EL CUENTO QUE CONTAMOS



“Entre las personas que se dedican a la crítica y a la literatura en general, es muy común la opinión de que el cuento es el más difícil de los géneros literarios. Sin embargo, los que escribimos cuentos no compartimos en forma unánime ese criterio”. Estas palabras las escribió don Virgilio Díaz Grullón en el año 1984.
   A lo que se refería don Virgilio en este artículo publicado en el periódico El Nacional hace tantos años, era a que un buen cuento depende de un buen escritor, y que lo difícil realmente es hallar un buen cuentista. El arte, en este caso la Literatura, se resiste a toda clase de preceptiva. Todo intento de sistematizarla es inútil. El lector, el gran olvidado, es quien tiene la última palabra. Ni el crítico, que es un lector interesado y prejuiciado debido a su excesivo conocimiento y a su voluntad de juzgar, ni el analista, ni el investigador. Es decir, en el caso del cuento y continuando con don Virgilio, a un cuentista nato le resulta fácil escribir un cuento, así como a un gran poeta le resulta más o menos fácil escribir un poema. Para los fines de este coloquio, podríamos entonces afirmar que es imposible aprender el talento o la intuición, o lo que cualquier maestro del género llamaría el olfato, el pálpito, pero sí es posible aprender una técnica, una artesanía, y esa técnica servirá tanto al cuentista talentoso como a aquél que sólo redactará obras ligeras que lo harán felices a él y a sus amigos, aunque sus amigos sean millones de personas que crean que están leyendo algo importante, pero que, de alguna manera, podríamos decir que se encuentran bien redactadas.
   Un cuento es, más que otra cosa, movimiento. Bueno, antes que nada es un género literario de ficción escrito en prosa, que debe ser breve y conciso, etc., etc., pero un cuento está basado en el movimiento, en el acontecer. Su capacidad de llamar la atención se basa en ese movimiento, en que aquello que está escrito se mantenga moviéndose, fluyendo, desde el principio hasta el final, lo cual significa que en un cuento deben suceder cosas desde que empieza hasta que termina. Este movimiento viene dado, por supuesto, debido a que la vida misma es así, lineal y vertiginosa, y un cuento debe dar una sensación de vitalidad. Un cuento debe ser breve, y con breve no quiero decir que debe tener dos o tres páginas, o cuatro, sino que su brevedad debe estar dada por la concisión, por la escasez de los recursos con que está escrito, y no al contrario. “Continuidad de los Parques”, el famosísimo cuento de Cortázar, tiene apenas dos cuartillas, pero “La Muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi, tiene más de cincuenta. Ambos son cuentos, por supuesto, pero “La Muerte de Iván Ilich” es un cuento más amplio debido a que la historia lo requiere. No se puede contar la agonía y la muerte de un hombre mediocre que no desea morir en dos o tres páginas, así como Cortázar no tenía la necesidad de contar la historia de un hombre que lee una novela en más de cincuenta. “Una Vuelta de Tuerca”, de Henry James, es un cuento largo, pero es una narración que empieza como una historia oral, es decir, un cuento que es narrado por alguien que desea contar una historia una noche brumosa alrededor de una chimenea, y sin embargo, a pesar de su considerable tamaño, recorre su camino certero hasta su final sorpresivo y extraordinario, como la flecha lanzada por Quiroga en su famoso Decálogo del Perfecto Cuentista.
   ¿Qué significa que un cuento debe mantenerse siempre en movimiento? Quiere decir que debe empezar con una acción y terminar con otra, con un suceso. El enemigo principal del cuento es el tiempo, así como el tiempo puede cesar nuestra vida y detenernos. La vida se encuentra hecha de tiempo, de movimiento, y un cuento debe parecer lleno de vida; es conciso y breve, porque la extensión desmedida detiene su camino y provoca una sensación de laxitud, de lentitud reflexiva que provoca desinterés. Pero no significa, de ninguna manera, que debamos ser específicamente esquemáticos. Mis cuentos, por ejemplo, en ese sentido son atípicos: se aprende una artesanía para comenzar a transgredirla.  Un cuento debe empezar con una acción, pero, ¿quién determina qué tipo de acción debe ser? ¿Será extraordinaria, sorprendente, nula, cotidiana; cómo debería ser? Bueno, precisamente, eso debe decidirlo el escritor, sin dejar de pensar en un lector posible, en aquél que él quisiera que leyera su historia. La Bhagavad Gita, uno de los libros sagrados que componen Los Vedas, que se ha coincidido siempre en que son precursores de lo que hoy llamamos “cuento”, empieza con una pregunta, y todo el libro intenta responderse esa sola pregunta, a través de pequeñas historias; “Una Vuelta de Tuerca” tiene dos principios: el principio del libro, que es el de un hombre que va a contar un cuento de misterio, y que trata de atraer el interés de sus oyentes, y el principio del cuento de misterio que ese hombre está contando. Yo mismo tengo un cuento que tiene dos principios y dos títulos, puesto que el cuento empieza con la explicación de que la historia que se leerá se parece mucho al cuento de Juan Bosch “Rumbo al Puerto de Origen” (el primer título es “Rosario, El Infame”), y luego se llega al título y al cuento que ya he explicado que se parece al de Bosch (“El Otro Juan de la Paz”, lo nombré).
   Aprovechando la coyuntura, podemos hacer un ejercicio simple y realizar un breve recorrido a través de varios principios de algunos cuentos de autores reconocidos, para que se note más claramente lo que estoy indicando. Al mismo tiempo, podemos examinar el estilo de cada autor, la forma en la que cuenta:

De “El Otro Cielo”, de Cortázar:
“Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra”.

De “El Sur”, de Borges:
“El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino”.

De “Un Sueño Realizado”, de Juan Carlos Onetti:
“La broma la había inventado Blanes; venía a mi despacho –en los tiempos en que yo tenía despacho, y al café, cuando las cosas iban mal y había dejado de tenerlo- y, parado sobre la alfombra, con un puño apoyado en el escritorio, la corbata de lindos colores sujeta a la camisa con un broche de oro y aquella cabeza –cuadrada, afeitada, con ojos oscuros que no podían sostener la atención más de un minuto y se aflojaban en seguida como si Blanes estuviera a punto de dormirse o recordara algún momento limpio y sentimental de su vida que, desde luego, nunca había podido tener-, aquella cabeza sin una sola partícula superflua, alzada contra la pared cubierta de retratos y carteles, me dejaba hablar y comentaba redondeando la boca: “Porque usted, naturalmente, se arruinó dando el Hamlet”.

De “Eveline”, de James Joyce:
“Sentada a la ventana vio cómo la noche invadía la avenida”.

De “Sábado de Gloria”, de Mario Benedetti:
“Desde antes de despertarme, oí caer la lluvia”.

De “La Punta” de Charles D'Ambrosio:
“Me había quedado despierto después de mi pesadilla, una pesadilla en la que mi padre y yo comprábamos globos de helio en un circo”.
Etc., etc.

   El principio puede ser poético y contemplativo, como lo es el cuento de James Joyce, largo y vertiginoso, lleno de incisos, como en el de Onetti, reflexivo y que parece no decir nada, como en el de Cortázar, impactante, contradictorio, como en el de Charles D'Ambrosio, extraño y corto, casi absurdo, como el de Benedetti. ¿Qué significa esto? Que yo puedo empezar mi cuento de cualquier forma, siempre y cuando ese principio posible implique un movimiento, un fluir, que dé el tono del cuento y que debe permanecer hasta el final. Cada gran autor cuenta de forma diferente. ¿Cómo son los cuentos de Chejov?, son historias ordinarias en las cuales los personajes recorren sin aspavientos sus vidas mediocres, sus cotidianidades; ¿cómo son los de Bioy Casares, o los de Borges?, son cuentos fantásticos en los cuales suceden hechos extraordinarios, inusuales, artificiales; ¿cómo son los de Edgar Allan Poe?, son historias extraordinarias en las que a veces intervienen fuerzas metafísicas, sobrenaturales. Todos ellos cuentan cosas disímiles, algunas comunes, cotidianas, mediocres; otras extraordinarias, fantásticas, sobrenaturales; algunas bellas y poéticas, otras terribles, atroces, desconcertantes. Pero todos ellos son grandes cuentistas.
   Ahora bien, debemos tomar en cuenta además que un cuento es un hecho producido por el lenguaje. Aunque proyecte la ilusión de vitalidad, lo que leemos son palabras; José Donoso va más lejos y le advierte a su lector que el libro que tiene entre sus manos está hecho de manchas de tinta sobre un papel. Es decir: el conocimiento profundo del lenguaje nos hará mejores escritores, puesto que el medio a través del cual el narrador cuenta sus historias es el idioma. Un narrador no es como un poeta, que piensa en el lenguaje en sí mismo para crear; es decir, para un poeta las palabras son como flores que debe plantar para llenar su jardín, o árboles que, juntos a tal o cual distancia, conformarán un bosque. El narrador piensa en una historia, y construye su historia con palabras. Cuando el poeta trata de escribir su poema, piensa en las palabras que conformarán el poema; no piensa en el tema, ni se detiene siquiera en el objeto que provocará su catarsis verbal; debe pensar en las palabras que edificarán su poesía. El narrador lo hace al contrario: empieza por inventar, crear una historia en su cabeza, independientemente de cómo será contada, y luego, cuando cree que esa historia necesita ser dicha, se sienta a escribir, y entonces brotan, prácticamente por sí mismas, las palabras. El problema es, como nos dice Umberto Eco, que un narrador debe contar una historia, y a veces la historia en sí misma es más importante que la forma en que está contada, como sucede con Alejandro Dumas, Julio Verne o H. G. Wells. Aunque, al final, el medio en el que se mueve el narrador siempre es el lenguaje, y por lo tanto debe conocerlo profundamente.
   Entonces tenemos ya varias características del cuento que repiten hasta la saciedad los maestros del género, y que ha sido escrito en anteriores manuales, ensayos, tratados y decálogos: un cuento debe ser tan breve como lo requiera mi historia; debe ser conciso, sin adornos, perífrasis, accesorios, descripciones, reflexiones innecesarias; debido a que un cuento es un género literario, debe estar escrito con un lenguaje impecable, gramaticalmente exacto, sintácticamente perfecto, o por lo menos hasta el límite en que la capacidad del escritor o la imperfección propia de todo lenguaje nos lo permita.
   Entonces, ya al final, nos detendremos brevemente en la última virtud que debe tener todo cuento, y que lamentablemente no se encuentra dada por la preceptiva, porque no depende de la técnica. Esa cualidad tiene que ver con la capacidad expresiva del autor, es decir, la necesidad del escritor de expresarse a través del lenguaje, a través de él como si penetráramos en un fluido, en el aire o el agua, por ejemplo, sin instrumentalizar ese lenguaje, y por lo tanto sin corromperlo. Un escritor no cuenta solamente una historia, sino que se expresa a través de ella, muestra al lector su visión particular del mundo, del alma humana, de la realidad. La estructura del mundo es sumamente complicada, su complejo armazón no solamente material sino metafísico y existencial, ontológico: un escritor se hace preguntas sobre esa complejidad, aunque su función no es dar respuestas. Trata de expresarse con el lenguaje; un poeta lo hace a través del verso, un narrador nos cuenta una historia. Realmente, todo narrador trabaja con un principio pedagógico, en la acepción menos usada de la palabra: el escritor trata de mostrar algo que él piensa que ha descubierto, pero que es posible que sus lectores ignoren. Trata de enseñar, en el sentido de que mostrar es uno de los sinónimos de enseñar. Umberto Eco nos dice que algunas poéticas de la narratividad sostienen que el lector aprende algo sobre el mundo; otras, que aprende algo sobre el lenguaje; pero siempre aprende. En todo caso, el escritor trata de llamar la atención sobre algo que a él le interesa, y que piensa debe convertirse en una preocupación colectiva, por eso lo comparte con sus lectores. A veces lo que le interesa brota de manera inconsciente, y a esa manifestación espontánea le llamamos intuición; otras veces el escritor narra con conocimiento de causa, conciente de lo que escribe y de lo que quiere decir. Un escritor que no se expresa, y que sólo le preocupe escribir artificios técnicamente impecables, artilugios extraordinarios, brillantes y hermosos, pero carentes de vitalidad (la vida es la materia prima de un cuento), es posible que gane muchos concursos literarios, pero no podrá crear una obra de arte. Un cuento debe contener la vida que nos rodea, el alma del escritor y su visión de la realidad, lo que ha sido dicho cientos de veces, pero como nos dice Gide, y  reitera Cortázar, hay que seguirlo repitiendo porque parece que nadie escucha, y considero más loable expresarse de manera imperfecta, pero sincera y total, que poseer una técnica impecable que nos permita decir absolutamente nada, crear historias vacías, carentes de toda humanidad.


Máximo Vega.

Muere la joven embarazada dominicana a la que no trataron un cáncer por miedo al aborto

Rosa Hernandez habla con las cámaras de CNNRosa Hernandez habla con las cámaras de CNN"Me han matado. Estoy muerta, muerta, no soy nada. Ella era el motivo de mi existencia. Ya no vivo. Rosa ha muerto. Que el mundo sepa que Rosa ha muerto".
Esta es la historia de tres muertes. La primera es la de Rosa Hernández, una mujer dominicana que, como deja claro en la declaración anterior, se considera muerta en vida. El motivo de esa dura declaración es la segunda muerte de esta historia: la de su hija de 16 años, que fallecía la semana pasada en el hospital SEMMA de Santo Domingo, de un caso muy grave de leucemia. Y la muerte de esta chica se debe a la tercera víctima de esta historia: el feto de apenas semanas que llevaba la paciente, que había impedido que la madre recibiera la quimioterapia que podría haberla salvado porque este tratamiento hubiera terminado con la vida del futuro bebé. Lo cual podría considerarse una forma de aborto, algo que está prohibido en la constitución dominicana desde 2009 en un artículo, el 37, que no entiende de excepciones, ni por violación o incesto.
La paciente anónima sí recibió tratamiento, pero cuando ya era demasiado tarde. Durante semanas, la sociedad dominicana debatió si intentar salvarle a la vida a la madre a costa de la de su hijo sería lícito o no. El matiz iba más allá de lo moral: los médicos se negaban a intervenir sin algún tipo de aprobación, por miedo a las represalias que podría traerles a ellos tomar esa decisión. Para cuando se les dio el visto bueno, habían pasado 20 días desde que la chica fue ingresada en el hospital. En esas casi tres semanas, durante las cuales la salud de la joven había ido empeorando inexorablemente, dio tiempo a formar y reunir a un comité de bioética, encargado de dar la aprobación; a consultar al ministro de Sanidad (se pronunció a favor del tratamiento) y al creador del famoso artículo 37.
El cuerpo de la niña, a la que los medios han llamado Esperancita, rechazó la transfusión de sangre que debía prepararla para reaccionar al tratamiento. Después, no respondió a la quimioterapia y su salud empeoró. El viernes pasado perdía al niño y, al poco, se le detuvo el corazón. A partir de ahí, los médicos fueron incapaces de revivirla, confiesa el doctor Antonio Cabrera, representante legal del hospital.
Todavía es pronto para determinar si el trágico desenlace reavivará el debate sobre el aborto en la República Dominicana. Durante estas semanas, la historia de la adolescente embarazada y enferma de cáncer ha servido para que organizaciones como Amnistía Internacional hablen sobre cómo leyes como ese artículo 37 aumentan la mortalidad infantil y obligan a las mujeres a irse al extranjero a terminar su embarazo de todas formas. Ahora que ya no se puede hacer nada por la joven, tal vez su destino sea vivir para siempre convertida en moraleja.
Fuente: Daily Mail

El Libro de los Ultimos Días

Por Arlyn Desire Abreu

En esta oportunidad quiero compartir unas palabras sobre el último título publicado por el escritor santiagués Máximo Vega.
     El Libro de los Ultimos Días es un compendio de ensayos y artículos donde el autor comparte sobre diversos tópicos. Está subdividido en dos grandes temas que el artista ha nombrado los amores clandestinos y las costumbres estériles. Como el creador indica en las  páginas introductorias del libro: pretende celebra el lenguaje y la imaginación.
     En las líneas de "El Libro de los Ultimos Días" nos encontramos con la sinceridad de un artista que busca compartir sus ideas. Sin embargo, aclara que su fin es criticarlo todo.
     Las páginas de "los últimos días" nos sumergen en lo más hondo del autor, pues existe un acercamiento en algunos textos que hiciera de su voz la de cada persona, pero no porque se esté de acuerdo necesariamente con lo que escribe, sino por la sinceridad y sencillez en la utilización del lenguaje. Pero esta sencillez no hace de la obra simples  palabras, sino que la convierte en un canal de empatía con lo humano. Máximo hace de sus páginas un libro profundo que navega en las preocupaciones más sencillas, pero a la vez más trascendentales del ser humano.
     Vega nos presenta el arte como un vehículo de salvación a la locura. La imaginación como fuente de felicidad.
     Un autor que con sus palabras trata temas tan controversiales como la identidad de un pueblo. Que nos habla de Dios y presenta su cosmovisión de las palabras, de la vida. Sus reflexiones sobre la existencia siempre salen a relucir  como el humano en medio de la creación misma: eso encontramos en el Libro de los Ultimos Días: un diálogo franco, no para enjuiciar, sino para disfrutar, como todo arte, revivir algunas lecturas, algunos personajes y sobre todo renovar sentimientos.

(tomado de la revista Mythos)
MÁXIMO VEGA, fue soldado del ejército entrerriano en la Batalla de Caseros y juramentó la Constitución Argentina en Paraná el 9 de julio de 1853casó con TERESA CÚNEO, fallecida el 4 de diciembre de 1886, sepultada en el Cementerio Antiguo, natural de Paraná, vecino de Villa Urquiza; la chacra que ocupaban se ubicaba en la conceción Nº 6 de la delineación de Colonia Nueva; sus vecinos más cercanos eran: Antonio Martínez al sudeste, Anita Pérez al este, Remigio Rodríguez y Domingo Morel al noreste, Basila Vega al noroeste y Juan Esteban García al oeste (Plano de 1877); sus hijos fueron: 

1.- Isidro Vega, nacido el Paraná por 1857, vecino de la Villa, carrero, no sabía leer ni escribir; casó en la Capilla de La Providencia el 15 de mayo de 1895 con Edubriges Palacios, viuda de Nicolás Taborda, nacida por 1845, natural de Paraná, (vecina al este de Isidro Vega), fallecida el 11 de diciembre de 1905, sepultado en el Cementerio Antiguo Villa Urquiza, siendo testigos Luis Restano y Natalia Díaz.
2.- Facunda R. Vega, nacida por 1862, no sabía leer ni escribir, tenía cuatro hijos (1895); casó por 1887; sus hijos fueron:
2.1.- Dolores Vega, nacida por 1891.
2.2.-  Fidela Vega, nacida por 1893.
3.- Lucila Vega, nacida por 1875, soltera, costurera, no sabía leer ni escribir (1895).

CONCURSO DE CUENTO



D:\Propietario\Desktop\CuatroTablas.jpg
Revista Puesto de Combate
Sociedad de la Imaginación
Autores-Editores
Carrera 3 No. 10-89 La Candelaria Bogotá- Col.
Tel 4817002 Cel. 312 376 8380
e-mail: milciadesarevalo@gmail.com       
             
TERCER CONCURSO NACIONAL DE CUENTO CONTEMPORÁNEO

REVISTAS PUESTO DE COMBATE Y CUATROTABLAS

Con motivo de los 40 años de divulgación cultural, las revistas  PUESTO DE COMBATE y CUATROTABLAS,  convocan a los escritores colombianos y extranjeros  a participar en el Tercer Concurso Nacional de Cuento Contemporáneo  de acuerdo a las siguientes
BASES:
1.    Podrán participar todos los escritores colombianos y extranjeros residentes en Colombia, con un (1) cuento original, inédito, tema libre que no haya sido publicado ni esté participando  en otro certamen literario.

2.    Los cuentos tendrán un mínimo de 6 páginas y un máximo de 12, en papel tamaño carta, a doble espacio, en letra Time New Roman 12 puntos. Los cuentos deberán ser enviados a: Tercer Concurso Nacional de Cuento Contemporáneo Revistas Puesto de Combate y Cuatrotablas.  Carrera 3 No. 10-89  Barrio La Candelaria -- Centro. Tel 481 7002. Bogotá-Colombia. 

3.    Los concursantes deberán enviar el cuento en un sobre con  tres (3) copias idénticas, firmadas con seudónimo. En sobre aparte, marcado con el nombre del cuento y el seudónimo,  el nombre completo del participante, la identificación del autor, fotocopia de la Cédula de ciudadanía, teléfonos, dirección electrónica y  datos bibliográficos.

4.    El jurado estará integrado por tres escritores que se nombraran oportunamente. El jurado elegirá  el Primero, Segundo y Tercer Premio,  así como dos menciones honorificas.

5.    Se otorgará un millón de pesos ($ 1.000.000) al Primer Premio,   Quinientos mil pesos ($500.000) al Segundo Premio y Quinientos mil pesos ($500.000) en libros al Tercer Premio.  Los cuentos ganadores, junto con los cuentos que reciban mención honorifica y los que señale el jurado, recibirán un Diploma y serán publicados de común acuerdo entre las entregas No. 79 de Puesto de Combate, y el No. 14 de CUATROTABLAS, las cuales estarán circulando en la 26ª Feria Internacional del Libro de Bogotá 2013.

6.    Las revistas no se harán responsables de la devolución de los cuentos no ganadores ni tendrán ninguna comunicación.
Fecha de Apertura: Junio  30 de 2012
Cierre:                    Septiembre 30 de 2012
Fallo:                      Se dará a conocer el 9 de Noviembre de 2012, en
 desarrollo de las actividades conmemorativas del       primer año de existencia del CENTRO CULTURAL  CUATROTABLAS, en Garzón Huila.         

Comité organizador:

      PUESTO DE COMBATE                             CUATROTABLAS
               Milcíades Arévalo                                   Amadeo González Triviño
                     Director                                                        Director


Ya  salió la  nueva edición de "Juguete de Madera". Los interesados pueden comunicarse con el poeta Ramón Peralta, que es el editor, o conmigo.  

CARLOS FUENTES

Fallece Carlos Fuentes
Carlos Fuentes: “No tengo ningún miedo literario”
15 MAY 2012 - 20:52 CET1
 
El escritor Carlos Fuentes ha fallecido hoy en México, donde se
encontraba internado en el hospital de los Ángeles del Pedregal. La
noticia has sido confirmada por el Ministerio de Cultura mexicano.
Nacido en ciudad de Panamá en 1928, era autor de más de 20 novelas y
contaba entre otros con el Premio Cervantes (1987) y el Príncipe de
Asturias (1994).
 
Autor de novelas como La región más transparente, La muerte de Artemio
Cruz, Cambio de piel o Terra nostra, la importacia de Carlos Fuentes
quedó patente en los numerosos homenajes en su honor que tuvieron
lugar en noviembre de 2008 en México, con motivo del 80º cumpleaños
del escritor. Numerosas personalidades de la cultura internacional
como los Premios Nobel Gabriel García Márquez y Nadine Gordimer, y
otros escritores como Juan Goytisolo, Nélida Piñón, Tomás Eloy
Martínez, Sealtiel Alatriste, Gonzalo Celorio y Sergio Ramírez, entre
otros, participaron en aquellas celebraciones.
Murió el escritor dominicano Héctor Amarante.
Paz a sus restos.

NARRATIVA CENTROAMERICANA DE FINALES DEL SIGLO XX:



      Me parece que debemos hablar, primeramente, acerca de si es posible abordar a los países que hoy día conforman Centroamérica como un bloque, es decir, si podemos pensar en ellos como un todo, quizás de la misma forma en que nos referíamos a ellos en el período colonial, cuando la mayoría formaban el Reyno de Guatemala, o fueron llamados alguna vez Provincias Unidas del Centro de América.

      ¿Puede ser tratada la literatura centroamericana como si fuese una sola, con características comunes, o por lo menos no divergentes? Recordemos que en los estudios sobre literatura que se realizan en Europa o en los Estados Unidos se habla de “Literatura Latinoamericana”  como si fuese un todo, aunque nosotros mismos, los latinoamericanos (a pesar de que no sé ya si los dominicanos pertenecemos a Latinoamérica, porque en estos momentos se habla de Latinoamérica y el Caribe) no consideramos esa homogeneidad justificada, puesto que no leemos ni analizamos la literatura sudamericana como una sola, la caribeña o la antillana como un todo tautológico que abarque cada una de estas regiones. ¿En qué se parecen Cortázar y García Márquez, Onetti y Carlos Fuentes, Juan Bosch y Felisberto Hernández? Debemos advertir también que desde finales del siglo XX estamos asistiendo a una constante homogeneización de la literatura, de manera que se dejan atrás las diferentes identidades para acceder a una literatura más global, quizás presionada por el mercado. Esta homogeneidad ha provocado que escritores argentinos puedan ser confundidos con españoles, chilenos con franceses traducidos, o mexicanos con estadounidenses. Nos damos cuenta de que, a veces, si no existieran nombres latinoamericanos, calles, comidas, es decir si no existiera todo lo que rodea cosmogónicamente una obra narrativa, no nos daríamos cuenta si los escritores son latinoamericanos o no.

      Pero bueno, continuemos con la tradición de abordar a la región como un bloque, y pensemos en Centroamérica como una región de literatura más o menos homogénea, aunque realmente no sea así. Solamente la cantidad de lenguas habladas allí desmiente esa homogeneidad. Debemos tener en cuenta que Centroamérica ha dado un Premio Nobel de literatura, y uno de los poetas más influyentes de las letras hispanoamericanas, como lo fue Rubén Darío. Que tiene narradores prestigiosos como el nicaragüense Sergio Ramírez o Manlio Argueta, el guatemalteco Augusto Monterroso, la nicaragüense Gioconda Belly, la costarricense Carmen Naranjo o la novelista chilena radicada en Costa Rica Tatiana Lobo. A pesar de la tendencia a la igualdad formal que está tomando la literatura de todo el mundo (teniendo en cuenta de nuevo que esta tendencia se encuentra provocada por el mercado), no podríamos catalogar a todos los escritores o a todas las obras narrativas de los diferentes países como obras de intereses, historias o lenguajes parecidos. A pesar de que la región ha tenido que convivir con un pasado más o menos común, y a pesar, incluso, de que la literatura centroamericana de finales del siglo XX ha sido definida como “literatura de posguerra o posrevolucionaria”, refiriéndose a los diferentes conflictos armados por los que han tenido que pasar algunos países, aunque no todos, centroamericanos. Pero ni siquiera el período profundamente ideológico y revolucionario dio pie a un tipo de pseudoliteratura, o testimonial en su totalidad, que abarcara cada uno de los países que vivieron en carne propia esos conflictos. Es decir, si hablamos de literatura centroamericana, debemos hablar, sobre todo, de que la verdadera literatura de los diferentes países centroamericanos tiene un carácter propio, y que ni siquiera la globalización acelerada de finales del siglo XX ha podido producir una total homogeneidad de la narrativa de las diferentes regiones del mundo, no solamente de Centroamérica. Haciendo una breve comparación con nosotros mismos, debemos reconocer que la literatura cubana, por ejemplo, es muy diferente a la dominicana, así como lo es la puertorriqueña, sin hablar de la jamaiquina o la haitiana, cuyos idiomas son diferentes a nuestro español. La insularidad de nuestros países ha marcado estas diferencias, a veces muy profundas, insularidad no solamente geográfica, sino producida debido al subdesarrollo, el analfabetismo o los imperialismos.

      La narrativa de finales del siglo XX en Centroamérica está marcada de nuevo, como sucedía anteriormente en todos nuestros países, por el ejercicio cuentístico. Sergio Ramírez empezó como cuentista, y aún escribe cuentos esporádicamente, así como Carlos Cortés, de Costa Rica, Ramón Jurado de Panamá o el ya mencionado Augusto Monterroso. Las dificultades de escribir una novela cuando se tienen otras actividades vitales o laborales son demasiado amplias. Ha habido una lenta evolución de la novela en países como Honduras, Nicaragua y El Salvador, cuya producción novelística hasta los años 90 del siglo XX era mínima. Pero la región ha dado excelentes cuentistas. Cuentistas de la urbanidad, como Horacio Castellanos, o escritoras de cuentos experimentales, como Carmen Naranjo de Costa Rica. Si poetas como la ya mencionada Gioconda Belly han decidido escribir novelas y han tenido éxito internacional, aún la cuentística sigue siendo la labor principal de los narradores de Centroamérica. Cuentistas irónicos y extraños, como el costarricense José Ricardo Chávez, o furiosamente femeninos, como la salvadoreña Jacinta Escudos. Como es sabido, la verdadera literatura es profundamente individual, y a pesar de que algunos querrían encontrar escritores tan urbanos o tan influenciados por una realidad llegada a través de los medios de comunicación, el internet y las redes sociales, la verdad es que a finales del siglo XX no hallábamos todavía escritores que decidieran escribir como si estuviesen fuera de su propia realidad, es decir, escribir con una ausencia de identidad. Tatiana Lobo escribe novelas históricas con mucho éxito, así como Erick Aguirre con su obra “Un Sol Sobre Managua”, de 1998, que nos habla acerca del período posrevolucionario nicaragüense. La verdadera literatura (y repito esto constantemente para alejarme un poco de todo lo que nos venden con mucho éxito las editoriales y el mercado, a pesar de que no nos guste; tenemos que hurgar un poco en obras menos conocidas y hallar algunas joyas) no ha querido encontrar todavía en Centroamérica una universalidad total de su lenguaje, como tampoco ha sucedido en los demás países de Latinoamérica, es decir, no ha querido alejarse de su propio entorno. La historia, los conflictos armados, los personajes relevantes de la región (como Rubén Darío, que ya tiene su novela, posible excusa para transmitir la realidad de un período de Nicaragua, como hizo Saramago en “El Año de la Muerte de Ricardo Reis”, o como han hecho algunos escritores dominicanos sobre el período trujillista; además de personajes como Sandino o como el poeta Roque Dalton), son los protagonistas de una literatura que de ninguna manera es homogénea en el aspecto estético, estrictamente literario. El cuento Uno en la LLovizna, de Rodrigo Soto, no se parece a Color del Otoño, de Claudia Hernández.  Palabras, atmósferas, violencias, estructuras diferentes los separan. Ascensor, de Maurice Echevarría, no se parece a Batallas Lunares, de Uriel Quesada. Así como la Managua de Daniel Ortega no se parece a la Tegucigalpa de Porfirio Lobo. La serena cualidad poética de Gioconda Belly, que vive en los Estados Unidos y enfrenta otro tipo de realidad que ella ha empezado a transmitir en sus obras narrativas, sobre todo en su mejor novela “El País Bajo mi Piel”, que fue publicada ya en el siglo XXI, no es parecida al cinismo de “El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios”, de Rodolfo Arias.

      Ahora bien, como han constatado diferentes analistas (Magda Zavala, por ejemplo, que se ha referido al problema de la literatura y el mercado en Centroamérica), y como puede constatar uno mismo haciendo un poco de esfuerzo como lector, la narrativa centroamericana sí ha tenido la misma trayectoria del resto de Hispanoamérica, y a finales del siglo XX y principios del XXI observamos la misma tendencia de los demás países latinoamericanos, y de los demás países en occidente, con escasas excepciones: una literatura donde son más importantes los procesos subjetivos e íntimos, enfocándose en los individuos más que en los procesos sociales. El lenguaje es cada vez más íntimo. Aún cuando trate de presentar, no de representar, una época determinada, esa atmósfera lleva de inmediato al individuo y sus percances internos en el tiempo y la sociedad que le ha tocado vivir. Importantes son entonces los procesos psicológicos, las relaciones cerradas, en parejas o en grupos pequeños, no más allá del entorno de los protagonistas, el diálogo interior o los diálogos entre dos personas. Son cada vez más importantes las vidas asociadas a la soledad, el aislamiento emocional, el desencanto ideológico o el progreso económico individual o familiar. Son imprescindibles las dificultades entre las relaciones de parejas, casi siempre sexuales, el lenguaje es cada vez más obsceno y más directo, prescindiendo de las descripciones de lugares o descripciones físicas; se recurre a una furiosa narratividad, al estilo de los escritores de best sellers, de Jhon Grishan o de Pérez Reverte, quizás presionados de nuevo por el mercado. No existen en las novelas períodos reflexivos o manipuladores del lector, todo lo que se busca es contar, prescindiendo incluso de la crítica a la realidad. Aparecen, sí, las dificultades asociadas a la vida en el subdesarrollo, la violencia de las pandillas, el narcotráfico o la vida fuera del entorno nacional, aunque siempre desde un punto de vista individual, no social. No existe ya el testimonio, período que me parece acabado mucho antes del final del siglo, y las obras que pretenden representar un período difícil de Nicaragua, Guatemala o El Salvador lo hacen ahora desde una perspectiva completamente íntima, no ideológica o social. Aún no se ha definido un postmodernismo narrativo, quizás porque ninguno de nuestros países ha entrado completamente a la postmodernidad, detenidos como siempre en la periferia, lo cual produce una literatura diferente, no mimética. Esta literatura no se preocupa de las vanguardias ni de las posvanguardias. Su meta es Europa, pero no en el aspecto creativo (aunque esta visión se encuentra amenazada por el mercado) sino en el editorial y, quizás, vital. Se ha dejado atrás el realismo mágico. Los escritores ya no ven la literatura como una labor ecuménica, por lo que son más flexibles a las críticas y a los cambios, aunque la crítica literaria es prácticamente inexistente. La automarginación, dada a veces por motivos ideológicos o debida a la creencia de que la actividad literaria era una especie de sacerdocio, ha sido sustituida por la necesidad de fama. Como nos recuerda Adorno, algunas obras han sido escritas no como obras de arte, sino al principio como productos, buscando un público de antemano (la proliferación a finales del siglo XX de la novela histórica centroamericana, por ejemplo, debido a que había un público que pedía conocer más acerca de una región conflictiva, que hizo tan famosa en la década de los 80 del siglo XX Ronald Reagan). Como en el resto del mundo occidental, el éxito literario ya no depende de la calidad del texto. Ha aparecido una literatura que prácticamente habla mal de la patria, que la repudia, como en las novelas “El Asco”, de Horacio Castellanos, o “Mundicia”, de Rodrigo Soto. De nuevo notamos que las tendencias de la literatura centroamericana son las mismas del resto de Hispanoamérica, y que sus diferencias se encuentran en cada obra en sí misma, ya no en nacionalismos o en identidades inamovibles.

      Pero si nosotros los caribeños, o los centroamericanos en este caso ( debemos aclarar que hubo un tiempo en el cual el Caribe perteneció a Centroamérica, pero tal vez llegará el día en que no seremos ni siquiera latinoamericanos), tenemos que enfrentarnos al proceso inevitable pero doloroso de la internacionalización de nuestras literaturas, este proceso no debe estar reñido con el encuentro de nuevas formas de narrar, de contar, con narratividades complicadas formalmente, por más que nos presione el mercado. La literatura de finales del siglo XX en Centroamérica, y aún la de principios del siglo XXI, ha lidiado con este problema, a veces con éxito, otras veces no, así como los escritores que queremos buscar más allá de lo que nos sirven los grandes mercados de la palabra deberíamos acercarnos para conocernos, tan cercanos que estamos geográficamente, tan lejanos en el aspecto real. La mayoría de los escritores centroamericanos son anónimos entre ellos mismos. Un estadounidense o un canadiense puede entrar a Centroamérica sin visa, incluso sin pasaporte, un caribeño no. Un europeo conoce más a los centroamericanos como individuos que un cubano. Un guatemalteco, un panameño, un salvadoreño joven no debe saber exactamente dónde queda la República Dominicana. Hemos firmado un tratado de libre comercio económico, no artístico o simplemente humano. El resto del mundo piensa en el Salvador, en Honduras como países de maras y de narcotráfico. Tal vez sea cierto, tal vez no, ¿cómo saberlo, si no nos conocemos? Escritores famosos de Centroamérica viven o han vivido fuera de sus países, como Manlio Argueta, Sergio Ramírez o Carlos Cortés en Europa, o Gioconda Belly en Estados Unidos (¿no habremos trascendido, tal vez, el período de Rubén Darío en España?) La literatura centroamericana actual se caracteriza por una gran variedad de temas; por el eclecticismo, sin apartarse mucho de su propia identidad; aunque, como la literatura del resto del mundo, se encuentre anclada en un realismo más bien clásico: pero quizás le falte un aspecto extraliterario que nos aparta a todos los latinoamericanos: acercarse a los lectores, y a los escritores, de los demás países de Latinoamérica, obviando un poco ese eurocentrismo que todavía tenemos en la cabeza la mayoría de los escritores. Por qué no reconocer que tenemos una cantidad inmensa de lectores ahí al lado, cruzando algunas fronteras y navegando algunos mares del tamaño de lagos, apenas del tamaño de ríos muy anchos.


Máximo Vega.

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