Muere la joven embarazada dominicana a la que no trataron un cáncer por miedo al aborto
Por Thomas Castroviejo | Gaceta trotamundos – lun, 20 ago 2012
Esta es la historia de tres muertes. La primera es la de Rosa Hernández, una mujer dominicana que, como deja claro en la declaración anterior, se considera muerta en vida. El motivo de esa dura declaración es la segunda muerte de esta historia: la de su hija de 16 años, que fallecía la semana pasada en el hospital SEMMA de Santo Domingo, de un caso muy grave de leucemia. Y la muerte de esta chica se debe a la tercera víctima de esta historia: el feto de apenas semanas que llevaba la paciente, que había impedido que la madre recibiera la quimioterapia que podría haberla salvado porque este tratamiento hubiera terminado con la vida del futuro bebé. Lo cual podría considerarse una forma de aborto, algo que está prohibido en la constitución dominicana desde 2009 en un artículo, el 37, que no entiende de excepciones, ni por violación o incesto.
La paciente anónima sí recibió tratamiento, pero cuando ya era demasiado tarde. Durante semanas, la sociedad dominicana debatió si intentar salvarle a la vida a la madre a costa de la de su hijo sería lícito o no. El matiz iba más allá de lo moral: los médicos se negaban a intervenir sin algún tipo de aprobación, por miedo a las represalias que podría traerles a ellos tomar esa decisión. Para cuando se les dio el visto bueno, habían pasado 20 días desde que la chica fue ingresada en el hospital. En esas casi tres semanas, durante las cuales la salud de la joven había ido empeorando inexorablemente, dio tiempo a formar y reunir a un comité de bioética, encargado de dar la aprobación; a consultar al ministro de Sanidad (se pronunció a favor del tratamiento) y al creador del famoso artículo 37.
El cuerpo de la niña, a la que los medios han llamado Esperancita, rechazó la transfusión de sangre que debía prepararla para reaccionar al tratamiento. Después, no respondió a la quimioterapia y su salud empeoró. El viernes pasado perdía al niño y, al poco, se le detuvo el corazón. A partir de ahí, los médicos fueron incapaces de revivirla, confiesa el doctor Antonio Cabrera, representante legal del hospital.
Todavía es pronto para determinar si el trágico desenlace reavivará el debate sobre el aborto en la República Dominicana. Durante estas semanas, la historia de la adolescente embarazada y enferma de cáncer ha servido para que organizaciones como Amnistía Internacional hablen sobre cómo leyes como ese artículo 37 aumentan la mortalidad infantil y obligan a las mujeres a irse al extranjero a terminar su embarazo de todas formas. Ahora que ya no se puede hacer nada por la joven, tal vez su destino sea vivir para siempre convertida en moraleja.
Fuente: Daily Mail
El Libro de los Ultimos Días
Por Arlyn Desire Abreu
En esta oportunidad quiero compartir unas palabras sobre el último título publicado por el escritor santiagués Máximo Vega.
El Libro de los Ultimos Días es un compendio de ensayos y artículos donde el autor comparte sobre diversos tópicos. Está subdividido en dos grandes temas que el artista ha nombrado los amores clandestinos y las costumbres estériles. Como el creador indica en las páginas introductorias del libro: pretende celebra el lenguaje y la imaginación.
En las líneas de "El Libro de los Ultimos Días" nos encontramos con la sinceridad de un artista que busca compartir sus ideas. Sin embargo, aclara que su fin es criticarlo todo.
Las páginas de "los últimos días" nos sumergen en lo más hondo del autor, pues existe un acercamiento en algunos textos que hiciera de su voz la de cada persona, pero no porque se esté de acuerdo necesariamente con lo que escribe, sino por la sinceridad y sencillez en la utilización del lenguaje. Pero esta sencillez no hace de la obra simples palabras, sino que la convierte en un canal de empatía con lo humano. Máximo hace de sus páginas un libro profundo que navega en las preocupaciones más sencillas, pero a la vez más trascendentales del ser humano.
Vega nos presenta el arte como un vehículo de salvación a la locura. La imaginación como fuente de felicidad.
Un autor que con sus palabras trata temas tan controversiales como la identidad de un pueblo. Que nos habla de Dios y presenta su cosmovisión de las palabras, de la vida. Sus reflexiones sobre la existencia siempre salen a relucir como el humano en medio de la creación misma: eso encontramos en el Libro de los Ultimos Días: un diálogo franco, no para enjuiciar, sino para disfrutar, como todo arte, revivir algunas lecturas, algunos personajes y sobre todo renovar sentimientos.
(tomado de la revista Mythos)
En esta oportunidad quiero compartir unas palabras sobre el último título publicado por el escritor santiagués Máximo Vega.
El Libro de los Ultimos Días es un compendio de ensayos y artículos donde el autor comparte sobre diversos tópicos. Está subdividido en dos grandes temas que el artista ha nombrado los amores clandestinos y las costumbres estériles. Como el creador indica en las páginas introductorias del libro: pretende celebra el lenguaje y la imaginación.
En las líneas de "El Libro de los Ultimos Días" nos encontramos con la sinceridad de un artista que busca compartir sus ideas. Sin embargo, aclara que su fin es criticarlo todo.
Las páginas de "los últimos días" nos sumergen en lo más hondo del autor, pues existe un acercamiento en algunos textos que hiciera de su voz la de cada persona, pero no porque se esté de acuerdo necesariamente con lo que escribe, sino por la sinceridad y sencillez en la utilización del lenguaje. Pero esta sencillez no hace de la obra simples palabras, sino que la convierte en un canal de empatía con lo humano. Máximo hace de sus páginas un libro profundo que navega en las preocupaciones más sencillas, pero a la vez más trascendentales del ser humano.Vega nos presenta el arte como un vehículo de salvación a la locura. La imaginación como fuente de felicidad.
Un autor que con sus palabras trata temas tan controversiales como la identidad de un pueblo. Que nos habla de Dios y presenta su cosmovisión de las palabras, de la vida. Sus reflexiones sobre la existencia siempre salen a relucir como el humano en medio de la creación misma: eso encontramos en el Libro de los Ultimos Días: un diálogo franco, no para enjuiciar, sino para disfrutar, como todo arte, revivir algunas lecturas, algunos personajes y sobre todo renovar sentimientos.
(tomado de la revista Mythos)
MÁXIMO VEGA, fue soldado del ejército entrerriano en la Batalla de Caseros y juramentó la Constitución Argentina en Paraná el 9 de julio de 1853; casó con TERESA CÚNEO, fallecida el 4 de diciembre de 1886, sepultada en el Cementerio Antiguo, natural de Paraná, vecino de Villa Urquiza; la chacra que ocupaban se ubicaba en la conceción Nº 6 de la delineación de Colonia Nueva; sus vecinos más cercanos eran: Antonio Martínez al sudeste, Anita Pérez al este, Remigio Rodríguez y Domingo Morel al noreste, Basila Vega al noroeste y Juan Esteban García al oeste (Plano de 1877); sus hijos fueron:
1.- Isidro Vega, nacido el Paraná por 1857, vecino de la Villa , carrero, no sabía leer ni escribir; casó en la Capilla de La Providencia el 15 de mayo de 1895 con Edubriges Palacios, viuda de Nicolás Taborda, nacida por 1845, natural de Paraná, (vecina al este de Isidro Vega), fallecida el 11 de diciembre de 1905, sepultado en el Cementerio Antiguo Villa Urquiza, siendo testigos Luis Restano y Natalia Díaz.
2.- Facunda R. Vega, nacida por 1862, no sabía leer ni escribir, tenía cuatro hijos (1895); casó por 1887; sus hijos fueron:
2.1.- Dolores Vega, nacida por 1891.
2.2.- Fidela Vega, nacida por 1893.
3.- Lucila Vega, nacida por 1875, soltera, costurera, no sabía leer ni escribir (1895).
CONCURSO DE CUENTO

Revista Puesto
de Combate
Sociedad de la Imaginación
Autores-Editores
Carrera 3 No. 10-89 La Candelaria Bogotá- Col.
Tel 4817002 Cel. 312 376 8380
e-mail: milciadesarevalo@gmail.com
TERCER
CONCURSO NACIONAL DE CUENTO CONTEMPORÁNEO
REVISTAS
PUESTO DE COMBATE Y CUATROTABLAS
Con motivo de los 40 años de divulgación cultural,
las revistas PUESTO DE COMBATE y CUATROTABLAS,
convocan a los escritores
colombianos y extranjeros a
participar en el Tercer Concurso Nacional de Cuento Contemporáneo de acuerdo a las siguientes
BASES:
1. Podrán participar todos los escritores colombianos y
extranjeros residentes en Colombia, con un (1) cuento original, inédito, tema
libre que no haya sido publicado ni esté participando en otro certamen literario.
2. Los cuentos tendrán un mínimo de 6 páginas y un máximo
de 12, en papel tamaño carta, a doble espacio, en letra Time New Roman 12
puntos. Los cuentos deberán ser enviados a: Tercer Concurso Nacional de
Cuento Contemporáneo Revistas Puesto de Combate y Cuatrotablas. Carrera 3 No. 10-89 Barrio La Candelaria -- Centro. Tel 481
7002. Bogotá-Colombia.
3. Los concursantes deberán enviar el cuento en un
sobre con tres (3) copias idénticas,
firmadas con seudónimo. En sobre aparte, marcado con el nombre del cuento y el seudónimo, el nombre completo del participante, la
identificación del autor, fotocopia de la Cédula de ciudadanía, teléfonos,
dirección electrónica y datos
bibliográficos.
4. El jurado estará integrado por tres escritores que
se nombraran oportunamente. El jurado elegirá el Primero, Segundo y Tercer Premio, así como dos menciones honorificas.
5. Se otorgará un millón de pesos ($ 1.000.000) al
Primer Premio, Quinientos
mil pesos ($500.000) al Segundo Premio y Quinientos mil pesos ($500.000) en
libros al Tercer Premio. Los
cuentos ganadores, junto con los cuentos que reciban mención honorifica y los que
señale el jurado, recibirán un Diploma y serán publicados de común acuerdo
entre las entregas No. 79 de Puesto de Combate, y el No. 14 de CUATROTABLAS, las
cuales estarán circulando en la 26ª Feria Internacional del Libro de Bogotá
2013.
6.
Las revistas no se harán
responsables de la devolución de los cuentos no ganadores ni tendrán ninguna
comunicación.
Fecha de Apertura: Junio 30 de 2012
Cierre:
Septiembre 30 de 2012
Fallo:
Se dará a conocer el 9 de Noviembre de 2012, en
desarrollo de las actividades
conmemorativas del primer año de existencia del
CENTRO CULTURAL CUATROTABLAS, en
Garzón Huila.
Comité organizador:
PUESTO DE COMBATE CUATROTABLAS
Milcíades Arévalo Amadeo González Triviño
Director
Director
CARLOS FUENTES
Fallece Carlos Fuentes Carlos Fuentes: “No tengo ningún miedo literario” 15 MAY 2012 - 20:52 CET1 El escritor Carlos Fuentes ha fallecido hoy en México, donde se encontraba internado en el hospital de los Ángeles del Pedregal. La noticia has sido confirmada por el Ministerio de Cultura mexicano. Nacido en ciudad de Panamá en 1928, era autor de más de 20 novelas y contaba entre otros con el Premio Cervantes (1987) y el Príncipe de Asturias (1994). Autor de novelas como La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel o Terra nostra, la importacia de Carlos Fuentes quedó patente en los numerosos homenajes en su honor que tuvieron lugar en noviembre de 2008 en México, con motivo del 80º cumpleaños del escritor. Numerosas personalidades de la cultura internacional como los Premios Nobel Gabriel García Márquez y Nadine Gordimer, y otros escritores como Juan Goytisolo, Nélida Piñón, Tomás Eloy Martínez, Sealtiel Alatriste, Gonzalo Celorio y Sergio Ramírez, entre otros, participaron en aquellas celebraciones.
NARRATIVA CENTROAMERICANA DE FINALES DEL SIGLO XX:
Me parece
que debemos hablar, primeramente, acerca de si es posible abordar a los países que hoy
día conforman Centroamérica como un bloque, es decir, si podemos pensar en
ellos como un todo, quizás de la misma forma en que nos referíamos a ellos en
el período colonial, cuando la mayoría formaban el Reyno de Guatemala, o fueron llamados alguna vez Provincias Unidas del Centro de América.
¿Puede
ser tratada la literatura centroamericana como si fuese una sola, con
características comunes, o por lo menos no divergentes? Recordemos que en los
estudios sobre literatura que se realizan en Europa o en los Estados Unidos se
habla de “Literatura Latinoamericana”
como si fuese un todo, aunque nosotros mismos, los latinoamericanos (a
pesar de que no sé ya si los dominicanos pertenecemos a Latinoamérica, porque
en estos momentos se habla de Latinoamérica y el Caribe) no consideramos esa
homogeneidad justificada, puesto que no leemos ni analizamos la literatura
sudamericana como una sola, la caribeña o la antillana como un todo tautológico
que abarque cada una de estas regiones. ¿En qué se parecen Cortázar y García
Márquez, Onetti y Carlos Fuentes, Juan Bosch y Felisberto Hernández? Debemos
advertir también que desde finales del siglo XX estamos asistiendo a una
constante homogeneización de la literatura, de manera que se dejan atrás las
diferentes identidades para acceder a una literatura más global, quizás
presionada por el mercado. Esta homogeneidad ha provocado que escritores
argentinos puedan ser confundidos con españoles, chilenos con franceses
traducidos, o mexicanos con estadounidenses. Nos damos cuenta de que, a veces,
si no existieran nombres latinoamericanos, calles, comidas, es decir si no
existiera todo lo que rodea cosmogónicamente una obra narrativa, no nos
daríamos cuenta si los escritores son latinoamericanos o no.
Pero
bueno, continuemos con la tradición de abordar a la región como un bloque, y
pensemos en Centroamérica como una región de literatura más o menos homogénea,
aunque realmente no sea así. Solamente la cantidad de lenguas habladas allí
desmiente esa homogeneidad. Debemos tener en cuenta que Centroamérica ha dado
un Premio Nobel de literatura, y uno de los poetas más influyentes de las
letras hispanoamericanas, como lo fue Rubén Darío. Que tiene narradores
prestigiosos como el nicaragüense Sergio
Ramírez o Manlio Argueta, el guatemalteco Augusto Monterroso, la nicaragüense
Gioconda Belly, la costarricense Carmen Naranjo o la novelista chilena radicada en Costa Rica Tatiana Lobo. A
pesar de la tendencia a la igualdad formal que está tomando la literatura de
todo el mundo (teniendo en cuenta de nuevo que esta tendencia se encuentra
provocada por el mercado), no podríamos catalogar a todos los escritores o a
todas las obras narrativas de los diferentes países como obras de intereses,
historias o lenguajes parecidos. A pesar de que la región ha tenido que
convivir con un pasado más o menos común, y a pesar, incluso, de que la
literatura centroamericana de finales del siglo XX ha sido definida como
“literatura de posguerra o posrevolucionaria”, refiriéndose a los diferentes
conflictos armados por los que han tenido que pasar algunos países, aunque no
todos, centroamericanos. Pero ni siquiera el período profundamente ideológico y
revolucionario dio pie a un tipo de pseudoliteratura, o testimonial en su
totalidad, que abarcara cada uno de los países que vivieron en carne propia
esos conflictos. Es decir, si hablamos de literatura centroamericana, debemos hablar,
sobre todo, de que la verdadera literatura de los diferentes países
centroamericanos tiene un carácter propio, y que ni siquiera la globalización
acelerada de finales del siglo XX ha podido producir una total homogeneidad de
la narrativa de las diferentes regiones del mundo, no solamente de
Centroamérica. Haciendo una breve comparación con nosotros mismos, debemos
reconocer que la literatura cubana, por ejemplo, es muy diferente a la
dominicana, así como lo es la puertorriqueña, sin hablar de la jamaiquina o la
haitiana, cuyos idiomas son diferentes a nuestro español. La insularidad de
nuestros países ha marcado estas diferencias, a veces muy profundas,
insularidad no solamente geográfica, sino producida debido al subdesarrollo, el
analfabetismo o los imperialismos.
La
narrativa de finales del siglo XX en Centroamérica está marcada de nuevo, como
sucedía anteriormente en todos nuestros países, por el ejercicio cuentístico.
Sergio Ramírez empezó como cuentista, y aún escribe cuentos esporádicamente,
así como Carlos Cortés, de Costa Rica, Ramón Jurado de Panamá o el ya
mencionado Augusto Monterroso. Las dificultades de escribir una novela cuando
se tienen otras actividades vitales o laborales son demasiado amplias. Ha habido
una lenta evolución de la novela en países como Honduras, Nicaragua y El
Salvador, cuya producción novelística hasta los años 90 del siglo XX era
mínima. Pero la región ha dado excelentes cuentistas. Cuentistas de la
urbanidad, como Horacio Castellanos, o escritoras de cuentos experimentales,
como Carmen Naranjo de Costa Rica. Si poetas como la ya mencionada Gioconda
Belly han decidido escribir novelas y han tenido éxito internacional, aún la
cuentística sigue siendo la labor principal de los narradores de Centroamérica.
Cuentistas irónicos y extraños, como el costarricense José Ricardo Chávez, o
furiosamente femeninos, como la salvadoreña Jacinta Escudos. Como es sabido, la
verdadera literatura es profundamente individual, y a pesar de que algunos
querrían encontrar escritores tan urbanos o tan influenciados por una realidad
llegada a través de los medios de comunicación, el internet y las redes
sociales, la verdad es que a finales del siglo XX no hallábamos todavía
escritores que decidieran escribir como si estuviesen fuera de su propia realidad,
es decir, escribir con una ausencia de identidad. Tatiana Lobo escribe novelas
históricas con mucho éxito, así como Erick Aguirre con su obra “Un Sol Sobre
Managua”, de 1998, que nos habla acerca del período posrevolucionario
nicaragüense. La verdadera literatura (y repito esto constantemente para
alejarme un poco de todo lo que nos venden con mucho éxito las editoriales y el
mercado, a pesar de que no nos guste; tenemos que hurgar un poco en obras menos
conocidas y hallar algunas joyas) no ha querido encontrar todavía en
Centroamérica una universalidad total de su lenguaje, como tampoco ha sucedido
en los demás países de Latinoamérica, es decir, no ha querido alejarse de su
propio entorno. La historia, los conflictos armados, los personajes relevantes
de la región (como Rubén Darío, que ya tiene su novela, posible excusa para
transmitir la realidad de un período de Nicaragua, como hizo Saramago en “El
Año de la Muerte de Ricardo Reis”, o como han hecho algunos escritores
dominicanos sobre el período trujillista; además de personajes como Sandino o como el
poeta Roque Dalton), son los protagonistas de una literatura que de ninguna
manera es homogénea en el aspecto estético, estrictamente literario. El cuento Uno
en la LLovizna, de
Rodrigo Soto, no se parece a Color del Otoño, de Claudia Hernández. Palabras, atmósferas, violencias,
estructuras diferentes los separan. Ascensor, de Maurice Echevarría, no se parece a Batallas
Lunares, de Uriel
Quesada. Así como la Managua de Daniel Ortega no se parece a la Tegucigalpa de
Porfirio Lobo. La serena cualidad poética de Gioconda Belly, que vive en los
Estados Unidos y enfrenta otro tipo de realidad que ella ha empezado a
transmitir en sus obras narrativas, sobre todo en su mejor novela “El País Bajo
mi Piel”, que fue publicada ya en el siglo XXI, no es parecida al cinismo de
“El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios”, de Rodolfo Arias.
Ahora
bien, como han constatado diferentes analistas (Magda Zavala, por ejemplo, que
se ha referido al problema de la literatura y el mercado en Centroamérica), y
como puede constatar uno mismo haciendo un poco de esfuerzo como lector, la
narrativa centroamericana sí ha tenido la misma trayectoria del resto de
Hispanoamérica, y a finales del siglo XX y principios del XXI observamos la
misma tendencia de los demás países latinoamericanos, y de los demás países en
occidente, con escasas excepciones: una literatura donde son más importantes
los procesos subjetivos e íntimos, enfocándose en los individuos más que en los
procesos sociales. El lenguaje es cada vez más íntimo. Aún cuando trate de
presentar, no de representar, una época determinada, esa atmósfera lleva de
inmediato al individuo y sus percances internos en el tiempo y la sociedad que
le ha tocado vivir. Importantes son entonces los procesos psicológicos, las
relaciones cerradas, en parejas o en grupos pequeños, no más allá del entorno
de los protagonistas, el diálogo interior o los diálogos entre dos personas.
Son cada vez más importantes las vidas asociadas a la soledad, el aislamiento
emocional, el desencanto ideológico o el progreso económico individual o
familiar. Son imprescindibles las dificultades entre las relaciones de parejas,
casi siempre sexuales, el lenguaje es cada vez más obsceno y más directo, prescindiendo
de las descripciones de lugares o descripciones físicas; se recurre a una
furiosa narratividad, al estilo de los escritores de best sellers, de Jhon
Grishan o de Pérez Reverte, quizás presionados de nuevo por el mercado. No
existen en las novelas períodos reflexivos o manipuladores del lector, todo lo
que se busca es contar, prescindiendo incluso de la crítica a la realidad.
Aparecen, sí, las dificultades asociadas a la vida en el subdesarrollo, la
violencia de las pandillas, el narcotráfico o la vida fuera del entorno
nacional, aunque siempre desde un punto de vista individual, no social. No
existe ya el testimonio, período que me parece acabado mucho antes del final del
siglo, y las obras que pretenden representar un período difícil de Nicaragua, Guatemala
o El Salvador lo hacen ahora desde una perspectiva completamente íntima, no
ideológica o social. Aún no se ha definido un postmodernismo narrativo, quizás
porque ninguno de nuestros países ha entrado completamente a la postmodernidad,
detenidos como siempre en la periferia, lo cual produce una literatura
diferente, no mimética. Esta literatura no se preocupa de las vanguardias ni de
las posvanguardias. Su meta es Europa, pero no en el aspecto creativo (aunque
esta visión se encuentra amenazada por el mercado) sino en el editorial y,
quizás, vital. Se ha dejado atrás el realismo mágico. Los escritores ya no ven
la literatura como una labor ecuménica, por lo que son más flexibles a las
críticas y a los cambios, aunque la crítica literaria es prácticamente
inexistente. La automarginación, dada a veces por motivos ideológicos o debida
a la creencia de que la actividad literaria era una especie de sacerdocio, ha
sido sustituida por la necesidad de fama. Como nos recuerda Adorno, algunas
obras han sido escritas no como obras de arte, sino al principio como
productos, buscando un público de antemano (la proliferación a finales del
siglo XX de la novela histórica centroamericana, por ejemplo, debido a que
había un público que pedía conocer más acerca de una región conflictiva, que
hizo tan famosa en la década de los 80 del siglo XX Ronald Reagan). Como en el
resto del mundo occidental, el éxito literario ya no depende de la calidad del
texto. Ha aparecido una literatura que prácticamente habla mal de la patria, que la repudia, como en las novelas
“El Asco”, de Horacio Castellanos, o “Mundicia”, de Rodrigo Soto. De nuevo
notamos que las tendencias de la literatura centroamericana son las mismas del
resto de Hispanoamérica, y que sus diferencias se encuentran en cada obra en sí
misma, ya no en nacionalismos o en identidades inamovibles.
Pero si
nosotros los caribeños, o los centroamericanos en este caso ( debemos aclarar
que hubo un tiempo en el cual el Caribe perteneció a Centroamérica, pero tal
vez llegará el día en que no seremos ni siquiera latinoamericanos), tenemos que enfrentarnos al proceso inevitable pero doloroso de la internacionalización de
nuestras literaturas, este proceso no debe estar reñido con el encuentro de
nuevas formas de narrar, de contar, con narratividades complicadas formalmente,
por más que nos presione el mercado. La literatura de finales del siglo XX en
Centroamérica, y aún la de principios del siglo XXI, ha lidiado con este
problema, a veces con éxito, otras veces no, así como los escritores que
queremos buscar más allá de lo que nos sirven los grandes mercados de la
palabra deberíamos acercarnos para conocernos, tan cercanos que estamos
geográficamente, tan lejanos en el aspecto real. La mayoría de los escritores
centroamericanos son anónimos entre ellos mismos. Un estadounidense o un
canadiense puede entrar a Centroamérica sin visa, incluso sin pasaporte, un
caribeño no. Un europeo conoce más a los centroamericanos como individuos que
un cubano. Un guatemalteco, un panameño, un salvadoreño joven no debe saber
exactamente dónde queda la República Dominicana. Hemos firmado un tratado de
libre comercio económico, no artístico o simplemente humano. El resto del mundo
piensa en el Salvador, en Honduras como países de maras y de narcotráfico. Tal
vez sea cierto, tal vez no, ¿cómo saberlo, si no nos conocemos? Escritores
famosos de Centroamérica viven o han vivido fuera de sus países, como Manlio Argueta, Sergio Ramírez o Carlos Cortés en Europa, o Gioconda Belly en Estados
Unidos (¿no habremos trascendido, tal vez, el período de Rubén Darío en
España?) La literatura centroamericana actual se caracteriza por una gran
variedad de temas; por el eclecticismo, sin apartarse mucho de su propia
identidad; aunque, como la literatura del resto del mundo, se encuentre anclada
en un realismo más bien clásico: pero quizás le falte un aspecto extraliterario
que nos aparta a todos los latinoamericanos: acercarse a los lectores, y a los
escritores, de los demás países de Latinoamérica, obviando un poco ese eurocentrismo que todavía tenemos en la cabeza la mayoría de los escritores.
Por qué no reconocer que tenemos una cantidad inmensa de lectores ahí al lado,
cruzando algunas fronteras y navegando algunos mares del tamaño de lagos,
apenas del tamaño de ríos muy anchos.
Máximo Vega.
Si quieres ver videos sobre arte y literatura, click a este enlace:
http://goo.gl/grPuON
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LAS TRIBUS: LOS AZTECAS
Pueblo guerrero que en el siglo XIII se estableció en la meseta del Anáhuac. Fundaron una ciudad enorme a la cual llamaron Tenochtitlán, en lo que hoy día se conoce como México, y estaban gobernados por un jefe militar (tlacatecuhtli), y uno civil (cihuacóhuatl), mientras estos a su vez dependían de un consejo (tlatocan), formado por representantes de los diferentes pueblos de una confederación de tribus. Eran demócratas, puesto que el cargo del jefe militar, la figura más importante del imperio, era electivo y no hereditario, aunque vitalicio. Pretendían tributos de los pueblos conquistados, no asimilarlos territorial o culturalmente.
En sentido general, los Aztecas fueron crueles e imperialistas. Astrónomos avanzados (estrelleros, como los Mayas o los Quichés), y adoradores extremos de la sangre, cuyo valor tenía un sentido místico. Les asombraba enormemente el fenómeno de la muerte, así que procuraron hacerla protagonista imprescindible de sus rituales religiosos. Realizaban sacrificios humanos, como los griegos, los germanos y los celtas. Su religión no tenía valores que consideramos, hoy día, fundamentales en toda creencia mística, como la esperanza y la virtud. Como los griegos, tenían un infierno, en donde terminaban cayendo los espíritus de todos los muertos, buenos o malos; para llegar a él se cruzaba el río Chicunoapa (el griego Erebo), y su regente era Mictlanteculi (el Hades griego). Dominaron a la mayoría de las tribus vecinas, cuyos esclavos sacrificaban al dios Sol (Huitzilopochtli). Su civilización evolucionó de tal manera que empezó a repugnarles sacrificar a sus propios ciudadanos, así que muchas de sus guerras tenían el objetivo de encontrar esclavos para los sacrificios rituales (el Canto a Huitzilopochtli nos confirma: “¡Los de Pipitlan son nuestros enemigos! ¡Ven a unirte a mí! Con combate se hace la guerra: ¡Ven a unirte a mí!”) El Sol nace, combate y muere cada día, no hay mayor prueba de esta lucha que la llegada perturbadora de la luna (sentían un pánico incomparable, entonces, al caer la noche); para que Huitzilopochtli se recupere y renazca al día siguiente satisfecho y fuerte para el combate, necesita ser alimentado con la sangre de los hombres. Puesto que el Sol, como cualquier otro dios, rechaza los alimentos destinados a los humanos, y se alimenta sólo de la vida misma contenida en la sangre. Los dioses se sacrificaron para crear a los hombres; los hombres debían sacrificarse para alimentar a los dioses. Como el Sol insistía en morir diariamente, los sacrificios eran especialmente sangrientos, puesto que en la sangre se encuentra la sustancia mágica de la vida (aún hoy día, los Testigos de Jehová creen en esta aseveración alquímica). El sacerdote sacaba el corazón con habilidad de carnicero, y, casi siempre, en los rituales se encontraban las familias de los sacrificados, a los cuales se les exigía que demostraran su dolor de manera sumamente gestual. Recurrían a la astrología para reconocer los días adecuados para estos sacrificios; reconocían cuando el Sol necesitaba corazones por la recurrencia de los eclipses, la extensión excesiva de los inviernos, de los días nublados y de las noches especialmente oscuras.
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Pero, ¿qué llevaba a los Aztecas a esta orgía sangrienta, qué les atraía de esta violencia exacerbada? Puesto que el ser humano siente placer presenciando la muerte, justificando la violencia que es intrínseca a su naturaleza, los exoneraba el hecho de que creían que los muertos despertarían en el reino de Mictlanteculi, es decir que no eran asesinados realmente. Nos provocan repulsión la violencia y la muerte, por motivos estrictamente culturales, pero no su representación, que llena un vacío en nosotros. Así, el sumo sacerdote, espectacularmente delante de la mayoría del pueblo, ofrendaba la sangre recogida en los canales a orillas de la piedra sacrificial al dios Sol, mostraba al público sobrecogido la imagen de la muerte que no lo es realmente: el destino del inmolado no es la nada. El dios renacerá al día siguiente, así como el sacrificado remontará el Chicunoapa hacia su morada final.
Los Aztecas vencieron a Hernán Cortés cuando el infame conquistador intentó derrotar al imperio. Lo echaron vergonzosamente de sus tierras. Al retirarse, los españoles dejaron tras de sí una poderosa arma biológica: la viruela. Los indígenas fueron diezmados por el desconocimiento de este mal intratable por sus médicos. Sus habitantes pensaron: Huitzilopochtli nos ha traicionado, quiere que los enemigos recién llegados ofrenden nuestros corazones para alimentarlo. Evidentemente, murieron equivocados: el Sol estaba harto de tanta sangre evaporada por sus rayos, de tantos corazones recibidos, de tanta vida sacrificada que él, el dios magnánimo que sólo pretendía regalar su fulgor, nunca había pedido.
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