En Hispanoamérica hay cinco
países en los cuales se venden todos los libros, es decir, en los cuales existe
el mercado editorial más importante de esta parte del continente: México,
Chile, Argentina, Perú y Colombia. Al mismo tiempo, esos países cuentan con las
Ferias del Libro más importantes de Latinoamérica. Esto sucede no sólo debido a
que en esos países se leen más libros, sino por la cantidad de habitantes, lo
que eleva considerablemente el volumen de mercado. Hay dos países en los que se
leen muchos libros, pero, o bien sea por la cantidad pequeña de habitantes, o
por las dificultades de su economía, no se venden tantos libros: Cuba y Uruguay,
dos países que históricamente han tenido grandes escritores. Por arte de algo
que no es para nada magia, precisamente todos estos países que he mencionado,
quizás con algunas excepciones, son los que cuentan con los escritores más
conocidos, los más premiados y los más promocionados.
De los cinco países a los que me referí al principio,
cuatro tienen ya premios Nobel de literatura: México (Octavio Paz), Chile (que tiene dos poetas: Gabriela Mistral y Pablo Neruda), Perú (Mario Vargas Llosa) yColombia (Gabriel García Márquez), aunque todos sabemos que Argentina hace
mucho tiempo debió obtener por lo menos un premio Nobel de literatura. La
excepción es Guatemala, que tiene un premio Nobel en Miguel Angel Asturias, que
vivía en Europa cuando lo ganó, al igual que el nicaragüense Rubén Darío, que
no fue premio Nobel, por supuesto, pero que le debe su fama (independientemente
de la calidad de su poesía) a su estancia española. Casi todos estos países cuentan
con ganadores del Premio Cervantes, o ganadores de los diferentes concursos
literarios del continente, o de España, que es la meta soñada de todo escritor
debido a su potente industria editorial.
Se puede notar, entonces, que todo no ocurre por puro azar,
es decir, que no es sólo la calidad literaria la que mueve esta clase de
premios, de galardones, de concursos. Debe ser así, admitimos, debido a que un
escritor desconocido nunca será candidato a esta clase de premiaciones en las
cuales un jurado debe evaluar las obras, es decir que debe conocerlas. Las
obras deben ser traducidas, y llegar a “los mercados grandes de la palabra”,
como canta Silvio Rodríguez. Pero esto también ha llevado a la mediocridad continua
de nuestra literatura. Las editoriales no publican poesía, con honrosas
excepciones como la editorial española Visor,
por ejemplo, lo que significa que la mayoría de los poetas hispanoamericanos
son desconocidos; además de que estas instituciones comerciales cuentan con un
pelotón de lectores, correctores, reescritores, que evalúan, proponen, rechazan,
aceptan y reescriben las obras, teniendo en cuenta además lo que indica el
mercado: obras pulcramente lineales, en estos momentos históricas o
detectivescas hasta que el marketing indique otra cosa, asépticas formalmente y,
claro, dejando a un lado la personalidad del autor, que al aparecer y
expresarse puede confundir al mediano lector. La actividad literaria, sobre
todo la narrativa, es una tarea económica, hace mucho tiempo que ha dejado de
ser una actividad artística.
Debido a esta perspectiva mercadológica de una labor que
debería ser inútil, el panorama no se ve muy halagüeño. Esperemos que la
edición independiente, los “indies”, como le dicen ahora, palabra sacada de la
industria cinematográfica norteamericana, que se vio enfrentada a los mismos
problemas, nos saque de la mediocridad, la exactitud y las matemáticas, y que
el azar vuelva a decidir la calidad literaria, en lugar de la estadística.
Estaba bebiéndome una cerveza en el balcón de mi casa cuando me informaron por teléfono quién había sido la ganadora del año 2015 del Premio Nobel de Literatura. Una periodista bielorrusa absolutamente desconocida. Supongo que el asombro por el premio fue mutuo, para ella y el público. A la propia Academia Sueca le ha resultado difícil explicar los motivos por los cuales se le ha entregado a Svetlana Alexiévich, escritora cuya lengua es la rusa, el Nobel de Literatura de este año. Siendo honestos, debe merecérselo, puesto que la Academia nos ha descubierto una serie de escritores desconocidos que cobran notoriedad con el premio, y que forman parte ya de nuestras lecturas preferidas. Ese no es el problema aquí.
Hay una gran cantidad de escritores conocidos que probablemente se merecen mucho más ese premio que los desconocidos, y que pertenecen en vida a la literatura universal. Entre ellos Milan Kundera, Amos Oz, Philip Roth. Con una terquedad que sólo puede tener cabida en un círculo cerrado e inapelable, se obvian nombres que merecen mucho, mucho más el Nobel que los premiados. Quizás el secreto está, precisamente, en ser desconocido, en dar ese golpe sorpresivo todos los años. Si ese es el objetivo, debemos admitir que lo están logrando con creces. Pero también hay un elemento que se echa a un lado cuando se analizan esta clase de sorpresas anuales: el mercado, principal institución del capitalismo, hunde cada vez más en el olvido a los grandes, excelentes o simplemente buenos escritores, mientras los escritores ligeros, los vende libros gracias a frases pegajosas, repetidas, a veces incongruentes pero muy bonitas (yo mismo encuentro esas frases bonitas, inspiradoras, pero eso no significa que sea literatura, ni buena ni mala), los engaña bobos son los preferidos por el público. ¿Por qué?, culpa de la época, Sancho, que condena a los locos al ostracismo. Esperemos que algún día se les entregue el Premio Nobel a Milan Kundera, a Amos Oz o a Philip Roth. Deberían entregárselo a Bob Dylan, porque se lo merece también. A Svetlana no la vamos a leer, tenemos demasiados buenos libros de escritores conocidos o desconocidos que debemos leer antes. Yo pienso, con la sinceridad con la que siempre me comunico en este blog, que las editoriales, el mercado literario y la Academia Sueca deberían hacerse una revisión urgente. Las unas por continuar publicando esas obras cada vez más perfectas, asépticas, lineales, limpias y saneadas como los hospitales de los países del primer mundo, es decir sin ningún interés para el lector que busca literatura y no plástico; la otra porque debe abrirse también a opiniones más allá de su ámbito académico. Ya veremos.
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La Novena Sinfonía, conocida también como "Coral", es la última sinfonía completa del compositor alemán Ludwig van Beethoven. Su último movimiento es el más importante, puesto que tiene un componente cantado, con un coro, y de ahí le viene el nombre de Coral. Su nombre correcto es Sinfonía n.º.9 en re menor, op. 125. La letra está sacada de algunos pasajes de la Oda a la Alegría, del poeta romántico Friedrich Schiller. Se sabe que Beethoven empezó a componer una Décima Sinfonía, que dejó inconclusa. En 1817 la sociedad filarmónica de Londres encargó la composición de la sinfonía. Beethoven comenzó a componerla en 1818 y finalizó su composición a principios de 1824, aunque también se sabe que dentro de ella colocó trozos de piezas escritas a lo largo de toda su vida como compositor, incluyendo el poema de Schiller, el cual tenía pensado musicalizarlo desde los 22 años.
El estreno de la Novena Sinfonía se realizó diez años después de la Octava, el 7 de mayo de 1824 en el Kärntnertortheater de Viena, que en ese momento era la capital de la música en Europa, junto con la obertura de Die Weihe des Hauses y las tres primeras partes de la Missa Solemnis. Esta fue la primera aparición en escena de Beethoven después de doce años. La sala estuvo llena, pero las siguientes presentaciones de la Sinfonía no tuvieron mucho éxito. Beethoven ya estaba enfermo, y los siguientes tres años no salió de su casa, agobiado por las enfermedades. Beethoven fue un compositor que creó poco, si los comparamos con compositores como Bach o Mozart. Como buen romántico, era un perfeccionista, y prefería componer poco corrigiendo hasta la perfección la música, que componer mucho. Mozart y Bach creían más en la inspiración. En el año 1827 murió Ludwig van Beethoven, tres años después de estrenada la Novena Sinfonía. Tenía sólo 57 años, y estaba completamente sordo.
Me corresponde hoy, sábado 18 de julio, presentar en este comité provincial de la UNEAC de Santiago de Cuba, el
libro de cuentos ´´ERA LUNES AYER´´ {Colección del Banco Central de la República Dominicana,
2014) del escritor Máximo Vega, a quien los cubanos conocíamos desde el año dos
mil por su insólita novela “Juguete de Madera” {Editorial El Bolsillo, Santiago
de los Caballeros, 1996}. He dicho ´´insólita´´ porque ya desde entonces Vega
puso al descubierto su vocación para abordar asuntos escabrosos, pero increíblemente
cotidianos del peculiar tejido social caribeño. Esa vocación se ha vuelto
obsesión en este cuaderno que integran veintidós relatos en los que el autor
penetra con absoluto desenfadado, pero eludiendo el facilismo degradante de la
vulgaridad. en circunstancias que van desde cotidianas y publicas adicciones
hasta las las más ocultas perversiones personales de sus personajes, drogadictos,
torturadores, pedófilos... También se defiende con limpieza de la morbosidad
que habitualmente genera estos temas y asuntos tan espinosos, mediante la hábil
construccáon de la atmósfera que envuelve al lector y convierten absurdos y
rarezas del comportamiento humano en conductas casi ordinarias.
Así, la construcción de ajustadas atmósferas
tiene dos columnas: una esta dada por el conocimiento exhaustivo de las
circunstancias que aborda y la aguda penetración sicológica de los personajes
que en ella participan, ello permite que estas criaturas vean a otros y se vean
a si mismas con mirar critico y a veces hasta censurador, pero sin poder {ni
querer} cambiar de curso de los acontecimientos, como si la vida se deslizara
irremediablemente cuesta abajo. La otra columna es la utilizacion del lenguaje,
y en ella quiero detenerme porque es a mi juicio, el elemento de mayor
calificacóon y logro en estos cuentos, pues es el que consigue, como el
lubricante de las maquinarias, que los otros componentes se realicen, rompan la
inercia y fluyan hacia el lector. La utilización, evidentemente adrede de un
lenguaje coloquial y descomedido vuelve amigable cada pieza y hace amena la
narración de historias que de que otra forma resultarian densas y acaso de una
perversidad poco digeribles. Más {o mejor} que narrar en el sentido académico
del termino, el autor conversa confesionalmente con el lector, lo hace
participe de hechos extraordinarios y al mismo tiempo, lo bombardea sutilmente
con juicios atinados y observaciones detallistas que le permiten llegar a la
brutal conclusión de que esos hechos pasmosos eatán ocurriendo cada día- inadvertidamente-
ante sus propios ojos. Y del lenguaje se desprende el mérito mayor de este
libro de cuentos y es que se deja leer, que sabe atrapar al lector y consigue
sin esfuerzo algo tan difícil de lograr de entretenimiento que han creado los
adelantos electrónicos.
Por lo tanto, no es necesario hablar de las
virtudes de MAXIMO VEGA, como narrador, su oficio y madurez en el género quedan
expuestos en esta obra, tanto como sus habilidades personales para quebrar a
voluntad los entes de espacio y tiempo narrativo, no de manera preciosista ni
caprichosa, sino según lo piden el cuerpo y el enigma de cada historia. Así
que, no estoy elogiando al autor de ´´ERA LUNES AYER´´, me he limitado a exponer
brevemente los méritos reales de esta obra y conseguir el interés de ustedes,
que tendrán a su disposición algunos ejemplares de la misma en la biblioteca
provincial ´´Elvira Cape´´. Si quisiera emitir algún elogio personal al autor,
diría que en lo más intimo me hubiera gustado haber escrito yo algunos de estos
cuentos como ´´ HISTORIA DE DIEGO Y CLASICA, ´´ ´´EL FULGOR OSCURO´´ ´´
HISTORIA DEL FUTURO´´ ´´EL HEROE´´ ´´EL BOXEADOR Y LA ARTISTA´´, y quizás algún
otro ....... Muchas gracias…
(el autor es
narrador, historiador y doctor en filología).
Oscar Rodríguez, diseñador gráfico,
artista plástico, silviólogo, compositor, ha tratado de unir todas estas
facetas en una sola exposición fundamentada en el Arte Óptico, también llamado
Op-Art. Esta corriente artística abstracta, surgida en los Estados Unidos a
mediados del siglo XX, se basa en efectos ópticos pictóricos que tienen que ver
con el terreno audiovisual (la pantalla televisiva y el video,
en los años 50 y 60 del s. XX), y con la tecnología (por esto mismo, quizás,
surgió en los Estados Unidos), y esta razón hace comprensible que un experto en
diseño gráfico a quien le atrae la tecnología, la multimedia, el arte no
tradicional, el arte digital, se sienta inclinado a realizar una muestra de
artes plásticas de este tipo, sustrayendo los efectos ópticos de la pantalla
del computador para llevarlas al papel o a un lienzo; es decir: sacar el diseño
de su cárcel de dos dimensiones y llevarlo hasta la tridimensionalidad. Incluso
las exposiciones que ha realizado Oscar en homenaje a su admirado cantautor Silvio
Rodríguez, se encuentran emparentadas con esta exposición, puesto que los
puntos, las líneas, los colores, que constituyen la base del Op-Art, tienen
características musicales, con los círculos, las demás figuras geométricas y
los colores básicos suspendidos en el tiempo y el espacio. Sus obras regresan a
los precursores del movimiento, a Víctor Vasarely, a Jesús-Rafael Soto, etc.,
como si viajáramos al pasado y a través de la tecnología actual pudiésemos
recrear el arte cinético, el arte mínimo y, claro, el “Optical Art”.
A
Oscar Rodríguez lo conocí cuando estudiábamos en la Escuela Hermano Miguel, nuestra
alma mater. Lasallista como yo, y como otros artistas de Santiago, como Puro
Tejada o Manuel Llibre, por ejemplo, es sumamente satisfactorio que esa
escuela haya dado tantas figuras que se han dedicado al arte en nuestra ciudad.
Debemos mencionar también que Oscar es compositor de canciones, y que como tal
ha obtenido galardones en diferentes concursos. En uno de ellos yo fui el
presidente del jurado. La capacidad de Oscar para la versatilidad y al mismo
tiempo el desorden es proverbial. El desorden, el caos, el cual es una de las
condiciones primordiales de la creatividad: el caos provoca la creación. El
compositor Oscar Rodríguez se encuentra también en estos cuadros serializados,
puesto que no están pintados, sino impresos en tela, es decir que pueden ser reproducidos
interminablemente, lo cual representa muy bien nuestra época mercadológica. El
mercado es la principal institución del capitalismo. A Andy Warhol se le
ocurrió pintar muchas veces una lata de sopa Campbell´s, pero no pensó que ese
cuadro podría ser reproducido hasta el infinito sin que perdiese su objetivo
inicial, su objetivo conceptual. La pintura, ya lo sabemos, ha perdido su valor
de objeto único, porque todo ha perdido su valor de objeto único. Tener una
reproducción impecable de La Monalisa
ya no se diferencia de tener la original, que se encuentra en el Museo del
Louvre y que sabemos nadie la puede tener. La
Monalisa es un cuadro pequeñito, no muy
impresionante cuando la contemplamos en el Louvre, luego de que se ha visto
tanto a través de los medios de comunicación, y ya no hay mucha diferencia para
el espectador entre la original y la copia. Lo mismo puede decirse de las
composiciones musicales. Se reproducen interminablemente en la radio, ahora en
la computadora o el internet, hasta que nos cansamos de ellas, las dejamos
descansar y volvemos a escucharlas más adelante, o no volvemos nunca. Ese es el
espíritu de estos cuadros de Oscar. Pronto a graduarse de la carrera de
Publicidad en la Universidad Autónoma
de Santo Domingo, el diseño gráfico, la composición de canciones ligeras para
la radio tradicional, el mercadeo y la publicidad tenían que provocar en él un
encuentro con la serialización que al final se ha producido en esta exposición.
Nosotros
los dominicanos nos hemos acostumbrado a que los artistas nacionales sean unos
perfectos desconocidos, y que el arte sea una actividad oculta, underground. Que
haya Ferias del Libro en el mundo entero pero no inviten a los escritores
dominicanos, que haya Festivales de Teatro, Bienales Internaciones de Artes
Plásticas, Festivales de Música y los artistas dominicanos no participen. Nos
hemos acostumbrado a que el estado no haga su papel en ese sentido, y que los
artistas sean personajes anónimos que se valen de la bondad de los medios de
comunicación, de la amistad y de los limitados recursos de la autogestión para
ser reconocidos, aunque sea un poco. Me parece que eso tiene que cambiar. Los
artistas, indigentes del estado, mendigos en una sociedad predominantemente
artística, autogestionan sus espacios, debido a la pusilanimidad de nuestros
gobiernos. Por eso ha surgido una galería de arte llamada Tríptico, en la
ciudad de Santiago, República Dominicana, en la cual Oscar expone sus cuadros.
Con una inmensa generosidad y una apertura que sólo puede ser posible en la
indigencia (esta exposición se ha montado con nada, sin dinero y con muchas
ganas), Tríptico se ha posicionado rápidamente como la principal galería de
arte de la ciudad.
Quiero
hacer notar al lector que, si se dirige a la exposición, se detenga delante de
una de las obras, específicamente un espejo en el cual la figura humana, es
decir, la persona que se refleja (para lo cual está construido un espejo, por
supuesto), se rompe en múltiples trozos, y la figura se desdibuja hasta que
sólo podemos apreciar una sombra. No sé si este fue el objetivo original del
artista, puesto que el espejo en sí mismo es una obra sumamente atractiva,
quizás la más llamativa de toda la exposición, pero este desdibujamiento de la
figura humana también nos lleva al concepto de la serialidad, de la pérdida de
la identidad, de los valores (es decir, la serialidad como un reflejo, o
crítica, de la sociedad mercadológica y del capitalismo salvaje, que esperamos
que algún día desaparezca) y de la individualidad. Hago notar esto al
espectador, puesto que puede acercarse a ese espejo con una visión conceptual
que se encuentra más allá de la propia presencia atractiva, “bonita”, del
espejo en sí mismo.
En
medio del ambiente rutinario del arte dominicano, es saludable, refrescante y
necesario que se empiecen a buscar nuevos senderos que no tengan que ver con
las instalaciones, el arte efímero y un arte conceptual que no tiene nada que
ver con nosotros y que no es para nada vanguardista, porque siempre estaremos
en la periferia, nunca llegaremos a ser vanguardia. “Aquí todo llega tarde,
hasta la tarde”, escribió nuestro poeta Manuel del Cabral, así que acogemos,
apoyamos y saludamos estas obras de Op-Art de Oscar Rodríguez, artista gráfico,
compositor, pintor, escultor, publicista, silviólogo, lasallista y a veces
cantante cuando no aparecen por allí otros cantantes (aunque no tenga buena voz,
lo cual, aunque él no lo crea, agradecemos por su originalidad). Un
inconformista que ha tratado de buscar siempre nuevos motivos, desde su ya
legendario “Artefactus” hasta sus soeces y sarcásticas “Heces”, acompañado por
el artista Juan Gutiérrez, uno de los propietarios de la galería “Tríptico”. La
propuesta de la muestra Heces responde a un marco teórico, y entendemos de
inmediato lo que nos insinúa cuando leemos lo que escribió el propio Oscar
sobre ella: “La obra de arte, como objeto encantado que provoca en el soñador
estudio y realización”, nos dice Oscar, “será siempre cambiante para seguir
sembrando el cementerio de hechos. O sea que la obra de arte es eterna en cada
tiempo del artista. El artista asume la experiencia de las obras, pero crea su propia
obra, estableciendo su visión actual. Y así lo harán todos, por los siglos de
los siglos”. Pero al mismo tiempo nos indica que el título de su exposición
trataba de desmitificar “la eternidad de la obra de arte”. Se planteaba “la visión plana de la pintura
y usaba colores puros como los expresionistas abstractos y los fauvistas.
También eran obras abstractas, pero con formas orgánicas y geométricas”.
Notamos de inmediato que esta muestra es una extensión de las ideas ya
planteadas en aquélla.
Apoyamos
esta exposición de Oscar Rodríguezcomo una muestra diferente de un
arte contemporáneo dominicano que se ha encasillado pero que siempre, por sí
mismo (como ocurre con el verdadero arte), encuentra su propio camino, como si
hablásemos de la evolución de las especies, o de algo absoluto que no necesita
de nada, ni siquiera del espectador, para ser Arte.
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos; le llamaban la guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.