Muere Ana María Matute

Ana María Matute (1925-2014) ha fallecido a los 88 años en Barcelona, según ha confirmado la Real Academia Española (RAE), donde ocupaba la silla K. La autora de «Olvidado rey Gudú», que recibió el Premio Cervantes hace tres años, trabajaba actualmente en otra novela que verá la luz en septiembre. La escritora ha muerto en el Hospital de Barcelona un mes antes de cumplir los 89 años, tras haber sufrido hace unos días una crisis cardiorrespiratoria.
La capilla ardiente con los restos de Ana María Matute se abrirá mañana, jueves 26 de julio, a las 15.00 horas en el Tanatorio Les Corts de Barcelona y el funeral se celebrará al día siguiente, desde las 13.00 horas, en el mismo tanatorio, según han informado fuentes de la editorial Destino.
Escritora... por muchos años proclamábamos en cada primavera, por cada novela. En la avenida Virgen de Montserrat, donde vivía Ana María Matute, ha quedado un sillón vacío donde ella cartografió universos remotos. Las jornadas de la escritora comenzaban con un café y el crucigrama que culminaba en ese sillón. Luego se metía en su cuarto para amasar sus harinas novelescas. Conversar con ella era un goce de humor inteligente. Recordamos una de aquellas mañanas. Desde la terraza de su sobreático identificamos el territorio Marsé: la Ronda del Guinardó y el Carmelo. En la sala de estar, un hogar de hierro forjado.
En la mesa de centro, el «Viaje en autobús» de Josep Pla. Una lámpara con una pantalla salpicada de nombres de escritores: Torrente Ballester, Camilo José Cela, Ramón J. Sender… Videos, libros de historia y abundante literatura anglosajona en las estanterías. Cuadros: uno con grabados de «Alicia en el país de las maravillas» de Lewis Carroll; otro, con un mapa de Madrid en 1635. Las gafas de la escritora reposando sobre el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, su otro sillón de las palabras.
Cuando la escritora hablaba de sí misma, lo hacía en tercera persona, como si apelara a esa niña traviesa que siempre fue: «¡Cosas de la Matute!», exclamaba. Hija de familia burguesa, el 26 de julio del 36, Matute cumplía 11 años: mientras ardían las iglesias, los anarquistas colectivizaban la fábrica de paraguas del padre, y la familia escondía un fraile y una monja con una cheka muy cerca de casa... «Intuíamos aquella guerra, pero no podíamos denominarla. Éramos la Generación de los Niños Asombrados».
Matute escribió su primera novela aquel verano del 36 en Barcelona y la tituló «Juanito». Por las noches iba con una linterna a la habitación de mis hermanos para leerles un capítulo, que acababa con un Continuará… Su obra estaba impregnada del espíritu de una infancia con más sombras que luces que abominaba de la ñoñería. La escritora era crítica con los niños de hoy. Harry Potter le parecía bien como estímulo de la imaginación. Le fastidiaban los cuentos políticamente correctos «porque no hay ángeles y las hadas están adulteradas» y denunciaba las carencias de esos chavales abducidos por las nuevas tecnologías: «Manejan el ordenador mejor que nadie, pero no saben quiénes eran Caín y Abel. Y no en el aspecto religioso, sino como expresión cotidiana. A los 15 años es peor, porque entonces se creen que saben. Y más grave todavía: personas que tienen una responsabilidad social y que cometen faltas de ortografía. De jovencita, si algún pretendiente me escribía con faltas de ortografía, aunque fuera el chico más guapo del mundo yo lo descartaba rápidamente. Me parecía horrible que un joven de 15 años cometiera faltas de ortografía. Fíjese… ¡Ahora me quedaría sin novio!».
En aquellos años, se deleitaba con «La recherche» de Proust y las «Cumbres borrascosas» de Bronte, que leyó a los 17 años. Todavía conservaba el libro en su biblioteca. Colección La Nave: «Se cae a trozos, no se puede ni tocar… A veces pienso: ‘¿Para qué escribir? ¡Que escriban otros! ¡A mí lo que me gusta es leer!» Y luego, añadía con una voz tristona, «resulta que no puedes vivir sin escribir...». El 6 de enero del 59, cuando ganó el premio Nadal con «Primera memoria», la Matute lo estaba pasando mal. Ya había publicado «Los Abel», «Fiesta al Nordeste», «Pequeño teatro», «En esta tierra» y «Los hijos muertos»… pero escribía cuentos semanales para la revista Garbo con su hijo Juan Pablo de pocos años en las rodillas y las manitas en el teclado de la máquina. Una foto de aquellos tiempos difíciles le acompañó siempre en su velador de escritora. Su matrimonio con el fantasmalRamón Eugenio Goicoechea había naufragado; en las «historias de niños», con las que algún crítico patoso le tejió un sambenito, la escritora se identificaba con esos pequeños náufragos que expresan la verdad que más duele; esa verdad que la edad adulta, haciendo honor a su nombre, adultera.

Estaba en todas sus novelas

Sus novelas no eran autobiográficas… pero ella estaba en todas ellas. Sucede con «Luciérnagas», censurada en su integridad y no publicada hasta 1993. Los niños, como lucecitas en el tenebroso apagón de la guerra civil. Luego, en la humillada Barcelona de la posguerra, la Matute veinteañera se sentía libre por la escritura. Y es que esa niña a la que cohibieron las monjas por su tartamudez nunca sintió la angustia de la página en blanco. Recordaba a su madre como una mujer buena pero muy severa que le sorprendió el día de su matrimonio… Le trajo una caja con todos los cuentos que Ana María escribió de niña: «Yo nunca sospeché que ella guardaba eso, jamás, pensé que aquellos cuentos se había perdido, o roto…».
Ignacio Agustí la contrató para escribir cuentos en el semanario Destino. En su juventud cultivó la bohemia en una ciudad de gabardinas y contactos furtivos. De los barrios altos se bajaba con sus hermanos al Barrio Chino: era la única chica del grupo. Al final de la Rambla entraban en un bar repleto de discos de la Piaf, el Pastís. En honor a la Matute ponían en el tocadiscos una canción que le emocionaba: «Petit garçon perdu». La inocencia florece también en los barrios bajos. En aquella Barcelona triste, recordaba, fue «donde yo conocí el amor y conocí la esperanza y donde lo creí todo. No sabía nada pero lo creí todo».
Empezamos a leer a la Matute en los años de Bachillerato –plan del 66- con «El Jarama» de Rafael Sánchez Ferlosio. Era la generación de las postrimerías de los manuales. Dos libros, «Pequeño teatro» y «Los niños tontos,» se asociaban a aquellos días de antologías escolares. Cuando se lo mencionábamos, la Matute exclamaba: «¡Oh! El “Pequeño teatro”… ¡Si es el peor libro que he escrito en mi vida! Lo escribí a los 17 años y se nota». Pero luego matizaba con picardía: «¡Hombre! Para haberlo escrito a esa temprana edad… Chapeau. Yo misma lo digo, ya ves que no soy nada hipócrita...».

La lengua de Cervantes

Escritora catalana en castellano, siempre reivindicó la lengua de Cervantes. De padre y abuelo catalán, su madre provenía de la Rioja: «Escribo en castellano porque mi madre nos hablaba en castellano y la madre siempre influye más en la educación. Es el idioma que pienso», proclamaba. Académica y premio Cervantes de las Letras, la Matute nunca militó en el feminismo literario. Creía en las mujeres escritoras, pero no en la literatura femenina como género diferenciado, porque tampoco creía en la literatura masculina. A los dictados del márketing editorial oponía una palabra galega «¡Judiose!». La Matute. Siempre la Matute.

(Tomado del periódico ABC.es)

Era Lunes Ayer (cuentos)



 “Máximo Vega (Santiago de los Caballeros, 1966), al escoger Era Lunes Ayer como título para este libro de ficciones, no da ninguna pista al lector que le permita siquiera suponer el contenido de la obra, en la que él demuestra con creces su dominio del género, logrado a base de estructuras y técnicas innovadoras que constituyen un verdadero aporte a la narrativa breve dominicana. En estas historias –como prefiere denominarlas su autor-, su aguda mirada transforma de continuo las realidades humanas más escabrosas a través de un lenguaje lleno de osadas propuestas. Muchos de los cuentos resultan a menudo irreverentes, mordaces, lúbricos. Son espejos en los que se reflejan la doble moral y las perversiones que corroen todo el tejido social, pero a la vez invitan a la reflexión profunda sobre el descalabro de una sociedad atrapada en el consumo, la fama o el delirio de poder. Una vez iniciada la lectura de un cuento de Vega, no podremos abandonarla, lo cual es en sí mismo un mérito, ya que un alud de palabras nos atrapa forzándonos a continuar hasta el final. Máximo Vega prueba en este libro que ahora publicamos bajo el sello de la colección bibliográfica del Banco Central que es, no sólo uno de los cuentistas más importantes del interior, sino uno de los narradores de mayor talento y proyección de nuestro país en la actualidad.”

Jorge Luis Borges

Un poquito más sobre Cien Años de Soledad



          Perdido en una selva imaginada por Gabriel García Márquez, un hombre llega con su mujer a ningún lado –el hombre es José Arcadio Buendía; la mujer, Úrsula Iguarán-, y, como el fundador en “¡Absalón, Absalón!”, de William Faulkner, crea un pueblo. En el caso de Faulkner, el pueblo crece alrededor de una casa, en el de Márquez, se crea un pueblo de la nada. Como Juan Carlos Onetti, como Faulkner, como Virgilio Díaz Grullón, como Pedro Péix, García Márquez hace transcurrir sus historias en ese pueblo, que repite su nombre en sus cuentos y sus novelas, aunque a veces, no por incapacidad sino por cierta tendencia a la infinitud, traicione la geografía; ese pueblo es un lugar imaginario, y es también un símbolo. La novela empieza con la fundación total de un mundo: ese pueblo debe ser nombrado –se le llama, ya lo sabemos, “Macondo”-, pero también debe ser llenado de objetos, de personas, de inventos, de espejos, de casas, de sueños, de mitos, de nombres, de palabras y de injusticia. Tal es la extraordinaria capacidad cosmogónica de su autor.
          ¿Qué se puede decir de Cien Años de Soledad? Acaso es la novela que ha poblado con más vigor la imaginación literaria de mi generación, muchísimo más que El Quijote de Cervantes. Su entrañable cercanía a todos los latinoamericanos, nos provee de una obra que sentimos más nuestra que aquellas desventuras modernas del hidalgo demente y su escudero materialista. Su mitología esencial, a veces prestada de las propias leyendas americanas, a veces inventada por completo por el autor, es demasiado cercana a nuestra idiosincracia o a nuestra mentalidad caribeña, para que nos deje indiferentes. Y, por supuesto, su lenguaje a caballo entre el despiadado sur de Faulkner y el realismo maravilloso de Carpentier, se ha perpetuado gracias a su amplia legión de discípulos, desde Isabel Allende hasta Eliseo Alberto. Si algún nombre literario define a Latinoamérica –como quizás Shakespeare define la literatura inglesa, Camoens a la portuguesa, Goethe a la alemana, o Dante, Petrarca y Bocaccio a la italiana; pero siempre quizás – es el de Gabriel García Márquez, cuya necesidad se encuentra fuera de toda duda. ¿Puede Latinoamérica jactarse de poseer una literatura y un lenguaje propios? Claro que sí. No deseo yo aquí, de ningún modo, disgregarme mencionando la petulancia senil de su autor, o el acoso a que Márquez ha sido sometido por escritores de su propio país, y de otros países latinoamericanos, debido a sus ínfulas de grandeza y a un supuesto amor, ya no secreto, por el dinero (en uno de sus libros, un escritor colombiano lo llama “García-márqueting”). Tampoco quiero referirme a mis trozos preferidos de la novela, obviando las mariposas amarillas, truco plástico que apenas recuerdo, aunque permanecen en mi memoria aquel sueño terrible de Aureliano Buendía, sueño sucedido en la realidad real, fuera de la novela, cuando él navega en un tren lleno de cadáveres luego de una huelga; el principio irrepetible de la creación del mundo que es la creación de un paraíso que los hombres corrompen; las presencias fatales de Rebeca y Amaranta; Pietro Crespi, el personaje más desdichado de toda la novela; la llegada del imán con el circo de Melquíades; la enfermedad del olvido; Úrsula viendo llover sobre Macondo. La vastedad y la importancia de Cien Años de Soledad, en estos tiempos en que se cumplen 40 años de la feliz publicación de ese monumento, me obligan, como fiel lector de su cosmogonía, a humillarme ante la magnitud de esa obra, y su legado imperecedero.








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