vez, el período de Rubén Darío en España?) La literatura centroamericana actual se caracteriza por una gran variedad de temas; por el eclecticismo, sin apartarse mucho de su propia identidad; aunque, como la literatura del resto del mundo, se encuentre anclada en un realismo más bien clásico: pero quizás le falte un aspecto extraliterario que nos aparta a todos los latinoamericanos: acercarse a los lectores, y a los escritores, de los demás países de Latinoamérica, obviando un poco ese eurocentrismo que todavía tenemos en la cabeza la mayoría de los escritores. Por qué no reconocer que tenemos una cantidad inmensa de lectores ahí al lado, cruzando algunas fronteras y navegando algunos mares del tamaño de lagos, apenas del tamaño de ríos muy anchos.


Máximo Vega.

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LAS TRIBUS: LOS AZTECAS

Pueblo guerrero que en el siglo XIII se estableció en la meseta del Anáhuac. Fundaron una ciudad enorme a la cual llamaron Tenochtitlán, en lo que hoy día se conoce como México, y estaban gobernados por un jefe militar (tlacatecuhtli), y uno civil (cihuacóhuatl), mientras estos a su vez dependían de un consejo (tlatocan), formado por representantes de los diferentes pueblos de una confederación de tribus. Eran demócratas, puesto que el cargo del jefe militar, la figura más importante del imperio, era electivo y no hereditario, aunque vitalicio. Pretendían tributos de los pueblos conquistados, no asimilarlos territorial o culturalmente.
En sentido general, los Aztecas fueron crueles e imperialistas. Astrónomos avanzados (estrelleros, como los Mayas o los Quichés), y adoradores extremos de la sangre, cuyo valor tenía un sentido místico. Les asombraba enormemente el fenómeno de la muerte, así que procuraron hacerla protagonista imprescindible de sus rituales religiosos. Realizaban sacrificios humanos, como los griegos, los germanos y los celtas. Su religión no tenía valores que consideramos, hoy día, fundamentales en toda creencia mística, como la esperanza y la virtud. Como los griegos, tenían un infierno, en donde terminaban cayendo los espíritus de todos los muertos, buenos o malos; para llegar a él se cruzaba el río Chicunoapa (el griego Erebo), y su regente era Mictlanteculi (el Hades griego). Dominaron a la mayoría de las tribus vecinas, cuyos esclavos sacrificaban al dios Sol (Huitzilopochtli). Su civilización evolucionó de tal manera que empezó a repugnarles sacrificar a sus propios ciudadanos, así que muchas de sus guerras tenían el objetivo de encontrar esclavos para los sacrificios rituales (el Canto a Huitzilopochtli nos confirma: “¡Los de Pipitlan son nuestros enemigos! ¡Ven a unirte a mí! Con combate se hace la guerra: ¡Ven a unirte a mí!”) El Sol nace, combate y muere cada día, no hay mayor prueba de esta lucha que la llegada perturbadora de la luna (sentían un pánico incomparable, entonces, al caer la noche); para que Huitzilopochtli se recupere y renazca al día siguiente satisfecho y fuerte para el combate, necesita ser alimentado con la sangre de los hombres. Puesto que el Sol, como cualquier otro dios, rechaza los alimentos destinados a los humanos, y se alimenta sólo de la vida misma contenida en la sangre. Los dioses se sacrificaron para crear a los hombres; los hombres debían sacrificarse para alimentar a los dioses. Como el Sol insistía en morir diariamente, los sacrificios eran especialmente sangrientos, puesto que en la sangre se encuentra la sustancia mágica de la vida (aún hoy día, los Testigos de Jehová creen en esta aseveración alquímica). El sacerdote sacaba el corazón con habilidad de carnicero, y, casi siempre, en los rituales se encontraban las familias de los sacrificados, a los cuales se les exigía que demostraran su dolor de manera sumamente gestual. Recurrían a la astrología para reconocer los días adecuados para estos sacrificios; reconocían cuando el Sol necesitaba corazones por la recurrencia de los eclipses, la extensión excesiva de los inviernos, de los días nublados y de las noches especialmente oscuras.

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Pero, ¿qué llevaba a los Aztecas a esta orgía sangrienta, qué les atraía de esta violencia exacerbada? Puesto que el ser humano siente placer presenciando la muerte, justificando la violencia que es intrínseca a su naturaleza, los exoneraba el hecho de que creían que los muertos despertarían en el reino de Mictlanteculi, es decir que no eran asesinados realmente. Nos provocan repulsión la violencia y la muerte, por motivos estrictamente culturales, pero no su representación, que llena un vacío en nosotros. Así, el sumo sacerdote, espectacularmente delante de la mayoría del pueblo, ofrendaba la sangre recogida en los canales a orillas de la piedra sacrificial al dios Sol, mostraba al público sobrecogido la imagen de la muerte que no lo es realmente: el destino del inmolado no es la nada. El dios renacerá al día siguiente, así como el sacrificado remontará el Chicunoapa hacia su morada final.
Los Aztecas vencieron a Hernán Cortés cuando el infame conquistador intentó derrotar al imperio. Lo echaron vergonzosamente de sus tierras. Al retirarse, los españoles dejaron tras de sí una poderosa arma biológica: la viruela. Los indígenas fueron diezmados por el desconocimiento de este mal intratable por sus médicos. Sus habitantes pensaron: Huitzilopochtli nos ha traicionado, quiere que los enemigos recién llegados ofrenden nuestros corazones para alimentarlo. Evidentemente, murieron equivocados: el Sol estaba harto de tanta sangre evaporada por sus rayos, de tantos corazones recibidos, de tanta vida sacrificada que él, el dios magnánimo que sólo pretendía regalar su fulgor, nunca había pedido.


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Este es el poema por el que declararon a Gunter Grass persona non-grata en Israel:

Lo que hay que decir

Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,
sobre lo que es manifiesto y se utilizaba
en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,
solo acabamos como notas a pie de página.
Es el supuesto derecho a un ataque preventivo
el que podría exterminar al pueblo iraní,
subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón,
porque en su jurisdicción se sospecha
la fabricación de una bomba atómica.
Pero ¿por qué me prohíbo nombrar
a ese otro país en el que
desde hace años —aunque mantenido en secreto—
se dispone de un creciente potencial nuclear,
fuera de control, ya que
es inaccesible a toda inspección?
El silencio general sobre ese hecho,
al que se ha sometido mi propio silencio,
lo siento como gravosa mentira
y coacción que amenaza castigar
en cuanto no se respeta;
"antisemitismo" se llama la condena.
Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras
hacia donde no se ha probado
la existencia de una sola bomba,
aunque se quiera aportar como prueba el temor...
digo lo que hay que decir.
¿Por qué he callado hasta ahora?
Porque creía que mi origen,
marcado por un estigma imborrable,
me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,
al país de Israel, al que estoy unido
y quiero seguir estándolo.
¿Por qué solo ahora lo digo,
envejecido y con mi última tinta:
Israel, potencia nuclear, pone en peligro
una paz mundial ya de por sí quebradiza?
Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.
Lo admito: no sigo callando
porque estoy harto
de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además
que muchos se liberen del silencio, exijan
al causante de ese peligro visible que renuncie
al uso de la fuerza e insistan también
en que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes.
Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,
más aún, a todos los seres humanos que en esa región
ocupada por la demencia
viven enemistados codo con codo,
odiándose mutuamente,
y en definitiva también ayudarnos.

UN QUIJOTE CARIBEñO


Claudio Pacheco ha inventado (en el estricto sentido de la palabra) un Quijote caribeño, que cabalga en un caballo blanco por las tierras del Cibao, acompañado de un Sancho Panza mulato encima de un mulo santiaguero.

Despojados de sus rostros inútiles, ciegos por lo tanto al horror y al mismo tiempo a la belleza del mundo (ciegos a la bondad y a la maldad, como dioses o fantasmas), andan despacio y tristes entre cocoteros, casas de techos de yagua, bosques verdes y vírgenes, como si estuviesen perdidos y no se diesen cuenta de que han extraviado las palabras originales que los crearon, que no se encuentran ya en la Mancha sino en el Valle del Cibao, que sus paisajes han cambiado y sus molinos tienen aspas como hojas de palma; no se dan cuenta, quizás, porque están ciegos.

Pacheco mostró por primera vez este Quijote en la II Feria Regional del Libro de Santiago, en el año 2005. En el segundo nivel del Gran Teatro del Cibao, cubriendo paredes blancas y asépticas, su Quijote repetido parecía moverse a través de la sala, los cuadros como fotogramas que cuentan una sola historia.

En su representación se advierte un rasgo puramente dominicano: sus personajes no tienen rostro, como las muñecas de barro que se venden en las artesanías locales, las llamadas muñecas de Lomé. En el cielo azul y blanco, extremadamente azul y blanco como si no fuese un cielo caribeño, vuelan los molinos que el Quijote debe vencer; en el cielo quizás porque no son reales, porque son producto exclusivo de la imaginación de Alonzo Quijano, que los figura como gigantes encima, o detrás, de las montañas cibaeñas. La mezcla del paisaje caribeño con el original creado por Cervantes, acaso haya provocado la exhuberancia de los colores, la oscuridad de un paisaje que entre nosotros debería ser diáfano y claro

La crisis general de las artes plásticas en todo el mundo se debe sobre todo a que son muy sensibles a la crítica y al mercado, que promueven a través de la manipulación (a veces bien intencionada, la mayoría de las veces no) lo que se debe o no realizar, y no al contrario. El arte, en sentido general, se resiste a cualquier forma de preceptiva anterior a la realización de la obra.

En esta rebeldía a la sistematización reside parte de su encanto y de su misterio. La crisis de las artes plásticas en los grandes mercados artísticos, como Europa y Estados Unidos, se refleja en la vejez de sus propuestas, y en la novedad falsificada de lo que se presenta, novedad que no es tal, es decir que no es originalidad, sino rareza, ruptura sin sentido, excentricidad, la moda de lo falsamente interesante porque parece nuevo; es, al final, mercado. Nosotros no hemos aprendido que no necesitamos a Europa o a Estados Unidos para justificarnos; que si queremos ser, en sentido general y más específicamente en el ambiente artístico, debemos precisamente alejarnos de eso y presentarnos tal cual somos, para bien o para mal.

Si Claudio Pacheco se presenta a sí mismo a través de su pintura como un Quijote sin rostro con un Sancho que nunca lo sigue sino que se cruza constantemente en su camino, si esa es su propuesta conceptual basada en uno de los grandes clásicos de la literatura en lengua española, transportando al personaje universal por los caminos vecinales tropicales, dominicanos, su propuesta tiene aun más valor debido a que busca una identidad en nosotros, en la caribeñidad, en la dominicanidad.

En un tiempo en el cual la pintura dominicana se forma sin ninguna clase de búsqueda en su propia idiosincrasia, es decir que carece de toda identidad, la propuesta de Pacheco nos alegra porque acerca, mediante recursos formales puramente caribeños –Alonzo y Sancho no son blancos, sino mestizos; siempre se encuentran franqueados por las montañas de la Cordillera Septentrional, por ejemplo –a un tipo de pintura (la pintura de la Escuela de Santiago) que ha sido recuperada mediante un símbolo original: Don Quijote en el Caribe.

Vamos a decirlo de forma inusual: Pacheco es un pintor de Quijotes nuevos y perdidos; de Sanchos oscuros y descarados; Don Quijote y Sancho Panza han decidido viajar a través del océano y ver el mundo: han empezado por el Cibao. Un Quijote dominicano recorre la sala (en este país todos los artistas son quijotes), animado por el autor, que ignora la trascendencia de la poesía que ha imaginado.

Un Quijote sin rostro cabalga por paisajes verdes y azules, Sancho Panza (Sancho el olvidado, como aquel Judas del cual sólo se recuerda su ignominia, opacado por el brillo divino de su Maestro traicionado) lo acompaña ignorando el camino que ninguno de los dos puede precisar. Claudio Pacheco ha inventado, de un brochazo, un Quijote caribeño.

Como lo más importante en nuestro mundo es la economía, y todo tiene que ver con asuntos económicos (hasta la delincuencia), entonces una obra de arte también es un producto. Como dijo alguna vez Adorno: las obras de arte no son primero arte y luego se convierten en mercado, sino que desde el principio son mercancías, son creadas como mercancías, tratadas como mercancías, vendidas como mercancías. Quien haga la mejor mercancía es el mejor. El que venda más libros es el mejor, el más famoso es el mejor. Qué sociedad es esta? No hay algo que se está perdiendo, eso no tiene un costo? Ya lo estamos viendo: políticos analfabetos, ciudadanos analfabetos. Gente que no sabe nada de nada. A cuántos políticos vemos asistiendo a una de esas actividades que en el país se llaman "culturales"? A la puesta en circulación de un libro, a una exposición de pintura, a un debate, a una conferencia, a un recital (antes había muchos, ahora casi ninguno) de poesía? Cuántos políticos no hablan mal de los artistas, los tildan de "locos"? Ese mundo sin belleza es el que le estamos legando a nuestros hijos. Todo está bien. Palante.

El libro de los últimos días:

Entendiendo que un Ensayo es una composición en prosa sobre un tema de libre elección, en el que prevalece la opinión del autor, El libro de los últimos días, del escritor Máximo Vega, nos revela su mundo interior. Empieza con una cita de Manuel del Cabral “Tan cerca estoy de cosas que están siempre desnudas”. Y esta vez el escritor, nos deja ver más allá de la vida bohemia de Ana y los demás, más allá del realismo de El mar. Nos confiesa: “la única relación permanente que he tenido, y me parece me acompañará hasta la muerte… ha sido el arte”. Es precisamente de arte que tratan la mayoría de los ensayos y artículos de este libro. Aunque, por lo general, las biografías de Máximo Vega sólo indican que nació en el 1966, descubrimos que es 18 de noviembre, y que en el 2006 su cumpleaños coincidió con la muerte de nuestro querido poeta Dionisio López Cabral. Que conoció a don Virgilio Díaz Grullón “la tarde de un sábado lento”, quien “quería decirnos algo sobre el ser humano a lo que todavía no hemos sido capaces de acceder completamente”. Que Álvaro Mutis no es de sus escritores favoritos. El título del libro sugiere una idea apocalíptica, sin embargo, la portada, una magnífica escultura de Sacha Tebó, parece transportarnos al inicio de los tiempos. No porque Sacha haya vivido en el paleolítico como insinúa el autor, sino porque esa manera, tan original, de este artista haitiano, nos regresa a una época de inocencia primitiva. No sé si Sacha creía en la reencarnación, pero Vega, divaga sobre una idea: qué pensará Sacha cuando vea sus obras desde otro cuerpo, “quizás como un buey, quizás como un crítico de arte”. Máximo Vega habla sobre sus escritores preferidos, indudablemente Onetti y Faulkner llevan la delantera. Sin dejar de lado a Joao Gimaraes Rosa, Albert Camus, José Saramago. Nos dice que “reseñar un libro siempre es riesgoso…”.

Pienso que si la obra pertenece a un escritor, con quien te pudieras encontrar en cualquier momento, el riesgo es mayor. Por eso, la mejor manera de escribir libremente sobre Vega es imaginar que él vive en Xiros, la isla griega descrita en uno de los cuentos de Julio Cortázar, y que solo por un azar del internet pudiera leer lo que hoy escribo. Su mayor pasión es la Literatura, y se siente fuertemente atraído por la pintura, la música, el cine (como arte). Películas como El lado oscuro del corazón, le agradan tanto porque sus personajes se confunden con los que él describe en “Santiagueando”. Pero ¿quién podría ser Oliverio?: Puro Tejada, escribiendo en algún rincón, o Ramón Peralta seduciendo a la muerte con sus poemas. O el propio Vega (aunque no se define a sí mismo como poeta), incapaz de perdonarle a una mujer que “no sepa volar”.

Esta ventanilla que hoy se abre ante nosotros, nos refleja a un escritor consciente, seguro de sus ideas. El hombre y el artista se unen en un solo cuerpo, escribe con rabia y dolor sobre Juan Pablo Duarte. Es interesante que lo llame el Arquitecto, ya que Duarte pertenecía a la Logia Constante Unión (una hermandad masónica) y sus símbolos principales son la escuadra y el compás. Pero los ideales de este arquitecto han quedado rezagados a un pasado difuso y complejo. Y aquí no sabemos si el hombre, el artista o simplemente el dominicano se hace una pregunta que muchos nos hemos hecho “¿Qué hubiese pasado si Duarte hubiese sido presidente de la República?

Este olvido de los ideales Duartianos, que nos impulsa a pensar como norteamericanos, o más bien como estadounidenses , provocando la pérdida de nuestra identidad, la negación de nuestras raíces, ocultar que somos un pueblo de mulatos y mestizos, no de indios como dice nuestra cédula de identidad y electoral, por el capricho de un dictador. Hablar, escribir, pensar sobre estos temas siempre hacen hervir la sangre, tal vez por impotencia, quizás por incapacidad. Nos sorprende encontrar en El libro de los últimos días en medio de El Pozo de Onetti, de El Extranjero de Camus, de los Cien años de soledad de Márquez, estos ensayos que de alguna forma nos recuerdan que si no sabemos quiénes somos, ni hacia dónde vamos, entonces no llegaremos a ningún lugar.Volvamos al arte, reconocer que “una sola ficción puede salvar a un ser humano de la locura”, y llegar, por la magia de la literatura a Un sueño realizado.Todo escritor siente un deseo inagotable de comunicarse, En El libro de los últimos días, Máximo Vega además de compartir con nosotros algunas palabras, obras e imágenes, siente el deseo de criticarlo todo, incluso a sus amigos más cercanos. Cuando dice que Ramón Peralta publicó su primer y único libro eternidades en otro siglo, habla como lector. Reclamándole al poeta su egoísmo, es imposible que Peralta no haya escrito nada más. Alterando uno de sus poemas se me ocurre pensar: entonces uno toma varias copas, las llena, las bebe, llega a la casa de Ramón Peralta, lo ata a una silla y lo obliga a confesar dónde están sus demás poemas.

En esta era, donde la más avanzada tecnología puede llegar hasta nuestros bolsillos a través de los teléfonos inteligentes, Máximo Vega amante de los libros tradicionales, como los que leía Faulkner, Camus, Bosch, nos seduce con una idea tentadora. Pertenecer a una estirpe, encargada de proteger una biblioteca secreta que contenga los últimos volúmenes impresos en papel. En una pequeña isla del Caribe dividida en dos naciones... “mientras la gente común y corriente acuda a las mediatecas o bibliotecas virtuales”. “Al mismo tiempo que alguien pulsa un botón y espera que se ilumine una pantalla, un libro se abre y reaparecen los sueños de Onetti”. Y alrededor de estos sueños Andrés Acevedo, Pastor de Moya, Ubaldo Rosario, José Acosta, Abersio Núñez y por supuesto Máximo Vega.

Sandra Tavárez.

EL LIBRO DE LOS ULTIMOS DIAS

Oraciones para cuando llegue el fin del mundo:

-Primera acumulación de palabras en torno a “El Libro de los Ultimos Días”, de Máximo Vega.

(“Esa es nuestra morada:

la pureza que se recibe

y la siniestra semilla que se hunde”

Lezama Lima: “Los Dioses”)

En el texto “La sociedad del espectáculo”, Guy Debord afirma que “toda la vida de las sociedades donde reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una acumulación inmensa de espectáculos”. En este caso, asistimos a la presentación de una acumulación, aunque no inmensa, de miradas sobre las transformaciones de las sociedades modernas y los entuertos que se supone debe sufrir un joven escritor, caribeño y de provincia, para parir su obra literaria.

Si un desafío ha enfrentado Máximo Vega en toda su carrera literaria, ha sido enfrentar esa indiferencia hacia los objetos y los sujetos que se supone cotidianamente agotados, tratando de seducirnos al hacernos mirar por lo que no somos vistos ni alardeamos de ser, sino por todo ese mundo solitario, sórdido a propósito y un tanto vouyerista, donde nosh ace ocupar el lugar de un apasionado lector de su propia teatralidad, de los accidents de la vida social que construimos y que al final, por esos aparentemente fugaces espectáculos personales de frivolidad, nos reconoceremos, en la ausencia de sentido que crea la desesperanza o en la reducción de nuestras vidas a todo lo que hemos considerado la realidad conveniente y que deviene en el conformismo.

Máximo Vega, en sus cuentos y novelas, es un experimentado escritor que se impone tortuosas exitencias para desentrañar esos espectáculos sociales con su estilo muy propio de lenguaje austere por cuanto debe ser efectivo y preciso.

Vega, desde muy temprano, se aparta de los narradores convencionales y trata tan explícita como cómodamente, temas de conocida polemica sobre la realidad social tercermundista, crea personajes dominados por los sentimientos desnudos que motorizan las pasiones verdaderas pero que se ocultan por las socialmente convenidas, deshila historias donde consigue declaraciones impactantes y trascendentes sobre cosas que en principio podrían no interesarnos, como el sueño de los otros, la pelea diaria de los olvidados, el abuso del cuerpo, lo discursive y puro del lenguaje.

Presentar un libro siempre es un compromiso, y más si el libro es de un amigo con el que nos unen tantas vivencias, sueños y desilusiones compartidas. Así, frente a esta petición de mi buen amigo Máximo Vega, con quien firmé un pacto hace años de que cada vez que nos preguntaran en público que quién era el mejor narrador de la ciudad, enseguida responderíamos con el nombre del otro, trataré de pensar en el casi incomprensible Lezama Lima para hacer una abstracción especulativa sobre estos textos que aunque no son santos, si son de los últimos días, de los últimos días del siglo pasado, quizás de los últimos días del purismo para dar la bienvenida al desarraigo, intentando identificar sus esencias, ya que Vega escribe parado y sin sombrilla en medio de una tempestad de expresiones donde dispara una crítica que pareciera estar en contra casi de todo lo que trata y que no pretende salvar al lector con ese sentido simplificador, de crónica, de recetario, que muchos lectores esperan encontrar en ensayos y críticas literarias.

Un aspecto relevante de los textos contenidos en el libro es una obsession por los orígenes de las cosas, los personajes y los conceptos que durante su vida de lector han logrado identificar, conectar con su nivel de pensamiento. En muchos textos, es evidente la profundización casi a nivel de buzo en los aspectos de la cultura dominicana, buscando identificar sus esencias, pero dándole expression “a lo Máximo Vega”, haciendo que esta noción de lo criollo también se contraponga con el subyugante contexto extranjero y levitando en el fenómeno que todos conocemos de lo imprevisible que es la dominicanidad y sus derivaciones, sin que esto logre desembocar en “resentimientos vernáculos”.

Si ha llegado el fin del mundo, lo cual es inevitable, para qué leer? Somos en buena medida lo que leemos, o bien buscamos lecturas que coincidan con nuestra visión del mundo, sin lugar a dudas que a través de esta obra conocer en buena medida el pensamiento del autor y sus reflexiones sobre la verdadera existencia a través de sus multiples y variadas lecturas. La crítica literaria, tan amiga de encasillarlo todo, obras y escritores, sera vencida a pulso por Vega cuando aborda el análisis de escritores que van desde amigos cercanos hasta grandes figuras de la historia de la literature universal. Como si tuviera favoritos, pero a la vez sin tenerlos, hay un serio problema con la crítica tradicional, ya que los textos de este libro abordan temas, personajes y aspectos específicos de las obras donde Máximo los enfrenta a un agama de posibilidades y a una batería de análisis filosóficos, sociales, sociológicos, como si lo hiciera sólo pr el hecho de un divertimento, alejándose de los cuestionamientos tradicionales que se hacen todos y entrando en una crítica literaria más rica y amena, alucinante en ocasiones.

El libro es casi una recopilación de artículos y ensayos sobre temas literarios, exceptuando el abordaje de temas tangenciales como reflexiones sobre el arte contemporáneo, la cultura, el cine, y algunos aspectos de la identidad del dominicano. Como toda colección de textos de diferentes intenciones y épocas, puede asumirse a priori que estamos ante un material heteróclito, nada más errado ya que el pensamiento de Vega es plasmado en todos los trabajos de manera ordenada, pero con el atrevimiento que se requiere para tomar la palabra y pretender situarla como herramienta medular en la reconstrucción inteligente de obras y lecturas, de personajes amigos o elegidos, de símbolos extraños, caciques y deidades o de películas al límite de la existencia.

Sin temor a equivocarme, puedo afirmar, y no por el compromiso de amistad, que este libro representa un aporte en lo que a la comprensión y reconstrucción de la historia literaria reciente se refiere, mediante una serie de discursos que en ocasiones se leen como si se escuchara a viva voz el discurso personal y privado del narrador que es Vega, reflexionando sobre el panorama literario contemporáneo, con la misma soltura y elegancia que cuando escribe ficción.

Máximo no habla en este libro solo de su filosofía de vida, ni de la la filosofía como esa posición totalizadora o que configura una doctrina ontológica cuyo resultado se vierte inadvertidamente en una colección de ensayos. Este libro es más espectacular, es la negación de muchas cosas, la muerte de muchas ideas existencialistas, y la búsqueda de una dudosa redención del escritor únicamente a través de su propia obra, solitaria, egoísta, desconocida, personal.

De palabras somos -de verbo y carne estamos hechos-, y Vega alterna la reflexión y el enayo con unas pocas crónicas de sus vivencias, con elegantes pero complacientes notas sobre sus amigos escritores.

Pienso que el libro de los últimos días constituye una lectura muy rica en imagines y conceptos, incluso en aportes culturales de significación, aunque densa y apabullante en ocasiones, un libro muy completo sobre la visión del autor en torno a la fuerza que gobierna las cosas y la inteligencia en un mundo tan problematizado, con franses inteligentes, incendiaries y hasta demoledoras de la realidad que se preconfigura y se acepta como válida.

Otros temas que trabaja el autor en sus textos es el de la relación noción entre el arte contemporáneo y su evolución en nuestra cultura. Cierta obsession por el destierro del escritor en nuestra realidad y un tanto bosquejando el problema de la identidad como generación que no ha podido superar las fronteras de las generaciones precedents. Mención especial merece el artículo sobre Sacha Tebó, que presta su imagen para la portada.

Finalmente está la nostalgia, distante, pero siempre presente, la nostalgia que es inútil, que no sirve para nada, pero que supone la forma en la que, mediante nuestros gestos, manejaremos esa gran responsabilidad que el mundo nos impone, la “insoportable levedad” que nos endilgó Kundera y que mientras más nos aproximamos a ella supone un mayor reto para superar los miedos del hombre frente a los problemas de nuestros días.

Máximo ha construido con este libro una especie de paraíso para sus sombras, pero siempre con esa curiosidad que causa todo tragaluz de ir a mirar el mundo desde otra perpesctiva. En él no encontrarán ustedes más que fragmentos de salvación y un poco de material embrujada con la cual bien podrían aderezar su caldo de brujo donde muchos esperamos aún cocinar algún texto que cobre vida.

Son los tiempos de la decadencia de los heroes, de asistir al espectáculo de lo contemporáneo como culpa compartida y no hay mejor excusa que este libro de los últimos días para lograr establecer un compromiso, una toma de conciencia sobre el deber del escritor y su particular manera de develar el juego de los apariencias.

Manuel Llibre Otero.

DOS LIBROS



"La Piara", de Pastor de Moya, y "El Enigma del Anticuario", de José Acosta, dos libros de dos poetas y narradores dominicanos. "La Piara" es un libro de poemas, con todo el sarcasmo y el humor de que es capaz Pastor, y "El Enigma del Anticuario" es un libro de cuentos de José. La Piara se editó en Puerto Rico, y El Enigma del Anticuario en Venezuela. Así que ya ven la proyección que tiene la literatura dominicana.
Si ven estos dos libros en alguna librería, o en alguna estantería, no duden en comprarlos, y en leerlos, porque representan una visión nueva de lo que se está escribiendo en RD.

TIENTOS Y TROTES

MERY SANANES [mediaisla] Quien haya leído a René Rodríguez Soriano no se sorprenderá de este texto. Comulga con su desenfado que no es otra cosa que la cobertura de aquel rubor inicial que nunca lo abandona. No pasa leve por parte alguna.

Leer para cruzar sin tedio los pasadizos de la soledad

Sólo quien escribe en las aristas del vértigo, nadando en claves de agua, algas, piedras, arena, sal y sed que, a veces cortan de duras, mientras pastan a sus anchas las más tiernas olas de la luz, y quien lee para cruzar sin tedio ni sobresaltos todos los pasadizos de esa soledad más triste que la muerte, puede armar un libro como éste.

Una travesía abrupta como la historia que se lee, porque lo que queda en la memoria es el fuego que se atiza entre sus letras, el verso que atravesó la piel hasta dar con el anverso de la lágrima.

Quien haya leído a René Rodríguez Soriano no se sorprenderá de este texto. Comulga con su desenfado que no es otra cosa que la cobertura de aquel rubor inicial que nunca lo abandona. No pasa leve por parte alguna. Se hunde en cada sitio en el que acampa para hurgar hasta sus raíces, en todo aquello que lo conmueve y mueve. Y así pasa por las historias de los otros que hace suyas de pura pasión. Y con ello invita, sin decirlo, a convertir el acto de leer en otra forma de inédita e indetenible creación.

Un antes que es un siempre

Escribe porque un día se le quedó su caballito melao atrapado en la mirada de una niña que nunca se fugó de sus dedos. Y lee porque se secaron los yaguarales cundidos de rocío en los cuales sabía distinguir el origen de la lluvia y el tormento de las tempestades.

Y lee, lee sin piedad buscando el poema que se bebe o se vierte hasta el filo de las tardes, hasta alcanzar las ráfagas de luz que desatan unos versos sobre la piel de un libro al que él entra para leer o leerse.

Este texto es el de un poeta que descubrió el primer verso en la mirada de la madre o en los limonares del padre, y que fue lanzado de pronto a un mundo baldío, donde él asume la ternura por el mango, dejándose llevar por la corriente, subiéndose hasta la más profunda espesura de su gracia.

Un poeta que escribe o sueña que escribe y se ve en los sueños, soñando que escribe cosas. Un niño que con las palabras entre sus dedos las empuña para transmitirlo todo o nada, o para corretear por los patios de la tarde sin alborotar las palomas de la plaza. Alguien que escucha la música que rubrican los seres y las cosas.

Leer para untar los días con zumos de pasión

¿Y quién que así sea no habrá de convertirse en un lector apasionado en busca de los mensajes cifrados que le anuncian las nubes, las estaciones y el clarear o el oscurecer de las tardes? Lee para untar los días con zumos de pasión y goce, lanzándose hacia la exploración de pardas y arriesgadas zonas del amor y sus melenas, que es su territorio preferido.

Leer para René Rodríguez Soriano es llenar de pájaros sus cielos, darle nombre a la tristeza que lo acompaña desde que el mal del tiempo le dio al viento una migración de balas. Alguien que ha aprendido a manejar con torpes aleaciones, puntadas y vadeos, los sonidos y el tiempo. Alguien que invita a quien le plazca a bañarse con él en las aguas que bailan cerca del remolino.

Y así y sólo así nace este texto que pasea sobre las páginas de sus lecturas preferidas, sin otro acercamiento que el de la piel y el del aire que mueve las hojas, mientras en su interior dibuja sus propios duendes.

Jugar al borde de un barranco

Si algo conmueve es el listado de sus lecturas. Allí no hay propuesta crítica alguna, ni anhelo de dictar cátedra. Es un compartir de pasiones que se deslizan entre sus propios ajetreos pero que dejan tras de sí una huella que toca definitivamente a quien se acerca a ellas. No hay otra elección que esa página que se abre y no se vuelve a cerrar, porque en su madeja se recorre la vida en un solo instante.

Allí el lector de este lector empecinado encontrará referencias a Fernando Delgado, Manuel Salvador Gautier, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Fornerín, Roa Bastos, Fernando Despradel, Alessandro Baricco, Abel Posse, Carmen Posadas, Roberto Marcallé Abréu, Dionisio de Jesús, José Saramago, Marcio Veloz Maggiolo, Antonio Gala, Antonio Tabucchi, Máximo Vega, González Viaña, Sally Rodríguez, Plinio Chahín, Sergio Ramírez, Ángel Garrido, José Mármol, Fermín Arias Belliard, Médar Serrata, Ramón Tejada Holguín, Luis López Nieves, Pastor de Moya, y sobre una Marguerite Duras que recorre todo el libro incesantemente; un libro duro, fuerte como un aullido.

En un intervalo. RRS incorpora una “Botella al mar, una entrevista en la que suelta sus dedos de leer, sobre un papel que nunca se llena del agua que mueve el vacío de un objeto en viaje sin destino hacia las orillas de uno mismo. Porque a través de todos estos Tientos y Trotes (Editora Nacional, RD 2011), aparece el autor, ejerciendo el oficio mayor que conoce, una vez que tuvo que dejar las yaguas en las que leía los vaticinios de todas las estaciones y la escritura acuática de los ríos en los murmullos de los peces.

Y así lo dice: “Además de leer las solapas de los libros, leer a Sara, y la morfosintaxis de los clasificados del domingo, me cautiva jugar al borde del barranco. De niño, con mis primos —que vivían al borde de un barranco que daba al arroyito—, solíamos deslizarnos en una yagua que se atajaba en el cafetal. A veces llegábamos hasta el fondo, incólumes sobre la yagua… Me gustan los colores, como me deleitan los olores. A veces, cuando llueve, trazo rectas y curvas en el cristal de las ventanas. No sé qué es. Siento que al leer me atrapa alguna música”.

Descifrador de música y acordes

Y ese descifrador de música y acordes, es el que se desliza sobre los cafetales de la palabra en busca cada vez de una aventura que no se repite. Ningún hombre es una isla, afirma. Un archipiélago le vibra en cada palmo de la piel, y su canto enciende las paredes y las cosas que le circundan y le dan razón de ser y estar. Tampoco es el nombre, que reduce y aniquila. El hombre es todo lo que evoca y provoca con sus gestos y sus actos; la ciudad crece y se aniquila a su alrededor, y el poeta lo advierte y lo sugiere. Igual el barrio, lugar donde extraviamos “un lirio de mayo” o la escafandra para bucear en las profundidades de la torpe memoria repetida, de la que hablara Benedetti.

Aquí están las claves de este escritor convertido en hacedor de los escrutinios que aparecen registrados en cada palmo de la piel, en busca de de esa razón de ser y estar que persigue el hombre perennemente. Por eso va con los pulmones como esponjas, bebiéndose el aire y el entorno, lanzando sus toscas redes para ver si pesca florecillas del bosque o pizquitas de fusas y semifusas.

Cabalgando sobre los cautivos prados de la lengua

Por ello, quien se autodenomina frustrado timbalero, sabe que un libro es un lago en el cual hay que sumergirse como un buzo, si se quiere alcanzar el canto de las ranas. Que hay que cabalgar a rienda suelta por los cautivos prados de la lengua, contar historias sin historia y bañarse en las ardientes aguas del fuego del infierno donde, en verdad, todos hemos nacido.

Lo dice y lo repite para que no quede duda: “Intento un decir que sale de mis dedos, que piensan o sueñan que piensan… luego escriben. Mucho menos crítico, entendido, analista y diseccionador de contenidos, significantes e insignificantes. Lector sí soy. De esos que, seducidos por el percutir de la palabra, resbalándose sobre el páramo de papel o cristal, danzan la melodía interminable de aquel placer del que, alguna vez, hablara Barthes…”

Cada texto es una ruta, un continente

Tampoco, afirma, intento “transformar el mundo” —ni siquiera “entenderlo”, como dijo el casi ni citado ya, Carlitos Marx, que pretendieran Hegel y demás pensadores de otros tiempos—, con sentir es suficiente. Leo con placer y en el placer que da leer un texto que fue escrito con placer. Amo el fuego, los puentes y los pasadizos –de Heráclito, de Paz o Efraín Huerta–, los juegos de Cortázar, los chicos en los parques, los caballos pastando y, mientras enarbolo mi pancarta, mi no rotundo contra la ignominia, vuelvo a Plinio”.

Ese es su credo, su propuesta y su andar, con esa convicción de que cada uno de los textos es una ruta, un continente, por los cuales él navega, a sus anchas, a favor o en contra del viento, a todo velamen por el naranja de las vibrantes auroras de sus sístoles.

Y así lo propone y dispone: “Bebamos sin asepsia de las limpias lecturas de Aurora (Molina, Pizarnik, Blanca Varela, Ida Vitale, Fernández Moreno, Girondo, Zaid, Huerta y ese Pellicer de “Los azules que se caen de morados”, como los pezones fructuosos de la Zulamita del Cantar de los Cantares). Transitemos las vías sin semáforos y sin puentes. Abordemos la arena misma y sus canales en su Guagua lírica”.

¿Y qué propuesta mayor que esta apertura total que invita a cada lector a encontrar sus propios pasos? Es ese estremecimiento del lector el que le otorga a un texto su carácter infinito. Cada pupila le abre un horizonte distinto. Y allí en ese mágico vértice escritura y lectura se convierten en el derecho y anverso de un mismo oficio sin fin. Sólo es necesario enamorarse de una palabra que no es mera caligrafía sino bajel para recorrer los ríos de la tierra.

No tiene rumbo este viaje sin rumbo

Y a esto invita rrs, con sus pretextos, textos y contextos, a un antes y otro antes, un después y otro después que se detiene en el intervalo de un paréntesis, para un final que no concluye y en espiral vuelve al sitial de donde parte que es su propia escritura ofrendada al lector que vendrá, como él lo ha sido y seguirá siendo, de lo que será.

Es el acercamiento que desea todo escritor, el que transgrede las normas, olvida los prólogos, deja a un lado las conjeturas de los otros o los vaivenes de una política cultural en la que jamás ha creído ni creerá. Es entregarse al deleite que muerde los ojos hasta hacerlos llover. Es como montarse en un caballito de papel e irse cabalgando a los vastos territorios de la magia o el dolor, de la pasión o el desenfreno, de la ternura que es un enigma, de la cercanía que se vuelve lejanía.

Y éste es su credo: “El agua, como el ojo, es luz que moja los cuerpos. Como la ventana, uno mira a través de ellos, no con ellos. La sed es otra cosa: temblor que irriga el iris, la retina; leer a pecho abierto la relampagueante claridad que nada en las aguas del poema”.

Y ese es el oficio que asume rrs en estos Tientos y trotes que dejan al lector con ganas de leer y de asumir su propia aventura a lomo de cualquier libro, sin fronteras, sin otra pretensión que develar lo que en su interior no alcanza a traducirse en palabra. Por ello se entrelazan lectura y escritura en una sola madeja de hilos estremecidos labrando memorias sobre el dintel del agua.

Porque, como lo reafirma rrs, no tiene rumbo este viaje sin rumbo, este piano de brasas y agua tibia va por las calles más hondas de nosotros.


| MERY SANANES, escritora venezolana, autora de Tiempo de guerra, 1974, Reflexión sobre una y otra historia, 1997.-

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