Tres novelas de J. M. G. Le Clézio: Onitsha, Desierto y La Cuarentena





Jean-Marie-Gustave Le Clézio es un gran escritor. La mayoría de sus novelas y ensayos abordan el mestizaje y el proceso de enriquecimiento del capitalismo a través del colonialismo. Sus novelas son libros de viajes. Le atraen las culturas milenarias y originales, poniendo de manifiesto el hecho de que esas culturas son mucho más ricas, interesantes y profundas que la dominante hoy día, es decir, la civilización europea. Pero al mismo tiempo, debido a que sus historias transcurren en el tercer mundo, parece contarnos también que los reyes y los emperadores de hoy pueden ser los mendigos del mañana. Sus novelas son, en realidad, fábulas. Algo de irrealidad y de inverosimilitud transmiten, a pesar de las atrocidades que suceden en ellas, y a pesar de que se encuentran sustentadas en hechos históricos irrefutables. Sus personajes son demasiado místicos o demasiado dignos. Quizás sucede así porque están enfocadas desde el punto de vista de un europeo, es decir, no están contadas desde dentro. Las cuenta alguien que ve, y que trata de entender. He leído sólo tres novelas suyas (es bueno consignarlo antes de continuar), publicadas por la editorial Tusquets: Onitsha, Desierto y La Cuarentena. En Onitsha, su personaje principal, un niño inglés que viaja al África, habla de su madre como si se tratara de su amante. Desprecia a los pedantes colonizadores ingleses que maltratan a los verdaderos dueños de esa tierra, empieza a entender la originalidad de las culturas yorubas que surgieron hace miles de años a orillas del río Nilo. En Desierto aparece Lalla, una niña árabe, que se enamora de un niño mudo descendiente de los tuaregs (al autor le atraen los personajes mudos o sordomudos, que son reiterativos en su obra), que es despreciado por el pueblo de ella, que los ha adoptado a ambos. Lalla viaja a Francia, y al crecer se convierte en una modelo famosa de fotografías, pero es incapaz de permanecer en un país que no comprende. Analfabeta, embarazada, Lalla parece pertenecer sin remedio a una civilización sin la cual se siente desarraigada. Simultáneamente, se cuenta la historia de los tuaregs, imperialistas, guerreros, derrotados por el “ejército cristiano” francés que invadió Marruecos durante el siglo XIX para cobrarse una deuda bancaria de su rey (como sucedió aquí en la República Dominicana a principios del siglo XX, invadida por los Estados Unidos por la misma razón). En La Cuarentena, un niño que espera a su abuelo en un bar de París se encuentra de repente con Rimbaud y Verlaine (Rimbaud: rebelde, violento, joven, depresivo; Verlaine: tranquilo, aburguesado, maduro), y empieza a recordar entonces la historia de su abuela Suzanne, que citaba los versos de Rimbaud, la historia de su abuelo Jacques, pero también la vida del hermano de su abuelo, Léon, el Desaparecido, que abandonó a su familia por el amor de una mujer hindú después de un viaje infernal a las islas Mauricio. Es la más cruda de las tres novelas. Se cuenta al mismo tiempo los avatares de los inmigrantes hindúes, engañados por las empresas inglesas para irse a morir a las islas Mauricio (creyendo ellos, claro está, que llegarían al paraíso). Pero lo que más nos sorprende de las novelas de Le Clézio es el uso del lenguaje. Está compuesto por una sucesión de bellezas que a veces nos agota. Tiene un gusto casi romántico por las culturas antiguas, exóticas, lo cual le confiere un tono épico. Sus descripciones, sumamente poéticas, elevan estas fábulas atroces, puesto que contadas de otra manera nos resultarían insoportables. Lo único que le reprochamos es cierta tendencia a la cursilería, una mínima tendencia a lo cursi, que le soportamos debido a la belleza que rodea tantos “sueños”, “mares”, “estrellas”. En La Cuarentena, los cipayos asesinan a bastonazos a los inmigrantes, pero sabemos que la vida sigue siendo bella gracias al uso del lenguaje. A veces aparece La Fría, como un espectro, una mujer enferma que carga por los caminos cipayos a su hijo muerto. En Desierto, los tuaregs son diezmados debido al dinero, la causa más pueril y banal del mundo (pero la causa que mueve hoy todas las cosas). Sus descendientes están condenados a vivir en los basureros del planeta. Como estamos condenados nosotros, habitantes de un tercer mundo lleno de corrupción y violencia. “Pero alguna vez fuimos reyes”, dirá alguno; alguna vez antes de los imperialismos y las colonizaciones, antes de la esclavitud: debemos entender que los personajes de sus novelas somos nosotros también. Vamos a leer estas tres novelas de Le Clézio, Premio Nobel de Literatura del año 2008.


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José Alcántara Almánzar



Máximo Vega Era lunes ayer

(Palabras de presentación del libro de cuentos de Máximo Vega en la Biblioteca del Banco Central, Santo Domingo)

El libro de cuentos de Máximo Vega, cuyo título, Era lunes ayer, podría sugerir al lector un conjunto de crónicas periodísticas, semblanzas o ensayos, lo primero que debo aclarar es que se trata de una colección de ficciones, es decir, invenciones, creaciones de la imaginación que tienen su raíz, qué duda cabe, en la más elocuente realidad. Una realidad social y cultural de evidencias irrefutables, a menudo atroces, pero sobre todo la realidad íntima y personal del autor, que es siempre el punto de partida del viaje a la ficción, porque nadie puede pergeñar auténticas obras sin ese empuje avasallador e intransferible que solo emerge del corazón y la mente de un artista que pone al rojo vivo lo que en ideólogos y políticos se convierte en falacia y ocultamiento.
Máximo Vega cuenta historias y sabe hacerlo con un estilo claro, ágil, en el que se advierte de inmediato su dominio de la técnica de narrar cuentos, yendo directo al grano, sin eufemismos ni edulcorantes, sin ridículas poses de salón ni sentimentalismos fatuos. Aprendió bien sus lecciones con maestros de la estatura de Juan Bosch, a quien tributa un homenaje en la última historia. El libro contiene  una veintena de relatos de seres humanos comunes y corrientes, cuyas vidas son ejemplos del fracaso en sus más variadas formas. Son individuos que sucumben a la rutina, el anonimato, la precariedad, las amarguras de relaciones tortuosas de desamor, infidelidad y traición.
Un rasgo dominante en los cuentos de Vega es el flagrante erotismo que recorre muchos de ellos, y la voz del narrador lo hace sin ambages. Abunda el sexo por dinero, el sexo como válvula de escape, el sexo prostituido. Toda la sociedad, con sus lacras y deformaciones, asoma el rostro en las páginas de este libro. En cada historia asistimos a un capítulo de la corrupción, la desigualdad, la discriminación, la opresión, la violencia, la inseguridad, el desamparo de los marginados.
Los textos de Vega pueden interpretarse como transgresiones a la moral establecida, un frontal ataque a la doble moral que nos ahoga. Son intentos de penetrar en la sordidez y la desesperanza de unas vidas sin alicientes ni destino. Pero más allá del efecto perturbador de una escena o una frase implacable, lo que impresiona es la crudeza para contar los aspectos más venenosos de las relaciones entre hombres y mujeres. Algunos son cuentos desgarradores y crueles sobre una violación, un infanticidio, un incesto en primer grado, en todos late algo macabro que nos estremece.
El autor revela en este libro que es uno de los cuentistas de mayor talento de nuestro país y que conoce a fondo los secretos de un género que si bien ha evolucionado como pocos, constituye un desafío para cuantos pretenden cultivarlo. Sus cuentos, en los que muestra un diestro manejo de las estructuras y técnicas de la narrativa breve, son nuevas formulaciones, miradas novedosas de unas realidades ya conocidas que él transforma en cada página, con un lenguaje que corta con la precisión de un bisturí.
La irreverencia se expresa no solo en la procacidad lúbrica y la expresión salaz, sino en el hastío de lo familiar, convertido en prisión o infierno, lejos de ser habitual remanso; en la crítica mordaz a las iniquidades sociales; en la ironía, el sarcasmo, la implacable visión del entorno, el voyerismo, la autocomplacencia, el odio al trabajo y a las buenas costumbres.
Muchas de las historias de Era lunes ayer, un título engañoso que no nos dice mucho de lo que vamos a presenciar, ocurren en Santiago de los Caballeros, la patria chica del autor, una ciudad que se ha vuelto insegura y caótica, como casi todas, con sus basurales y el humo asfixiante del famoso vertedero, sus endrogados, sus rateros, sus boxeadores, pintores y músicos fracasados, sus brujos de ocasión, sus travestis, fisgones y mujeres de arrabal que a veces exhiben más compostura que las grandes damas de sociedad.
En conclusión, Era lunes ayer nos sumerge en los laberintos que se encuentran bajo las felices mendacidades de la publicidad, con su desfile de figuras impolutas, vestidas con atuendos deslumbrantes y perfectos. Son cuentos que nos estremecerán y nos harán reflexionar sobre este ominoso presente en que vivimos.


Muere Ana María Matute

Ana María Matute (1925-2014) ha fallecido a los 88 años en Barcelona, según ha confirmado la Real Academia Española (RAE), donde ocupaba la silla K. La autora de «Olvidado rey Gudú», que recibió el Premio Cervantes hace tres años, trabajaba actualmente en otra novela que verá la luz en septiembre. La escritora ha muerto en el Hospital de Barcelona un mes antes de cumplir los 89 años, tras haber sufrido hace unos días una crisis cardiorrespiratoria.
La capilla ardiente con los restos de Ana María Matute se abrirá mañana, jueves 26 de julio, a las 15.00 horas en el Tanatorio Les Corts de Barcelona y el funeral se celebrará al día siguiente, desde las 13.00 horas, en el mismo tanatorio, según han informado fuentes de la editorial Destino.
Escritora... por muchos años proclamábamos en cada primavera, por cada novela. En la avenida Virgen de Montserrat, donde vivía Ana María Matute, ha quedado un sillón vacío donde ella cartografió universos remotos. Las jornadas de la escritora comenzaban con un café y el crucigrama que culminaba en ese sillón. Luego se metía en su cuarto para amasar sus harinas novelescas. Conversar con ella era un goce de humor inteligente. Recordamos una de aquellas mañanas. Desde la terraza de su sobreático identificamos el territorio Marsé: la Ronda del Guinardó y el Carmelo. En la sala de estar, un hogar de hierro forjado.
En la mesa de centro, el «Viaje en autobús» de Josep Pla. Una lámpara con una pantalla salpicada de nombres de escritores: Torrente Ballester, Camilo José Cela, Ramón J. Sender… Videos, libros de historia y abundante literatura anglosajona en las estanterías. Cuadros: uno con grabados de «Alicia en el país de las maravillas» de Lewis Carroll; otro, con un mapa de Madrid en 1635. Las gafas de la escritora reposando sobre el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, su otro sillón de las palabras.
Cuando la escritora hablaba de sí misma, lo hacía en tercera persona, como si apelara a esa niña traviesa que siempre fue: «¡Cosas de la Matute!», exclamaba. Hija de familia burguesa, el 26 de julio del 36, Matute cumplía 11 años: mientras ardían las iglesias, los anarquistas colectivizaban la fábrica de paraguas del padre, y la familia escondía un fraile y una monja con una cheka muy cerca de casa... «Intuíamos aquella guerra, pero no podíamos denominarla. Éramos la Generación de los Niños Asombrados».
Matute escribió su primera novela aquel verano del 36 en Barcelona y la tituló «Juanito». Por las noches iba con una linterna a la habitación de mis hermanos para leerles un capítulo, que acababa con un Continuará… Su obra estaba impregnada del espíritu de una infancia con más sombras que luces que abominaba de la ñoñería. La escritora era crítica con los niños de hoy. Harry Potter le parecía bien como estímulo de la imaginación. Le fastidiaban los cuentos políticamente correctos «porque no hay ángeles y las hadas están adulteradas» y denunciaba las carencias de esos chavales abducidos por las nuevas tecnologías: «Manejan el ordenador mejor que nadie, pero no saben quiénes eran Caín y Abel. Y no en el aspecto religioso, sino como expresión cotidiana. A los 15 años es peor, porque entonces se creen que saben. Y más grave todavía: personas que tienen una responsabilidad social y que cometen faltas de ortografía. De jovencita, si algún pretendiente me escribía con faltas de ortografía, aunque fuera el chico más guapo del mundo yo lo descartaba rápidamente. Me parecía horrible que un joven de 15 años cometiera faltas de ortografía. Fíjese… ¡Ahora me quedaría sin novio!».
En aquellos años, se deleitaba con «La recherche» de Proust y las «Cumbres borrascosas» de Bronte, que leyó a los 17 años. Todavía conservaba el libro en su biblioteca. Colección La Nave: «Se cae a trozos, no se puede ni tocar… A veces pienso: ‘¿Para qué escribir? ¡Que escriban otros! ¡A mí lo que me gusta es leer!» Y luego, añadía con una voz tristona, «resulta que no puedes vivir sin escribir...». El 6 de enero del 59, cuando ganó el premio Nadal con «Primera memoria», la Matute lo estaba pasando mal. Ya había publicado «Los Abel», «Fiesta al Nordeste», «Pequeño teatro», «En esta tierra» y «Los hijos muertos»… pero escribía cuentos semanales para la revista Garbo con su hijo Juan Pablo de pocos años en las rodillas y las manitas en el teclado de la máquina. Una foto de aquellos tiempos difíciles le acompañó siempre en su velador de escritora. Su matrimonio con el fantasmalRamón Eugenio Goicoechea había naufragado; en las «historias de niños», con las que algún crítico patoso le tejió un sambenito, la escritora se identificaba con esos pequeños náufragos que expresan la verdad que más duele; esa verdad que la edad adulta, haciendo honor a su nombre, adultera.

Estaba en todas sus novelas

Sus novelas no eran autobiográficas… pero ella estaba en todas ellas. Sucede con «Luciérnagas», censurada en su integridad y no publicada hasta 1993. Los niños, como lucecitas en el tenebroso apagón de la guerra civil. Luego, en la humillada Barcelona de la posguerra, la Matute veinteañera se sentía libre por la escritura. Y es que esa niña a la que cohibieron las monjas por su tartamudez nunca sintió la angustia de la página en blanco. Recordaba a su madre como una mujer buena pero muy severa que le sorprendió el día de su matrimonio… Le trajo una caja con todos los cuentos que Ana María escribió de niña: «Yo nunca sospeché que ella guardaba eso, jamás, pensé que aquellos cuentos se había perdido, o roto…».
Ignacio Agustí la contrató para escribir cuentos en el semanario Destino. En su juventud cultivó la bohemia en una ciudad de gabardinas y contactos furtivos. De los barrios altos se bajaba con sus hermanos al Barrio Chino: era la única chica del grupo. Al final de la Rambla entraban en un bar repleto de discos de la Piaf, el Pastís. En honor a la Matute ponían en el tocadiscos una canción que le emocionaba: «Petit garçon perdu». La inocencia florece también en los barrios bajos. En aquella Barcelona triste, recordaba, fue «donde yo conocí el amor y conocí la esperanza y donde lo creí todo. No sabía nada pero lo creí todo».
Empezamos a leer a la Matute en los años de Bachillerato –plan del 66- con «El Jarama» de Rafael Sánchez Ferlosio. Era la generación de las postrimerías de los manuales. Dos libros, «Pequeño teatro» y «Los niños tontos,» se asociaban a aquellos días de antologías escolares. Cuando se lo mencionábamos, la Matute exclamaba: «¡Oh! El “Pequeño teatro”… ¡Si es el peor libro que he escrito en mi vida! Lo escribí a los 17 años y se nota». Pero luego matizaba con picardía: «¡Hombre! Para haberlo escrito a esa temprana edad… Chapeau. Yo misma lo digo, ya ves que no soy nada hipócrita...».

La lengua de Cervantes

Escritora catalana en castellano, siempre reivindicó la lengua de Cervantes. De padre y abuelo catalán, su madre provenía de la Rioja: «Escribo en castellano porque mi madre nos hablaba en castellano y la madre siempre influye más en la educación. Es el idioma que pienso», proclamaba. Académica y premio Cervantes de las Letras, la Matute nunca militó en el feminismo literario. Creía en las mujeres escritoras, pero no en la literatura femenina como género diferenciado, porque tampoco creía en la literatura masculina. A los dictados del márketing editorial oponía una palabra galega «¡Judiose!». La Matute. Siempre la Matute.

(Tomado del periódico ABC.es)

Era Lunes Ayer (cuentos)



 “Máximo Vega (Santiago de los Caballeros, 1966), al escoger Era Lunes Ayer como título para este libro de ficciones, no da ninguna pista al lector que le permita siquiera suponer el contenido de la obra, en la que él demuestra con creces su dominio del género, logrado a base de estructuras y técnicas innovadoras que constituyen un verdadero aporte a la narrativa breve dominicana. En estas historias –como prefiere denominarlas su autor-, su aguda mirada transforma de continuo las realidades humanas más escabrosas a través de un lenguaje lleno de osadas propuestas. Muchos de los cuentos resultan a menudo irreverentes, mordaces, lúbricos. Son espejos en los que se reflejan la doble moral y las perversiones que corroen todo el tejido social, pero a la vez invitan a la reflexión profunda sobre el descalabro de una sociedad atrapada en el consumo, la fama o el delirio de poder. Una vez iniciada la lectura de un cuento de Vega, no podremos abandonarla, lo cual es en sí mismo un mérito, ya que un alud de palabras nos atrapa forzándonos a continuar hasta el final. Máximo Vega prueba en este libro que ahora publicamos bajo el sello de la colección bibliográfica del Banco Central que es, no sólo uno de los cuentistas más importantes del interior, sino uno de los narradores de mayor talento y proyección de nuestro país en la actualidad.”

Jorge Luis Borges

Un poquito más sobre Cien Años de Soledad



          Perdido en una selva imaginada por Gabriel García Márquez, un hombre llega con su mujer a ningún lado –el hombre es José Arcadio Buendía; la mujer, Úrsula Iguarán-, y, como el fundador en “¡Absalón, Absalón!”, de William Faulkner, crea un pueblo. En el caso de Faulkner, el pueblo crece alrededor de una casa, en el de Márquez, se crea un pueblo de la nada. Como Juan Carlos Onetti, como Faulkner, como Virgilio Díaz Grullón, como Pedro Péix, García Márquez hace transcurrir sus historias en ese pueblo, que repite su nombre en sus cuentos y sus novelas, aunque a veces, no por incapacidad sino por cierta tendencia a la infinitud, traicione la geografía; ese pueblo es un lugar imaginario, y es también un símbolo. La novela empieza con la fundación total de un mundo: ese pueblo debe ser nombrado –se le llama, ya lo sabemos, “Macondo”-, pero también debe ser llenado de objetos, de personas, de inventos, de espejos, de casas, de sueños, de mitos, de nombres, de palabras y de injusticia. Tal es la extraordinaria capacidad cosmogónica de su autor.
          ¿Qué se puede decir de Cien Años de Soledad? Acaso es la novela que ha poblado con más vigor la imaginación literaria de mi generación, muchísimo más que El Quijote de Cervantes. Su entrañable cercanía a todos los latinoamericanos, nos provee de una obra que sentimos más nuestra que aquellas desventuras modernas del hidalgo demente y su escudero materialista. Su mitología esencial, a veces prestada de las propias leyendas americanas, a veces inventada por completo por el autor, es demasiado cercana a nuestra idiosincracia o a nuestra mentalidad caribeña, para que nos deje indiferentes. Y, por supuesto, su lenguaje a caballo entre el despiadado sur de Faulkner y el realismo maravilloso de Carpentier, se ha perpetuado gracias a su amplia legión de discípulos, desde Isabel Allende hasta Eliseo Alberto. Si algún nombre literario define a Latinoamérica –como quizás Shakespeare define la literatura inglesa, Camoens a la portuguesa, Goethe a la alemana, o Dante, Petrarca y Bocaccio a la italiana; pero siempre quizás – es el de Gabriel García Márquez, cuya necesidad se encuentra fuera de toda duda. ¿Puede Latinoamérica jactarse de poseer una literatura y un lenguaje propios? Claro que sí. No deseo yo aquí, de ningún modo, disgregarme mencionando la petulancia senil de su autor, o el acoso a que Márquez ha sido sometido por escritores de su propio país, y de otros países latinoamericanos, debido a sus ínfulas de grandeza y a un supuesto amor, ya no secreto, por el dinero (en uno de sus libros, un escritor colombiano lo llama “García-márqueting”). Tampoco quiero referirme a mis trozos preferidos de la novela, obviando las mariposas amarillas, truco plástico que apenas recuerdo, aunque permanecen en mi memoria aquel sueño terrible de Aureliano Buendía, sueño sucedido en la realidad real, fuera de la novela, cuando él navega en un tren lleno de cadáveres luego de una huelga; el principio irrepetible de la creación del mundo que es la creación de un paraíso que los hombres corrompen; las presencias fatales de Rebeca y Amaranta; Pietro Crespi, el personaje más desdichado de toda la novela; la llegada del imán con el circo de Melquíades; la enfermedad del olvido; Úrsula viendo llover sobre Macondo. La vastedad y la importancia de Cien Años de Soledad, en estos tiempos en que se cumplen 40 años de la feliz publicación de ese monumento, me obligan, como fiel lector de su cosmogonía, a humillarme ante la magnitud de esa obra, y su legado imperecedero.








Los libros de la isla desierta, Carlos Ardavín

Este es el volumen "Los libros de la isla desierta", en el cual se le pidió a una serie de escritores dominicanos que hablaran un poco acerca de un libro que haya tenido algún impacto en sus vidas, o, como nos dice la portada "su libro predilecto". En mi caso elegí un libro de texto, y lamentablemente el texto tiene un error, del cual yo soy el culpable, por supuesto, y no Carlos X. Ardavín Trabanco, el compilador, que hizo un trabajo magnífico. Así que coloco aquí el texto correcto, sin una palabra que está demás en el original.






UN NOMBRE:

          Vamos a comentar un libro de texto de 7mo. Curso, ¨Nombre¨, de Carmen Pleyán para Editorial Teide, al cual deseo hacerle un pequeño homenaje debido a todo lo que he descubierto a través de él.
          Es un volumen español, de Barcelona. El sistema de ese libro es sumamente sencillo, y ha sido copiado innumerables veces: aprovechando una serie de textos literarios, se analizan las reglas gramaticales, y por extensión nuestro idioma, el español. En ese libro leí por primera vez a Pío Baroja, a Camilo José Cela, Azorín o Rabindranath Tagore. En el breve relato de Azorín, encontré a un niño que se entretenía en las noches mirando el universo a través de un telescopio, un capítulo del libro “Confesiones de un Pequeño Filósofo”, en el cual el maestro escribía quizás sobre sí mismo, acerca de un aprendiz de astrónomo que escogía el conocimiento y la soledad. En ese capítulo hallé una palabra extraña: “anemómetro”, una palabra nueva para un objeto que nunca había visto. ¿Qué era un anemómetro? El cuento “Polifemo”, de A. Palacio Valdez, probablemente el primer cuento completo que leí en mi vida, puesto que llegué tarde a la literatura, una historia melodramática sobre un niño huérfano que se encariña con un perro ajeno. Un capítulo de “Kim”, de Rudyard Kipling, un poema de Antonio Machado. Leí la historia de un niño que mira por la ventana la lluvia caer, y nos cuenta: “Anoche ha llovido de forma tal que el agua chorreaba por los vidrios”, que es un trozo de “El Retorno” de Eduardo Mallea, entonces cuando llovía encima de mi casa de madera en un barrio pobre de Santiago trataba de sentir la misma emoción de aquel niño del cuento, o releer el cuento mientras escuchaba la lluvia caer sobre el techo de cinc. Unos versos de Rafael Alberti, que escribe como un poeta que habla con el mar como si el mar fuese otra persona, y le dice:

me siento, mar, a oírte
¿te sentarás tú, mar, para escucharme?

leyendo los textos con la inocencia de mi edad, claro, sin el prejuicio de saber quiénes son los autores, si son reconocidos como grandes escritores o si son muy famosos o no. Si una historia me gustaba, me gustaba, y si no, no, sin que tuviese ninguna importancia que fuese de Ignacio Aldecoa o de Valle Inclán, qué iba yo a saber quién era Valle Inclán. (Otra palabra rara y nueva: “guardabarrera”). Un niño ciego y enfermo juega a las damas con una amiga de su edad, en un relato de Ana María Matute; en “Polifemo”, Gasparito, un niño hospiciano, se roba un perro para que lo acompañe en las noches de la inclusa, y le lama las heridas provocadas por el palo del cocinero. ¿Cómo no llorar con una historia así?
          Y quizás he descubierto también, ahora que reflexiono escribiendo estas líneas, que me ha traicionado la nostalgia. Es el único libro escolar que aún conservo; le faltan algunas páginas, se le rompió la portada. Lo releo a veces, lo saco, lo paseo. A través de ese libro puedo llegar cada vez que quiero a mi infancia y adolescencia, como un Proust tropical que no escribe sobre aristócratas ni grandes fiestas. Si empezó alguna vez en mí el deseo de continuar buscando historias para seguir leyendo “El Conde Lucanor” de don Juan Manuel, “Perdimos el Paraíso” de Ramón Fernández de la Reguera, o “El Mecánico Malagueño” de Juan Ramón Jiménez, fue debido al encuentro con ese libro. Qué podía saber yo quién era el Conde Lucanor. Qué podía saber, a esa edad, que yo era una especie de Proust desvencijado, buscando un tiempo perdido y luego recuperado a través de la memoria, pero sobre todo a través de la literatura, que es una forma mayor de la memoria.
          Pero si el descubrimiento del lenguaje como una forma de expresión, como una manera de transmitir emociones, le llegó a un adolescente de un colegio de Santiago de los Caballeros a través de ese librito excepcional construido por alguien que amaba tan profundamente su lengua, su cultura y por lo tanto la vida, entonces supongo que debe haber alguna clase de vacío que acompaña a los adolescentes de hoy día, que no han podido hallar libros como éste, sin que yo quiera parecer de ninguna manera reaccionario. Puesto que descubrí que la alegría entregada por estos textos, y por el resto del libro, no se encuentra en los temas, en las historias, sino en el lenguaje en sí mismo. Las historias podían ser tristísimas, depresivas, oscuras, podían hacer llorar a cualquier niño de mi edad, y no tenía ninguna importancia: el truco se encuentra en la belleza del acto, en la perfección de la lengua, en la transmisión del sentimiento. Podemos ser felices incluso leyendo el Apocalipsis. Augusto Monterroso tiene un cuento acerca del recital de un poeta en un parque, en el que termina diciéndonos que al mundo solamente le falta una cosa para ser feliz. Por supuesto, eso que le hace falta es la poesía.
          Pero en esas páginas no se encuentran sólo las historias, como ya he dicho. Aunque los autores se empeñen en convencernos de lo contrario, en la propia belleza de su arte se encuentra la felicidad por la vida. Aunque específicamente para mí, todos los escritores están en este libro (incluso Cortázar, Bioy Casares, Bosch, Kafka, Melville, Faulkner, Carpentier, Kundera, Peix, Vallejo, del Cabral, cuyos textos no pueden leerse en sus páginas), toda la literatura que he podido hallar gracias a ese primer encuentro.

Máximo Vega.

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