Para Todos Nosotros Caerá la Noche

Nuevo libro de cuentos de César Zapata
Este es el libro de cuentos de César Augusto Zapata, reconocido poeta y narrador dominicano de la llamada Generación del 80. Muy pronto se pondrá a circular en la Librería Cuesta, en Santiago de los Caballeros. Contiene 16 cuentos, y unas palabras muy elogiosas en la contraportada de Rafael Peralta Romero. Peralta Romero afirma, en la contraportada del libro:
"César Augusto Zapata, ampliamente conocido en el campo de la poesía, aplica su poética a la narración de sucesos impresionantes, capaces de conducir al lector por la senda que ha trazado como narrador. Este libro evidencia que Zapata no sólo ha aprendido el oficio de cuentista, sino que por aprenderlo tanto, para él escribir un cuento se torna en un juego, aunque sus personajes anden atormentados con recuerdos y obsesiones. Cuentos que pueden tipificarse de fantásticos unos o sicológicos otros; se trata de historias profundamente humanas, en las que se vierten interioridades de unos personajes que por extraños no dejan de parecerse a quienes nos consideramos normales. Para todos nosotros caerá la noche es un gran libro de cuentos: profundo, dinámico, original, fiel a la técnica y a la vez muy personal en los temas y en la caracterización de sus personajes".
Enhorabuena a César Augusto Zapata.

Julio Cortázar en la República Dominicana

   En este mes del centenario de Julio Cortázar, el centenario (al parecer olvidado en este país) de un escritor que ha influenciado tan grandemente la literatura dominicana, nos aconsejan que no es conveniente hacer especulaciones negativas. Lo positivo está de moda: de acuerdo a los siquiatras, los sicólogos y los presentadores de televisión de CNN en español, dados al seguimiento de Paulo Coelho, Isabel Allende y los libros de autoayuda, el pesimismo provoca depresión (descubriendo, claro está, la fórmula del agua tibia). Escritores dominicanos, desconocidos algunos de ellos fuera del país, es decir para algunos lectores de este blog, como Arturo Rodríguez Fernández, René del Risco Bermúdez, Miguel Alfonseca, René Rodríguez Soriano, yo mismo y escritores jóvenes o no tan jóvenes como Eugenio Camacho, Ubaldo Rosario, grandes admiradores de Cortázar, del estilo de Cortázar, demuestran que el escritor argentino ha sido el narrador extranjero que más ha influenciado la cuentística dominicana. Puedo admitir, por ejemplo, que tomé un pequeño trozo de uno de los cuentos del libro "Papeles Inesperados", obra póstuma de Cortázar, y lo copié con algunos cambios en uno de mis cuentos, aún inédito, no sé si cometí alguna ilegalidad que no debería existir en la literatura con el tema de los derechos de autor, pero bueno, soy un escritor pobre y desconocido y creo que soy indemandable. Don Virgilio Díaz Grullón nos confesó una vez que empezó a escribir cuentos de tema fantástico luego de leer "Bestiario", y descubrir el compromiso político de Cortázar, puesto que pensaba que una cosa no era compatible con la otra, en nuestros países llenos de desigualdad social, de dictaduras o de presidentes autoritarios, de pobreza y de violencia. Juan Luis Guerra, compositor y cantante, confesó que su "Burbujas de Amor" está muy influenciado por el "Axolotl" de Cortázar...
   Pero hay algo que me parece importante en Julio -estoy seguro de que si estuviese vivo podría incluso tutearlo-, y es algo que no tiene que ver con él en sí mismo como escritor sino con la época en la cual vivió, en la que un escritor -un escritor como él, un gran escritor- influenciaba la vida de las demás personas, incluso las de aquellas que no lo leían; una época en la cual un intelectual era seguido y escuchado. Recuerdo no sin asombro cómo en un periódico nacional un poeta como Enriquillo Sánchez tenía seguidores incondicionales, muchos, a pesar de que escribía con un estilo único a veces difícil, que requería cierta clase de educación en la cultura, pero era seguido, y comentado, y era popular. Lo recuerdo cuando Enriquillo Sánchez ya está muerto. La presencia de alguien como Cortázar en el país podía arrastrar multitudes. Sabemos, claro está, que ésta no es una buena época para la imaginación, y creo que no existe una prueba más fehaciente de esta certeza que lo que ocurre en el ámbito cultural de mi propio país. Ya pasó la época de los sacrificios, de lanzarse al vacío defendiendo principios o ideas, de entregarlo todo a cambio de la literatura. En una entrevista que le hicieron a Le Clézio en la Feria del libro de Bogotá, él les comentaba a los jóvenes que no se desesperaran, que lo apostaran todo a la literatura. Pero ya sabemos que la literatura es también mercado, que un libro es un objeto de venta, que a una editorial le interesa más cuántos libros se venderán o cuántos premios se va a ganar que descubrir a un escritor no importante, eso es muy difícil, sino por lo menos bueno. Un buen escritor. Llegará un momento (bueno, creo que ese momento ya ha llegado) en el que solamente podremos leer a escritores españoles, argentinos, mexicanos, colombianos (es decir, escritores de los grandes mercados). "No he estado en los mercados grandes de la palabra", canta Silvio Rodríguez, "pero he dicho lo mío a tiempo y sonriente". Yo apostaba, quizás con mi ingenuidad de escritor dentro de una burbuja, en la sacralidad de esto, pero claro, es obvio que estaba equivocado. Volviendo al tema, dejando de lado pesimismos y depresiones por la situación de la cultura, celebramos cien años de un escritor que nos ha dado tanta felicidad, pero también que nos ha hecho reflexionar acerca de la irrealidad de lo que percibimos, acerca de cómo debemos cuestionarnos toda la realidad que creemos tan cierta. Que nos ha conmovido y nos ha asombrado.



   El Taller de Narradores de Santiago, una ONG que se dedica a promocionar la literatura en la República Dominicana, está celebrando todo el mes de agosto los Cien Años del autor de cuentos como El Perseguidor, Circe, La Noche Boca Arriba, Casa Tomada o El Otro Cielo, y de novelas como Rayuela. Aunque la existencia de un escritor como Julio Cortázar nos lleve de nuevo al pesimismo, a la época y al país en el que estamos viviendo, en el cual la cultura no tiene demasiada importancia. Sucedió con el bicentenario más importante: el de Juan Pablo Duarte, quien alguna vez fue el Padre de la Patria, y con el centenario del poeta Pedro Mir, quien alguna vez fue Poeta Nacional. A veces uno se cansa de luchar siempre.
   Pero hay que seguir luchando, por inercia, por diversión.


A Mitad del Sendero (cuentos)

Este es el libro de Altagracia Pérez, que ahora vive en Europa, el cual edité y le escribí un breve prólogo, y que será puesto a circular en poco tiempo. Mientras tanto, aquí están las palabras que escribí para presentar su primer libro, que recuerdo que ganó el Premio de Cuento de la Sociedad Alianza Cibaeña:


          Los cuentos de Altagracia Pérez abordan temas que son escasamente tratados por los escritores de nuestro país. Ella nació en Santiago Rodríguez, en la Línea Noroeste, y sus cuentos se encuentran ambientados en ese específico espacio, aunque ella no lo comente, o en los barrios urbanos marginados formados por emigrantes de las zonas rurales, con toda su carga de miseria, de desarraigo cultural, con toda su realidad caótica e interesante. Todos sus cuentos se encuentran enmarcados en un ambiente mezquino, desolador y desventurado.
          Si algo define a estos cuentos de Altagracia, si algo los comunica, sería cierta cualidad poética parecida, pero de ningún modo extraída, a la de los dos libros de Juan Rulfo. El cuento “Bajo la Lluvia”, por ejemplo, apenas cuenta una historia, puesto que es más bien la definición de un personaje, con un lenguaje que lo convierte en opaco y esquivo, casi intangible. Contado en segunda persona, se encuentra alevosamente escrito en clave poética, de manera que la historia cede a las palabras, y a veces es más importante cómo se encuentra escrito, que la historia en sí que se narra, a pesar de su final sorprendente.
       Para los que han leído “La Pasión de Mallías González”, antologado en varias ocasiones, no será una sorpresa la historia desdichada de esa familia venida del campo, instalada en un barrio periférico de la ciudad de Santiago, la historia poderosa de ese retrasado mental que vive en su propio mundo, aunque ese mundo sea, por supuesto, terrible. Puesto que dos cuentos pueden ser descontextualizados de este pequeño libro, cuentos que a su vez presentan puntos en común: el ya mencionado “La Pasión de Mallías González”, y “Fin de Semana”: ambos suceden en barrios marginados, sus personajes han emigrado del campo a la ciudad, y ambos tienen un signo trágico que completa la historia.
       Los demás transcurren en zonas rurales: están escritos de forma diferente, enfocados de forma diferente; a pesar de que sus personajes no son individuos felices, la poesía de su lenguaje es, a veces, más importante que la historia en sí. En los dos cuentos ya mencionados, se narra abiertamente, y el lector podrá encontrarse con varias imágenes muy bellas, pero la historia es tan vigorosa que olvidamos por completo su forma. En los cuatro restantes (debemos tener en cuenta que, quizás, estas historias le llegan difuminadas por el recuerdo) el lenguaje y la evocación, cierta melancolía y cierto candor, cierta ternura hacia los personajes en medio de tanta dureza, de tanta tristeza, reflejan la nostalgia de la autora por un tiempo y un espacio que ya ha abandonado, es posible que definitivamente.
          Quiero también llamar la atención del lector en el hecho de que la mayoría de los personajes importantes de este libro son mujeres, y que esta preponderancia femenina presagia la inclusión de Altagracia en cierta literatura escrita por mujeres que responde a los intereses de su propio género, a su problemática y a su marginación, que despierta en toda América Latina, aunque no sé si, todavía, podríamos hablar de felices resultados. Futuros trabajos creativos demostrarán el compromiso de la autora con esta temática, con este “ojo femenino” con el que se ve la vida. A pesar de que sus cuentos pueden dar la impresión “de que los estamos leyendo como a través de un cristal”, como se le objetó en algún momento a Virginia Woolf, son completamente sinceros, auténticos, salidos de una experiencia o un dolor, y, más importante aún: son diferentes. En un tiempo literario en el cual todos escriben lo mismo y todas las historias se parecen, este logro, que se manifiesta de manera natural en ella, no es poca cosa.
          En el segundo apartado del volumen, esto es, “Alfabeto para la Desolación”, continúa con este estilo poético que envuelve las historias. Muchas de ellas transcurren ya en Europa, donde vive en estos momentos la autora, y algunos vuelven, a través del recuerdo, a su país de origen. Personajes tan reales que parecen sacados directamente de algunas de nuestras calles, aunque siempre están presentes en ellos un sentido humanístico que no los hace irreales, sino mucho más imperfectos, como somos todos. Estos cuentos están escritos posteriormente a la primera parte (“A Mitad del Sendero”), y puede notarse sin hacer mucho esfuerzo un mayor cuidado en el tratamiento del texto, un conjunto de historias con argumentos más complicados, personajes de muchas dimensiones, impuros o agradables, mejores y al mismo tiempo peores.
          Siempre es agradable saludar un primer libro. Que ella me haya escogido a mí para representar este papel, me enorgullece profundamente. Al mismo tiempo, cuando varios escritores jóvenes le piden a uno que prologue sus libros –me ha ocurrido dos o tres veces ya –significa que, lamentablemente, uno empieza a madurar, empieza a envejecer. Pero está claro que éstas son sólo algunas escuetas palabras de apoyo y presentación. Espero que Altagracia, mi gran amiga, aprecie la Literatura con la seriedad y la entrega, con la pasión obsesiva que toda actividad que le da sentido a nuestra vida se merece.






¿Y Tu Abuela Dónde Está?, de Carlos Esteban Deive

Este es el libro ¿Y Tu Abuela Dónde Está?, de Carlos Esteban Deive, Premio Nacional de Ensayo 2012. Es pertinente comentar este libro en estos momentos debido a las tensiones entre Haití y la República Dominicana, que han aumentado desde hace algún tiempo. En este ensayo, Esteban Deive analiza el nacimiento de ambas naciones desde la época colonial y su separación histórica, la presencia del negro en ambos nacimientos, pero el libro nos habla de algo más, de un sentido humanístico del problema: en su condición de dominicano nacido en España, más dominicano que español, el autor trata de no recurrir a ninguna clase de etnocentrismo para explicarnos las taras que nos ha legado el pasado colonial, los choques armados con Haití, que en el siglo XIX ocupó este lado oriental de la isla por 22 años, las masacres de Dessalines y Christophe, la matanza de los haitianos por parte del dictador Trujillo, etc. Pero indirectamente, Esteban Deive describe, a través de documentos escritos por intelectuales liberales desde el siglo XVIII, la imposibilidad de los liberales de acceder al poder real, y el éxito de los conservadores para detentar continuamente el poder político. Hateros, esclavistas, amos, privilegiados, es decir, racistas, antihaitianos, ricos, hispanófilos, se han cuidado de agruparse para permanecer en el poder, examinando detenidamente a los gobernantes de turno para averiguar si pueden afectar sus intereses. El continuo acceso al poder de la clase privilegiada y conservadora, cuya única misión social es mantener los privilegios basados en la tradición, ha provocado, auspiciado por los continuos choques y problemas con Haití, que el dominicano sea racista, antihaitiano, conservador y etnocéntrico. Pero que, en una suerte de racismo inverso, el haitiano padezca el mismo problema con respecto al dominicano. Los intelectuales liberales han sido incapaces de romper un cerco conservador que es obvio en cada uno de los gobiernos dominicanos, sea quien sea el gobernante de turno. Peña Batlle y Joaquín Balaguer, los dos apólogos principales del conservadurismo político encarnado en la figura de Trujillo primero, y del propio Balaguer luego, nunca ocultaron su racismo, contenido en su hispanofilia y en la idea de que el blanco es superior al negro, biológicamente, aunque yo pienso que no son apologistas ingenuos, sino que sus ideas están sustentadas en pruebas falsas, o falsificadas, pero que ellos sabían que eran falsas; es decir: mentían para propiciar un estado de cosas que conviene al conservadurismo, que mantiene sus privilegios sociales pase lo que pase. Esa diferencia, que cae ya en un antihaitianismo cada vez menos racial, debido a los descubrimientos científicos y a que, incluso, el país más poderoso del mundo tiene un presidente de color (el presidente de los Estados Unidos Barack Obama es porcentualmente más popular en la República Dominicana que en los demás países de América Latina), ha ido derivando a lo económico: el pobre merece ser pobre, el rico merece ser rico. El dueño de una tienda por departamentos es multimillonario, pero sus empleados tienen que trajinar mucho para sobrevivir económicamente todos los días: él no trata de cambiar la situación porque esa es la ley natural, la ley del capitalismo. Los funcionarios políticos son incapaces de cambiar eso, o no les interesa. Las personalidades liberales que han sido presidentes de la República (exceptuando a Juan Bosch), al llegar al poder han dado un viraje ideológico que los coloca en la acera de enfrente, tratando de mantener la gobernabilidad. El éxito tan arrollador del conservadurismo político, que todavía hoy día pretende hacer creer al país que los negros (haitianos), son inferiores a los blancos (según ellos: dominicanos, lo más ridículo del mundo, puesto que los dominicanos somos mestizos y mulatos en su gran mayoría), nos ha colocado siempre en una posición de desventaja en el plano internacional, puesto que siempre estamos a la defensiva debido a estas consideraciones reaccionarias. Como ha sucedido en otros países caribeños, y como muy bien escribe Carlos Esteban Deive, aquí debería crearse una Instituto de Estudios Africanos, o una Casa de Estudios Africanos o un Centro de Estudios Africanos, auspiciado por el ministerio de cultura, que nadie sabe bien para qué sirve, al mismo tiempo que una serie de proyectos y actividades culturales conjuntas podrían acercar ambos pueblos, aunque, por supuesto, no exactamente ahora, sino cuando las aguas se calmen debido a todo lo que sucede en estos momentos. Pero el pensamiento liberal dominicano, las personalidades, los intelectuales liberales dominicanos, deberían hacer una profunda revisión de su incapacidad para acceder al poder, en contraposición con el conservadurismo, que siempre está en el poder (aún cuando ganen las elecciones presidentes supuestamente liberales) y que impone un modelo ideológico obsoleto y reaccionario que mete en problemas continuamente a la República Dominicana. Esta obra de Carlos Esteban Deive debería ser libro de texto obligatorio en el bachillerato y en las universidades dominicanas, si queremos empezar a reconocer de una vez por todas quiénes somos en realidad.

Tres novelas de J. M. G. Le Clézio: Onitsha, Desierto y La Cuarentena





Jean-Marie-Gustave Le Clézio es un gran escritor. La mayoría de sus novelas y ensayos abordan el mestizaje y el proceso de enriquecimiento del capitalismo a través del colonialismo. Sus novelas son libros de viajes. Le atraen las culturas milenarias y originales, poniendo de manifiesto el hecho de que esas culturas son mucho más ricas, interesantes y profundas que la dominante hoy día, es decir, la civilización europea. Pero al mismo tiempo, debido a que sus historias transcurren en el tercer mundo, parece contarnos también que los reyes y los emperadores de hoy pueden ser los mendigos del mañana. Sus novelas son, en realidad, fábulas. Algo de irrealidad y de inverosimilitud transmiten, a pesar de las atrocidades que suceden en ellas, y a pesar de que se encuentran sustentadas en hechos históricos irrefutables. Sus personajes son demasiado místicos o demasiado dignos. Quizás sucede así porque están enfocadas desde el punto de vista de un europeo, es decir, no están contadas desde dentro. Las cuenta alguien que ve, y que trata de entender. He leído sólo tres novelas suyas (es bueno consignarlo antes de continuar), publicadas por la editorial Tusquets: Onitsha, Desierto y La Cuarentena. En Onitsha, su personaje principal, un niño inglés que viaja al África, habla de su madre como si se tratara de su amante. Desprecia a los pedantes colonizadores ingleses que maltratan a los verdaderos dueños de esa tierra, empieza a entender la originalidad de las culturas yorubas que surgieron hace miles de años a orillas del río Nilo. En Desierto aparece Lalla, una niña árabe, que se enamora de un niño mudo descendiente de los tuaregs (al autor le atraen los personajes mudos o sordomudos, que son reiterativos en su obra), que es despreciado por el pueblo de ella, que los ha adoptado a ambos. Lalla viaja a Francia, y al crecer se convierte en una modelo famosa de fotografías, pero es incapaz de permanecer en un país que no comprende. Analfabeta, embarazada, Lalla parece pertenecer sin remedio a una civilización sin la cual se siente desarraigada. Simultáneamente, se cuenta la historia de los tuaregs, imperialistas, guerreros, derrotados por el “ejército cristiano” francés que invadió Marruecos durante el siglo XIX para cobrarse una deuda bancaria de su rey (como sucedió aquí en la República Dominicana a principios del siglo XX, invadida por los Estados Unidos por la misma razón). En La Cuarentena, un niño que espera a su abuelo en un bar de París se encuentra de repente con Rimbaud y Verlaine (Rimbaud: rebelde, violento, joven, depresivo; Verlaine: tranquilo, aburguesado, maduro), y empieza a recordar entonces la historia de su abuela Suzanne, que citaba los versos de Rimbaud, la historia de su abuelo Jacques, pero también la vida del hermano de su abuelo, Léon, el Desaparecido, que abandonó a su familia por el amor de una mujer hindú después de un viaje infernal a las islas Mauricio. Es la más cruda de las tres novelas. Se cuenta al mismo tiempo los avatares de los inmigrantes hindúes, engañados por las empresas inglesas para irse a morir a las islas Mauricio (creyendo ellos, claro está, que llegarían al paraíso). Pero lo que más nos sorprende de las novelas de Le Clézio es el uso del lenguaje. Está compuesto por una sucesión de bellezas que a veces nos agota. Tiene un gusto casi romántico por las culturas antiguas, exóticas, lo cual le confiere un tono épico. Sus descripciones, sumamente poéticas, elevan estas fábulas atroces, puesto que contadas de otra manera nos resultarían insoportables. Lo único que le reprochamos es cierta tendencia a la cursilería, una mínima tendencia a lo cursi, que le soportamos debido a la belleza que rodea tantos “sueños”, “mares”, “estrellas”. En La Cuarentena, los cipayos asesinan a bastonazos a los inmigrantes, pero sabemos que la vida sigue siendo bella gracias al uso del lenguaje. A veces aparece La Fría, como un espectro, una mujer enferma que carga por los caminos cipayos a su hijo muerto. En Desierto, los tuaregs son diezmados debido al dinero, la causa más pueril y banal del mundo (pero la causa que mueve hoy todas las cosas). Sus descendientes están condenados a vivir en los basureros del planeta. Como estamos condenados nosotros, habitantes de un tercer mundo lleno de corrupción y violencia. “Pero alguna vez fuimos reyes”, dirá alguno; alguna vez antes de los imperialismos y las colonizaciones, antes de la esclavitud: debemos entender que los personajes de sus novelas somos nosotros también. Vamos a leer estas tres novelas de Le Clézio, Premio Nobel de Literatura del año 2008.


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José Alcántara Almánzar



Máximo Vega Era lunes ayer

(Palabras de presentación del libro de cuentos de Máximo Vega en la Biblioteca del Banco Central, Santo Domingo)

El libro de cuentos de Máximo Vega, cuyo título, Era lunes ayer, podría sugerir al lector un conjunto de crónicas periodísticas, semblanzas o ensayos, lo primero que debo aclarar es que se trata de una colección de ficciones, es decir, invenciones, creaciones de la imaginación que tienen su raíz, qué duda cabe, en la más elocuente realidad. Una realidad social y cultural de evidencias irrefutables, a menudo atroces, pero sobre todo la realidad íntima y personal del autor, que es siempre el punto de partida del viaje a la ficción, porque nadie puede pergeñar auténticas obras sin ese empuje avasallador e intransferible que solo emerge del corazón y la mente de un artista que pone al rojo vivo lo que en ideólogos y políticos se convierte en falacia y ocultamiento.
Máximo Vega cuenta historias y sabe hacerlo con un estilo claro, ágil, en el que se advierte de inmediato su dominio de la técnica de narrar cuentos, yendo directo al grano, sin eufemismos ni edulcorantes, sin ridículas poses de salón ni sentimentalismos fatuos. Aprendió bien sus lecciones con maestros de la estatura de Juan Bosch, a quien tributa un homenaje en la última historia. El libro contiene  una veintena de relatos de seres humanos comunes y corrientes, cuyas vidas son ejemplos del fracaso en sus más variadas formas. Son individuos que sucumben a la rutina, el anonimato, la precariedad, las amarguras de relaciones tortuosas de desamor, infidelidad y traición.
Un rasgo dominante en los cuentos de Vega es el flagrante erotismo que recorre muchos de ellos, y la voz del narrador lo hace sin ambages. Abunda el sexo por dinero, el sexo como válvula de escape, el sexo prostituido. Toda la sociedad, con sus lacras y deformaciones, asoma el rostro en las páginas de este libro. En cada historia asistimos a un capítulo de la corrupción, la desigualdad, la discriminación, la opresión, la violencia, la inseguridad, el desamparo de los marginados.
Los textos de Vega pueden interpretarse como transgresiones a la moral establecida, un frontal ataque a la doble moral que nos ahoga. Son intentos de penetrar en la sordidez y la desesperanza de unas vidas sin alicientes ni destino. Pero más allá del efecto perturbador de una escena o una frase implacable, lo que impresiona es la crudeza para contar los aspectos más venenosos de las relaciones entre hombres y mujeres. Algunos son cuentos desgarradores y crueles sobre una violación, un infanticidio, un incesto en primer grado, en todos late algo macabro que nos estremece.
El autor revela en este libro que es uno de los cuentistas de mayor talento de nuestro país y que conoce a fondo los secretos de un género que si bien ha evolucionado como pocos, constituye un desafío para cuantos pretenden cultivarlo. Sus cuentos, en los que muestra un diestro manejo de las estructuras y técnicas de la narrativa breve, son nuevas formulaciones, miradas novedosas de unas realidades ya conocidas que él transforma en cada página, con un lenguaje que corta con la precisión de un bisturí.
La irreverencia se expresa no solo en la procacidad lúbrica y la expresión salaz, sino en el hastío de lo familiar, convertido en prisión o infierno, lejos de ser habitual remanso; en la crítica mordaz a las iniquidades sociales; en la ironía, el sarcasmo, la implacable visión del entorno, el voyerismo, la autocomplacencia, el odio al trabajo y a las buenas costumbres.
Muchas de las historias de Era lunes ayer, un título engañoso que no nos dice mucho de lo que vamos a presenciar, ocurren en Santiago de los Caballeros, la patria chica del autor, una ciudad que se ha vuelto insegura y caótica, como casi todas, con sus basurales y el humo asfixiante del famoso vertedero, sus endrogados, sus rateros, sus boxeadores, pintores y músicos fracasados, sus brujos de ocasión, sus travestis, fisgones y mujeres de arrabal que a veces exhiben más compostura que las grandes damas de sociedad.
En conclusión, Era lunes ayer nos sumerge en los laberintos que se encuentran bajo las felices mendacidades de la publicidad, con su desfile de figuras impolutas, vestidas con atuendos deslumbrantes y perfectos. Son cuentos que nos estremecerán y nos harán reflexionar sobre este ominoso presente en que vivimos.


Muere Ana María Matute

Ana María Matute (1925-2014) ha fallecido a los 88 años en Barcelona, según ha confirmado la Real Academia Española (RAE), donde ocupaba la silla K. La autora de «Olvidado rey Gudú», que recibió el Premio Cervantes hace tres años, trabajaba actualmente en otra novela que verá la luz en septiembre. La escritora ha muerto en el Hospital de Barcelona un mes antes de cumplir los 89 años, tras haber sufrido hace unos días una crisis cardiorrespiratoria.
La capilla ardiente con los restos de Ana María Matute se abrirá mañana, jueves 26 de julio, a las 15.00 horas en el Tanatorio Les Corts de Barcelona y el funeral se celebrará al día siguiente, desde las 13.00 horas, en el mismo tanatorio, según han informado fuentes de la editorial Destino.
Escritora... por muchos años proclamábamos en cada primavera, por cada novela. En la avenida Virgen de Montserrat, donde vivía Ana María Matute, ha quedado un sillón vacío donde ella cartografió universos remotos. Las jornadas de la escritora comenzaban con un café y el crucigrama que culminaba en ese sillón. Luego se metía en su cuarto para amasar sus harinas novelescas. Conversar con ella era un goce de humor inteligente. Recordamos una de aquellas mañanas. Desde la terraza de su sobreático identificamos el territorio Marsé: la Ronda del Guinardó y el Carmelo. En la sala de estar, un hogar de hierro forjado.
En la mesa de centro, el «Viaje en autobús» de Josep Pla. Una lámpara con una pantalla salpicada de nombres de escritores: Torrente Ballester, Camilo José Cela, Ramón J. Sender… Videos, libros de historia y abundante literatura anglosajona en las estanterías. Cuadros: uno con grabados de «Alicia en el país de las maravillas» de Lewis Carroll; otro, con un mapa de Madrid en 1635. Las gafas de la escritora reposando sobre el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, su otro sillón de las palabras.
Cuando la escritora hablaba de sí misma, lo hacía en tercera persona, como si apelara a esa niña traviesa que siempre fue: «¡Cosas de la Matute!», exclamaba. Hija de familia burguesa, el 26 de julio del 36, Matute cumplía 11 años: mientras ardían las iglesias, los anarquistas colectivizaban la fábrica de paraguas del padre, y la familia escondía un fraile y una monja con una cheka muy cerca de casa... «Intuíamos aquella guerra, pero no podíamos denominarla. Éramos la Generación de los Niños Asombrados».
Matute escribió su primera novela aquel verano del 36 en Barcelona y la tituló «Juanito». Por las noches iba con una linterna a la habitación de mis hermanos para leerles un capítulo, que acababa con un Continuará… Su obra estaba impregnada del espíritu de una infancia con más sombras que luces que abominaba de la ñoñería. La escritora era crítica con los niños de hoy. Harry Potter le parecía bien como estímulo de la imaginación. Le fastidiaban los cuentos políticamente correctos «porque no hay ángeles y las hadas están adulteradas» y denunciaba las carencias de esos chavales abducidos por las nuevas tecnologías: «Manejan el ordenador mejor que nadie, pero no saben quiénes eran Caín y Abel. Y no en el aspecto religioso, sino como expresión cotidiana. A los 15 años es peor, porque entonces se creen que saben. Y más grave todavía: personas que tienen una responsabilidad social y que cometen faltas de ortografía. De jovencita, si algún pretendiente me escribía con faltas de ortografía, aunque fuera el chico más guapo del mundo yo lo descartaba rápidamente. Me parecía horrible que un joven de 15 años cometiera faltas de ortografía. Fíjese… ¡Ahora me quedaría sin novio!».
En aquellos años, se deleitaba con «La recherche» de Proust y las «Cumbres borrascosas» de Bronte, que leyó a los 17 años. Todavía conservaba el libro en su biblioteca. Colección La Nave: «Se cae a trozos, no se puede ni tocar… A veces pienso: ‘¿Para qué escribir? ¡Que escriban otros! ¡A mí lo que me gusta es leer!» Y luego, añadía con una voz tristona, «resulta que no puedes vivir sin escribir...». El 6 de enero del 59, cuando ganó el premio Nadal con «Primera memoria», la Matute lo estaba pasando mal. Ya había publicado «Los Abel», «Fiesta al Nordeste», «Pequeño teatro», «En esta tierra» y «Los hijos muertos»… pero escribía cuentos semanales para la revista Garbo con su hijo Juan Pablo de pocos años en las rodillas y las manitas en el teclado de la máquina. Una foto de aquellos tiempos difíciles le acompañó siempre en su velador de escritora. Su matrimonio con el fantasmalRamón Eugenio Goicoechea había naufragado; en las «historias de niños», con las que algún crítico patoso le tejió un sambenito, la escritora se identificaba con esos pequeños náufragos que expresan la verdad que más duele; esa verdad que la edad adulta, haciendo honor a su nombre, adultera.

Estaba en todas sus novelas

Sus novelas no eran autobiográficas… pero ella estaba en todas ellas. Sucede con «Luciérnagas», censurada en su integridad y no publicada hasta 1993. Los niños, como lucecitas en el tenebroso apagón de la guerra civil. Luego, en la humillada Barcelona de la posguerra, la Matute veinteañera se sentía libre por la escritura. Y es que esa niña a la que cohibieron las monjas por su tartamudez nunca sintió la angustia de la página en blanco. Recordaba a su madre como una mujer buena pero muy severa que le sorprendió el día de su matrimonio… Le trajo una caja con todos los cuentos que Ana María escribió de niña: «Yo nunca sospeché que ella guardaba eso, jamás, pensé que aquellos cuentos se había perdido, o roto…».
Ignacio Agustí la contrató para escribir cuentos en el semanario Destino. En su juventud cultivó la bohemia en una ciudad de gabardinas y contactos furtivos. De los barrios altos se bajaba con sus hermanos al Barrio Chino: era la única chica del grupo. Al final de la Rambla entraban en un bar repleto de discos de la Piaf, el Pastís. En honor a la Matute ponían en el tocadiscos una canción que le emocionaba: «Petit garçon perdu». La inocencia florece también en los barrios bajos. En aquella Barcelona triste, recordaba, fue «donde yo conocí el amor y conocí la esperanza y donde lo creí todo. No sabía nada pero lo creí todo».
Empezamos a leer a la Matute en los años de Bachillerato –plan del 66- con «El Jarama» de Rafael Sánchez Ferlosio. Era la generación de las postrimerías de los manuales. Dos libros, «Pequeño teatro» y «Los niños tontos,» se asociaban a aquellos días de antologías escolares. Cuando se lo mencionábamos, la Matute exclamaba: «¡Oh! El “Pequeño teatro”… ¡Si es el peor libro que he escrito en mi vida! Lo escribí a los 17 años y se nota». Pero luego matizaba con picardía: «¡Hombre! Para haberlo escrito a esa temprana edad… Chapeau. Yo misma lo digo, ya ves que no soy nada hipócrita...».

La lengua de Cervantes

Escritora catalana en castellano, siempre reivindicó la lengua de Cervantes. De padre y abuelo catalán, su madre provenía de la Rioja: «Escribo en castellano porque mi madre nos hablaba en castellano y la madre siempre influye más en la educación. Es el idioma que pienso», proclamaba. Académica y premio Cervantes de las Letras, la Matute nunca militó en el feminismo literario. Creía en las mujeres escritoras, pero no en la literatura femenina como género diferenciado, porque tampoco creía en la literatura masculina. A los dictados del márketing editorial oponía una palabra galega «¡Judiose!». La Matute. Siempre la Matute.

(Tomado del periódico ABC.es)

Era Lunes Ayer (cuentos)



 “Máximo Vega (Santiago de los Caballeros, 1966), al escoger Era Lunes Ayer como título para este libro de ficciones, no da ninguna pista al lector que le permita siquiera suponer el contenido de la obra, en la que él demuestra con creces su dominio del género, logrado a base de estructuras y técnicas innovadoras que constituyen un verdadero aporte a la narrativa breve dominicana. En estas historias –como prefiere denominarlas su autor-, su aguda mirada transforma de continuo las realidades humanas más escabrosas a través de un lenguaje lleno de osadas propuestas. Muchos de los cuentos resultan a menudo irreverentes, mordaces, lúbricos. Son espejos en los que se reflejan la doble moral y las perversiones que corroen todo el tejido social, pero a la vez invitan a la reflexión profunda sobre el descalabro de una sociedad atrapada en el consumo, la fama o el delirio de poder. Una vez iniciada la lectura de un cuento de Vega, no podremos abandonarla, lo cual es en sí mismo un mérito, ya que un alud de palabras nos atrapa forzándonos a continuar hasta el final. Máximo Vega prueba en este libro que ahora publicamos bajo el sello de la colección bibliográfica del Banco Central que es, no sólo uno de los cuentistas más importantes del interior, sino uno de los narradores de mayor talento y proyección de nuestro país en la actualidad.”

Jorge Luis Borges

Un poquito más sobre Cien Años de Soledad



          Perdido en una selva imaginada por Gabriel García Márquez, un hombre llega con su mujer a ningún lado –el hombre es José Arcadio Buendía; la mujer, Úrsula Iguarán-, y, como el fundador en “¡Absalón, Absalón!”, de William Faulkner, crea un pueblo. En el caso de Faulkner, el pueblo crece alrededor de una casa, en el de Márquez, se crea un pueblo de la nada. Como Juan Carlos Onetti, como Faulkner, como Virgilio Díaz Grullón, como Pedro Péix, García Márquez hace transcurrir sus historias en ese pueblo, que repite su nombre en sus cuentos y sus novelas, aunque a veces, no por incapacidad sino por cierta tendencia a la infinitud, traicione la geografía; ese pueblo es un lugar imaginario, y es también un símbolo. La novela empieza con la fundación total de un mundo: ese pueblo debe ser nombrado –se le llama, ya lo sabemos, “Macondo”-, pero también debe ser llenado de objetos, de personas, de inventos, de espejos, de casas, de sueños, de mitos, de nombres, de palabras y de injusticia. Tal es la extraordinaria capacidad cosmogónica de su autor.
          ¿Qué se puede decir de Cien Años de Soledad? Acaso es la novela que ha poblado con más vigor la imaginación literaria de mi generación, muchísimo más que El Quijote de Cervantes. Su entrañable cercanía a todos los latinoamericanos, nos provee de una obra que sentimos más nuestra que aquellas desventuras modernas del hidalgo demente y su escudero materialista. Su mitología esencial, a veces prestada de las propias leyendas americanas, a veces inventada por completo por el autor, es demasiado cercana a nuestra idiosincracia o a nuestra mentalidad caribeña, para que nos deje indiferentes. Y, por supuesto, su lenguaje a caballo entre el despiadado sur de Faulkner y el realismo maravilloso de Carpentier, se ha perpetuado gracias a su amplia legión de discípulos, desde Isabel Allende hasta Eliseo Alberto. Si algún nombre literario define a Latinoamérica –como quizás Shakespeare define la literatura inglesa, Camoens a la portuguesa, Goethe a la alemana, o Dante, Petrarca y Bocaccio a la italiana; pero siempre quizás – es el de Gabriel García Márquez, cuya necesidad se encuentra fuera de toda duda. ¿Puede Latinoamérica jactarse de poseer una literatura y un lenguaje propios? Claro que sí. No deseo yo aquí, de ningún modo, disgregarme mencionando la petulancia senil de su autor, o el acoso a que Márquez ha sido sometido por escritores de su propio país, y de otros países latinoamericanos, debido a sus ínfulas de grandeza y a un supuesto amor, ya no secreto, por el dinero (en uno de sus libros, un escritor colombiano lo llama “García-márqueting”). Tampoco quiero referirme a mis trozos preferidos de la novela, obviando las mariposas amarillas, truco plástico que apenas recuerdo, aunque permanecen en mi memoria aquel sueño terrible de Aureliano Buendía, sueño sucedido en la realidad real, fuera de la novela, cuando él navega en un tren lleno de cadáveres luego de una huelga; el principio irrepetible de la creación del mundo que es la creación de un paraíso que los hombres corrompen; las presencias fatales de Rebeca y Amaranta; Pietro Crespi, el personaje más desdichado de toda la novela; la llegada del imán con el circo de Melquíades; la enfermedad del olvido; Úrsula viendo llover sobre Macondo. La vastedad y la importancia de Cien Años de Soledad, en estos tiempos en que se cumplen 40 años de la feliz publicación de ese monumento, me obligan, como fiel lector de su cosmogonía, a humillarme ante la magnitud de esa obra, y su legado imperecedero.








Los libros de la isla desierta, Carlos Ardavín

Este es el volumen "Los libros de la isla desierta", en el cual se le pidió a una serie de escritores dominicanos que hablaran un poco acerca de un libro que haya tenido algún impacto en sus vidas, o, como nos dice la portada "su libro predilecto". En mi caso elegí un libro de texto, y lamentablemente el texto tiene un error, del cual yo soy el culpable, por supuesto, y no Carlos X. Ardavín Trabanco, el compilador, que hizo un trabajo magnífico. Así que coloco aquí el texto correcto, sin una palabra que está demás en el original.






UN NOMBRE:

          Vamos a comentar un libro de texto de 7mo. Curso, ¨Nombre¨, de Carmen Pleyán para Editorial Teide, al cual deseo hacerle un pequeño homenaje debido a todo lo que he descubierto a través de él.
          Es un volumen español, de Barcelona. El sistema de ese libro es sumamente sencillo, y ha sido copiado innumerables veces: aprovechando una serie de textos literarios, se analizan las reglas gramaticales, y por extensión nuestro idioma, el español. En ese libro leí por primera vez a Pío Baroja, a Camilo José Cela, Azorín o Rabindranath Tagore. En el breve relato de Azorín, encontré a un niño que se entretenía en las noches mirando el universo a través de un telescopio, un capítulo del libro “Confesiones de un Pequeño Filósofo”, en el cual el maestro escribía quizás sobre sí mismo, acerca de un aprendiz de astrónomo que escogía el conocimiento y la soledad. En ese capítulo hallé una palabra extraña: “anemómetro”, una palabra nueva para un objeto que nunca había visto. ¿Qué era un anemómetro? El cuento “Polifemo”, de A. Palacio Valdez, probablemente el primer cuento completo que leí en mi vida, puesto que llegué tarde a la literatura, una historia melodramática sobre un niño huérfano que se encariña con un perro ajeno. Un capítulo de “Kim”, de Rudyard Kipling, un poema de Antonio Machado. Leí la historia de un niño que mira por la ventana la lluvia caer, y nos cuenta: “Anoche ha llovido de forma tal que el agua chorreaba por los vidrios”, que es un trozo de “El Retorno” de Eduardo Mallea, entonces cuando llovía encima de mi casa de madera en un barrio pobre de Santiago trataba de sentir la misma emoción de aquel niño del cuento, o releer el cuento mientras escuchaba la lluvia caer sobre el techo de cinc. Unos versos de Rafael Alberti, que escribe como un poeta que habla con el mar como si el mar fuese otra persona, y le dice:

me siento, mar, a oírte
¿te sentarás tú, mar, para escucharme?

leyendo los textos con la inocencia de mi edad, claro, sin el prejuicio de saber quiénes son los autores, si son reconocidos como grandes escritores o si son muy famosos o no. Si una historia me gustaba, me gustaba, y si no, no, sin que tuviese ninguna importancia que fuese de Ignacio Aldecoa o de Valle Inclán, qué iba yo a saber quién era Valle Inclán. (Otra palabra rara y nueva: “guardabarrera”). Un niño ciego y enfermo juega a las damas con una amiga de su edad, en un relato de Ana María Matute; en “Polifemo”, Gasparito, un niño hospiciano, se roba un perro para que lo acompañe en las noches de la inclusa, y le lama las heridas provocadas por el palo del cocinero. ¿Cómo no llorar con una historia así?
          Y quizás he descubierto también, ahora que reflexiono escribiendo estas líneas, que me ha traicionado la nostalgia. Es el único libro escolar que aún conservo; le faltan algunas páginas, se le rompió la portada. Lo releo a veces, lo saco, lo paseo. A través de ese libro puedo llegar cada vez que quiero a mi infancia y adolescencia, como un Proust tropical que no escribe sobre aristócratas ni grandes fiestas. Si empezó alguna vez en mí el deseo de continuar buscando historias para seguir leyendo “El Conde Lucanor” de don Juan Manuel, “Perdimos el Paraíso” de Ramón Fernández de la Reguera, o “El Mecánico Malagueño” de Juan Ramón Jiménez, fue debido al encuentro con ese libro. Qué podía saber yo quién era el Conde Lucanor. Qué podía saber, a esa edad, que yo era una especie de Proust desvencijado, buscando un tiempo perdido y luego recuperado a través de la memoria, pero sobre todo a través de la literatura, que es una forma mayor de la memoria.
          Pero si el descubrimiento del lenguaje como una forma de expresión, como una manera de transmitir emociones, le llegó a un adolescente de un colegio de Santiago de los Caballeros a través de ese librito excepcional construido por alguien que amaba tan profundamente su lengua, su cultura y por lo tanto la vida, entonces supongo que debe haber alguna clase de vacío que acompaña a los adolescentes de hoy día, que no han podido hallar libros como éste, sin que yo quiera parecer de ninguna manera reaccionario. Puesto que descubrí que la alegría entregada por estos textos, y por el resto del libro, no se encuentra en los temas, en las historias, sino en el lenguaje en sí mismo. Las historias podían ser tristísimas, depresivas, oscuras, podían hacer llorar a cualquier niño de mi edad, y no tenía ninguna importancia: el truco se encuentra en la belleza del acto, en la perfección de la lengua, en la transmisión del sentimiento. Podemos ser felices incluso leyendo el Apocalipsis. Augusto Monterroso tiene un cuento acerca del recital de un poeta en un parque, en el que termina diciéndonos que al mundo solamente le falta una cosa para ser feliz. Por supuesto, eso que le hace falta es la poesía.
          Pero en esas páginas no se encuentran sólo las historias, como ya he dicho. Aunque los autores se empeñen en convencernos de lo contrario, en la propia belleza de su arte se encuentra la felicidad por la vida. Aunque específicamente para mí, todos los escritores están en este libro (incluso Cortázar, Bioy Casares, Bosch, Kafka, Melville, Faulkner, Carpentier, Kundera, Peix, Vallejo, del Cabral, cuyos textos no pueden leerse en sus páginas), toda la literatura que he podido hallar gracias a ese primer encuentro.

Máximo Vega.

los nuevos-viejos libros de José Alcántara Almánzar

Hemos recibido los libros "Viaje al otro mundo" y "Callejón sin salida", del escritor dominicano y Premio Nacional de Literatura José Alcántara Almánzar. Por supuesto, son dos libros de cuentos, puesto que José Alcántara es esencialmente cuentista, crítico y ensayista. Y lo interesante es que estos libros tienen ya muchos años de haber sido publicados, uno de ellos más de cuarenta años, y sin embargo leemos sus cuentos y parece que hubiesen sido escritos ayer. José Alcántara Almánzar, autor de dos cuentos de culto, "La reina y su secreto" y "Con papá en casa de madame Sophie", que se encuentran en sus libros "Las máscaras de la seducción" y "Testimonios y profanaciones", respectivamente, además de ser un crítico mordaz es también muy riguroso con su obra. En este caso, estas reediciones las ha realizado editorial Santuario, y nos sentimos orgullosos y privilegiados de que José Alcántara nos haya enviado dos ejemplares, los cuales comentaremos con más detenimiento más adelante. Lo que sí queremos hacer notar es que estos dos libros se encuentran en las librerías nacionales, a precios más que asequibles, y que es bueno de vez en cuando leer a un autor de factura impecable, sobre todo para aquellos jóvenes que quieren empezar a escribir leyendo a un escritor que nunca los defraudará. Así que enhorabuena a José Alcántara, a la editorial Santuario, que está haciendo un trabajo que debería hacer el ministerio de cultura, pero que no lo hace, y a los lectores de estos dos libros, que nos han atrapado nada más abrir la primera página (claro, debo consignar que ya hace mucho tiempo, cuando era mucho más joven, leí "Las máscaras de la seducción", "Testimonios y profanaciones" y "La carne estremecida", tres clásicos de la cuentística dominicana).

lista de escritores: cuentistas dominicanos

Debido a la cantidad de personas que entran a este blog buscando nombres de cuentistas dominicanos, aquí les doy una lista muy injusta de algunos cuentistas, porque es obvio que se me quedan muchos, por ignorancia o por olvido:

-Alfredo Fernández Simó.
-Fabio Fiallo.
-Pedro Henríquez Ureña.
-Tomás Hernández Franco.
-Juan Bosch.
-Virgilio Díaz Grullón.
-Manuel del Cabral.
-Hilma Contreras.
-Ramón Marrero Aristy.
-Manuel Rueda.
-Pedro Peix.
-Iván García Guerra.
-Ramón Francisco.
-Diógenes Valdez.
-Rafael Castillo.
-Miguel Alfonseca.
-René del Risco Bermúdez.
-Manuel del Cabral.
-Armando Almánzar.
-Marcio Veloz Maggiolo.
-Bonaparte Gautreaux Piñeiro.
-Arturo Rodríguez Fernández.
-José Alcántara Almánzar.
-Roberto Marcallé Abreu.
-Mario Emilio Pérez.
-Angela Hernández.
-Jeanette Miller.
-René Rodríguez Soriano.
-Rafael García Romero.
-Rafael Peralta Romero.
-Luis Arambilet.
-César Zapata.
-Emelda Ramos.
-Ligia Minaya.
-Fernando Ureña Rib.
-Enriquillo Sánchez.
-Aurora Arias.
-Manuel Llibre.
-Luis Toirac.
-Pablo Jorge Mustonen.
-Manuel García Cartagena.
-Fernando Valerio Holguín.
-Aquiles Julián.
-José Acosta.
-Pedro Valdez.
-Adón Sandoval.
-Eugenio Camacho.
-Juan Rivero.
-Julio Adames.
-Grisselle Senid.
-Luis R. Santos.
-Pedro Camilo.
-Mélida García.
-Rita Indiana Hernández.
-Avelino Stanley.
-Luis Martín Gómez.
-Noé Zayas.
-Máximo Vega.
-Johanna Díaz.
-Roberto Adames.
-Sandra Tavárez.
-Luis Córdova.
-Ubaldo Rosario.
-Nan Chevalier.
-Eric Simó
-Rubén Sánchez Félix.
-Ramón Gil.
-Rosa Silverio.
-Virgilio López Azuán.
-Juan Carlos Mieses.
-Altagracia Pérez.
-Arlyn Abreu.
-Rosa Julia Vargas.
-Eulogio Javier.
-Pastor de Moya.
-Daniela Cruz
-Kianny Antigua.

...y algunos más que se me escapan, y que los lectores de este blog pueden recomendar para aumentar la lista.

https://mega.nz/business/aff=UTvsZmdIWI4

http://mediaisla.net/revista/2015/04/maximo-vega-por-lo-menos-me-gane-una-jirafa/


Si quieres ver videos sobre arte y literatura, click a este enlace:






















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Territorio de Espejos







Este es el libro de poesía "Territorio de Espejos", de José Rafael Lantigua, puesto a circular a finales del 2013. Una edición primorosamente impresa, en una faceta que se conoce poco de Lantigua, Ministro de Cultura que realizó una gestión extraordinaria, a quien admiramos como intelectual y gestor, una persona que le ha dedicado su vida a la cultura. Más adelante comentaremos con detalle el libro, del que se hará una puesta en circulación también en Santiago de los Caballeros.




Un poema de Territorio de Espejos:

Una desnudez que se desangra (fragmento):

Amante noche.
Diluída noche salvaje,
un lobo solivianta el paisaje y su perfume
y yo, ahora, escucho la noche
y la sublevo
hacia la bandera de tu agonía.

EL ARTICULO DE MARIO VARGAS LLOSA EN EL PAIS

Los parias del Caribe

PIEDRA DE TOQUE. La sentencia del Tribunal Constitucional de la República Dominicana sobre el caso de Juliana Regis Pierre es un desatino que niega la nacionalidad a los hijos de inmigrantes irregulares

 


FERNANDO VICENTE
 
 Juliana Deguis Pierre nació hace 29 años, de padres haitianos, en la República Dominicana y nunca ha salido de su tierra natal. Jamás aprendió francés ni créole y su única lengua es el bello y musical español de sabor dominicano. Con su certificado de nacimiento, Juliana pidió su carnet de identidad a la Junta Central Electoral (responsable del registro civil), pero este organismo se negó a dárselo y le decomisó su certificado alegando que sus " apellidos eran sospechosos ". Juliana apeló y el 23 de septiembre de 2013 el Tribunal Constitucional dominicano dictó una sentencia negando la nacionalidad dominicana a todos quienes, como aquella joven, sean hijos o descendientes de " migrantes " irregulares. La disposición del Tribunal ha puesto a la República Dominicana en la picota de la opinión pública internacional y ha hecho de Juliana Deguis Pierre un símbolo de la tragedia de cerca de 200.000 dominicanos de origen haitiano (según Laura Bingham, de la Open Society Justice Initiative) que, de este modo, la mayoría de ellos de manera retroactiva, pierden su nacionalidad y se convierten en apátridas.
La sentencia del Tribunal Constitucional dominicano es una aberración jurídica y parece directamente inspirada en las famosas leyes hitlerianas de los años treinta dictadas por los jueces alemanes nazis para privar de la nacionalidad alemana a los judíos que llevaban muchos años (muchos siglos) avecindados en ese país y eran parte constitutiva de su sociedad. Por lo pronto, se insubordina contra una disposición legal de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (de la que la República Dominicana forma parte) que, en septiembre de 2005, condenó a este país por negar su derecho a la nacionalidad a las niñas Dilcia Yean y Violeta Bosico, dominicanas como Juliana, e igual que ella hijas de haitianos. Con este precedente, es obvio que, si es consultada, la Corte Interamericana volverá a reafirmar aquel derecho y la República Dominicana tendrá que acatar esta decisión, a menos que decida —algo muy improbable— retirarse del sistema legal interamericano y convertirse a su vez en un país paria.
Hay que señalar, como lo hace The New York Times el 24 de Octubre, que dos miembros del Tribunal Constitucional dominicano dieron un voto disidente y salvaron el honor de la institución y de su país oponiéndose a una medida claramente racista y discriminatoria. El argumento utilizado por los miembros del Tribunal para negar la nacionalidad a personas como Juliana Deguis Pierre es que sus padres tienen una " situación irregular ". Es decir, hay que hacer pagar a los hijos (o a los nietos y bisnietos) un supuesto delito que habrían cometido sus antepasados. Como en la Edad Media y en los tribunales de la Inquisición, según esta sentencia, los delitos son hereditarios y se transmiten de padres a hijos con la sangre.
A la crueldad e inhumanidad de semejantes jueces se suma la hipocresía. Ellos saben muy bien que la migración " irregular " o ilegal de haitianos a la República Dominicana que comenzó a principios del siglo veinte es un fenómeno social y económico complejo, que en muchos períodos —los de mayor bonanza, precisamente— ha sido alentado por hacendados y empresarios dominicanos a fin de disponer de una mano de obra barata para las zafras de la caña de azúcar, la construcción o los trabajos domésticos, con pleno conocimiento y tolerancia de las autoridades, conscientes del provecho económico que obtenía el país —bueno, sus clases medias y altas— con la existencia de una masa de inmigrantes en situación irregular y que, por lo mismo, vivían en condiciones sumamente precarias, la gran mayoría de ellos sin contratos de trabajo, ni seguridad social ni protección legal alguna.
Uno de los mayores crímenes cometidos durante la tiranía de Generalísimo Trujillo fue la matanza indiscriminada de haitianos de 1937 en la que, se dice, varias decenas de miles de estos miserables inmigrantes fueron asesinados por una masa enardecida con las fabricaciones apocalípticas de grupos nacionalistas fanáticos. No menos grave es, desde el punto de vista moral y cívico, la escandalosa sentencia del Tribunal Constitucional. Mi esperanza es que la oposición a ella, tanto interna como internacional, libre al Caribe de una injusticia tan bárbara y flagrante. Porque el fallo del Tribunal no se limita a pronunciarse sobre el caso de Juliana Deguis Pierre. Además, para que no quede duda de que quiere establecer jurisprudencia con el fallo, ordena a las autoridades someter a un escrutinio riguroso todos los registros de nacimientos en el país desde el año 1929 a fin de determinar retroactivamente quiénes no tenían derecho a obtener la nacionalidad dominicana y por lo tanto pueden ser ahora privados de ella.
Si semejante paralogismo jurídico prevaleciera, decenas de miles de familias dominicanas de origen haitiano (próximo o remoto) quedarían convertidas en zombies, en no personas, seres incapacitados para obtener un trabajo legal, inscribirse en una escuela o universidad pública, recibir un seguro de salud, una jubilación, salir del país, y víctimas potenciales por lo tanto de todos los abusos y atropellos. ¿Por qué delito? Por el mismo de los judíos a los que Hitler privó de existencia legal antes de mandarlos a los campos de exterminio: por pertenecer a una raza despreciada. Sé muy bien que el racismo es una enfermedad muy extendida y que no hay sociedad ni país, por civilizado y democrático que sea, que esté totalmente vacunado contra él. Siempre aparece, sobre todo cuando hacen falta chivos expiatorios que distraigan a la gente de los verdaderos problemas y de los verdaderos culpables de que los problemas no se resuelvan, pero, hemos vivido ya demasiados horrores a consecuencias del nacionalismo cerril (siempre máscara del racismo) como para que no salgamos a enfrentarnos a él apenas asoma, a fin de evitar las tragedias que causa a la corta o a la larga.
Afortunadamente hay en la sociedad civil dominicana muchas voces valientes y democráticas —de intelectuales, asociaciones de derechos humanos, periodistas— que, al igual que los dos jueces disidentes del Tribunal Constitucional, han denunciado la medida y se movilizan contra ella. Es penoso, eso sí, el silencio cómplice de tantos partidos políticos o líderes de opinión que callan ante la iniquidad o, como el prehistórico cardenal arzobispo de Santo Domingo, Nicolás de Jesús López Rodríguez, que la apoya, sazonándola de insultos contra quienes la condenan. Yo creía que los peruanos teníamos, con el Cardenal Juan Luis Cipriani, el triste privilegio de contar con el arzobispo más reaccionario y antidemocrático de América Latina, pero veo que su colega dominicano le disputa el cetro.
Quiero mucho a la República Dominicana, desde que visité ese país por primera vez, en 1974, para hacer un documental televisivo. Desde entonces he vuelto muchas veces y con alegría lo he visto democratizarse, modernizarse, en todos estos años, a un ritmo más veloz que el de muchos otros países latinoamericanos sin que se reconozca siempre su transformación como merecería. El segundo de mis hijos vive y trabaja allá y entrega todos sus esfuerzos a apoyar los derechos humanos en ese país, secundado por muchos admirables dominicanos. Por eso me apena profundamente ver la tempestad de críticas que llueven sobre el Tribunal Constitucional y su insensata sentencia. Éste es uno de esos momentos críticos que viven todos los países en su historia. Lo fue también cuando ocurrió el terrible terremoto que devastó a su país vecino, Haití, en enero de 2010. ¿Cómo actuó la República Dominicana en esa ocasión ? El Presidente Leonel Fernández voló de inmediato a Puerto Príncipe a ofrecer ayuda y ésta se volcó con una abundancia y generosidad formidables. Yo recuerdo todavía los hospitales dominicanos repletos de víctimas haitianas y los médicos y enfermeras dominicanos que volaron a Haití a prestar sus servicios. Esa es la verdadera cara de la República Dominicana que no puede verse desnaturalizada por las malandanzas de su Tribunal Constitucional.

Periodico El Pais 2013

Juan Gelman

Murio Juan Gelman. Juan murio Gelman. Gelman murio Juan. Gelman Juan murio. Murio Gelman Juan. Juan Gelman murio.

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